lunes, octubre 03, 2011

TENTACIONES



El viento de levante, que en la costa sigue siendo caluroso, se enfría considerablemente en su ascensión a la sierra y llega a estos pagos en una sucesión de ráfagas cortantes, que traspasan la ropa todavía veraniega y anticipan un malestar que pronto se hará permanente; y que durará, me temo, hasta mediados o finales de mayo. 


Eso sí: después de estos leves anticipos, no podremos reprocharle que no nos haya avisado.


***


Me cuenta este amigo pintor una anécdota que, miren por donde, me recuerda uno de los cuentos que acabo de leer en Historias de un dios menguante, el excelente libro de relatos de José Mateos. En "Hora de cobrar", en efecto, se cuenta cómo un pequeño comerciante al que un mafioso local le adeuda un dinero se atreve a reclamarle a éste su deuda; y cómo el mafioso no sólo la salda, sino que pone en las manos del acreedor el doble de la cantidad adeudada, a cambio de una sobreentendida promesa de complicidad futura en no se sabe qué ignominiosos designios... Esto es lo que dice el relato de José Mateos; que es, como se ve, una cumplida fábula sobre la tentación, sobre la compraventa del alma a cambio de no se sabe qué dudosos beneficios.


La de mi amigo pintor es también una historia de tentación, esta vez eludida. Sucedió hace años, cuando las vicisitudes profesionales lo habían llevado a cierto bullicioso puerto pesquero, donde se distraía pintando en los muelles. Estaba en ello un día cuando sintió que un coche lujoso se detenía a pocos metros de él. Se le acercó un hombre gordo, bajo, bien vestido, que se paró a observarlo. Al poco le dijo que le gustaría ver otros cuadros suyos, pues deseaba invertir una cierta cantidad de dinero en pintura. Un millón de pesetas, dijo. En los días sucesivos mi amigo le llevó fotos de otros cuadros suyos, entre los que el gordo fue haciendo su selección: éste sí, éste no... Mientras tanto, mi amigo había comentado el encuentro con otros compañeros suyos, de los que averiguó que el personaje que lo había abordado era un conocido narcotraficante local, posiblemente interesado en blanquear sus ganancias. Esto lo puso en guardia. ¿Y si el millón prometido implicaba otros compromisos? ¿Y si la policía, que seguía los pasos del narcotraficante, se preguntaba por la procedencia de esos cuadros y por el destino del dinero negro abonado por ellos? 


Pero lo que terminó de desconcertar a mi amigo fueron las crecientes exigencias del potencial mecenas. Un día, al observar éste que el cielo del cuadro que andaba pintando mi amigo se iba oscureciendo progresivamente y llenando de nubarrones, le dijo, en un tono que no admitía réplica, que el cielo de su pueblo era muy hermoso, y que a qué venía pintarlo en ese estado aborrascado. Mi amigo le dio la razón, como si estuviera dispuesto a enmendar su cuadro. Pero lo que hizo, una vez recogidos sus enseres, fue no volver a poner el pie en ese muelle, ni a dejarse ver pintando al aire libre en ese pueblo.


He visto el cuadro. En primer plano, un barco en dique seco, al parecer uno en el que posteriormente la policía incautó un cargamento de droga. Delante de éste, aportando una nota de vida humillada, la sombra huidiza de un perrillo negro, asustado. Al fondo, un cielo encapotado, a punto de descargar.


***


A mí también han intentado comprarme el alma muchas veces. Pero, en mi caso, haber resistido la tentación no tiene mérito alguno. En mi despiste, en mi torpeza habitual para darme cuenta de lo que me conviene, ni siquiera advertí el rango del tentador, ni los posibles beneficios derivados de aceptar su oferta; ni, por supuesto, lo que se me exigía a cambio.  

2 comentarios:

Arrowni dijo...

Esto me recordó inevitablemente una anécdota que bien puede ser un sueño: en una fiesta infantil, un montón de billetes de diversas denominaciones flotaban arrojados por el aire, deteniéndose en el suelo como para mostrar sus colores temporalmente y paseando así seguido, a los pies de los niños, que desanimados por los padres, no se atrevían a tocarlos.

No pensaba entonces que el dinero tenía que venir forzosamente de algún sitio, y la situación me recordaba invariablemente a una historia de mi abuela, donde un cochino blanco cagaba dinero y que el tío abuelo identificaría como el diablo. Más que ser dinero era la representación física de una tentación, e incluso entonces esta lógica irreal me llevó a pensar que el recuerdo lo soñé.

La misma reflexión curiosamente me sucedió en un momento más banal, viendo una bicicleta tirada en el suelo, en un barrio donde alguien habría de robarla de todos modos.Pensé entonces que sospechar la tentación era sospechar el mal, y que necesitaba un mínimo de reconocimiento de dicho mal en mí mismo para poder entender que exista. Un mal que concebimos indirectamente es un mal que tenemos, en algún sitio.

Y bueno, creo que el dinero no era limpio, y que pudo tener consecuencias, pero no fue el riesgo que me disuadió, sino ver mi propio rostro ahí, en ese extraño sitio ajeno del bueno ante el malo. Confuso y sano.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Anécdotas muy bien traídas. Gracias.