miércoles, diciembre 07, 2011

LÍMITES

A la mitad de esta semana con dos fiestas intercaladas y sin puente. Hay dos maneras de verlo: una semana con tres viernes; o una con tres lunes. Cuando escribo esta nota (martes noche) el ánimo que me domina se inclina más bien a lo segundo. 


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Lo desacostumbrado, en todo caso, es esta especie de ataque de hiperactividad sobrevenida. J.A.M. me ha enganchado para la prórroga del mercadillo de arte en Benaocaz, que se prolongará a la segunda parte del "puente" (para quienes lo hagan, que no es mi caso); al que se suman dos escritores amigos, Charo Troncoso y Antonio Serrano Cueto. Otro amigo me llama para proponerme unos músicos para otra celebración más o menos inminente... Me paro a pensar en esta extraña constitución mía: el entusiasmo se me transforma fácilmente en ansiedad, y en una insincera, pero fundada, añoranza de la ataraxia, que sería mi estado de ánimo ideal, si no fuera porque tampoco sirvo mucho para la vida meramente meditativa.


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Para hiperactivo, Ezra Pound, de quien releo ahora Personae, la antología de su poesía anterior a los Cantos. Leo estos "poemas breves" -o no tanto: algunos ocupan varias páginas- con más curiosidad que entusiasmo. Y una cierta decepción, ante la triste evidencia de que un talento tan bien dotado, capaz de asimilar varias tradiciones literarias, de inventar o insuflar vida a unos cuantos movimientos de vanguardia, de polemizar incansablemente, tuviera... tan poco que decir. Tiene esta compilación más de almoneda o cacharrería que de corpus poético propiamente dicho. Mucho exabrupto, mucho epigrama, mucho calco y parodia, pero... de lo que es aportación novedosa y personal, nada o muy poco. Si acaso, algunas de las versiones de poesía china que componen su libro Cathay, o algunos de los poemas más genuinamente imaginistas de Lustra. Pero merece la pena recorrer de su mano este itinerario, siquiera sea por constatar sobre qué difíciles cimas pretendía alzarse la poesía del siglo XX. Hemos pagado cara esa ambición, qué duda cabe. Pero no creo que pueda despreciarse sin más a quienes la tuvieron.   


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Y una estupenda película de Spielberg que en su día me pasó desapercibida, quizá debido a su ridículo título: Atrápame si puedes (Catch me if you can). La admiración que nos producen siempre las existencias desmesuradas, como lo fue la de este Frank Abagnale Jr., precoz estafador y falsificador que, antes de cumplir veinte años, fue capaz de poner en jaque al FBI, para acabar sus días trabajando al servicio de este cuerpo policial y de los propios bancos a los que había estafado. La fantasía megalómana de burlar a los poderes de los que dependemos, de saltarse las normas, de sentir que se ha sobrepasado un límite a partir del cual la impunidad parece asegurada. Disfruto con esta película, que llena una difícil sobremesa. La realidad, luego.  

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