lunes, diciembre 12, 2011

LA NOTICIA

Mientras instalamos el mercadillo de cuadros y libros, en el silencio de la mañana soleada de sábado, se nos acerca el viejo M., que se pasa el día paseando por el pueblo su porte algo trastabillante de hombre que fue alto y recio, y al que ahora de todo eso le queda una mirada de condescendiente altivez, no exenta de una cortesía rural y antigua... Se dirige a su convecino, mi amigo pintor, y le da la terrible noticia: unos perros han matado a un niño. Nos quedamos mudos, espantados y, a la vez, algo recelosos de que el viejo pueda estar confundido o exagerando. Pero yo mismo vi esa mañana el coche de la Guardia Civil seguido de una ambulancia. Y aunque pensé que, en ese pueblo con tantos viejos, el motivo de esa irrupción una de esas urgencias rutinarias que no necesariamente están abocadas a acabar en tragedia, ahora ese detalle parece corroborar la terrible historia que acaban de contarnos. 


Y, sin embargo... No sé, esperaba uno que un suceso así desatara una conmoción inmediata. Que, en este pueblo tan pequeño, la vida quedara momentáneamente paralizada. Pero no: el camarero del bar de la plaza continúa poniendo tranquilamente las sillas y mesas de la terraza, mientras la encargada avía los montones de leña que habrán de calentar esa noche una zambombá callejera, en la que se servirá anís y polvorones... Nosotros mismos seguimos con nuestra rutina, colgando cuadros bajo los soportales del ayuntamiento y distribuyendo caballetes por la plaza. También van llegando los amigos que hemos convocado al evento. Y cuando, mientras tomamos el primer vino, les comento la noticia que acaban de darnos, nos dicen que, por la carretera, llegando al pueblo, les había adelantado una furgoneta de una empresa de pompas fúnebres. En vano pedimos novedades a otros recién llegados. Nadie sabe nada.


Mientras, el pueblo va despertando alrededor de la plaza, que alcanza el punto álgido de su actividad a eso de las dos de la tarde. Incluso el mercadillo se anima. Y, aunque ese día no se venden cuadros, los libros parecen tener alguna aceptación. Siente uno una cierta emoción al poner estos libros propios en manos de extraños. Y aunque he asumido esta obligación en nombre de una librería, a la que rendiré cuentas, cada libro vendido me parece un extraño y sorprendente logro... En fin: quiero decir que cada uno se fue entregando a sus fantasías y vanidades. Y el hecho trágico que había planeado sobre nuestras cabezas desde primera hora de la mañana quedó más o menos relegado.


En la cena -una especie de festín prenavideño, urdido por unos inquietos restauradores locales- quedó aclarado el misterio. La víctima no era un niño, sino un hombre de treinta años. Y la causa de su muerte no fue el ataque de una jauría descontrolada, como nos había dicho el viejo, sino un suicidio. De las causas de éste no se dijo nada, y nadie quiso especular sobre ellas. Tampoco, sobre el modo en el que el suicida llevó a cabo su propósito. El hombre vivía en el pueblo vecino, y subía a éste a dar de comer a los perros -había perros por medio, en efecto- que mantenía en una especie de corral. En esa soledad consumó su acto desesperado. Y ahí queda la noticia, añadiendo su triste contrapunto al día.

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