miércoles, noviembre 09, 2011

DESTELLOS

La convocatoria (un almuerzo) parecía obedecer a un motivo de trabajo, pero en realidad sólo era (nada menos) un encuentro de gente que se descubrió afín en circunstancias no del todo favorables, y que ahora, superadas u olvidadas las razones de aquella momentánea alianza defensiva, nos sabemos unidos por razones más altas, que van desde el respeto mutuo al recíproco reconocimiento, además del afecto surgido del trato prolongado. Salgo de la reunión con el corazón esponjado. Y, por eso mismo, mucho más vulnerable.


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Por eso, quizá, me resulta tan deprimente el espectáculo que presencio desde la parada del autobús. En torno a cierto edificio público en el que se celebra un mitin del partido gobernante, un nutrido cordón policial, al parecer motivado por la presencia, a la entrada, de unas pocas decenas de manifestantes que protestan por no haber cobrado sus salarios. Llama la atención la desproporción entre la fuerza disuasoria y la presunta amenaza, lo que me lleva a preguntarme qué pasaría si, en un momento dado, las proporciones se invirtieran y el número de manifestantes excediera al que la fuerza pública fuera capaz de contener. 


Pero más llamativa me resulta la imagen que puede verse en la acera de enfrente: la docena aproximada de autobuses aparcados, en los que seguramente han venido los centenares de personas que en ese mismo momento jalean al orador de turno. Lo lógico, pienso, sería que un mitin celebrado en una capital se nutriera de simpatizantes residentes en esa ciudad, y no de animosas masas de jubilados y desocupados traídos de muchos kilómetros a la redonda a cambio de un bocadillo... Desde luego, la cínica conclusión parece servida: si la amenaza del desempleo o la miseria consigue reunir a apenas unas decenas de personas, el clientelismo y el mandato caciquil consiguen juntar centenares. La balanza sigue inclinándose a favor del sistema, y así parece que seguirá siendo en un futuro más o menos inmediato. Luego, Dios dirá. 


Yo, como decía antes, venía con el corazón esponjado. Y, por eso mismo, estos feroces destellos de la realidad me resultan dolorosos.


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Y este entrañable compañero que me asegura que usa la corbata como prenda de abrigo, para cerrar el cuello de la camisa y proteger la garganta del frío... No he oído jamás excusa más cándida para la coquetería. Y, por eso mismo, me resulta incluso razonable.

1 comentario:

RM dijo...

Es de lo más razonable, JM: La corbata es un regulador térmico por excelencia.