viernes, noviembre 04, 2011

HOMBRE CON GORRITO



Un claro de sol en medio del temporal. La gata ha sido la primera en intuirlo. Se encarama contra la puerta del balcón y golpea los cristales con sus garras. Una hora antes, aproximadamente, soportaba yo el nerviosismo de una veintena de adolescentes ante los embates del viento. Y qué diferencia entre ese no-saber impotente y absurdo y la firme determinación de la gata, a quien los elementos ni impresionan ni asustan: sólo aportan información, que ella aprovecha en función de unas necesidades que tampoco son demasiado difíciles de satisfacer: una cierta apetencia de calor, la veleidad de beber agua en los charquitos que han quedado en el suelo del balcón, la añoranza de ver volar unos pájaros fuera de su alcance.


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Anoche, para demostrar una vez más mis habilidades prácticas, decidí reponer la bombilla de la escalera que llevaba meses fundida. Me subí a un banco, intenté desenroscar la tapa del aplique -en vano, porque estaba deshecha por el calor y me quedé con los pedazos en las manos- y, al girar la bombilla inservible, tan deteriorada como el resto del dispositivo, me quedé con la esfera en las manos. La rosca quedó dentro del casquillo y creó un pequeño cortocircuito, acompañado de su correspondiente chispazo y la consiguiente nubecilla de humo con olor a cable quemado... Mi primer impulso fue huir del lugar del desaguisado. Pero, consciente de la faena que supone dejar el bloque entero a oscuras en plena noche, me animo a bajar a pedir a un vecino una linterna y rogarle que vigile el interruptor general, para que nadie active la corriente mientras yo intento sacar con unas tenazas la rosca desprendida. Todo esto ocurría a mi regreso de un compromiso vespertino, cuando mi único deseo, después de un largo día de trabajo, era ponerme las zapatillas y tumbarme en el sofá... Ahora veo mi obra (la triste bombilla desnuda en medio del aplique roto) y pienso que la abstención de toda acción es, a veces, el mejor modo de actuar posible.


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Por dos euros me compro uno de esos gorritos de pescador que venden en las tiendas de baratijas importadas. Salgo de la tienda más contento que unas pascuas, feliz por estar protegido de la lluvia y momentáneamente absuelto de mi sentido del ridículo por las circunstancias meteorológicas. He perdido ya varios gorritos como éste. Mejores, incluso. En todos ellos fundé la misma vana esperanza de haber resuelto para siempre un leve desajuste indumentario y las consiguientes incomodidades. Ya veremos cuando llegue el próximo temporal.

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