lunes, octubre 10, 2011

PUDENDAE

"Cuando el ambiente es mezquino el ánimo se abate". Decía bien Fernando de Puelles. Y decía muchas más cosas, en una prosa entre sentenciosa e intimista, en ese olvidado y hoy inencontrable dietario que llamó Oscura voluntad. Lo he releído estos días. Nuestro ejemplar está dedicado a M.A., que era una de las integrantes de aquella expedición de veinteañeros que fue a presentar sus respetos al escritor una mañana de septiembre de 1987. El autor debió de advertir su timidez de entonces: "A M.A., que habló poco, pero tuvo el don de la atención"... No puedo evitar cierta emoción al tener este libro entre mis manos. Y sobre todo, al comprender que lo que en él se dice estaba dirigido, no al jovenzuelo que yo era entonces, sino al hombre entrado en años que soy ahora. El veinteañero aquel lo juzgó, quizá, con cierta displicencia. "Está bien -debí pensar- pero no es...". Y en esos puntos suspensivos estaba todo lo que yo esperaba entonces de la literatura: que fuera distanciada, plástica, irónica, tocada de sensualidad, urbana y "moderna". Todo lo contrario de este libro, que es personal, que soslaya lo descriptivo, que no entra en justas de ingenio, que no busca gratificar de ninguna manera al lector; y que tiene, como corresponde al trasfondo y biografía de su autor, un trasfondo rural y un regusto antiguo. 


Algún editor debería tener redaños para reeditarlo.


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Entro en la plaza de abastos y me sorprende una enorme escultura -cuatro, cinco metros- de bronce que representa una mujer embarazada, desnuda, que derrama una mirada entre indiferente y piadosa sobre la masa de enanos que la soslaya. La estatua forma parte de la muestra que el escultor Antonio Mota ha querido exponer en este, en principio, insólito escenario. Y es, con diferencia, la más llamativa y poderosa de todas las piezas expuestas; porque, más allá de sus méritos plásticos, que no entro a discutir, evoca, en este ambiente cargado de olores a verdura y carne fresca, nuestra afinidad esencial con toda esa materia orgánica de la que nos nutrimos y estamos hechos, y que nos procura nuestras satisfacciones más urgentes e inmediatas. Si yo fuera gerente de este mercado, desde luego haría todo lo posible porque esa estatua de mujer de pechos henchidos y pudendae prominentes siguiera allí. Porque una cosa está clara: despierta el apetito, en el sentido más amplio de esa palabra.


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En nuestro paseo matinal por la marisma arbolada, nos sobrepasa un animoso matrimonio en tándem. Y pienso que ese tipo de bicicletas, un tanto anticuadas y un sí es no es ridículas, es la mejor representación posible de la armonía matrimonial. Y de sus riesgos, porque siempre cabe la posibilidad de que el que ocupa el asiento trasero deje de mover los pies y se limite a dejarse llevar.    

1 comentario:

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

¡Me ha encantado cómo describes la estatua! De repente se ha convertido en alguien vivo y cercano.
¡Ay! El poder de la palabra.