martes, octubre 11, 2011

SWEET SILENT THOUGHT

Creo que fue Quentin Bell, en la biografía que hizo de su tía Virginia Woolf, quien dedicó un extenso párrafo a recordarle al lector las exigencias que el trabajo doméstico suponía para la mujer en una época en la que no existían neveras ni lavadoras. Me acuerdo de ese pasaje al leer el libro de recuerdos que Jessie Conrad, la mujer del autor de Lord Jim, escribió sobre su marido. Si, como suele decirse, ningún gran hombre lo es del todo para su criado, mucho menos lo será para su mujer. Y menos si ésta era, como ocurría en los tiempos victorianos, la principal y a menudo única responsable de la intendencia doméstica. Y a la que se le exigía, como era el caso de estas desdichadas mujeres de intelectuales, también una cierta comprensión de la grandeza del trabajo al que andaban consagrados los maridos. De la obra cabría decir lo mismo que de sus autores: ninguna tan grande, en fin, que su empeño no parezca un poco ridículo visto desde el ojo de la cerradura del cuarto de planchar. 


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Por eso mismo, entiendo que casi a ninguna mujer lectora de poesía le guste el espléndido soneto ("Dulce silencioso pensamiento") en el que Unamuno se describe a sí mismo leyendo a los clásicos, mientras su mujer cose.


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Y otro sweet silent thought: el que me aconseja no profundizar demasiado en las propias contradicciones, por si éstas acaban revolviéndose contra uno.

1 comentario:

Olga Bernad dijo...

Sweet silent thought, este último, que voy a aplicarme. A mí se me revuelven (casi) todas.
Me han gustado mucho los textos y la imagen.
Saludos.