miércoles, diciembre 21, 2011

FRÍOS

El despiadado frío gaditano, exento de artificios invernales -no hiela, ni nieva- y ni siquiera demasiado intenso, comparado con el de otras latitudes; pero, por eso mismo, tanto más dañino, por actuar sobre gente casi siempre incautamente desabrigada, sobre casas de paredes finas como láminas de cartón, sobre ánimos demasiado poco prevenidos respecto a las crudas realidades del invierno. Me paso la mañana sin quitarme el chaquetón, con el cuello envuelto en una bufanda y alternando entre salas excesivamente caldeadas y pasillos gélidos. Y tengo un recuerdo para la añoranza que decía sentir Josep Pla por los países bien organizados, en los que todas las casas están bien aisladas y cuentan con sistemas de calefacción eficientes. Sentado en mi salón, a apenas un metro del calefactor de aceite, siento en la nuca el tacto gélido de una inexplicable corriente de aire... Y es como si estuviera en una de esas inhóspitas masías del Ampurdán en las que tan infeliz decía sentirse el escritor catalán apenas llegaban los fríos.


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Muy frío, también, el prólogo que pone el historiador Santos Juliá a las Crónicas de la Guerra Civil de Manuel Chaves Nogales que acaba de publicar Renacimiento. El sevillano, a juicio del historiador, "redujo la complejidad de la lucha a dos términos que dejaban fuera más de la mitad de las cosas que estaban ocurriendo en España en aquel otoño de 1936". Pero da la impresión de que el prologuista abusa un tanto de su situación privilegiada: que el testigo directo de los hechos no viera la situación con el distanciamiento de quien la enjuicia setenta años después no quiere decir que el testimonio del primero pueda tildarse sin más de insuficiente. Porque el hecho es que Chaves ve cosas que muchos estudiosos de nuestra historia reciente no alcanzan a ver ni siquiera hoy. Para empezar, la catadura personal y moral de los actores principales del conflicto. Las inhibiciones de Azaña, por ejemplo, le parecen a Chaves el producto de "un prurito típicamente intelectual de sujetar la realidad al sistema ideológico previamente elaborado". El sevillano es también el primero, quizá, en percatarse del significado de los movimientos políticos que se produjeron en ambos bandos a mediados de 1937: la decisión de Franco de desprenderse de los elementos más genuinamente fascistas de Falange -los hedillistas- para apoyarse en las viejas clases conservadoras; o la pretendida adhesión formal del gobierno de Negrín a la legalidad republicana, comprometida en los primeros meses de la guerra por la acción revolucionaria de las organizaciones que controlaban de facto la situación... Que ese abandono de las posiciones más extremas dentro de cada bando no terminara, como esperaba el sevillano, en un entendimiento entre los contendientes no resta lucidez a su análisis. De no haber mediado una guerra mundial, que apartó de España la atención de las grandes potencias, y posteriormente una guerra fría entre Occidente y la URSS, que convirtió a Franco en un aliado estratégico de Estados Unidos, quién sabe si los hechos no hubieran terminado imponiendo una salida pactada del régimen de fuerza instaurado por el bando vencedor. Las esperanzas de Chaves se vieron defraudadas. Pero su impecable visión de intelectual liberal, rara avis en la Europa de entonces, conserva aun hoy toda su fuerza, e incluso un cierto magnetismo. Leyéndolo, quisiéramos suscribir punto por punto su sentido de la justicia, su lúcido rechazo de los totalitarismos y su inquebrantable adscripción a la democracia republicana, sin que esto significara hacer la vista gorda sobre los crímenes cometidos por quienes teóricamente decían defenderla... Setenta años después, el ardor que el periodista sevillano puso en la defensa de sus ideales resulta incluso contagioso. Por eso merece la pena leer su libro. A despecho, incluso, de lo que dice su prologuista.

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