lunes, diciembre 05, 2011

EN LA PLAZA

En la chimenea del amigo M. ha aparecido un pájaro muerto. Me pregunta, lleno de aprensión, si alguna vez me ha pasado algo parecido. No, de momento. A lo más, he llegado a arrancar alguno ya moribundo de las garras de K. Pero no es lo mismo.


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De mercader callejero, a mis años. Estos amigos pintores me pidieron que me sumara al mercadillo de pintura que pensaban instalar en los soportales del ayuntamiento. Para no molestar a ningún librero, aporto yo mismo algunos ejemplares de mis libros recientes, con la intención de recomprar luego los vendidos en una librería, y respetar así el circuito natural y legal por el que éstos deben circular. Pero, una vez más, creo que he pecado de voluntarismo. Veo el montoncito de libros apilados en una especie de banco viejo de iglesia que ha aportado el ayuntamiento y envidio la vistosidad, la prestancia, de los cuadros colgados en la pared blanca u orgullosamente emplazados en sus caballetes. Qué poca cosa es un libro, siempre, al lado de un cuadro. La primera jornada no puede ser más desastrosa: los visitantes confunden los libros con folletos o muestras gratuitas, y preguntan su pueden llevárselos. Alarmado, me apresuro a ponerles a todos una pegatinita con el precio... con lo que creo que los he degradado aún más. Pero son sólo aprensiones mías. Al día siguiente, que es domingo, acudo al mercado con mejor ánimo, influido quizá por la mañana esplendorosa. Me atrevo incluso a entablar conversación con los extraños que se detienen ante la magra mercancía. Y, milagro, vendo algunos: los tres ejemplares que llevaba de Ronda de Madrid, uno de mi antología Casa en construcción... Dejo el mercadillo al medio día, encomendando el cuidado del lote a mi amigo J.A.M., que seguirá al frente del tinglado hasta el martes. Y me voy contento, no tanto por haber puesto en circulación cuatro libros míos, como por haber disfrutado de la impresión única de llegar a la plaza a primera hora de la mañana, sacar los caballetes de las dependencias municipales, colgar los cuadros, y luego dejar pasar las horas mientras a tu alrededor el pueblo y sus visitantes van despertando lentamente...


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Y oír las historias de la gente: algunas, enternecedoras, como la de este joven pintor que se ha convertido al Islam por amor; otras, terribles, como el crudísimo episodio que cuenta el antiguo municipal de cómo redujo a un alborotador y éste, indignado por el trato recibido, fue a poner una denuncia al cuartel de la Guardia Civil más cercano, donde también le dieron lo suyo...

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