miércoles, noviembre 02, 2011

BRUJAS LA MUERTA

Lo que verdaderamente asustaba, en esta mascarada importada en la que poco a poco se va convirtiendo nuestro Día de Difuntos, no era la presencia esporádica de bandadas de chicos ataviados de vampiros o fantasmas, ni la ocasional agresividad impune de algunos de estos grupos, sino, más bien, lo desolado de las calles a primera hora de la noche, el viento destemplado -ni frío ni caliente- que se metía bajo la chaqueta y producía en la piel estremecimientos de fiebre, y la sensación de extrañeza debida al reciente cambio de hora. Brujas la muerta, como rezaba el célebre título de Rodenbach. Sustitúyase Brujas por cualquier otro nombre de ciudad y ya está. 


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Recolecta de piñas secas en un pinar cercano. Las usamos para facilitar el encendido de la chimenea: las piñas se inflaman enseguida y proporcionan una llama intensa y duradera, que termina prendiendo en los troncos más recalcitrantes... No queremos indagar mucho en nuestra búsqueda, porque tras cada mata de lentisco, en cada receso entre árboles, nos aguarda una sorpresa desagradable. Excrementos, basuras, papeles arrugados, preservativos usados... Me acuerdo de cuando ese pinar era uno de mis territorios de juego preferidos. Hoy daría mucho reparo dejar a un niño correr con las rodillas desnudas entre tanta inmundicia. De hecho, no hay apenas nadie. Sólo un hombre joven que juega a echar una pelota a dos niños muy pequeños. No veo a su mujer. Y me da por pensar que este hombre es el típico divorciado al que han dejado ver a sus hijos el fin de semana, y que su mujer seguramente montaría en cólera si supiera que los ha traído a este sitio degradado, donde podrían caerse y pillar una infección.


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Una nadería para alegrarme el día. Signatura 400, de Sophie Divry. Una de esas deliciosas bagatelas que sólo  los franceses -y, sobre todo, las francesas- son capaces de escribir, al estilo de Mis ceniceros, de Florence Delay o, salvando todas las distancias, La gata de Colette. El de Sophie Divry es una breve y amena divagación en torno al mundo de las bibliotecas y las gentes que las frecuentan, puesta en boca de una desengañada empleada que ha visto de todo desde su mostrador. A esta mujer le desazona el hecho de que la "signatura 400" sea hoy en día una categoría vacía dentro de la Clasificación Decimal Universal que rige en las bibliotecas. Y me acuerdo de que, en los manuales del oficio que yo he manejado, aconsejan dedicarla a asuntos locales. Lo que, más que llenarla de contenido, la convierte en una especie de depósito de aspiraciones desmedidas y frustradas, como suelen serlo las relacionadas con la erudición de vuelo corto y la vanidad local...  

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