jueves, octubre 13, 2011

RHETT

Dedicamos la mañana del día festivo a pasear por la playa. Tiene algo de despedida este paseo: de la luz y las temperaturas del verano demorado. Pero es también, a su manera, una inauguración de temporada. A lo largo de la orilla vamos saludando a conocidos. Es como si la ciudad entera hubiera decidido dejarse ver en lo que hoy por hoy parece ser su avenida más populosa: la larga franja de playa que la recorre de extremo a extremo. Y me siento como Rhett Butler cuando empujaba el coche de bebé de su hija por los bulevares de Atlanta e iba cosechando los saludos algo reticentes de sus vecinos...


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Porque, desde luego, la historia íntima y secreta de la ciudad tiene su miga, no menos comprometedora que la mala fama que el marido de Scarlett O'Hara intentaba conjurar. Me cuenta esta joven amiga escritora las zozobras que andan sufriendo algunos colegas nuestros, hasta hoy bien colocados, ante la posibilidad cierta de perder sus sinecuras por obra de los cambios políticos que se avecinan, o de los que ya se han producido. La inquietud, en algún caso, alcanza dimensiones patológicas y reviste los caracteres de la depresión. Al escucharla, siento verdadera pena por estas personas. Ninguna de ellas, creo, está en condiciones de aceptar que los empleos debidos al favor político son mudables y forzosamente han de cambiar después de un vuelco electoral. Supongo, y eso es lo triste, que ellos no lo ven así: que interpretaron la concesión de la sinecura como un reconocimiento a unos méritos no avalados -ni falta que hacía- por los lectores, la crítica o el criterio de los editores independientes; que entendieron que estos cargos sobrevenidos no eran verdaderos empleos, sino rentas más o menos vitalicias, destinadas a la manutención de quienes, como escritores, no tenían por qué dividir su tiempo entre la literatura y un empleo "normal", de los que obligan a cumplir un horario y efectuar tareas concretas... No estoy muy seguro de que la dura realidad les haya despertado de estas ilusiones. Antes, culparán a todo el mundo de sus desdichas, y alimentarán con ese resentimiento un rencor al que posiblemente sacarán, más adelante, sus réditos literarios... Porque a la rebeldía impostada -la que termina sus días en un despachito oficial- le vienen bien estas crisis, qué duda cabe.


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Le enseño a M.A. un poema reciente. "Qué raro es. No parece tuyo". Lo que, después de casi dos años sin escribir un verso, me parece un comentario de lo más alentador. 

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