jueves, noviembre 24, 2011

RECORTES



Lo de dejar el café fue una de esas medidas drásticas que uno toma cuando motivos distintos a los meramente dietéticos o salutíferos aconsejan un cambio de hábitos. Hubo un tiempo en que tomaba tres o cuatro cortados al día, cuanto más cargados mejor. Luego reduje la dosis al primero de la mañana, que intenté suprimir, sin éxito, durante las vacaciones. No lo logré en esa primera ocasión: me pasaba la mañana en un estado de invencible somnolencia. Pero, por eso mismo, se acentuó en mí el deseo de vencer esa dependencia, que juzgaba absurda. Al segundo intentó lo conseguí: cambié el café por un desayuno fuerte, con embutidos y un yogur. El aporte proteico cumplía con creces la función estimulante que antes correspondía a la cafeína. Y así hasta hoy, cuando hago esta anotación porque, después de diez años sin llevarme un café a los labios, he empezado a disfrutar del sabor de los sustitutivos. Y es que lo más difícil en todo este tiempo ha sido saber qué tomar a esas horas en que uno queda con un amigo en una cafetería y todavía no tiene cuerpo para una copa, ni le apetece una bebida fría, ni se conforma con un vaso de agua caliente teñida por una menta poleo... Ahora tomo descafeinado de máquina. No está tan malo como el de sobre. Tiene la consistencia de un buen café expreso. Es reconfortante. Y me hace recordar ese tiempo en el que éste y otros placeres no exigían cálculo ni tasa. En fin.

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¿De qué otras cosas nos quitaremos cuando nos aprieten de nuevo el cinturón? No sé. Entre lo imprescindible y lo superfluo no hay tanta diferencia. ¿Compraré menos libros? Eso sería casi una bendición: depender exclusivamente de la biblioteca reunida en los años de voracidad lectora y curiosidad infinita. Pero observo con preocupación que esos años no han llegado a su fin, como pudo parecerme en épocas de hábitos y gustos más estables. Ahora, por ejemplo, leo con creciente entusiasmo la menospreciada vanguardia poética anglosajona, que conocía sólo superficialmente. ¿Tendré tiempo y dinero para procurarme y leer los poemarios, los ensayos teóricos y, sobre todo, los libros de memorias de esa animosa generación que incluyó a Hilda Doolittle, Richard Aldington, F. S. Flint, etc.? Una nueva cantera abierta, a la que habrá que dedicar no pocos esfuerzos si uno quiere sacar algo de ella.

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De momento, les he pedido a los Reyes la Trilogía de H.D., en inglés. Espero que en Oriente tengan stock de estas cosas.

3 comentarios:

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

¿Nos iremos cambiando poquito a poco al ebook?
Me lo han propuesto, pero por el momento me resisto, aunque la creciente falta de espacio en mis estanterías y la alergia infame deberían hacerme apostar por otra dosis de nuevas tecnologías...

gatoflauta dijo...

Yo, que no tengo ebook ni proyecto de comprarlo, sugeriría a Esperanza que lo haga; tiene buenas razones, por lo que cuenta, y el libro en papel y el lector electrónico pueden convivir perfectamente en una misma casa. Luego será la experiencia de uno y otro quien vaya decidiendo, aunque no tienen, repito, por qué excluirse: cada uno da algo que el otro no tiene.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo no tengo e-book, pero empiezo a verle utilidad: encuentro en Internet textos que me interesan y qu eno encuentro en libro, y normalmente los imprimo para leerlos con comodidad. Un e-book terminaría con ese gasto innecesario.