lunes, enero 31, 2011

UNA MIRADA



Un médico, un simple jefe de negociado, un empleado parapetado tras una ventanilla, incluso un portero o un bedel: durante el franquismo, había capas de la población para las que esas figuras podían representar la autoridad, el respeto debido, el poder omnímodo, por depender de ellas decisiones vitales para quien se ponía en sus manos, y porque en ellas estaba la posibilidad de actuar arbitrariamente contra los intereses del postulante, sin que, en el sistema jerárquico entonces en vigor, éste pudiera plantearse siquiera la posibilidad de elevar una queja. 

Naturalmente, no estoy achacando conductas de esa clase a todos los integrantes de los gremios mencionados; ni, por extensión, a cualquiera que detentase entonces alguna clase de responsabilidad profesional o pública (no sé: abogados, profesores...) de parecido alcance. Pero ésa era la esencia de las relaciones sociales en la España de entonces; y por eso me han llamado poderosamente la atención, en estos últimos días, las noticias que han ido surgiendo sobre la posible existencia, durante buena parte de ese periodo, de una trama organizada de robos de recién nacidos para darlos en adopción, y sobre la presunta implicación en ella de médicos, enfermeras, matronas, curas... En los últimos tiempos se ha discutido  -agriamente, como casi siempre ocurre en nuestra vida pública- sobre la posibilidad de abrir una causa penal contra el franquismo y sus responsables. No digo yo que no; pero, ante casos como el que motiva este apunte, se me ocurre que el verdadero proceso penal al franquismo, y el único que podría dar lugar a una verdadera reflexión sobre el papel que cada cual jugó en esos años, vendrá de la mano de denuncias como ésta, aparentemente ajena a intereses políticos. 

Mi imagen de esos tiempos, al menos, se corresponde con lo que evocan hechos como los ahora denunciados: un extraño temor general a ser juzgado por el vecino, a ser arbitrariamente ignorado por el funcionario de turno, a incurrir en innominadas e impredecibles faltas contra los códigos de conducta vigentes, o a ser víctima de maquinaciones contra las que nada se podía hacer, por estar respaldadas por personas o instituciones poco menos que incuestionables. De todo esto se ha hablado poco, porque lo más fácil hasta ahora ha sido centrarse en la fachada política o en determinadas situaciones arquetípicas (de ésas, en fin, en las que intervienen tricornios, sotanas, camisas azules...), sin ir más allá.


Modestamente, quien esto escribe intentó el otro camino en su novela Vacaciones de invierno, la primera de una trilogía en marcha sobre el periodo histórico que incluye los últimos años del franquismo y los primeros de la transición democrática. A esta inmersión literaria en ese mundo debo, quizá, mi actual interés por noticias como la comentada. Escribir -no es la primera vez que lo constato- es la manera que tenemos algunos de ir con los tiempos, de entenderlos y entendernos. Un modo un poco complicado, tal vez. Pero, en cualquier caso, el que corresponde a un modo de ser que quizá -hay que reconocerlo- no sea todo lo resolutivo y práctico que demanda la realidad; pero que, a pesar de eso, aporta una mirada sobre ésta que de algún modo completa o modifica la de quienes inciden sobre ella sin tantas rémoras ni miramientos.

sábado, enero 29, 2011

LO NUESTRO



Al mismo tiempo que el cansino terrorismo de Eta se diluye en la irrelevancia, vuelven a aflorar en la vida política y social española otras formas de violencia de apariencia más espontánea y efectos quizá no tan letales, pero que, por eso mismo, constituyen un fenómeno casi más preocupante que el terrorismo declarado, porque su rápida extensión y arraigo en determinados ámbitos podría llegar a convertirse en plaga. Vuelven las brigadas de la porra, los petardistas, los piquetes amenazantes. De todo ello ha habido ejemplos en las últimas semanas. En Murcia unos indeseables le destrozaron la cara a golpes a un consejero autonómico, en Galicia se han reiterado los ataques con explosivos caseros a las sedes del Partido Socialista, en Andalucía ha suscitado serias preocupaciones el anuncio de que algunos colectivos podrían utilizar como arma de protesta el boicot a los actos políticos en la próxima campaña electoral. Salimos, en fin, de la espiral posmoderna del terrorismo preconizado por los vástagos del mayo francés, de la que ya casi no quedan resabios en ningún país de Europa (el de Eta, en fin, si no nacido en esa oleada, pronto adoptó sus latiguillos y sus justificaciones ideológicas), y volvemos a lo nuestro, a lo de siempre: a la enrarecida atmósfera política y social de nuestro país en los años veinte y treinta. En esa época era normal que partidos políticos y sindicatos tuvieran sus milicias y brigadas de choque. El ambiente era el que se describe en la novela La verdad sobre el caso Savolta: pistoleros a sueldo de patrones y sindicatos, indiferencia policial, corrupción generalizada; y, en medio de la barahúnda, el difícil día a día de quienes intentaban contar o entender lo que sucedía.


No diré que estemos ya en esa situación: detesta este columnista la generalización abusiva o las declaraciones tremebundas. Pero sí que, al hilo de la difícil situación económica y la falta de confianza en los actuales responsables políticos, se aprecia una clara deriva hacia nuestros más indeseables atavismos. Y resulta muy preocupante que ese deterioro sea palpable sobre todo en el ámbito regional o local, donde todo el mundo se conoce y la agresión resulta por ello más sencilla, a la vez que la cadena de complicidades, la omertá de los sicarios, más difícil de acotar. Acaba de suceder en Cádiz. A un conocido periodista gaditano lo han agredido por haber expresado abiertamente su parecer sobre cierto intrincado contencioso laboral, del que la ciudadanía ha sido mudo testigo, a la vez que rehén de las protestas derivadas del mismo. No puede uno sino expresar su más enérgica condena de esta agresión, cercana y palpable. Y desear estar completamente equivocado respecto a los temores generales expresados más arriba.


Publicado el martes en Diario de Cádiz


NOTA: el texto publicado en el Diario era algo más concreto respecto a los detalles del incidente aludido en el último párrafo. En este blog he creído conveniente suprimir nombres propios y elevar, como diría d'Ors, la anécdota a categoría. De hecho, el artículo desarrolla una idea ya anotada en este cuaderno con anterioridad a dicho incidente. 


Para la lectura del artículo original, pinchar aquí. Para otros textos relacionados con este asunto, pinchar aquí

viernes, enero 28, 2011

DIEZ DEL SOL



El sol de invierno constituye siempre un consuelo. Insuficiente, sí, pero que se agradece igual.


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Cada vez que nos paseamos con abrigo en un día soleado el sol siente que le hacemos un reproche.


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Los pusilánimes no serviríamos para hacer el oficio del sol: mediado noviembre, desistiríamos.


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Quienes mejor entienden el sol son los gatos.


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Nadie más solidario que estos gatos amontonados al sol: la parte alícuota de calor que recibe cada uno redunda en beneficio de todos.


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El color preferido del sol es el verde: es el que mejor le sale cuando pinta la mañana, y el que mejor luce cuando los demás aparecen ya un poco gastados o requemados, al mediodía.


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Al sol no le gusta que lo miremos cuando se proyecta en una pared blanca: se siente desnudo. Por eso nos ciega.


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Esas manchitas solares que quedan en la retina cuando nos deslumbramos: islas de un archipiélago incandescente, por el que navega Caronte.


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Cuando está nublado el sol se ríe a través de esas rendijas luminosas que vemos entre las nubes.


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Pese a la existencia de los soláriums, el sol es gratis.

miércoles, enero 26, 2011

CEJAS

A mi nueva foto para el carné de identidad le falta justo uno de los rasgos definitorios de mi identidad: las gafas. Me dice la fotógrafa que la norma actual estipula que no se pueden llevar gafas que te cubran las cejas. De lo que se deduce, supongo, que las cejas deben de ser decisivas a la hora de establecer la identidad de uno. Más, en cualquier caso, que las gafas; aunque, modestamente, creo que en mi caso es justo al revés: para quienes me han tratado en los últimos treinta y cinco años seguramente mis gafas pesan más que cualquier rasgo facial que éstas mantuvieran más o menos oculto. Más importancia tiene, a estos efectos, el corte de pelo. Cuando sustituí mi ingobernable cabellera partida con raya al lado por un corte al uno, hubo gente que no me reconocía por la calle. Por esa misma época me dejé crecer la perilla, y algún gracioso me dijo que me parecía a esa autocaricatura de sí mismo -pelón, rapado, con perilla- con la que el pintor Pérez Villalta solía representarse en sus cuadros... No era para tanto, creo, más allá de la extrañeza que podía causar en algunos ese cambio de imagen. Hay que decir que esa comezón por variar algún rasgo visible de mi apariencia física ha desaparecido casi por completo: el afán que me llevaba, en mi juventud, a alternar el rostro lampiño con temporadas con barba o bigote ha cedido su lugar al de perpetuarme en mi actual aspecto; lo que, visto el imparable avance de los años, resulta una pretensión mucho más ingenua e insostenible... En cualquier caso, he ahí mi nuevo retrato a efectos de identificación ante la policía: sin gafas, con la mirada ligeramente desorbitada del miope y las cejas -tan importantes, al parecer- levemente enarcadas. Y con ese aire algo moruno que le da a uno la perilla. Calculo que esta renovada imagen me costará más de una mirada suspicaz en los controles de los aeropuertos. No, si va a tener razón Arcadi Espada: el rostro descubierto es seña de identidad del hombre occidental. Lo otro, lo de cubrirse la cara, corresponde al enemigo.

martes, enero 25, 2011

FRÍO

El frío que sentimos en estas latitudes donde damos por sentado que éste es una excepción es siempre reminiscente: es frío de otro tiempo, y llega siempre en el momento justo en el que parecía que dábamos por extinguido su recuerdo, o por improbable su reaparición. Y es un frío admonitorio: viene a hacernos sentir la posibilidad -sólo la posibilidad, en fin- de que podría sorprendernos alguna vez sin abrigo, sin techo o sin dinero,  como ahora, a lo mejor, nos ha sorprendido momentáneamente con calcetines finos o sin camiseta interior. Y entonces sí que aprenderíamos a tomárnoslo en serio.


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La verdadera pregunta que se hacen los escritores que, además de mantener un blog, han escrito y publicado libros, es la siguiente: estas notas gratuitas, libremente ofrecidas a la curiosidad del lector, ¿atraerán la atención de éste hacia alguno de nuestros libros? Y, en tal caso, ¿hará por comprarlos? Teniendo en cuenta siempre, en fin, que el escritor que se halla en la tesitura de hacerse semejantes preguntas es un escritor que no vive de la literatura, y al que, por tanto, en buena ley, debería resultarle indiferente que sus libros se vendan o no. A no ser, claro está, que ese deseo se aplique exclusivamente a mantener contentos a los editores, que son quienes hacen el gasto.


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Porque lo que está claro es que para este género quizá no cuenta del todo un viejo principio por el que me rijo desde hace años para tasar la valía de los escritores que, además de publicar libros, escriben en periódicos: no comprar jamás un libro de alguien cuyos artículos no me agraden. Aunque puedo aducir mil incumplimientos sistemáticos de este principio por mi parte (ay, pobre Pérez Reverte). Con lo que, al final, la conclusión va a ser que exponerse, ya sea en periódicos o en Internet, no conlleva más que riesgos.

lunes, enero 24, 2011

GOTAS

Abrazo a esta amiga escritora que acaba de sufrir una inesperada y dolorosísima pérdida familiar. Y sólo en ese momento, el de la percepción del contacto algo trémulo de la persona que abrazo, se interrumpe el gran hiato que separa al que sufre de quienes simplemente asisten a su dolor. Ante el dolor ajeno, en general, no podemos ser otra cosa que intrusos o espectadores más o menos impotentes. Y eso, a pesar de que ciertas causas de dolor apelan muy directamente a nuestra percepción de cuánto sufriríamos nosotros mismos en esas mismas circunstancias. Hay en esa reacción algo de egoísmo, o de puro instinto de conservación: algo que da gracias, en fin, por no ser uno el receptor de ese terrible golpe que acaba de recaer sobre otro. Por suerte, y en bien de nuestra propia humanidad, hay resortes de nuestra sensibilidad que no se atienen a ese cálculo egoísta, y que son los responsables, supongo, de los accesos de emoción que nos embargan en casos como éste; y que, si no confortan al doliente, que es totalmente ajeno a ellos, si nos consuelan a nosotros mismos de esa incapacidad casi absoluta de asumir en toda su dimensión ese dolor ajeno.

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Pequeñas, agudas, heladas, casi punzantes gotas de lluvia, arrojadas con fuerza contra mi rostro por un viento seco y cortante. Parecen casi sólidas, y por ello me digo que anticipan lo que seguramente serán las primeras nevadas del año en esta latitud. Pero no, la nieve es otra cosa: si esta lluvia graneada da la impresión de ser casi sólida, la nieve, que sí  lo es, causa asombro y extrañeza precisamente por todo lo contrario: por parecer algo más ligero que el aire mismo. Algo hecho de ese mismo silencio que se impone en el momento en el que cae.

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Me doy cuenta, en fin, de que yo era d'orsiano sin haber leído la obra filosófica del gran Eugenio d'Ors. Lo constato mientras leo la cumplida recensión que ha hecho Antonino González del pensamiento estético de este autor, que en su obra dedicada a Lo barroco, por ejemplo, estableció que esa palabra no designa un movimiento artístico particular, ceñido a los siglos XVII y XVIII, sino un eón o universal del devenir artístico humano, en eterna pugna con su contrario, lo clásico. Y me acuerdo de un profesor mío que nos enseñó la sucesión de los movimientos estéticos históricos en función de esa dualidad: a una época de signo clasicista -el Renacimiento, el Neoclasicismo, etc.- invariablemente seguía otra de signo contrario -Barroco, Romanticismo, etc.-. Aquel hombre, muy leído y muy versado en Historia del Arte, seguramente sí era d'orsiano en el sentido pleno de la palabra. Sólo que él, en la confusión de la época, se sentía más bien materialista o marxista; y, en ese sentido, en vez de dirigirnos al pensador catalán -pienso lo bien que me habría venido , en mis esforzados diecisiete años, haber leído Tres horas en el museo del Prado-, prefirió dirigirnos al marxista húngaro Arnold Hauser y a su Historia social de la literatura y el arte. Cosas de la vida. En esta monografía de Antonino González sobre d'Ors no se cita a ese historiador ni una sola vez; y eso que el empeño de éste en definir y delimitar el Manierismo de los siglos XVI y principios del XVII se parece mucho al que el catalán puso en explicitar su noción de Barroco... No sé. Acabamos profesando todos una verdad mixta, compuesta de las intuiciones que tuvieron quienes nos precedieron. De algunos sabemos el nombre, de otros no. Y a otros, en fin, los relaciona uno con ciertos personajes anónimos, que fueron para nosotros los verdaderos transmisores de esa verdad: este maestro mío, por ejemplo, al que ahora pongo la cara de los dos, de Hauser y de d'Ors, en una imposible mezcla que tiene algo de caricatura.

viernes, enero 21, 2011

ALEMANIA



No se esperaba uno que volviera el día en el que emigrar a Alemania fuera la única salida para quienes no encuentran medios de vida aquí. Nada más hacerse pública la noticia de que una empresa de formación ofrecía quinientas plazas para quienes deseasen trasladarse a ese país y adquirir la preparación necesaria para vivir y trabajar en él, centenares de desempleados españoles acudieron al reclamo; y eso a pesar de que hace apenas unos meses un anuncio similar, referido a unos presuntos puestos de trabajo en Dubái, demostró ser una estafa.


Lo de Dubái, al fin y al cabo, llamó poco la atención: el emirato y su portentosa economía, basada en su riqueza petrolífera, nos resultan más bien lejanos y exóticos: un mundo de rascacielos de cristal y de pulcras oficinas presididas por ejecutivos con turbantes de seda. Nada que se decida allí nos concierne demasiado, más allá del peso que ese pequeño país de millonarios pueda tener en las subidas periódicas del petróleo, que el común de los mortales percibe más como una fatalidad geológica que como fruto de decisiones tomadas en ciertos despachos… Para ese mortal común, la noticia de que unos ilusos habían sido engañados con el señuelo de un empleo en ese improbable lugar resultaba tan ajena, en fin, como las que periódicamente dan cuenta de la inminente puesta en funcionamiento de una mina de uranio en la luna o en Marte.


Lo de Alemania, en cambio, nos toca la fibra sensible. Todavía tienen algún éxito en los programas más zafios de televisión los humoristas que, tocados por una boina y arrimados a una maleta de cartón, remedan a los inmigrantes españoles que, en los años sesenta y setenta, acudieron por millares a trabajar a ése y a otros países de la Europa desarrollada. En torno a ellos se creó toda una mitología y un imaginario sentimental. Entre quienes lo intentaron, supongo, podrán contarse algunas historias de decepción y fracaso. Pero las más, las que llegaban a los oídos de quienes se habían quedado aquí, o las que testimoniaban con su mera presencia quienes regresaban, hablaban de la posibilidad cierta de labrarse un futuro y un nivel de vida dignos. Lo ganado se invertía luego en pequeños negocios o en un piso; o, como hizo un conocido mío, en una hermosa y bien oreada huerta frayluisiana, donde resarcirse de los cielos turbios y los malos aires de Kiel o Hamburgo.


Ninguno de ellos podía imaginar que, a la vuelta del siglo, otros desempleados iban a ponderar de nuevo la posibilidad de emprender el camino hacia el norte. Cuando venían de vacaciones, aquellos nos traían chocolatinas, mantequilla, galletas danesas. Éstos otros de ahora no sé qué nos traerán. La idea de que ya no hay fronteras, quizá. O la complementaria, bastante más evidente: la de que ciertas fronteras encierran espacios muy limitados, donde muchos se asfixian.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 20, 2011

LIRÓFORO CELESTE

La gripe ha hecho su entrada en casa. Y uno, que se siente ahora mismo pletórico de fuerzas, interroga las motas de polvo y los rincones sombríos, por si son portadores del fatídico virus. Esquivarlo no depende de mí. Pero, por si acaso, intento ofrecerle mi perfil mejor guarnecido. Le tiene uno cierto respeto ya a esos previsibles días en el limbo de la fiebre y el malestar general. Cruzo los dedos.


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Leo en esta monografía sobre cierto conocido autor: "cultiva en Madrid el trato con intelectuales como Rubén Darío, Juan Valera, Menéndez y Pelayo...". Y me choca el uso de la palabra "intelectuales", cuya aplicación a éstos y otros nombres supone casi hacerles un demérito. No lo fue Menéndez Pelayo, en todo caso, a quien conviene más el apelativo de "sabio", si no termina de convencernos el de "erudito". Tampoco creo que lo fuera Valera, en su condición de autor de novelas algo cínicas y ligeras. Y, por supuesto, nunca Rubén Darío, a quien, si no cediera uno a ciertos escrúpulos contemporáneos respecto al empleo de determinados términos demasiado rimbombantes, llamaría sin recato "liróforo celeste", por lo menos, como llamó él a su maestro Verlaine... A estas alturas, la palabra intelectual no dice casi nada. O, si acaso, lo que evoca no es precisamente grato ni elogioso.


A mí en el colegio me lo llamaban. Pero era porque llevaba gafas.


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Y ya que nos hemos trasladado a las cortesías del pasado, quizá convenga señalar aquí también el preocupante regreso de ciertos aspectos poco gratos de esos mismos tiempos en los que Menéndez y Pelayo, Valera y Rubén se paseaban por nuestras ciudades. Prosperan de nuevo las brigadas de la porra, los petardistas, los piquetes amenazadores y otras flores endémicas de la política española. Los tonton macoute de Haití o los sicarios del tunecino Ben Alí, a los que hemos visto en acción estos días, no son nada al lado de lo que fueron nuestros agitadores y pistoleros de principios del siglo pasado. Preocupa este afloramiento de nuestros peores instintos. Pero la ecuación está clara: a mayor deterioro económico y político, mayor degradación de la convivencia. A finales de los setenta y primeros ochenta esa penuria se tradujo en una oleada de delincuencia común sin precedentes. Ahora la violencia ambiental parece que tendrá también una clara dimensión política y social. O, dicho de otro modo: la violencia de entonces era horizontal: se ejercía entre iguales y parecía circunscrita a las capas sociales en las que se originaba; la de ahora es vertical y se extiende de arriba a abajo: se origina en los despachos y termina en los callejones oscuros.

martes, enero 18, 2011

FANTASMAS

No suelen gozar de muy buena prensa las películas de episodios, y parece un poco abusivo incluir en un lote de títulos de Lubitsch la titulada Si yo tuviera un millón, en la que éste sólo ha dirigido un brevísimo fragmento en el que un oficinista interpretado por Charles Laughton, al recibir la noticia de que le ha correspondido uno de los millones de dólares que un excéntrico millonario anda regalando, se levanta de su mesa, asciende a la planta noble del edificio de oficinas en el que trabaja y... le dedica una sentida pedorreta a su jefe. La payasada, no obstante, forma parte de una muy bien trabada amalgama de episodios dirigidos por distintos cineastas, entre los que destacan los dos firmados por un tal Stephen Roberts, al que yo no conocía. 


Dejo para otro día anotar algo sobre el segundo de los dos, referido a un asilo de ancianas en las que el inesperado regalo del cielo posibilita que éstas se rebelen contra la absurda tiranía a la que les somete la gobernanta de la institución. El otro, mucho más breve, muestra a una prostituta que, al recibir la noticia de que le han regalado un millón de dólares, no se le ocurre otra cosa que pasar una noche en un hotel de lujo, al que acude con el exclusivo objeto de dormir sola en una cama limpia. Desprende un tierno erotismo la secuencia en la que la muchacha se desnuda para meterse en la cama y, no contenta con haberse dejado sólo la ropa interior y las medias, vuelve a levantarse para quitarse estas últimas, en un sutil desquite, supongo, por las muchas noches en que habrá tenido que ejercer su oficio con ellas puestas.


Interpreta este episodio una tal Wynne Gibson, que, por una de esas bromas que permite el mundo azaroso de la farándula, fue mujer de James Cagney. Una mujer algo basta y de rasgos duros, pero capaz también de suavizarlos hasta alcanzar una cierta belleza melancólica. El episodio me recuerda al que interpretó Anna Magnani en Siamo Donne, otra película de episodios, en la que la famosa actriz, ataviada con una combinación oscura y sobre una cama deshecha, habla por teléfono con un amante que la ha abandonado. Los dos episodios ofrecen al espectador un atisbo de ese objeto universal de la curiosidad masculina: la intimidad de la mujer, cuando ésta se sabe no observada y aprovecha la circunstancia para tomarse su revancha de las mermas y daños infligidos en el trato diario con los hombres. 


Las dos -la hoy olvidada Wynne Gibson, la todavía recordada Anna Magnani- son hoy sólo sombras, manchas semovientes en una pared iluminada -o en su equivalente, un monitor de televisión-. Es uno de los aspectos inquietantes del cine: que esos fantasmas conserven todavía la capacidad de turbarnos.

lunes, enero 17, 2011

MÉNAGE Á TROIS

Ven conmigo, lector, por estos secarrales, dice Enrique Baltanás en el poema prólogo de sus Trece elegías y ninguna muerte. Esa misma palabra, "secarrales", la encuentro luego en otro poema del libro; y, por eso, y por ser una palabra que yo uso poco o nada y, por tanto, me llega con la resonancia peculiar de lo que pertenece netamente al idiolecto o estilo de otra persona, me parece que a partir de ahora la asociaré siempre con este autor y  este libro, del mismo modo que asocio "barrunto" y "barruntar", por ejemplo, con la poesía de Caballero Bonald, o "cacaseno" con la de Gil de Biedma... Ya sé que este análisis peca de basto y de poco científico, pero la huella que la poesía de cada cual deja en uno se parece mucho a la que deja el modo de hablar de los individuos a los que vamos tratando, y a los que asociamos determinadas inflexiones, tonos, palabras, etc. En este caso, además, la palabra resulta -y en eso sí creo que no me equivoco- bastante representativa: alude Baltanás a los trechos del pensamiento en el que éste no se oculta las verdades más duras; y, que, por tanto, son los más arduos de transitar, como lo es un secarral para un caminante que acaba de atravesar tramos más benévolos.


Otra palabra, en fin, que podría relacionar con este poemario: "esperanza". Pero esa es más de todos.


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Primavera adelantada. Gente paseando a cuerpo, con las chaquetas y abrigos en la mano. Matrimonios con niños pequeños montados en bicicletas y niñas que empujan carritos de bebé... Ya sé que esta estampa es, como diría alguna feminista sobrevenida, sexista. Pero también uno, aunque intenta evitarlo, es algo vulnerable a los prejuicios, y sus simpatías están, naturalmente, no con los niños grandotes y apretados que, al empujar sus motos eléctricas, emulan ya el previsible salvajismo bien pertrechado que ejercerán de mayores, sino con las niñas cubiertas de encajes y moños -en este pueblo estamos así de atrasados- que juegan a ser mamás; y que, por eso mismo, por la tremenda eficacia de los juegos a la hora de desenmascarar las realidades que imitan, dejan muy en evidencia a sus mamás.


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Los Reyes Magos me dejaron un lote de películas de Lubitsch, y a verlos he dedicado la sobremesa nocturna a lo largo de la semana recién terminada. Hay algunas muy malas -La dama de armiño, Una hora contigo-, pero otras, sencillamente, asombrosas. Lo es, en su cinismo, la llamada Una mujer para dos: qué manera tan sencilla, desprejuiciada, divertida, de representar una, por lo que veo, muy vieja fantasía masculina: la posibilidad de que un triángulo amoroso insoluble pueda resolverse finalmente mediante un ménage à trois. Qué distinta, por ejemplo, de la insoportable Soñadores, de Bertolucci, en la que una situación similar, y puesta en escena con esa descorazonadora franqueza que caracteriza al cine moderno, necesita adornarse, para presentarse como justificable, de todo un repertorio de excusas ideológicas; la primera de las cuales es, por supuesto, la presunta condición "progresista" de los tres implicados. La de Lubitsch se basa en otras premisas: la ligereza, el humor, el conocimiento de la naturaleza humana... Su ménage à trois, a la postre, resulta tan improbable como cualquier otro. "¿Cómo piensas que seguirá esto?", le digo a M.A., una vez terminada la película. "Ella los dejará a los dos", me dice. Y creo que tiene razón. 

viernes, enero 14, 2011

CHIVATOS

Se ha comentado mucho el presunto llamamiento que ha hecho una ministra para que los ciudadanos denuncien a quienes incumplen la nueva ley antitabaco, y hay quien lo ha considerado una incitación a la delación anónima generalizada, similar a la que hubo contra los judíos en la Alemania nazi... Esto último es una exageración, claro: por mucho que se empeñen los fumadores, su causa no es la de una minoría social acosada, sino un simple problema de regulación de convivencia entre quienes se saltan ciertas prevenciones sanitarias y quienes prefieren respetarlas, en bien de su propia salud y la de su entorno.
No es moco de pavo, de todas formas. Siempre que un gobierno intenta regular los comportamientos individuales, surge la sospecha de que se está extralimitando. El fundamento de esta sospecha es antiguo: ¿debe un gobierno limitarse a arbitrar desde lejos la convivencia entre los ciudadanos, para que ésta no genere demasiados conflictos, o debe, por el contrario, aspirar a crear ciudadanos ejemplares, incapaces de generar conflictos? Hay sobradas razones para pensar que el actual gobierno de España se inclina hacia la segunda opción, y quiere que sus ciudadanos no coman hamburguesas extragrandes, estén advertidos de que el vino no es sólo una delicia cultural y gastronómica, sino un brebaje tan nocivo como los licores de garrafón, empleen términos neutros (criatura, alumnado, ciudadanía) allí donde el mecanismo del idioma conserva sus distinciones de género gramatical (niños y niñas, alumnos o alumnas), etc. No duda uno de la buena intención de estas iniciativas, pero lo cierto es que ignoran el elemental principio de que el ciudadano tiende a rebelarse contra quienes intentan moldear su personalidad o regular su comportamiento; y que, por eso mismo, basta que a uno le adviertan, por ejemplo, de la peligrosidad de comerse una hamburguesa grande como una rueda de carro, para que uno imagine la felicidad de poder cebarse impunemente con una de esas pantagruélicas bolas de carne aplastada… Y como no hay policía capaz de impedir esto, al gobierno no se le ocurre otra cosa que convertirnos a todos en vigilantes de nuestros conciudadanos.
Lo que nos sitúa en otra incómoda tesitura; porque, si de algo carecemos los españoles, es de celo cívico. ¿Acaso nos atrevemos a denunciar el sinfín de iniquidades cotidianas que padecemos? El ruido nos aturde, la falta de civismo de nuestros semejantes nos sume frecuentemente en la más absoluta infelicidad, la mayoría de los servicios que recibimos adolecen de graves carencias o incurren en no menos graves irregularidades… ¿Denunciamos todas esas cosas? Ojalá. Ahora el gobierno nos pide que, para entrenarnos, empecemos por denunciar al vecino que fuma en el portal. No sé. Sospecha uno que esto quedará, como siempre, en agua de borrajas. Pero…
Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 13, 2011

CANSADO

Cuando uno tenía veinte o veinticinco años, una diferencia de edad de entre tres a cinco años respecto a otras personas suponía con frecuencia gustos y experiencias muy distintas. La edad borra esas diferencias, e insistir en ellas a estas alturas sólo podría entenderse como una manifestación de extemporánea coquetería... Sin embargo, el hecho diferencial sigue ahí: aquello que, a los veinte años, nos parecía ya viejo o lejano o pasado de moda en quienes tenían veinticinco probablemente quedó entonces fuera de nuestro acervo personal, y cuesta aceptar que ahora, en nombre de esa inevitable simplificación de cuentas que nos convierte en coetáneos de quienes antes eran simplemente nuestros mayores, se nos endose sin más. Aceptamos esa herencia impuesta, en todo caso, por solidaridad generacional, y porque ya nos sentimos más cercanos a esos mayores de entonces que a los jóvenes que nos vienen pisando los talones, y porque, con el tiempo, hemos suavizado notablemente nuestros juicios y abierto nuestros gustos y renunciado a la displicencia con la que antes nos gustaba distinguirnos. 


Anoto todo esto después de escuchar la hermosa presentación que hizo ayer mi amigo y ya casi coetáneo Rafael Marín del libro sobre Joan Manuel Serrat que ha escrito mi también amigo -éste mucho más joven- Luis García Gil. Cuenta Rafael ciertas experiencias generacionales que no, no fueron las mías, pero que ya es como si lo fueran; y que, en todo caso, son más mías que otras que yo, en nombre de los pocos años de edad que nos separan, quisiera atribuirme.


Así que bienvenida sea esta memoria sobrevenida. Yo ya casi no sé quién soy. En todo caso, no aquel adolescente que grababa casi furiosamente música anglosajona de la radio -como ahora otros la descargan de Internet- y se cerraba en banda a la venerable herencia contestataria, algo redicha y en todo caso cargada de razón, que nos había dejado el franquismo... Quiero decir que, mientras mi amigo Rafael es capaz de datar con precisión la fecha en la que escuchaba sus primeras canciones de Serrat, yo creo no equivocarme al poner año a aquel ceñudo invierno en que atronaba mi casa con grabaciones de Pink Floyd, de Deep Purple, de Jimi Hendrix, de The Beatles, de los Rolling Stones... Ahora el tiempo me ha llevado a aceptar mi parte alícuota de aquella herencia rechazada. Es como haberse reconciliado con un hermano mayor y aceptado, de paso, la parte correspondiente de la finca familiar. Bienvenida sea.


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Pasaron por la calle del Desengaño y después por la Red de San Luis y la calle del Caballero de Gracia. Al ir a salir hacia la de Alcalá... Las novelas madrileñas de Baroja -copio las líneas precedentes de Las noches del Buen Retiro- abundan en estas acotaciones topográficas. Literariamente no sabe uno qué valor atribuirles. Confieren realidad a la narración, qué duda cabe; y, a quien no sea capaz de visualizar el paisaje madrileño tan detalladamente cartografiado, aportan en todo caso la sonoridad y el pintoresquismo de unos nombres de indudable capacidad evocadora. Algunas páginas de Baroja parecen sugerir la posibilidad de que una novela no requiere mucho más: un deambular de gente, unos escenarios concretos y reconocibles, un tejido de aconteceres más o menos insignificantes. Pero seguramente esta impresión, como otras que apresuradamente pudieran derivarse de la frecuentación de Baroja, sea engañosa. De momento, he aquí un valor añadido que supera ampliamente ese mero ejercicio de constatación minuciosa: la nota de extrañeza que advertimos en el narrador, su asombro de que, después de todo, haya calles que se llaman de ese modo, y gentes que pululan y alientan en ellas como en una monumental gusanera que el espectador curioso no se cansa nunca de mirar.


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¿Y a usted qué le gusta hacer los fines de semana?, me pregunta un alumno, en respuesta a mis intentos de sonsacarlo para que diga algo al respecto en inglés. Y me acuerdo de lo que anteayer escribía respecto a la intimidad: lo que no me atrevo a contarle no es porque sea demasiado íntimo, sino, por el contrario, porque es demasiado previsible, demasiado común. ¿Cómo decirle que lo que más me gusta hacer en un fin de semana es degustar una copa de vino al calor del fuego; y, si acaso, ojear al mismo tiempo un buen libro? Para suavizarlo, le digo que eso es lo que hago cuando estoy cansado; porque, cuando no... Y no encuentro enormidad lo suficientemente grande para satisfacer las expectativas inherentes a la posibilidad contraria.

martes, enero 11, 2011

INTIMIDADES

¿No estaré / deshaciéndome a golpes / de transparencia y autobiografismo?, se pregunta Enrique García-Máiquez en un poema de su último libro, Con el tiempo. Y es una pregunta muy pertinente para todos los que utilizamos la propia vida como fuente principal de nuestros escritos; en una época, además, en la que la no-literatura, la que copa las listas de best-sellers y gana los grandes premios comerciales, se nutre de todo lo contrario: de fantasías más o menos inanes, o de esa otra clase de fantasía encarrilada que depara la frecuentación recreativa de la Historia. Y es una pregunta, también, que no puede pasar por alto quien mantiene un cuaderno como éste, que se define como "diario abierto". La respuesta que le da García-Máiquez es coherente con el mecanismo del poema en el que se inscribe; y, en ese sentido, es satisfactoria desde un punto de vista poético. Pero no sé si lo sería igualmente en una discusión abierta. Siempre queda algo -no sé qué- que no se alcanza. / Será eso lo que soy. Bien. Pero -aquí discrepo de este poeta amigo-, hay que ser muy optimista para pensar que en ese poso de secretos pertinazmente inconfesables se oculta lo mejor y más sublime del ser humano, el misterio de su esencia, su fondo espiritual. Yo creo que es más bien lo contrario: lo que no se cuenta, lo que se escamotea incluso a los diarios personales o a la literatura más francamente autobiográfica, es ese fondo común en el que conviven las miserias fisiológicas, las fijaciones mentales, las trapacerías del día a día, las pequeñeces domésticas y las mañas que dicta la supervivencia en el medio laboral, social, vecinal e incluso familiar. Nada que no sepamos de nosotros y de casi todo el mundo; y, por eso mismo, aquello de lo que, en determinados contextos, menos nos interesa hablar. Somos más bien todo lo contrario: aquello de lo que sí hablamos, porque en el mero hecho de enunciarlo moldeamos nuestro ser social y la intimidad que lo sustenta. La intimidad probablemente sea un asunto público; es decir, aquello que, al ser públicamente exhibido, nos caracteriza y singulariza. Lo otro, lo que ocultamos, no es más que privacidad, es decir, ese incomunicable fondo común en el que todos somos iguales.


Digo yo.

lunes, enero 10, 2011

PELIGROS

A las seis de la tarde del sábado la tormenta está justo encima de nuestras cabezas. El intervalo entre los rayos y los consiguientes truenos es mínimo, lo que me hace suponer que es también escasa la distancia que media entre nosotros y el origen de esos rayos. Ni siquiera los vemos: sólo unas intensísimas explosiones de luz cegadora que envuelven la casa. La gata anda asustada, no es para menos. También nosotros sentimos cierto respeto ante la furia de los elementos. El agua golpea furiosamente el canalón y corre a raudales por la calle en cuesta. 


De noche, nuestra amiga S. nos cuenta que la tormenta la sorprendió en la calle, camino de la iglesia. En una plazuela vio a una anciana refugiada en un portal. Supuso que iba también a misa, así que se ofreció a acompañarla. Pero la anciana no se decidía a abandonar su refugio, y no paraba de repetir que le daba mucho miedo la tormenta. Así que nuestra amiga desistió de intentar convencerla y siguió su camino. Mientras tanto, la tormenta arreciaba, los rayos caían cerca y el viento formó en la plazuela una especie de remolino. S. apretó el paso. Y, mientras lo hacía, nos dijo, se oyó una potente voz sobre su cabeza que le gritaba: "¡El paraguas! ¡El paraguas!". No pudo detenerse a averiguar el origen de esa voz. Y sólo cuando llegó a la iglesia, dedujo que podía tratarse la de un tendero de esa plaza, que habría presenciado toda la escena y que le advertía del peligro que suponía llevar un paraguas abierto bajo una tormenta eléctrica.


Por un momento guardamos todos silencio. No por lejana, la posibilidad de ser fulminado por un rayo resulta menos ominosa. Pero, añado yo, hay que haber merecido antes la ira divina para alcanzar esa clase de muerte. Y no es el caso, como sabe cualquiera que conozca a la bondadosa S.


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Casi tan peligrosos, en fin, como una tormenta eléctrica son los andurriales a los que pueden conducirnos ciertas impremeditadas excursiones por Internet. Nos ocurrió en la tarde del día de Reyes. Hojeaba yo el librito del prestigioso fotógrafo Nick Knight sobre skinheads londinenses que me prestaron los amigos con los que cenamos en vísperas de Nochevieja. El libro fue editado en 1982, justo cuando la indumentaria y hábitos de esta tribu urbana empezaba a ser asimilada por los seguidores del National Front británico y otros partidos neonazis. El autor parece querer partir una lanza a favor de sus modelos, y explica que esa estética, surgida en torno a 1968 en los barrios obreros de Londres y otras ciudades británicas, no tenía en principio significado político alguno, y no era más que la que adoptaban quienes se sentían ajenos al flower power, el movimiento hippy y otras modas de entonces, pronto convertidas en productos de consumo destinados a las clases medias y altas. 


Entre los textos que acompañan las fotografías hay uno dedicado a la música que escuchaban estos jóvenes. Y ahí empezó nuestra excursión: viejos temas bailables de soul y de ska, grabados por Desmond Dekker, Sam Cooke, The Skatellites, etc. Hasta ahí, todo bien. También encontramos varios temas de Symarip, un grupo creado expresamente para intentar capitalizar esta clientela; lo que, al parecer, no terminó de cuajar, más allá del éxito relativo que tuvieron canciones como Skinhead Moonstomp o Skinhead Girl. La mayoría de estos viejos temas, que encontramos en Youtube, venían asociados a imágenes de época, entre las que no faltaban las fotografías del propio Nick Knight. Pero al llegar a los ochenta la cosa cambia: la música predilecta de esta tribu urbana deja de ser intrascendente y bailable: el sonido se endurece, hasta confundirse con el punk, y las letras se llenan de contenidos xenófobos y racistas, a la vez que en las imágenes de los conciertos empiezan a proliferar las esvásticas y los saludos fascistas. Aquí la excursión empieza a resultarnos inquietante. Pero, miren por dónde, nuestro itinerario nos reserva aún un giro irónico: buscando canciones de una banda llamada Coksparrer, mencionada en el librito de Nick Knight, encontramos una grabación de un concierto suyo nada menos que en... Durango, en el País Vasco. La clientela parece la misma que la de las bandas neonazis que habíamos rastreado hasta entonces: tipos rapados, casi todos con el torso descubierto y lleno de tatuajes. Pero el signo político de los allí congregados era justo el opuesto, porque resulta que la mencionada banda se ha decantado por el radicalismo de izquierdas, y figura entre las predilectas de la peña batasuna y sus equivalentes en otros escenarios y países europeos... 


En fin. Si acaso, me conforta un poco esta nueva constatación de la escasísima diferencia que puede haber entre los fanáticos de un signo y el contrario. Y cierro el ordenador, con la vaga sospecha de que el Gran Hermano que controla nuestras excursiones por el lado oscuro de la realidad andará preguntándose qué mosca me habrá picado, y qué demonios andaba buscando yo por esos andurriales.


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Casi se me olvidaba anotar que han florecido los almendros. Otros años este apunte venía acompañado de una mención a las primeras nevadas en la Sierra. Hoy no: al blanco de la flor le falta su complementario, el de la nieve.


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Y este regalo que los Reyes me han dejado en el blog "Memoria métrica": una reseña de mi novela Vida nueva.

viernes, enero 07, 2011

INVENTOS

Con los tópicos no hay quien pueda, como ha venido a constatar un estudio, efectuado en el Reino Unido, según el cual cuanto mayor es el desarrollo económico de un país, mayor es la incidencia de las enfermedades mentales en su población; y, entre ellas, las que se traducen en depresión y neurosis. Es decir, que los ricos también lloran, como viene demostrando ampliamente la literatura folletinesca de todos los tiempos. Las apostillas a ese estudio no tienen desperdicio, y destilan, a primera vista, un incontestable y muy británico sentido común. En 1900, dicen los investigadores, necesitábamos desarrollo económico, como lo necesita África hoy. Pero lo que no parece necesario es que ahora tengamos que estar sometidos a la presión de tener televisores más grandes o coches que corran más. De lo que se desprende que el desarrollo tiene un techo, y que, una vez alcanzado éste, lo razonable sería no plantearse nuevas metas que, a su vez, pudieran traducirse en mayores tasas de insatisfacción.


Incontestable, ya digo. Sólo que, puestos a considerar la inutilidad de cualquier invención nueva, ¿por qué no aplicar ese criterio a algunas de las  que ya usamos? Hace apenas quince años podíamos efectuar la mayor parte de nuestras acciones cotidianas sin necesidad de ordenador o Internet; hoy encendemos la fatídica máquina nada más levantarnos, para saber el tiempo que hace… Y muchas de las tareas que antes exigían nuestra presencia física en el centro de trabajo nos aguardan ahora permanentemente en el espacio virtual y podemos acceder a ellas desde cualquier lugar o en cualquier momento, incluyendo aquellos antes consagrados exclusivamente al ocio o la familia. Viendo los correos electrónicos que a veces me mandan algunos compañeros por motivos de trabajo, me horroriza comprobar que muchos han sido escritos a altas horas de la madrugada, cuando debieran estar durmiendo...


Naturalmente, no estoy sugiriendo que debiera decretarse la supresión de la informática, o el retroceso de la tecnología a la existente, pongamos, en torno a 1970. Si me apuran, por motivos estéticos yo detendría el reloj en torno a 1900, cuando las máquinas básicas de hoy (coches, prototipos de aeroplanos, telefonía, etc.) estaban ya esbozadas y eran fuente de maravilla y sorpresa, y también de fe en la inventiva humana. Pero no podemos defender seriamente ese paso atrás, como tampoco puede pretenderse la detención del progreso. A lo mejor bastaría con favorecer un uso racional de las novedades y una defensa a ultranza de la preeminencia del hombre, de su privacidad y su ocio, sobre las agotadoras posibilidades y exigencias de los nuevos inventos. Y eso sí: quien quiera enloquecer, que enloquezca, que tampoco somos nadie para dar la monserga de la vida sana y retirada y blablablá. Para eso tenemos a los ecologistas.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, enero 05, 2011

BARBARIDADES

Sigo viendo películas viejas que me hacen reconsiderar viejas tesituras ideológicas y morales. ¿Será el signo del año nuevo? Ayer, el musical Brigadoon, de Vincente Minnelli. Qué barbaridad. Un argumento muy común en el cine musical americano es el que cuenta las vicisitudes del bailarín de feria empeñado en hacer un espectáculo "con clase", lo que invariablemente se traduce en una revista con trajes caros, decorados amanerados y melodías empalagosas. Pues bien, ese argumento no hace sino reflejar una querencia natural del cine musical hollywoodense: renegar de sus orígenes canallas para "dignificarse" en espectáculos pretenciosos y cursis. Tal es el caso del que hoy me ocupa. No entiende uno qué hace Gene Kelly, habitualmente tan gracioso en su característico papel de dandy salido del arroyo, en esa Escocia de pastelito, plagada de esos tópicos bucólicos que los yanquis gustan de atribuir a los lejanos terruños europeos de los que muchos de ellos proceden.


Pero lo interesante aquí es la naturaleza de esos tópicos, que constituyen un verdadero desenmascaramiento de la naturaleza de los nacionalismos etnicistas, que tan bien hemos llegado a conocer en los últimos lustros del siglo pasado. La aldea de Brigadoon disfruta del extraño milagro de vivir fuera del tiempo, merced a un encantamiento que hace que pasen cien años en el mundo exterior por cada noche vivida por los lugareños. Durante esos cien años la aldea permanece sumida en una espesa niebla, que la hace inaccesible al mundo exterior. Y la única condición para que sigan disfrutando del privilegio de habitar esa burbuja es que ninguno de sus habitantes traspase jamás los límites de la aldea. Hasta tal punto que, cuando un novio despechado amenaza con hacerlo, se desata contra él una furiosa persecución, que termina con la muerte (accidental, se supone) del descontento... Un guionista más perspicaz hubiera hecho que esa muerte dejara sin efecto el milagro; pero se ve que los que escribieron este musical estaban más interesados en mantener a cualquier precio este Shangrilá de gente vestida con kilts, al que eventualmente termina regresando el hastiado protagonista de la película, un neoyorquino que se ha enamorado de una habitante de la aldea, y que está dispuesto a enterrarse en vida en ella para poder disfrutar su amor. Una película ideal, en fin, para programar en los festivales de verano de algún pueblo de la Croacia de Tudjman, por ejemplo, o la Serbia de Milosevic, por no mencionar algún que otro pueblecito bucólico del Euskadi profundo... 


Me pregunto quién embarcó al ecuánime Minnelli en el rodaje de este engendro. La historia, según leo por ahí, está basada en un relato folclórico alemán, y fue trasladada a la Escocia bucólica porque el musical en el que dio pie a la película se estrenó en 1947, cuando todavía estaba demasiado reciente el recuerdo de la guerra contra Alemania. Pero ya se sabe que los americanos ceden con facilidad a los espejismos sentimentales en los que frecuentemente se resuelve su visión de la vieja Europa. Y a veces no reparan en ciertos pequeños detalles tan obvios como el que muestra esta obra: al que intenta escapar de la asfixiante aldea simplemente lo matan.

martes, enero 04, 2011

COORDENADAS

Primera lectura del año y primeras películas vistas, y también primer paseo por el centro de la ciudad desde hace dos meses: se superponen los rituales de comienzos de año a la reanudación de las rutinas de siempre después de un largo intervalo. Nada de esto tiene verdadera importancia; pero uno concede cierto crédito a la idea de que, si bien el arranque de un año nuevo no es más que una fecha convencional, que no implica ningún cambio real en las circunstancias de uno, la vida humana está sujeta, como casi todo lo existente, a ciertos ritmos cíclicos, que implican repeticiones y recurrencias, pero también un cierto grado de renovación al comienzo de cada ciclo. Y uno debe de estar atento a esos pequeños indicios; o, al menos, a lo que indican respecto a los cambios experimentados por el propio observador, que es uno mismo.


Pero volvamos a lo que motivaba estas líneas. Entre las lecturas, Baroja, del que no había leído ni releído casi nada en el último lustro. La lectura reciente de Peatón de Madrid, de Sánchez-Ostiz, me pone en la pista de Locuras de carnaval, una novelilla del vasco que yo no había leído, y que en realidad no es más que una gavilla de historias inconexas relacionadas con el callejeo madrileño, que tanto fascinaba al autor. Baroja logra transmitir esta fascinación, y se muestra magistral a la hora de administrar sus recursos: la sabia elección de los detalles, tan efectiva en su propósito de dar impresión de verdad vivida; la capacidad para situar el fondo histórico (en este caso, los primeros años de la Segunda República) y las grandes preocupaciones colectivas en un lejanísimo segundo plano, donde, sin embargo, los hechos adquieren su justo valor; y, ya dentro de este peculiar subgénero suyo de "novela madrileña", su atención a la topografía de la ciudad, la mención repetida de nombres de calles, la descripción detallada de paseos e itinerarios, como si la transmisión de esa familiaridad con el escenario fuera un elemento decisivo a la hora de convencer a los lectores de la verdad de lo narrado. Hay quien dice que las novelas de Baroja carecen de plan previo y están hechas un poco al tuntún. Nada más alejado de la realidad. Hay una mente poderosa gobernando estas novelas, y lo que puede desconcertar a algunos es que ese poder se utilice para dar cuenta de lo insignificante y vulgar. Pero aquí ya entramos en juicios de valores. Para Baroja, seguramente lo insignificante y vulgar sería todo aquello que a otros emocionaba y exaltaba: las psicologías complicadas, las pasiones desmedidas, los argumentos de altos vuelos... Nada de eso cuenta para él. Y eso es, quizá, lo que lo hace llegar tan lejos a partir de un repertorio temático aparentemente tan limitado.


Y hablábamos también de cine. He visto cuatro películas en lo que va de año; y, entre éstas, sólo una de ellas por primera vez. Eso es también un síntoma: vuelve uno una y otra vez sobre lo ya visto, en vez de consagrar la mayor parte del escaso tiempo disponible a explorar cosas nuevas. Pero vayamos a la estricta novedad; que no lo es, puesto que se trata de una película estrenada hace casi veinte años: Verano en Luisiana, de Robert Mulligan. También concedo cierto valor, en el terreno de las casualidades afortunadas, al hecho de haberme tropezado en esta tesitura con uno de esos directores que se esfuerzan -a mi entender, con relativo acierto- en mantener los modos narrativos y  los valores del cine clásico americano. En este caso, Mulligan se copia a sí mismo: intenta una tardía revisión del ambiente y el punto de vista de Matar a un ruiseñor; sólo que aquella película de hace medio siglo conservaba el punto crítico y agridulce de la novela de Harper Lee, mientras que la de ahora, nutrida casi exclusivamente de nostalgia, es un extemporáneo cántico a los valores morales y familiares de la América de los años cincuenta, cuya pertinencia en la estragada sociedad norteamericana de 1991 resulta más que dudosa. Es decir: miren por dónde, el tradicionalismo estético de Mulligan termina redundando en un abierto conservadurismo político y social. Mala noticia, en fin, para quienes profesamos que nada tiene que ver el tocino con la velocidad. Pero también, para quienes andamos inmersos en una cierta rememoración del pasado vivido, un oportuno aviso de que, según cuál sea el camino elegido, se termina haciendo una revisión lúcida de ese tiempo pasado o una mera estampita sentimental; como sería, respecto a los tiempos de los que yo me ocupo en mis novelas recientes, la horrenda y muy tramposa serie televisiva Cuéntame.


En fin. Doy cuenta de la disposición de mente y ánimo con la que encaro estos primeros días del año, que son también días de trabajo intenso en mi nueva novela. Forzosamente, todo lo que se me pone por delante se constituye en piedra de toque respecto a mi trabajo. Una novela es eso: una indagación, no tanto en la materia de la que explícitamente se ocupa, como de todo aquello que el autor (y eventualmente el lector) es capaz de poner en relación con aquella. Leemos Guerra y paz, no para saber algo más de las guerras napoleónicas, sino para saber algo más de nosotros mismos y nuestro tiempo. Algo que olvidan, por cierto, los autores de la nueva hornada de novelitas históricas de consumo, de ésas de leer y tirar.

lunes, enero 03, 2011

PURGA


Sale uno algo maltrecho de estas fechas, y heme aquí, purgando los excesos en mi particular banco de galeote, que es el ordenador. Sufro de un amago de faringitis, de una dispepsia intermitente y de una acentuada, aunque quizá no del todo justificada, misantropía.

Todo empezó en las vísperas: cena en casa de esos amigos tan británicos, durante la que hojeo un interesante catálogo de fotos de skinheads londinenses -no he hablado aquí de esa parte de mi pesquisa novelística, centrada en Londres-, tengo en las manos la discografía completa de la Velvet Underground y canturreo con el anfitrión la que él dice que es su canción favorita de los Beatles -y que no compusieron ellos, por cierto-: Till there was you. Una velada deliciosa, en la que los anfitriones también nos piden nuestro parecer sobre su último proyecto: poner en marcha una sociedad de debates, como las que florecen en el mundo anglosajón. M.A. pregunta si no creen que no estamos preparados para eso, y que lo más seguro es que, en un debate un poco más enardecido de lo habitual, lleguemos todos a las manos. Pero estos amigos confían en los fundamentos de la vida civilizada, y yo, para darles ánimo, les digo que lo que deben hacer es elaborar un buen reglamento. Con un buen reglamento no hay error posible.

Sería largo de explicar por qué, después de una velada tan agradable, al llegar a casa se nos torció el ánimo. Cosas de la dispepsia, quizá, de la predisposición adquirida a hacer malas digestiones y dormir mal. El caso es que hube de afrontar la nochevieja en un pésimo estado. La cena, las copas y la buena compañía contribuyeron a que lo pasara por alto. Pero al día siguiente el cuerpo pasó factura, y por la tarde ya no había duda al respecto: el malestar se tradujo en una molesta jaqueca, unas décimas de fiebre y los inconfundibles síntomas de la garganta estragada. Ah, esos gin tonics. No he vuelto a tomar ninguno como los que sirven en la calle de la Reina, en Madrid. No es que el pub donde pasamos las primeras horas del nuevo año tuviera mucho que envidiar a los de esa afamada calle: como éstos, tiene también su solera, y en sus cuarenta años de historia ha visto tejerse y destejerse buena parte de la vidilla social, cultural y afectiva de este pueblo, que es tan celoso de sus tradiciones como cualquiera. Tanto, que en la noche de fin de año los allí congregados parecían fantasmas o reencarnaciones de gente de hace cuatro décadas. Chicos con flequillos imposibles y jerseys de vestir comprados por sus madres, parejas llamativamente desiguales, muchachas que parecían  sobrellevar con paciencia uno de aquellos largos noviazgos de posguerra... Sólo un detalle innegablemente contemporáneo: cuando una de estas chicas pidió a una amiga que posara para una foto, ésta no dudó en levantar una pierna y colocarse en una postura más propia de una de esas modelos de contraportada que posan para los periódicos deportivos...

Naturalmente, sería absurdo atribuirles a estas imágenes alguna clase de valor premonitorio respecto al año del que son ya los primerísimos recuerdos. Podían haber sucedido un día antes o un día después, y eso las hubiera situado fuera del ámbito de las simbologías. Pero uno no tenía cosa mejor que hacer, aparte de constatarlas. Y, ahora que lo pienso, no es mala imagen para colocar bajo su advocación todo un año: una muchacha muy joven, de aspecto tímido, que arquea una pierna enfundada en una media negra y abre desinhibidamente los muslos para posar ante la posteridad. Una imagen, en cierto modo, desafiante. Ya pueden venir malos tiempos, que siempre habrá quien los encare con ese bendito desparpajo.

O quizá el verdadero problema, y el que dicta el tono melancólico de esta nota, sea el que no me he atrevido aún a enunciar: que todos los que aparecen en ella, con sus proyectos, sus convencionalismos, sus extravagancias, eran, son, mucho más jóvenes que nosotros.

domingo, enero 02, 2011

ILUSIONES

Se esperaba que el pasado jueves se batiera el récord anual de pago con tarjeta. Suele suceder esto en determinadas fechas claves del intervalo navideño. Y coincide la noticia, leo, con la que da cuenta de que el comercio local anda de capa caída. La realidad suele ser así de contradictoria: en un mismo día es noticia que la gente está dispuesta a no gastarse un duro y que esa misma gente está a punto tirar la casa por la ventana. Ha salido uno a la calle a constatar los hechos, porque, aunque algunos de estos artículos parezcan estar escritos al amor de la mesa camilla –y, de hecho, lo están–, tiene uno la fantasía de que lo tomen alguna vez por un intrépido reportero, de los que salen a la calle libreta en ristre y sacan en sus columnas, no el producto de sus rumias, sino el pulso palpitante de la realidad… Ah, la realidad. Lo difícil es saber dónde encontrarla. Y, desde luego, donde no aparece casi nunca es en los periódicos. En los periódicos, a lo sumo, aparece lo que determinadas personas dicen sobre ella: los propios periodistas, por supuesto; pero, más frecuentemente, lo que éstos recogen de labios de políticos, sindicalistas, economistas, jugadores de fútbol, novias de jugadores de fútbol, etc. Una de éstas últimas puede afirmar que ella y el último fichaje millonario de tal o cual club son sólo buenos amigos, contra la evidencia de que algún paparazzo del periodismo insomne los ha inmortalizado saliendo de un meublé de postín… Pues eso: la realidad es el vasto territorio de incógnitas que se abre entre la foto reveladora –que también puede ser mentira– y la negación de las evidencias.

Así que sale uno a la calle a ver en qué se gasta la gente el dinero. Y el caso es que lo gastan. Sólo que, diría uno, de una manera atenuada. Donde ayer comprábamos foie del Perigord hoy compramos una humilde mousse industrial vagamente reminiscente a hígado de pato; donde un vino de campanillas, un tintillo alegre de cinco euros; donde un faisán, un pollo picantón. El efecto sobre la mesa y sobre nuestra autoestima es el mismo; y en cuanto al paladar, no nos engañemos: también ese importante sensorio humano es susceptible a la humorada y a la impostura asumida. Véase, si no, el éxito del que gozan las recetas de cierto paisano nuestro que se oculta bajo el sobrenombre de Falsarius, y en las que, con excelente humor e indudable buen tino, recrea toda clase de platos exquisitos a base de precocinados, conservas corrientes y molientes y toda una gama de sucedáneos.

He aquí el signo de los tiempos: gastamos, pero poco; y seguramente haciendo mucha ostentación de tarjeta, porque el pago con tarjeta nos sitúa siempre en el mito de Jauja, de la tierra donde no hay más que alargar la mano –o enseñar el rectángulo de plástico– para disfrutar de la riqueza. De ilusiones también se vive.