lunes, noviembre 21, 2011

LISTA NEGRA



La lluvia -la inevitabilidad de hablar del tiempo en este cuaderno- nos empuja al cine. El dios salvaje (Carnage), de Roman Polanski. Buen complemento de Quién teme a Virginia Woolf, que vimos el otro día. En ambas, dos parejas de muy distintos antecedentes son arrojadas sin piedad al cuadrilátero. Sólo que la primera nos resulta hoy un tanto éxótica, porque las inhibiciones sexuales y el soterrado clasismo que dominaban a los protagonistas de la vieja película de Mike Nichols no figuran ya entre los asuntos capaces de escandalizarnos o preocuparnos; al menos, en la forma descarnada y un tanto elemental en la que allí se presentaban. La película de Polanski, en cambio, nos concierne directamente, porque plantea la superficialidad de la máscara biempensante que hemos querido darnos. Dos parejas se citan amigablemente una tarde para solventar de manera civilizada un incidente habido entre sus hijos de nueve años; y, cuando parecían haber alcanzado el más satisfactorio de los acuerdos, se enzarzan en una discusión violentísima, en la que van quedando en evidencia los puntos flacos y las flagrantes contradicciones de cada uno de los implicados, que podríamos ser cualquiera de los adultos que la lluvia había congregado en aquella sala de cine, con nuestros falsos principios, nuestras preocupaciones espurias, nuestros endebles sustitutivos de una buena conciencia, nuestras inoperantes creencias roussonianas respecto a nuestros hijos... El efecto de todo este cóctel mal digerido lo explica bien uno de los personajes masculinos, cuando exclama, zahiriendo a la esposa "progre" y concienciada del otro matrimonio : "¿Sabes? Me recuerdas a Jane Fonda. La vi el otro día en televisión y me entraron ganas de salir corriendo a comprar un póster del puto Ku-Klux-Klan..."


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Por la noche, entre cabezadas, entreveo algunas escenas de Sin City, la versión cinematográfica del angustioso cómic de Frank Miller. Esta claro que algunos excesos se pagan. Entre ellos, este inopinado atracón de películas desmoralizadoras.


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Pese a todo, también he cumplido con mis deberes ciudadanos. Fui a votar. También la lluvia había contribuido a espesar la multitud congregada en el momentáneo refugio ofrecido por el colegio electoral. Qué simbólicas, a veces, las aportaciones del tiempo al imaginario colectivo. No atiné a encontrar mi mesa y fui auxiliado en ello por un amable interventor socialista. En la mesa, en cambio, me pusieron mala cara cuando, una vez introducido mi sobre blanco en la urna del Congreso, les dije que no pensaba votar al Senado. "Apunta que este señor no vota al Senado", espeta el presidente a uno de los vocales. Y aunque supongo que el empeño en consignar ese dato obedece a la necesidad de que luego cuadre el recuento de votos emitidos, no deja de parecerme un tanto ominosa la admonición. Sobre todo porque intuyo que, una vez cotejado el número de votos con los resultados obtenidos por cada formación, debe de ser relativamente fácil deducir a qué opción han votado los abstencionistas del Senado. Con lo que el secreto de voto, que es una de las premisas del sistema, queda en entredicho. Y yo en la lista negra.

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