martes, diciembre 20, 2011

BREVEDADES


Casi de una sentada me leo Lengua de madera, la "antología de poesía breve en inglés" que ha compilado Hilario Barrero y editado Isla de Siltolá. Constato, una vez más, el hecho paradójico de que, aunque no hay poeta que no haya tenido alguna vez la ambición de escribir poemas largos, en los que plasmar la totalidad del mundo propio, el lector se inclina indefectiblemente hacia la belleza y, por qué no, la comodidad, de lo breve. De hecho, encuentro en este libro algunos de los pocos poemas que me sé de memoria: de Blake, de Emily Dickinson, de Pound; a los que habría que añadir, ya fuera del ámbito de la lengua inglesa, alguno de Catulo, Fray Luis de León, Verlaine, Antonio Machado, Gil de Biedma... No recuerdo haber hecho ningún esfuerzo por memorizar estas brevedades: se me impusieron por sí mismas, en su condición de acuñaciones memorables, y ahí siguen. Nunca han dejado de acompañarme.


Me llega este libro, además, cuando aún ando inmerso en mi revisión de la poesía inglesa y norteamericana de vanguardia, la que inauguraron los imaginistas, bajo el magisterio de Pound. El centenar y  medio de poemas breves que contiene esta antología hubiera proporcionado abundante food for thought a aquellos poetas renovadores del primer cuarto de siglo: casi indefectiblemente se inscriben en una de estas dos categorías antagónicas: epigramas y madrigales, por un lado (es decir, poemas consistentes en la expresión ajustada de un pensamiento), y poemas que se basan en la asociación más o menos subjetiva de dos imágenes aparentemente disímiles. Es decir: estas brevedades plantean en toda su crudeza la esencial dicotomía a la que debe enfrentarse todo poeta contemporáneo a la hora de decidir su manera de abordar el poema: hacerlo de un modo discursivo, elocuente, usando los recursos rítmicos como simples elementos de ajuste para un desarrollo lógico y retórico más propios de la prosa y del lenguaje común; o, por el contrario, buscar la asociación imaginativa, la libre relación de ideas, el proceso asociativo por el que, en el intelecto, una imagen evoca otra, en un proceso frecuentemente independiente del pensamiento meramente discursivo. Todos los poetas antologados en este libro son una cosa u otra: o epigramáticos, en un sentido amplio, o imaginistas. No hay más. 

Ni que decir tiene que, si últimamente me ocupo en estas reflexiones, es porque ando revisando algunas de las convicciones en que se ha basado mi propia práctica poética hasta el momento. Por cansancio, quizá, de los caminos recorridos. Y porque a todos nos llega el momento de plantearnos si la amplitud del gusto propio, siempre mayor que la de la propia creación de la que uno es capaz, no debe de ser una permanente invitación a extender muestras indagaciones, a explorar caminos nuevos. En eso estamos. 

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