jueves, noviembre 10, 2011

TOMÁS SEGOVIA

Hojeo mis libros de Tomás Segovia, el poeta español de trayectoria vital y literaria mejicanas,  al día siguiente de saber la noticia de su muerte. Lo conocí, y tuve al mismo tiempo un primer atisbo de su poesía, en una lectura que dio en Cádiz a finales de los ochenta o muy al principio de los noventa, en un ciclo en el que también participó Roberto Juarroz; y lo leí poco después en la antología que había publicado en la ya mítica colección Ocnos: aquellos tomitos sobrios, minimalistas, que rara vez erraban en su propósito de recoger lo más esencial y decantado de la producción poética contemporánea. Por entonces no había publicado aún sus últimos libros, acaso los mejores, pero ya me llamó la atención la delicadeza tonal de su poesía, su sobriedad, su sereno clasicismo. Eran sus poemas de entonces -y eso lo percibí más en mi lectura que cuando los oí de viva voz- un tanto fríos, transidos acaso de esa cierta tendencia al intelectualismo y la abstracción que tanto ha recortado el vuelo de la mejor poesía de los últimos cincuenta años. Esa cierta frialdad, que no llegaba a empañar las cualidades de aquellos poemas, desapareció por completo en los libros que publicó en España en las últimas décadas, sustituida por una muy mejicana cordialidad y por un novedoso recurso a la descripción, al paisaje, a la serena contemplación de lo realmente existente, lejos ya de esquematismos y abstracciones. De esa frialdad anterior estaban exentos, por cierto, sus muy francos sonetos eróticos, de los cuales creo recordar que leyó alguno en aquel recital gaditano, acaso el que termina con esta gráfica contundencia:


...si entro
con la lengua en la entraña que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.


Tuve ocasión de estrechar su mano y decirle cuánto me gustaba su poesía hace apenas un año, en Madrid, cuando él participaba en el homenaje que la Universidad Complutense hizo a su amigo Ramón Gaya. Se siente un extraño vértigo cuando el recuerdo reciente de una persona viva y activa se yuxtapone tan violentamente a la noticia de su muerte. Por eso dejo esta nota aquí: menos una necrológica que un recordatorio íntimo. 

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