lunes, diciembre 19, 2011

EN EL AUTOBÚS SEMIVACÍO

En el autobús semivacío, al filo del mediodía del viernes, dos monjas sentadas frente a lo que parecen ser dos viajantes de comercio. Las monjas visten tocas aparatosas y hábitos que las cubren hasta los pies y les hacen parecer figurantes de una película ambientada en los Siglos de Oro. Son forasteras, como los viajantes, y hablan de las bellezas de la ciudad. A los viajantes, que parecen gente apresurada, les recomiendan que no se vayan sin haber visto la puesta de sol, que a ellas les ha impresionado. Los viajantes, a su vez, se deshacen en elogios hacia la ciudad, a la que uno de ellos, recurriendo a un conocido tópico, compara con La Habana, donde dice haber vivido muchos años... En esto, tercia en la conversación una anciana que los ha estado oyendo desde el otro lado del pasillo, donde ocupa el asiento situado frente al mío. Habla esta mujer como lo hacía mi abuela materna: con el habla algo afectada, "fina", aunque inconfundiblemente gaditana, que empleaban las mujeres de los oficinistas y trabajadores de cuello blanco para diferenciarse de las gentes del pueblo. Asiente a la comparación habanera, y rompe una lanza a favor de la amabilidad de los nativos, de quienes dice (y yo creo que exagera) que siempre están dispuestos a apartarse de su camino para acompañar a un forastero desorientado... Asisto entre encantado y empalagado a esta escena de otro tiempo. La tranquilidad de esta hora previa a la salida de los trabajos y al cierre de los comercios contribuye a la ilusión. Que se desvanece cuando, como por arte de magia, las monjas se levantan, los viajantes y la anciana las secundan y, de pronto, sin que yo pueda discernir qué dirección han tomado, sólo acierto a ver, a mis pies, la acera desierta, mientras el autobús reemprende la marcha.

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