lunes, noviembre 14, 2011

EN EL PAÍS DE LOS SOVIETS

Prefiero la lluvia y el frío antes que el viento. El frío y la lluvia resultan incluso íntimos, si uno cuenta con los medios adecuados para sobrellevarlos. Pero el viento... ¿Cómo soportar esa desorganización general del medio en el que nos movemos, esa manifestación de fuerza irracional, la descortesía con que golpea puertas y persianas y ulula toda la noche en nuestra ventanas? Y esa impertinencia con la que, si puede, nos voltea un periódico o nos arrebata un papel de la mano. 


Lo dicho. en días de viento, mejor no salgo de casa.


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Por eso mismo, para sobrellevar la mañana del domingo nos metemos en una matinée de cine. Las aventuras de Tintín, de Spielberg. El día anterior vimos, en casa, La noche de los gigantes, el espléndido y opresivo western de Robert Mulligan, así que el domingo tocaba algo más ligero. Y no me decepciona, descontando mi desinterés por esas agotadoras escenas de acción calcadas de los videojuegos. Pero me agrada la recreación que Spielberg hace de la estética del tebeo de Hergé, y la mirada nostálgica que proyecta sobre ese momento histórico en el que las artes mecánicas alcanzan su punto álgido -la era de los más bellos automóviles que jamás se han construido, de los Zeppelin, la del definitivo despegue de la aviación- y el mundo se convierte, para el hombre curioso, en una especie de álbum colorista, en el que lo mismo se redescubren países exóticos que se asiste a tremendas conmociones políticas y sociales. Tuve esa impresión cuando leía, recuerdo, las memorias de André Malraux. Y vuelvo a sentirla ahora, mientras veo la película, a propósito de mis recientes lecturas de Chaves Nogales. Algún libro de éste -por ejemplo, La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, de 1929- podría haber servido (salvando todas las distancias, porque el anticomunismo del sevillano era mucho más imparcial y matizado) de guión a Hergé. Que, no hay que olvidarlo, tituló así la primera salida de su héroe: Tintín en el país de los soviets.


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Y esta magnífica -y algo tramposa- justificación de la experimentación en poesía, que encuentro en una cita del Times Literary Supplement del 11 de enero de 1917, referida a la poesía imaginista: "La poesía imaginista nos llena de esperanza; a pesar de no ser demasiado buena en sí misma, parece prometer una forma en la que podrían escribirse muy buenos poemas" (el subrayado es mío).

1 comentario:

Emilio Calvo de Mora dijo...

Me sigue pareciendo, conforme uno se va haciendo a tu escritura, a tu modo de contar las cosas, que te sientes cómodo (bendición de comodidad) en los tiempos atmosféricos, en el rastreo verbal de los asuntos del clima, en ese dejar constancia del parte, como decían antes, pero con calidez, con mucho esmero en las palabras.
Me asombra de un escritor que escriba bien sobre cualquier asunto. Que no los hay grandes ni pequeños: que todos se gobiernan y se desgobiernan según la mano que los manuscribe. Un placer, amigo.