martes, diciembre 13, 2011

OFERTAS

Termino la lectura de "Consejo obrero", el relato o "novela corta", como la llama el autor, que cierra A sangre y fuego, la estremecedora colección de narraciones sobre la guerra civil española que escribió el sevillano Manuel Chaves Nogales. Un "consejo obrero" similar al descrito en este cuento fue el que destituyó al propio Chaves de la dirección del periódico Ahora, a pocos meses del comienzo de la contienda. Este hecho, unido a la inseguridad física que el periodista sentía en el Madrid bombardeado por los franquistas y sometido al terror que ejercían las milicias descontroladas, y a la situación de incertidumbre creada por la huida de la capital del gobierno legítimo, fue el que decidió a Chaves a dejar Madrid e iniciar el camino de un largo y definitivo exilio. 


Sobre lo que dejaba atrás no se hacía ilusiones; y eso es lo que traslucen las primeras páginas del nuevo libro suyo que he empezado a leer, su colección de crónicas retrospectivas titulada Defensa de Madrid, que se abre con un desesperanzado retrato del general Miaja, el militar leal a la República que asumió el mando en el frente madrileño. La patética semblanza de este general sin ejército, encerrado en su búnker y temeroso de que lo fusilaran, bien los milicianos sobre los que teóricamente mandaba, bien los antiguos colegas cuya sublevación no había secundado, recuerda extrañamente la que el periodista sevillano hizo unos años antes, en su libro Lo que queda de la Rusia de los zares, de Kerensky, otro hombre bienintencionado al que la Historia puso a cabalgar a lomos de un tigre. Y en ambas, quien se retrata es el propio Chaves, en su estupor de hombre de convicciones liberales atrapado por una siniestra conjunción de circunstancias. 


Lo que lo engrandece es el hecho, incuestionable a la luz de sus escritos, de que nunca se llamó a engaño sobre la naturaleza de las fuerzas en liza: sabía que comunismo y fascismo eran sólo manifestaciones distintas de una misma bestia totalitaria, y, a diferencia de muchos intelectuales de su tiempo, no sucumbió a los presuntos encantos de ninguna de las dos.


***


Como me dice este compañero, hay algo obsceno en el hecho de que, en medio de la brutal crisis económica que atenaza a tantos, haya grupos de empleados que sigan permitiéndose las ostentosas y desaprovechadas cenas de empresa que suelen celebrarse en estas fechas. Pero se me ocurre que este dispendio proporciona unos oportunísimos ingresos a no pocas empresas que, gracias a ellos, pueden mantener su actividad y sus plantillas. Y así gira la rueda, sin que nadie sepa calibrar bien las consecuencias de bajarse bruscamente de ella o de contribuir a su alocado movimiento.


Yo, por mi cuenta y riesgo, esta vez voy a permitirme quedarme discretamente a un lado. 


***


Un animoso panadero me deja en el buzón la "oferta de lanzamiento" de su establecimiento: dos barras de pan y dos bollos por un euro. La gente sigue abriendo negocios modestos. Lo que no funciona, lo que se ha parado irremisiblemente, es la rueda grande, la que se movía a impulsos de todos sin que, al parecer, nadie se preocupara seriamente por su finalidad, su destino o su rendimiento.    

2 comentarios:

José Miguel Ridao dijo...

Pues ya es casualidad: ayer mismo terminé yo también de leer A sangre y fuego. Al margen de la verosimilitud de los relatos, que sirven en cierto modo de testimonio histórico, me ha impresionado la maestría de Chaves Nogales. Estamos ante un escritor de primera fila, de obra corta, es cierto, pero no hay muchos que lo igualen. Qué injusto, ese exilio interior, olvidado de vencedores y derrotados, esa quimérica tercera España, tan despoblada y desvalida.

Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo curioso, y lo triste, es que, pese a los testimonios cada vez más abrumadores a favor de esa postura (pienso en Morla Lynch, por ejemplo), la ecuanimidad que representa no termina de abrirse paso en nuestra sociedad. Es como si prefiriésemos la sempiterna versión maniquea. Un abrazo.