viernes, febrero 25, 2011

ARTÍCULO DEL MARTES (y despedida*)

COCINEROS


No tiene uno ni el tiempo ni el dinero necesarios para estar al tanto de lo que cocinan los grandes chefs por todo el ancho mundo; ni siquiera para poder opinar fehacientemente sobre lo que guisan los de nuestro país. Así que, en esto de la gastronomía más o menos prestigiosa, hago lo que la mayoría: leo lo que cuentan los periódicos, veo lo que muestra la televisión, y dejo que la imaginación haga el resto. Qué rico, me digo, debe de estar lo que hace tal o cual cocinero de relumbrón; qué inéditos placeres gustativos deben deparar esos bellos platos minimalistas que se resuelven con un trocito de pescado o carne colocado en medio de una artística mancha de salsa colorista y rematado por un brote verde. Se comprenderá que desde esta perspectiva tan limitada no tenga uno mucho que decir de los logros de la moderna gastronomía. Del celebérrimo Ferrán Adriá, por ejemplo, famoso por su afán de casar la cocina con la ciencia aplicada, no conoce uno más que las malas imitaciones: las que encuentras, por ejemplo, cuando vas a una boda con pretensiones y, como aperitivo, te sirven un vasito de tortilla “deconstruida”; es decir, un mejunje más parecido al poso de hilachas de tortilla que queda en el agua de fregar las sartenes, que a la tortilla propiamente dicha.


Por supuesto, sería injusto atribuir al prestigioso cocinero catalán responsabilidad alguna sobre esas mamarrachadas. Y, por eso mismo, debo decir que mi simpatía por su principal oponente, el recién fallecido Santi Santamaría, es puramente instintiva. Tampoco ha probado uno sus platos, ay. Pero su discurso en defensa de la cocina tradicional merece todas mis simpatías, más de orden estético que otra cosa, porque un cocinero que quiere que en su plato se reconozcan las materias primas que lo componen es como un pintor que quiere que sus cuadros se parezcan a algo, o un novelista que quiere contar historias que interesen, o un poeta que intenta que sus versos aúnen la música y la emoción. Aunque no sé si al propio Santamaría le hubieran agradado estas comparaciones, porque supongo que un cocinero tan apegado a los fundamentos de su oficio no aceptaría sin sonrojo que lo sacaran de su modesto papel de artesano y lo confundieran con atribuciones de genialidad.


Saltó a la fama este cocinero cuando se atrevió a discrepar públicamente del genialoide Ferrán Adriá. Y lo que llamó la atención entonces, más que sus argumentos, fue que se atreviera a alzar la voz contra la novelería generalizada a favor de éste. Como tantas cosas en este país, aquello se convirtió en una disputa cainita entre “progresistas” y “conservadores”. Pero el verdadero valor de aquella polémica no estribaba tanto en haber levantado una nueva facción, como en haber puesto voz a una razonable discrepancia. Nada más que por eso admiraba uno a ese cocinero respondón.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

* DESPEDIDA. Con este artículo se cierra la "Columna de humo" que he venido publicando en Diario de Cádiz desde diciembre de 2000; y, a lo que entiendo, la colaboración mantenida con ése y otros periódicos del mismo grupo desde mediados de la década de los ochenta. Ha sido una colaboración fructífera, a la que debo mis libros La vida imaginaria, Me enamoré de Kim Novak, Columna de humoGigantes y molinos y otros que aún aguardan su momento, y de la que han salido borradores y fragmentos que luego han formado parte de otras colaboraciones más extensas publicadas en otros medios. Quiero decir que, literariamente, el balance no podía ser mejor; como no puede serlo tampoco el puramente humano. La prensa escrita, en general, atraviesa un momento delicado, al que no podemos permanecer ajenos quienes mantenemos o hemos mantenido vínculos profesionales y literarios con ella. Por mi parte, considero el final de esta colaboración como el inicio de una nueva etapa en mi trabajo literario. No renuncio a mi condición de escritor en periódicos, como se definía César González-Ruano; aunque, de momento, me halle en dique seco. Ya surgirán otras oportunidades. De momento, dispongo de este cuaderno electrónico, cuyo formato y alcance eran inimaginables cuando empecé a colaborar en la prensa escrita. Aquí seguiré disfrutando de la fructífera experiencia de escribir para un lector inmediato. Aunque eso, como tantas otras cosas, no lo he aprendido en la frecuentación de los recursos informáticos, sino en veintitantos años de colaboraciones en la prensa convencional. En ello seguiré, mientras pueda.

jueves, febrero 24, 2011

CLARIDADES



Entro ya a trabajar bajo la luz del día. Este intervalo -el que va desde que empieza a afianzarse la recobrada claridad hasta que, con la entrada en vigor en marzo del "horario de verano", ésta vuelve a perderse durante algunas semanas- es quizá el único del año en el que ánimo y luz van plenamente acompasados. La felicidad, no hay que olvidarlo, tiene un fundamento orgánico. En eso se siente uno muy igual a esas plantas que, después de haberse mustiado bajo condiciones desfavorables, recobran la lozanía con un poco de agua y unos días de sol.


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Lo más vergonzoso, quizá, de la actitud europea respecto a Gaddafi es reconocer que, en un momento dado... casi nos hacía gracia. Su megalomanía y sus extravagancias, efectivamente, entraban en el terreno de lo cómico. Si a eso se le añade que no había perdido del todo aún ese prestigio bastardo del que determinados tiranos autoproclamados "revolucionarios" gozan ante ciertas clientelas, se comprenderá que muchos ahora no sepan qué decir ante el incontrovertible hecho de que este payaso ha ordenado bombardear con aviones y con artillería pesada a su propia población, y ha traído asesinos a sueldo de toda África para que le ayuden a sofocar la revuelta contra su tiranía. Aquí se le aplaudió a rabiar; por ejemplo, en las mismas universidades que, en otras ocasiones, han boicoteado, abucheado, insultado e incluso agredido a personas como el filósofo Fernando Savater o la diputada Rosa Díez. Eso explica muchas cosas.


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Me recuerdan que últimamente escribo poco o nada sobre K. Y respondo que es por no repetirme. Los gatos -y supongo que, en mayor o menor medida, todos los animales- son de costumbres fijas, por lo que, una vez explorados sus gestos y reacciones más característicos, queda poco que contar. Aunque tal vez no esté de más, en el caso de K., constatar de vez en cuando su presencia benéfica en torno a lo mío -que me ronde, por ejemplo, cuando escribo-, su zalamería, que parece dictada por instintos rectos y perfectamente comprensibles, y, sobre todo, el hecho de que sea uno de los pocos elementos de mi cotidianidad que casi todos los días me depara un momento de buen humor e incluso de risa abierta. Tiene también sus días malos, claro. Pero, a diferencia de los que afectan a los humanos, uno no alberga susceptibilidades al respecto, y está más que predispuesto a soportárselos.

martes, febrero 22, 2011

EL FULAR


Me pregunta esta compañera si me gustan las películas de los hermanos Coen, y se sorprende mucho cuando le digo que no es que me disgusten, pero que tampoco me interesan demasiado, por lo que muchas de ellas tienen de pastiche o chiste cinéfilo -y le cito, como ejemplos, Muerte entre las flores y El hombre que nunca estuvo allí-; aunque también termino reconociendo que sí me gustan, sin reservas, películas tan incalificables como Barton  Fink, u otras tan ortodoxas como Fargo, que vienen a certificar que sus autores, más allá de los ejercicios genialoides, saben hacer buen cine sin más... Queda flotando en el aire esa ligera incomodidad que produce un desencuentro cuando afecta -más por parte de mi interlocutora, creo, que por la mía- a algunas creencias y gustos muy acendrados. Me ha pasado otras veces. Quizá sería más sencillo, por mi parte, empezar reconociendo lo que sí comparto de los gustos ajenos, antes que con la discrepancia. Pero supongo que, para eso, me tendrían que hacer de nuevo.


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Siguiendo con las discrepancias: lo que no termino de compartir con quienes participan en este libro-coloquio sobre la movida madrileña de los ochenta es la idea de que todo empezó en la capital y luego se exportó a provincias. Uno, que anduvo metido en empresas culturales de carácter moderno desde muy a principios de la década; y que, por mor de su tierna edad, ay, conocía algo de la ajetreada vida nocturna de la época, en ningún momento tuvo sensación de que hubiera un claro desfase entre lo que se hacía por aquí y lo que hacían los de la capital. Lo de ellos, claro, era más amplio y potente, como corresponde a las dimensiones del escenario, a su centralidad a efectos de difusión, y a su capacidad para atraer a gentes de todas partes. Si acaso, ese fermento empezó a decaer cuando, por efecto centrípeto, las modas generadas desde la capital empezaron a imponerse a lo originado en la periferia. No en todo, claro: en literatura, por ejemplo, y  muy especialmente en poesía, la capital no generó nada que tuviera el menor interés, y las propuestas más innovadoras y de mayor recorrido fueron las nacidas en la periferia. Igualmente, hay que constatar aquí un curioso efecto de la centralidad madrileña: algunos, cuando llegábamos allí, teníamos la impresión de estar retrocediendo; en parte porque nuestras propias condiciones de vida (la consabida bohemia estudiantil) nos circunscribían a ambientes y lugares que permanecían fieles a la estética y valores de diez años antes; quiero decir que, mientras quienes podían iban al Rock-Ola, por ejemplo, uno se quedaba en los bares de la plaza Santa Ana y alrededores; que era como permanecer, a efectos estéticos y ambientales, en los años setenta. Lo que tenía incluso sus contrapartidas indumentarias: dejaba uno en el armario sus chaquetas y camisas modernas y, para meterse en aquellos antros oscuros, volvía al jersey de lana aborregada y al fular. 


En una cosa, de todos modos, sí andaban a la par la movida madrileña y las otras: todas fueron, pese a sus orígenes callejeros y contestatarios, fenómenos rápidamente fagocitados por el poder político y forzados a depender del apoyo y subvenciones procedentes de éste. Lo que equivale a decir que en sus semillas estaba ya el germen de lo que terminaría matándolos.


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Al hilo de lo anterior, y respecto a ciertos aniversarios: todavía anda uno asistiendo a funerales de cosas que murieron, o más bien nacieron muertas, hace veinticinco años.

lunes, febrero 21, 2011

A LA COLA



Bandadas de estorninos y piar de pájaros diversos al atardecer. La primavera siempre se adelanta a sí misma; y esta impaciencia, que es su debilidad, es también su gran argumento contra la estación oscura que viene a relevar. Le quedan aún no pocos reveses antes de su triunfo definitivo. Si es que ese triunfo, en fin, no se inscribe ya en otra estación. Como la felicidad, de la que no se tiene conciencia más que cuando parece amenazada.


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Alterno la lectura de Ronda del Gijón, de Marcos Ordóñez, con la de Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña, de José Luis Gallero. Dos libros sobre otros tantos momentos de la vida social y cultural madrileña, y sobre el fermento humano en el que se generan las energías, las confluencias de intereses, las oportunidades y las casualidades sobre las que se alzan las individualidades que efectivamente lograron hacer en su día una obra digna de recordarse. Y lo que llama la atención, por encima de las obvias y clarísimas diferencias entre los dos periodos -los últimos veinte años del franquismo, los primeros lustros de la democracia-, son los parecidos y coincidencias. Cuando, en el segundo de los libros mencionados, Borja Casani, el que fue director de La Luna de Madrid, afirma que "el grupo de Almodóvar, McNamara, Costus, Paloma Chamorro, Ceesepe, Ouka Lele, García Alix (...) consideraba advenedizo a cualquiera que no perteneciera directamente al núcleo", y califica a éste de "hiperdogmático y duro", no puede uno dejar de acordarse del descorazonador consejo que daba Baroja a cierto joven literato que preguntaba qué había que hacer para triunfar: "Venga a Madrid y póngase a la cola"; sabiendo a ciencia cierta, en fin, que la cola avanzaba poco o nada, porque los que llegaron primero no estaban en absoluto dispuestos a cederle el puesto a los nuevos. 


Pero no es ésta la única constatación melancólica que puede extraerse de la lectura conjunta de estos dos libros. La segunda sería, quizá, que no hay aventura colectiva que no exija el sacrificio de muchos talentos en ciernes para que puedan emerger, del naufragio colectivo, una o dos trayectorias artísticas dignas de consideración. En las tertulias del Gijón y en esa especie de divertida rebatiña en la que llegó a convertirse el fermento artístico de los ochenta -uno, desde su modesta posición periférica y casi marginal, vivió algo de eso- la mayoría no hizo otra cosa que perder el tiempo y las ilusiones. Algunos, a cambio, pueden al menos decir que se divirtieron; otros, ni eso.


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Pero lo que más me llama la atención del libro de Gallero -que, lógicamente, es el que más me concierne- es la sensación, pese a todo, de hallarme ante un espejo en el que reconozco algunos gestos y modos de pensar y vivir muy característicos del tiempo en el que me tocó tener veinte años, y no pocos paralelismos entre las batallitas ajenas narradas en el libro y las que uno recuerda de primera mano. De nuevo es Borja Casani el que explica por qué a muchos de los creadores en ciernes de entonces se les miraba con desconfianza, e inmediatamente se les ponía el sambenito de "reaccionarios" o "fascistas": es que el enemigo con el que había que bregar no era otro que el concejal de cultura o el técnico municipal de turno, ambos de izquierdas... Lo que habla, en fin, de una realidad mucho más triste, de la que todavía no hemos podido sustraernos: la evidencia de que todo ese fermento, en principio espontáneo, pronto quedó sometido a la tutela de los políticos que concedían o denegaban las subvenciones correspondientes.

viernes, febrero 18, 2011

UNA MULTITUD EN UNA PLAZA



Escribo estas líneas justo después de que saltara la noticia de la caída de Mubarak, el tiranuelo egipcio. La gente lo celebra en las calles de El Cairo, y la imagen algo tensa de multitud a la espera que hasta ahora habían servido las cámaras de televisión –todas ellas, sospechosamente, tomadas desde el mismo ángulo de la ya famosa plaza de la Liberación– se ha resuelto en la de una muchedumbre que canta y baila. Es difícil permanecer inmune a las reacciones masivas. Incluso cuando éstas tienen lugar a una distancia considerable, termina uno percibiendo ese extraño fenómeno, que los antropólogos han constatado, pero para el que no tienen una explicación plausible, de la emoción colectiva, de la exaltación que no reside en ningún sujeto concreto ni en un pequeño grupo de ellos, sino que brota de la masa en su conjunto y aflora en cada individuo de un modo que éste no logar explicarse si no es, precisamente, en relación a esa masa con la que vibra y siente.


Desde la soledad en la que se reflexiona y escribe, y en la que, por tanto, tienen su origen los diversos intentos individuales de explicar el mundo, suelen entenderse mal estas reacciones. Lo normal es que tengan mala prensa: hay motivos sobrados para temer que una multitud exaltada, incluso cuando la animan los más nobles motivos, acabe cometiendo desmanes o volviéndose contra sí misma. Entiende uno que los periodistas occidentales no se hayan atrevido a salir de la madriguera desde la que han mantenido enfocada esa única imagen fija de la plaza en cuestión: quien más, quien menos, todos tienen miedo de que se los trague ese mar humano.


Pero, más que miedo o imprevisibilidad, lo que inspira la visión de las masas es una cierta melancolía. Hemos asistido ya a demasiadas exaltaciones colectivas de este tipo (en Pekín, en Teherán, en tantos otros lugares) como para no saber que muchas terminan en grandes decepciones. Y sabemos también que a veces esas “primaveras de los pueblos” se resuelven en largos inviernos de represión y tiranía. No siempre, claro. En España, donde el último dictador gobernó tranquilamente durante cuarenta años y murió en su cama, y donde la transición fue pilotada –sabiamente, eso sí– por gente surgida del aparato del régimen que se pretendía liquidar, el éxito del experimento suscita aún los parabienes y elogios de casi todos los que lo han estudiado. La transición española duró entre dos y siete años, según queramos poner su desenlace en la celebración de las primeras elecciones democráticas (1977) o en el primer traspaso de poder a un partido históricamente no vinculado a la fenecida dictadura (1982). Mubarak pedía seis meses. No se lo han dado. Nosotros, que fuimos tan pacientes, podemos ahora permitirnos el melancólico placer de admirar –y envidiar– la comprensible impaciencia de los egipcios.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 17, 2011

ÍNFULAS DE HEMINGWAY

En el autobús de las dos de la tarde, un inesperado olor a tortilla recién hecha. Se ve que algún pasajero acababa de retirar el envoltorio de un bocadillo comprado antes de subirse al autobús.  Esa mañana yo ni siquiera había desayunado: mi rato de descanso lo consumió una actividad imprevista; así que el mencionado olor me asaltó cuando ya empezaba a devorarme un apetito voraz. Se daba la circunstancia, además, de que venía leyendo una de las muchas historias de hambre y picaresca que conforman Ronda del Gijón, el libro de Marcos Ordóñez sobre el célebre café madrileño. Miren por donde, la lectura me encuentra en una excelente predisposición física y moral para apreciarla. Como cuando uno está desesperadamente enamorado y lee, pongo por caso, Las inquietudes del joven Werther.


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En el citado libro, por cierto, el autor pone en boca del escritor Jesús Pardo la siguiente observación sobre la crítica literaria. "En aquella época sólo se podía escribir de la gente para decir que era fenomenal. Por debajo de fenomenal ya se consideraba un insulto encubierto". Lo que valía para los años cincuenta sigue siendo válido, con algunas excepciones, para hoy. Se refería Jesús Pardo a un artículo que César González-Ruano había escrito sobre el novelista Ricardo León; y que, por no ser lo bastante elogioso, le valió una paliza por parte de los hijos de éste. No sé si las cosas hoy llegarán a tanto. Pero sí recuerdo el asombro del director del periódico para el que yo escribía hace... ¿veinticinco años?, cuando le llamó una persona muy allegada a cierto escritor del 27 -al que por cierto, admiro muchísimo- para pedirle mi cabeza, porque yo no había sido tampoco lo bastante elogioso en una reseña que hice de un libro suyo entonces recién reeditado. Aquella reclamación no tuvo ningún efecto: veinticinco años después, sigo escribiendo para el mismo periódico. Y todavía me pregunto qué esperaba el reclamante: ¿un despido fulminante, seguido de una rectificación pública? Seguramente. Lo que viene a confirmar, junto con lo anteriormente dicho, que los modales literarios de este país no han cambiado tanto en el último medio siglo; o en los últimos quinientos años, tal vez, si atendemos a algunos de los rifirrafes en los que se distraían nuestros escritores de los Siglos de Oro.


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Y esta definición de Cela, extraída del mismo libro, donde la atribuyen a un tal Blanco Tobío: "Un Jaimito con ínfulas de Hemingway".

martes, febrero 15, 2011

BIQUINIS

Sigo con esta especie de dieta de libros y películas sobre Madrid que me he impuesto, para mantener y fortalecer el sutil hilo que une la visualidad de lo vivido y recordado, por un lado, y la que depende del mero poder evocador de la palabra escrita o la imagen que forma parte de un designio visual predeterminado y ajeno. En esta atmósfera intelectual y moral (algo peligrosa, en fin, para mi realidad inmediata, porque a ratos logra hacérmela olvidar por completo) voy madurando mi nueva novela, cuya verdad depende en gran medida de que el factor primero (lo recordado y vivido en primera persona) no sucumba bajo el peso de toda la literatura, escrita o visual, acumulada sobre experiencias similares, a la vez que se beneficia de los acicates ofrecidos por esa misma literatura para la indagación en la experiencia personal... Imagino que no hay proceso de escritura que no ponga en este mismo brete a todo escritor que, a su vez, sea y no pueda dejar de ser lector. En este caso, cuento con la ventaja comparativa de que la materia de la que me ocupo está lo suficientemente cercana como para poder reactivar su recuerdo con sólo acudir de nuevo, como ya he hecho, a los escenarios vivos de la historia; es decir, soy doblemente lector: de lo escrito por otros y de una serie de experiencias propias que puedo evocar casi a mi antojo, después de haberme sometido a un complejo proceso de regresión. No sé todavía cuál será el resultado. Pero lo que sí puedo asegurar es que, literariamente, es la experiencia más intensa a la que me he entregado jamás, y ya por eso merece la pena.

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En la playa, en esta mañana fría, mujeres en biquini. Como la desnudez es siempre relativa, parecen doblemente desnudas, por el mero hecho de que sus espectadores estamos doble y hasta triplemente vestidos, y porque, además, no hay ninguna otra persona tan desnuda en muchos kilómetros y días a la redonda. Ve uno estos cuerpos pálidos -son dos mujeres-, algo difuminados en la doble claridad del día y de la luz refractada en la arena, y no puede dejar de sentir una especie de escalofrío solidario, a la vez que una cierta envidia ante la evidencia de que sólo ellas, desde su relativa desnudez, absorben todo el calor que es capaz de ofrecer este sol flojo. Como quien extiende sobre una brasa mortecina las manos desnudas.

lunes, febrero 14, 2011

EMPATÍAS



El Madrid de los Libros de Madrid de Juan Ramón Jiménez. Cada uno cuenta la feria como le va, y el relato de la feria madrileña de Juan Ramón -cielos grana y oro, atardeceres deslumbrantes, la Cibeles y la fuente de Neptuno entrevistos desde un tranvía o un taxi, el presentimiento de los desasistidos arrabales madrileños, el desfile permanente de los figurones (curas, gitanos, guardias civiles, jamonas) que componen para el poeta el cuadro grotesco de lo español, las presencias tutelares de los santones laicos de la Institución Libre de Enseñanza, la imagen redentora de las cumbres del Guadarrama sobre el variopinto panorama madrileño- termina siendo, como sospechábamos al iniciar la lectura de esta recopilación de libros esbozados, un retrato del propio Juan Ramón.


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Nadie más empático que un gato. O quizá sólo lo parezcan por saber estar callados, como esas personas cuya fama de sabiduría y ecuanimidad reside en que jamás abren la boca.

viernes, febrero 11, 2011

LEER Y TRIUNFAR



Jessica Calvo, una de las “princesas de barrio” que protagonizan un programa televisivo en el que se escenifican, creo, las vidas de cuatro chicas del extrarradio madrileño, ha declarado a la prensa que no ha leído un libro en su vida. No hace falta leer libros, añaden los comentaristas, para triunfar en la televisión. O, lo que es lo mismo: el eslogan “Un libro ayuda a triunfar”, con el que las autoridades de hace siete u ocho lustros pretendían inducir a la población a que imitara los hábitos que se les presuponían a los habitantes de un país desarrollado, ha sido definitivamente puesto en entredicho. Un libro no sólo no ayuda a triunfar, sino que incluso puede ser un estorbo; porque, ¿dónde quedaría el desparpajo, la sana naturalidad, la facundia y la total ausencia de miedo al ridículo de estas estrellas sobrevenidas, si alguna vez se hubieran entregado a ese pernicioso hábito que enseña a las personas a ser reservadas, a sobrellevar la soledad, a sopesar las propias ocurrencias y ajustar el pensamiento al modelo discursivo que propone la lectura? También hace años hubo quien reparó en que a los concursantes de “Gran Hermano” no se les permitía disponer de libros. Y era lógico; porque, si el objetivo del programa era convertir las vidas de sus protagonistas en espectáculo, lo procedente era ponerlos en situación de pasarse el día exhibiendo sus egos y entregados plenamente a esas maniobras de desgaste verbal y mental que sólo prosperan entre quienes no tienen nada mejor que hacer. De haber dispuesto de libros, nada de esto hubiera sucedido. Que uno sepa, en las salas de las bibliotecas nadie da voces, ni se desnuda, ni suelen desatarse las pasiones. Y sin esos ingredientes, como se sabe, no hay programa de “telerrealidad” que prospere.


Le parece a uno bien que esta guapa muchacha confiese sin reparo que nunca ha leído un libro. Otra, en su lugar, se habría declarado admiradora de Dan Brown o de Paulo Coelho, seguramente sin haberlos leído tampoco. Ni siquiera creo que su ejemplo pueda inducir a nadie a alejarse de la lectura. Más bien tendría que ser lo contrario: el apabullante espectáculo de desamparo y simpleza que ofrecen estas vidas mediáticas debiera ser un poderoso acicate para que quienes lo presencian buscaran urgentemente fórmulas alternativas de cultivo personal.


Lo verdaderamente preocupante es que no ocurra así, y que los espectadores de estos programas –urdidos, recuérdese, por gente que sí lee libros– no sean capaces de reaccionar ante tan manifiesta caricatura. Es como si, después de leer El Quijote, los lectores del siglo XVII hubieran decidido que lo que les convenía era seguir el ejemplo del pobre hidalgo. Que es justo lo que habría sucedido si éste hubiera disfrutado de la popularidad, el éxito y el dinero que proporciona un programa de televisión.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 10, 2011

RAP



Pese a lo dicho ayer, me atreví a ensayar una modesta novedad en mi anunciada lectura (que fue en un instituto de un muy querido pueblo de la sierra): estrené -¿será éste el verbo adecuado?- un rap. No, no es que me haya comprado un jersey con capucha y unos vaqueros grandes, o que lleve la gorra con la visera para atrás... La puesta en escena la confié -mediante la amable intercesión de la profesora que había organizado la lectura- a un alumno del centro; que, a cambio, pidió interpretar también alguna composición propia. La del chico quedó magnífica; la mía, resultona. La idea me rondaba la cabeza desde hace meses, y en un rato perdido de las pasadas navidades puse manos a la obra y escribí una sarta de versos de ritmo variable y muy marcado, más o menos referidos al ambiente madrileño de la novela en la que estoy trabajando. Cuando lo compuse, se lo leí a mi hija, que primero se mostró sorprendida -creo que positivamente- y luego se indignó ante la posibilidad de que su padre abandonara su natural discreción y se dedicara activamente a explotar el recién descubierto filón poético. También se lo mostré a mi mujer, en fin, y a un compañero de trabajo en cuyo buen juicio confío, y ambos me han tranquilizado respecto a mis temores esenciales: si lo escrito, en fin, era un verdadero poema; y si, en caso afirmativo, ese poema era un poema verdaderamente mío... Respecto a lo segundo no las tengo todas conmigo. El caso es que, en las circunstancias referidas, aportó un final ameno a la lectura, lo que supongo que fue de agradecer.


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Claro que lo mejor de todo fue disponer de un pretexto para romper mi rutina y encaminarme a la sierra en un día laborable. El viaje de ida transcurrió entre nieblas bajas, fantasmales, que en muchos casos ni siquiera se alzaban por encima de la cuneta, y hacían que el trayecto transcurriese entre mares gaseosos, como el de un avión cuando sobrevuela las nubes. A mi llegada, el sol de la mañana no había disipado todavía el frío de la noche; en las calles cercanas al río, especialmente, una humedad malsana te calaba la ropa y te hacía temer por la integridad de tus bronquios. Y como uno en esta época del año es especialmente aprensivo, entré en un bar de barrio a tomar algo caliente. En el bar, a esa hora de la mañana, no había más que viejos, que devoraban unas espectaculares rebanadas de pan empapadas en buen aceite. Cuando terminaron, uno de ellos se sacó un papel del bolsillo -creo que era una hoja arrancada a un boletín publicitario, de ésos que incluyen pasatiempos y chistes- y leyó, con gran éxito, una serie de ocurrencias humorísticas, la mayoría de ellas obvias y sin gracia ("Cuando vamos en un avión, las horas pasan volando"), pero alguna muy certera y bien escrita. Creí incluso reconocer alguna genuinamente ramoniana. ¿No es de Ramón ésa que dice: "Las moscas mueren siempre entre aplausos"? Fueran o no del inventor -o, mejor dicho, descubridor- de la greguería, el caso es que estaban cumpliendo muy bien su propósito de distraer a los presentes; empleando para ello, además, recursos de la mejor literatura. La oportuna anécdota, en todo caso, me sirvió para explicar, ante mi inquieta audiencia, algunas de las funciones de la literatura. O quizá simplemente para recordármelas a mí mismo, por si las había olvidado.


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A la vuelta, me faltó el canto de un duro para desviarme de mi ruta y subir a B., mi centro de actividades en la sierra; podría haber almorzado unas chuletas de cordero lechal, por ejemplo, y haber echado luego una siestecita en mi soleado dormitorio... Podría haberlo hecho, pero no: quizá sea cierto lo que me decía ayer una lectora de estas notas: no debería reprimirme tanto. Pero no se trata tanto de represión como de indecisión. Ése es mi problema.


[La imagen que ilustra esta entrada es un cuadro del pintor ubriqueño José Antonio Martel -el "J.A.M." que aparece ocasionalmente en estas notas-, extraída de la web Pintores de Ubrique, cuya visita recomiendo encarecidamente.]

miércoles, febrero 09, 2011

REPERTORIO


Preparo una lectura mía en un instituto. Y no puedo evitar decantarme hacia textos que ya he leído otras veces y creo que no han sido mal recibidos por el público. Con el paso del tiempo voy teniendo un repertorio, como esos cantantes a los que el público reclama una y otra vez sus viejos éxitos. No es que a mí me reclamen nada, ni tampoco que cuente en mi haber con nada parecido a un éxito... Lo curioso es que, pese a lo dicho, nunca he dado dos lecturas idénticas, y en todas he terminado improvisando, leyendo textos al albur del momento y saltándome lo previsto. Lo que se traduce, a veces, en una especie de sensación de embriaguez, que resulta incluso embarazosa. Recuerdo que una vez, al terminar una lectura -era la presentación de mi primera novela, La raya de tiza-, ese acceso de euforia se tradujo en que le planté un beso en los labios a una amiga que se acercaba a felicitarme, y con la que, evidentemente, no tenía confianza para permitirme ese gesto. La chica se lo tomó con humor. Y yo todavía ando avergonzándome de haber cedido tan tontamente a una reacción contra la que tendría que haber estado vacunado.

Claro que eso fue hace quince años, y ha llovido no poco desde entonces.

martes, febrero 08, 2011

FACTORES PRIMOS



Hay poco o mucho Madrid en los Libros de Madrid de J.R.J., según. Pero decir eso de J.R.J. es como no decir nada: la única realidad verdaderamente constatable y mensurable en los escritos de J.R.J: es... el propio J.R.J.


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Esta amable compañera con la que coincidí hace un año, y que desde hace unos meses es lectora de estas notas, me dice que se ha formado de mí una idea muy distinta desde que me lee, y que esa impresión corrige o contradice en gran medida la que se había hecho cuando me trataba en persona. Deduzco de ello que esa primera impresión no debía de ser del todo favorable. Pero lo que más me llama la atención de esta confesión espontánea, que agradezco, es que pone de manifiesto la dificultad mayor, o la duda de más calado, que me plantea la escritura de este diario: si su protagonista responde, efectivamente, a los rasgos que identifican a la persona civil que firma con mi nombre y desempeña determinados papeles ante sus vecinos, compañeros de trabajo, amigos, familiares, etc.; o si, por el contrario, es un personaje de ficción, producto de la invención literaria. 


Claro que la pregunta podría invertirse, y la imputación de ficción recaer sobre todos o algunos de esos otros personajes que interpreto en cada uno de esos ámbitos. Desde luego, el que represento en el trabajo no parece que sea el que mejor refleja esa imagen interior, más o menos recóndita, en la que creemos reconocer al verdadero yo. Posiblemente la solución esté en una especie de compromiso entre todas esas facetas, y uno sea, si no la suma de todas ellas -lo que sería un tanto monstruoso-, sí, al menos, el resultado de esa entrañable operación matemática por la que dos o más cifras quedan descompuestas en sus factores primos, y el máximo común divisor entre ambas -lo esencial que comparten, diríamos- resulta del producto -de la combinación- de sus factores comunes. 


También es posible que la operación no resulte. Pero, en ese caso, más que de la constatación de que las cifras de mi personalidad diversa no comparten ningún factor común, estaríamos hablando simplemente de esquizofrenia.


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También el tiempo anda loco. Lo atestigua esta primavera anticipada, cuando aún pesan sobre el cuerpo y el ánimo los fríos recientes. Pero hay una diferencia esencial entre estos días de bonanza y la verdadera primavera. Lo característico de esta última es la ductilidad: sus días están hechos de materia volátil, o gaseosa; y no de durísimo cristal, como estas transparencias soleadas de ahora.

sábado, febrero 05, 2011

UN INCENTIVO



Los “bloques” del Campo del Sur –es decir, la escollera que protege ese costado de la ciudad de los embates del mar– son ahora actualidad porque Demarcación de Costas está procediendo a su limpieza. ¿Que por qué habla uno de esto? Porque piensa en el trastorno que sufrirán los numerosos gatos que habitan este lugar hermoso y desastrado, que ofrece una de las vistas más características de la ciudad y, a la vez, es testimonio fehaciente de las abusivas y desconsideradas relaciones que muchos gaditanos mantienen con su entorno. Este artículo no quiere referirse a esta última cuestión. El incivismo, que uno sepa, no se soluciona con sermones. Y en la andadura de los objetos y desechos que están saliendo ahora a la luz –entre ellos, carros de la compra, motocicletas, piezas de coches–, posiblemente lo menos destacado sea que hayan terminado siendo arrojados al mar: mucho más lo parecen las historias a ellos asociadas. Más que para el moralista, estas campañas de limpieza proporcionan ideas para el novelista. O para el poeta, porque no hay efecto poético más acreditado que el que da en constatar el paso del tiempo, la degradación de las cosas, las ilusiones humanas a ellas asociadas. De cuántas novelas no escritas, en fin, y de cuánto poema meramente enunciado no serán depositarios los gatos de la escollera. Los únicos que, como testimonian las fotos de la susodicha operación de limpieza publicadas en este Diario, se han quedado para verla, tal vez algo fastidiados por el trasiego y un poco escamados, quizá, por la sospecha de que, como resultado de la misma, puedan perder su derecho a habitar este paraje que parece diseñado expresamente para que ellos lo disfruten.


No, no será éste un artículo de arengas cívicas. Tampoco un canto a las bellezas más o menos degradadas de la ciudad. Cuando uno se asoma a esa escollera, cabe levantar la vista y dirigirla al horizonte, o aprovechar la curva natural del contorno marítimo de la ciudad para atisbar la que es quizá la parte más hermosa del mismo, por incluir las dos catedrales, las prominencias de los barrios más antiguos y la prolongación del casco urbano a lo largo del moderno paseo marítimo y más allá, hasta los lejanos salientes litorales de Torregorda o Sancti Petri… A veces, hay que reconocerlo, un incómodo tufillo a basura viene a perturbar estos arrebatos contemplativos. Y entonces repara uno en los gatos: regios, altivos, indiferentes, pendientes sólo de ocupar una arista expuesta al sol. Reconozco que ha habido mañanas en mi vida en las que el ejemplo de esos gatos me ha ofrecido el adecuado contrapunto para relativizar mis preocupaciones y empezar el día con el ánimo bien dispuesto. Andan escamados, ya digo. Espero que, en su celo higiénico, los operarios de Demarcación de Costas no terminen por echarlos a todos al saco. Perderíamos… no sé cómo decirlo: un incentivo vital.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

En su edición impresa, este artículo se tituló "Limpiezas"

jueves, febrero 03, 2011

PARA CUANDO FALTE


En esta zona de la ciudad no hay un sólo bar abierto antes de las ocho de la mañana. Así que, si uno tiene la necesidad o la imprevisión de salir de casa sin desayunar, entra al trabajo sin haber podido echarse un café al estómago. Lo que llama mucho la atención, en fin: ¿es que en este barrio todo el mundo desayuna en su casa, o no hay nadie que entre a trabajar a las horas intempestivas a las que lo hace uno? Pero se ve que el estómago tiene sus mecanismos de inhibición: después de unas horas en ayunas, ni siquiera siento deseos de salir a tomar el bocado de media mañana. Al mediodía, si acaso, más que apetito, lo que siento son deseos de gratificarme. ¿Una copa de oloroso, quizá, que dicen que es aperitivo? Pero me da la impresión de que el vino, en ayunas, no hará sino aumentar la vaga sensación de irrealidad que ya me está causando esta mañana trastocada.

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No había visto las primeras películas del cubano Tomás Gutiérrez Alea, y por eso me sorprende el desparpajo satírico de títulos como Muerte de un burócrata (1966), por ejemplo: los primeros minutos, en los que asistimos al elogio fúnebre de un "obrero ejemplar" que ha inventado una grotesca máquina que fabrica bustos de José Martí "para que en todos los hogares cubanos haya un altar patriótico", resultan realmente hilarantes. ¿Podía permitirse la Cuba de aquellos primeros tiempos de la revolución estas salidas de tono? Asiste uno a esta parodia con esa misma sensación de malvado placer que experimentaba cuando, en tiempos de Franco, percibíamos en cualquier manifestación artística un matiz satírico que hubiese escapado a la censura. Sin embargo, al igual que aquellas calculadas válvulas de escape que a veces permitían los censores, esta sátira de la burocracia termina resultándonos sospechosa. ¿Acaso su demasiado visible intención crítica no otorga una credencial de tolerancia a un régimen que ya había efectuado sus primeras purgas sangrientas, y del que, por tanto, no cabía esperar mucho en ese sentido? Pero peor aún es el efecto de focalización derivado de la propia técnica esperpéntica: la película, en efecto, transmite la impresión de que el único problema de la Cuba postrevolucionaria era la desidia y la falta de imaginación de los burócratas. Todo transcurre en un ambiente, digamos, de país desarrollado, en pulcras oficinas y entre gente trajeada. Casi no parece un país tropical. La crítica se convierte aquí en cortina de humo. No quiero decir que la película sea mala; más bien es... insuficiente; como lo fueron también Fresa y chocolate y Guantanamera, aquellas dos simpáticas películas que Gutiérrez Alea codirigió en los ochenta, y que para algunos parecían anunciar una nonata "primavera de la Habana", que se quedó en nada.


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Toco el pelaje de K. después de una de sus sesiones de sol en el balcón: arde. Y se la ve ufana con todo ese calor almacenado en el cuerpo, como en reserva para cuando falte.

miércoles, febrero 02, 2011

SCROOGE



Acaso lo que apuntaba en la nota de ayer implique una nueva servidumbre. Constatar que los libros que se guardan, incluso aquellos que en principio se descarta leer, sólo están a la espera de que les llegue el momento en que su lectura sea urgente e imprescindible, significa que la higiénica tarea de desprenderse de los que llegan en aluvión, al buen tuntún de los envíos promocionales y las listas de correo de las editoriales, se hace poco menos que imposible. Me ha ocurrido ya: basta que me desprenda de un libro para que al poco tiempo surjan buenas razones para tenerlo a mano y leerlo. Quizá lo lógico fuera lo contrario: que uno se desprendiera de los libros que ha leído ya. Pero eso se me hace aún más doloroso. 


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Lo de Egipto. Cuesta imaginar que en un país musulmán triunfe una revolución genuinamente democrática. Claro que esto mismo se podía decir hace medio siglo de la mayoría de los países del sur de Europa. Hay un margen, supongo, definido por el nivel de bienestar real del que disfruten las capas medias de la población, que suele traducirse en un firme deseo de relación fluida, de igual a igual, con el resto del mundo desarrollado. El peso de la clase media española fue la garantía de que el proceso democrático no tomaría derroteros indeseados. Lo malo es que esa clase media suele ser, también, la primera víctima de los dislates políticos en los que incurre una sociedad mal dirigida y poco madura. Véase, si no, la triste suerte de la culta burguesía iraní: todavía están purgando su inadvertencia ante lo que se les vino encima, una vez lograron librarse del lastre que suponía la tiranía del sha.


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Un beneficio (¿?) inesperado derivado de la crisis: se puede hablar con normalidad de cómo cada cual sobrelleva la estrechez económica sobrevenida. Hace unos meses, expresar en voz alta ciertas reticencias a la hora de malgastar el dinero equivalía a una confesión pública de mezquindad, que no convenía hacer si uno no deseaba ganar fama de tacaño. Ese reparo ha desaparecido hoy: quien más, quien menos, escatima abiertamente en el gasto, y además lo cuenta. Mr. Scrooge resultaría hoy un ciudadano ejemplar. 

martes, febrero 01, 2011

TRANCHES DE VIE

No soy muy aficionado a las novelas policíacas. Las novelas que me gusta leer -y, por tanto, las que me gusta escribir- son las que los viejos tratadistas del realismo definían como tranches de vie; y eso, sin sentirme un realista de observancia estricta, ni mucho menos. Lo que me gusta, en fin, es la novela abundante en observaciones atinadas y minuciosas, tanto físicas como psicológicas; lo que tampoco quiere decir que me guste la novela morosa o lenta, porque no hay nada que impida que una página de observaciones certeras esté escrita con agilidad y buen pulso, y pueda leerse con la misma avidez que una en la que se cuente algún momento decisivo de una trama de acción. Para el lector entrenado, una página pertinente es siempre emocionante, aunque lo que cuente no se traduzca en acciones que quiten la respiración o se salgan de lo común. 


Todo esto viene a cuenta de que ha caído en mis manos otra novela de intriga policíaca -la segunda en los últimos dos meses-, ésta de un hispanista irlandés que firma sus novelas con el pseudónimo "David Serafín". A lo largo de los años ochenta, leo en la nota introductoria, este hombre firmó una serie de seis novelas, publicadas originalmente en inglés. en las que se contaban otros tantos casos del comisario Bernal, alias "el Caudillo", con destino en la sede central de la Dirección General de Seguridad, sita en la madrileña Puerta del Sol. La primera de estas novelas, Sábado de Gloria, se sitúa en la Semana Santa del año 1977, en vísperas de la legalización del PCE. Leo esta novela porque, al hojearla, constaté que encajaba bien en la serie de libros de callejeo madrileño que ando leyendo últimamente, y que me sirven para contrastar mi reciente pesquisa capitalina, la que me llevó allí a iniciar la tercera entrega de mi trilogía novelística en marcha. 


Uno elige el sentido y las líneas generales de lo que quiere leer, pero casi nunca los títulos concretos, que van apareciendo un poco al azar; o, mejor dicho, al hilo de ese azar sesgado que se concreta en una predisposición especial a cierta clase de libros, y no otros... Éste de David Serafín llevaba meses en mi casa, y casi daba por seguro que nunca iba a encontrar el momento de leerlo. Y, ya ven, no descarto buscar los otros títulos de la serie y leérmela entera. La misma editorial que ha reeditado esta primera entrega ha anunciado su propósito de hacerlo con las demás. Bueno. Uno se entrega con gusto a estos azares del capricho lector. Equivalen a esas rachas en las que el cuerpo demanda el consumo de cierta clase de alimentos, y no de otros. A mí me pasa, por temporadas, con el chocolate, el marisco, la fruta. Claro que, al igual que hago con la dieta, hago por compensar los excesos, y para ello busco los adecuados complementos al objeto de mi ansia. En la lectura, esos complementos -tan necesarios como ciertos suplementos vitamínicos- me los procura la poesía.