miércoles, diciembre 28, 2011

DE CABECERA

El breve paseo matinal disipa las melancolías con las que me despierto, fruto de la noche mal dormida, del malestar general causado por la medio gripe que arrastro y de otros difusos pero tangibles desacuerdos entre uno y la realidad. Voy a mi librería de referencia, a recoger algunos encargos. Y mantengo con el librero una breve pero sustanciosa conversación sobre la naturaleza elusiva del tiempo en estos días sin obligaciones. No tengo conciencia de haber sido yo quien ha llevado la charla por esos derroteros, pero el caso es que en el autobús venía pensando ya en el carácter elástico que tenían los días en mi adolescencia, por ejemplo, cuando me daba tiempo de estudiar, salir, escuchar música, leer, puntear la guitarra, pintar e incluso escribir, sin que estas acciones se atropellaran unas a otras ni se tradujeran en una sensación de premura o agobios. Pienso en C., en sus días cortísimos, y llego a la conclusión de que la diferencia está en que el actual régimen de vida de los adolescentes les priva, en sus días libres, de las dos partes más productivas de la jornada, a saber: la mañana, que suelen pasar durmiendo; y las horas previas al sueño, que ellos apuran en diversión. No es que uno no trasnochara, cuando había ocasión para ello, ni que estuviera siempre predispuesto a hacer algo que no significara pura y simplemente perder el tiempo. Era más bien lo contrario: la diversión -en el abrumador sentido de compromiso social que tiene hoy- no venía impuesta como una obligación más, y eso dejaba tiempo para muchas cosas.


Juro que no fui yo quien sacó el tema. Pero uno de los alicientes de venir a esta librería es éste: el librero, frecuentemente, me lee el pensamiento.

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