jueves, marzo 31, 2011

OCURRENCIAS



Hay ocurrencias de Ramón que recuerdan a Gutiérrez Solana; por ejemplo, ésta sobre un objeto visto en el Rastro:


Sillones de paralíticos pegados a su asiento: están pidiendo la escupidera.


E imagino que, si me diera ahora por releer a Gutiérrez Solana, encontraría en él muchas cosas que anticipan a Ramón.


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Es éste del Rastro, de todos modos, un libro que a veces cuesta leer. Como casi todo lo de Ramón: no siempre tiene uno la cabeza para llenársela de cachivaches. Pero, por lo mismo, hay días en que la prosa discontinua de Ramón es la mejor música de fondo que se le puede poner al estado de ánimo de uno. Hoy ha sido uno de esos días: descoyuntado, rápido, contradictorio, frío y caluroso a la vez, con sus silencios y sus momentos de retórica, plácido y nervioso al mismo tiempo. Durante el trayecto de vuelta en el autobús he rematado este libro. Y me ha dado pena que se acabaran ambas cosas: el libro y el viaje.


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Tiene razón ese lector que me aconseja crear una "etiqueta" o sección en este cuaderno dedicada exclusivamente a mis trayectos en autobús. Esos cuarenta y cinco minutos diarios de lectura intermitente, en los que, cada vez que levanto la cabeza o aguzo el oído, veo u oigo algo más o menos curioso, tienen indudablemente un peso específico en mis procesos mentales. Hoy, por ejemplo, oigo de pasada la indignada confidencia que una chica hace a unas amigas respecto a los avances de un tipo al que ella consideraba gay... "Será bisexual, en todo caso", le dice una de las amigas. "No, vicioso es lo que es", dice la otra, creo que no del todo descontenta de ser el objeto de ese peculiar vicio que acaba de diagnosticar.

martes, marzo 29, 2011

OTRA LECTORA

Va leyendo el Quijote y, como si fuera una desprejuiciada lectora inglesa del siglo XVIII, de vez en cuando suelta una carcajada. Inglesa no sé si será, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que es extranjera, posiblemente centroeuropea: rubia, blanca como la leche, ojos acuosos, escurrida... No del tipo, evidentemente, con el que fantaseábamos los españoles en los tiempos de las películas de Alfredo Landa, sino de este otro que pasea su fingida inadvertencia por plazas y cafeterías, asombrándose y no asombrándose de todo y nada... Me he sentado a su lado en el autobús, como hago siempre que localizo a un lector o lectora silenciosos, que a su vez me permitan enfrascarme sin dificultad en mi propia lectura. De vez en cuando la miro de reojo y compruebo que su deleite es auténtico, y que sobre él no pesan los cuatrocientos años de sesuda exégesis acumulados sobre la magna obra cervantina. Me alegro por ella. Y me alegro también de poder alegar este ejemplo contra la extendida leyenda de que los beneficiarios de las becas Erasmus, las que posibilitan el intercambio de estudiantes entre los países de la Unión Europea, no hacen otra cosa que emborracharse y follar con los indígenas... A lo primero, por cierto, es a lo que se dedicaba esa otra chica de rasgos orientales y acento inconfundiblemente yanqui a la que vi el pasado viernes en un conocido pub irlandés del centro de Sevilla. Se interpuso varias veces entre los amigos que tomábamos allí la copa de después de la cena, y en todas esas ocasiones vi que depositaba sobre el relativamente morigerado grupo que componíamos una mirada de franca desaprobación, como si no entendiera que pudiera haber alguien en la calle a esa hora que no se encontrara en su estado de agotada euforia... Cuando la veo reincorporarse definitivamente a la descompuesta pandilla que la acompaña, siento lástima por ella, por las horas de via crucis alcóholico que previsiblemente todavía le quedan, por el desabrido amanecer. A lo mejor también a ella tendrían que haberle recomendado, como parte de su programa de estudios hispánicos, que leyera a Cervantes; y que, antes de adentrarse en la procelosa noche sevillana, tuviese algunas claras nociones de..., no sé, Rinconete y Cortadillo, por ejemplo, antes de perderse ella misma en los numerosos patios de Monipodio que todavía prosperan en la hermosa y acogedora ciudad del Betis.

lunes, marzo 28, 2011

"BAJERITA"

Hojeo este libro-homenaje a José Luis Acquaroni que me ha regalado una buena amiga mía, pariente del escritor sanluqueño, y que se abre con sendas semblanzas de Eduardo Mendicutti y Pilar Paz Pasamar. La primera remite a un universo que me es familiar, después de mi reciente lectura de Ronda del Gijón: el de la sociabilidad literaria madrileña, como centro o destino de todo el que quería llegar a ser alguien en el mundillo literario. En este caso, es Mendicutti quien reconoce el favor que le hizo su paisano al erigirse en mentor suyo, e incluso al facilitar -da a entender- que le fuera concedido el premio literario "Hucha de Oro"; por más que el escritor mayor asegurara que su influencia habría sido inútil si no hubiera habido "una materia prima merecedora de todo el éxito del mundo". Se agradece la sinceridad con la que Mendicutti narra esta curiosa transacción, que en ningún modo, entiendo, redunda en perjuicio de ninguno de los intervinientes, pero que sí da a entender que en el mundo de la literatura de entonces, como en el de ahora, el talento solo no bastaba. En la siguiente semblanza describe Pilar Paz al homenajeado en uno de esos saraos a los que había que acudir en esmoquin... Hoy el esmoquin no se estila; incluso es posible que una nota de desaliño haga mayor efecto que la obligada etiqueta de antaño. Pero lo que está claro es que la sociabilidad literaria sigue teniendo sus cauces, ritos y gabelas. Se puede vivir al margen de ella, por supuesto, e incluso escribir y lograr publicar algún libro. Lo otro, la intuición de a quién visitar, qué cortesías rendir, incluso qué galas llevar, o se tiene o no se tiene. No hay que darle más vueltas.


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Las sociabilidades de uno transcurren en otras esferas, no sé si más modestas, pero intuyo que infinitamente más gratas. El viernes, por ejemplo, dos amigos gaditanos y yo acudimos a una de las sesiones de la tertulia sevillana "Los Mercuriales"; integrada por un grupo de escritores a los que conozco, sobre todo, por sus blogs, aunque de la mayoría de ellos he leído también algún libro publicado. Y lo primero que constatamos es la extrañeza de no habernos visto nunca antes y, sin embargo, saber mucho unos de otros, porque todos más o menos nos vamos retratando casi diariamente en estos "diarios abiertos", y participamos en la ilusión, bastante grata y estimulante, de haber formado una especie de tertulia virtual permanente que intercambia confidencias, sugerencias de lectura, dudas, bromas... Me encuentro a gusto entre estos amigos a los que no sé si puedo decir que conozco, pero de los que, en cualquier caso, tengo imágenes más definidas que de muchos otros a los que trato casi a diario, pero cuya intimidad, preocupaciones, ideas o manías nunca han trascendido. Comento que los blogs literarios de hoy cumplen la misma función que las revistas literarias de ayer: dar a conocer nuevas voces, facilitar confluencias y contactos, e incluso esa clase de tramas de favores mutuos que antes mencionaba, y que tantas barreras allanan en ocasiones. Entre este mundo de hoy, que usa con naturalidad los recursos proporcionados por la informática, y el que evocaba en el apunte de antes, uno se ha formado en una especie de estadio intermedio. Ya cuando nos reuníamos quienes participábamos en aquellas aventuras comunes de los ochenta, anticipábamos que algún día hacer una revista o dar a conocer un texto sería algo mucho más sencillo y barato de lo que era entonces. También más intrascendente, quizá. Aunque a eso se podría oponer que los vientos que hayan de llevarse lo escrito hoy no serán ni más ni menos clementes que los de ayer.


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Para compensar tanta literatura, paso la mañana del domingo haciendo una "bajerita" a la casa, que es como mis paisanos llaman a repasar con pintura los zócalos y las zonas más sufridas, sin necesidad de apartar los muebles ni de embarcarse en zafarranchos mayores. El resultado es alentador. Todo reluce de limpio. Y en esta pulcritud tan duramente ganada -me duelen los brazos, del esfuerzo- hasta uno se siente también más limpio por dentro y por fuera. Como si, en vez de los rincones sucios de la casa, fuera el alma de uno la que hubiese estado necesitada de esos retoques de pintura.

viernes, marzo 25, 2011

VANITAS



Voy dando cabezadas en el autobús, al mediodía. Observo que es algo bastante habitual en estos trayectos interurbanos. Y que también afecta a los más jóvenes, que son los que con menos recato se entregan a estas intempestivas siestas casi frailunas, previas al almuerzo que les espera en casa, o a la soporífera clase de primera hora de la tarde. Sin embargo, pese a la evidencia de que voy rodeado de veinteañeros que dormitan con la cabeza caída y la boca abierta, no dejo de avergonzarme un tanto cuando soy yo mismo quien experimenta una de esas sacudidas que ponen de manifiesto que los músculos de mi cuello habían alcanzado ya un punto de relajación en el que les era imposible sostenerme la cabeza... Soñarreras de viejo, me digo, creo que con razón, porque lo que verdaderamente caracteriza el sueño extemporáneo de los jóvenes no es que caigan en él, sino la facilidad con la que, una vez dormidos, mantienen el sueño sin dificultad ni remilgos (y, por supuesto, sin ninguna mala conciencia) durante el tiempo que haga falta.


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"Las hijas de las madres que amé tanto...", decía aquel socarrón viejo verde metido a poeta. Me atrevería yo a remedarlo, según mi experiencia actual: "Las madres de estas hijas que podrían ser mías / me gustan más incluso que las hijas".


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Vuelvo a Gómez de la Serna, después del grato paréntesis de lectura deparado por el libro de Eloy Sánchez Rosillo. Lavativas, instrumentos quirúrgicos, prótesis de madera, no sé si dentaduras... El Rastro madrileño como una vanitas de Valdés Leal, sí, pero sin esa afectación moralista de las vanitates. Más bien, un cínico muestrario de la clase de sórdidas bambalinas que sostienen el pretencioso retablo humano. Cualquiera que haya metido las manos en según qué montones de cosas viejas sabe que el olor inconfundible que desprenden es el de la muerte.

miércoles, marzo 23, 2011

CUARTO DE SOLTERO

Mis tomitos de Rubén Darío de la coleccion Austral, en la modesta biblioteca residual de libros repetidos que he dejado en casa de mis padres... Los releo en las sobremesas de mis visitas, o en los preludios de las siestas de los días en que me quedo allí a pasar la tarde. Tienen el tacto seco y quebradizo, y han adquirido ya un venerable color tostado, que anticipa lo que parece ya un principio de desintegración, que dicen que es inminente en los libros impresos en papel ácido. Con todo, son los libros en los que de verdad he acostumbrado la vista y el oído a los versos de Darío, a los que todavía no acabo de acostumbrarme en la tipografía apretada y el tacto de ala de mosca del papel biblia de las Obras Completas que publicó Afrodisio Aguado. Por ello, cada reencuentro con ellos me devuelve al momento del descubrimiento, del primer deslumbramiento ante poemas como "Cyrano en España", "A Phocás el campesino", "Epístola a madame Lugones", etc. Debía de tener yo entonces quince o dieciséis años, y las querencias y las influencias externas que recibía parecían dirigirme a otro tipo de lecturas, más "modernas" y vanguardistas. El horizonte, entonces, era la Generación del 27, y ni siquiera se insistía en la época más serena y reposada de estos poetas, sino que se hacía hincapié en su faceta más pintoresca, en la fase de tanteos en la que se codeaban con los supervivientes del Ultraísmo, o admitían una equiparación fructífera con los pioneros de las vanguardias europeas, desde el viejo Apollinaire (ah, esa "Colombe poignardée", cuya tipografía caprichosa ilustraba todos los libros de texto) hasta los dadaístas. Se daba uno a Darío como otros se entregaban, en esos años, a otros vicios más o menos secretos. Y quizá el favor más grande que le debe uno a los "novísimos" y sus epígonos es que hicieran aflorar la fascinación por la musicalidad ampulosa del alejandrino, por el decadentismo, por cierto esteticismo asumido como valiosa herencia, a la que no se estaba dispuesto a renunciar. Pago uno todos esos débitos en un primer libro que no llegó a publicar, pero del que dejó abundantes rastros en las revistas y antologías en las que tuvo cabida a mediados de los ochenta... Todo eso es prehistoria personal y literaria, intrascendente. Pero queda de ella el fervor por el poeta nicaragüense, y estas lecturas recurrentes que, de mes en mes, un poco al azar, refrescan en mí aquellas devociones primeras. 

Escribo estas líneas después de releer "Charitas", el poema de Cantos de vida y esperanza que Darío dedicó a Vicente de Paúl. Un poema de aparente ortodoxia católica, un tanto sorprendente en el pitagórico y neopagano Darío; pero en el que la visión celeste que desarrolla no es sino una efectiva puesta al día de la cosmología dantesca. No lo recordaba. Y éste es el regalo que me traigo hoy de casa de mis padres, junto con el delicado sabor de unas muy caseras albóndigas y la impresión del ambiente casto y recogido de mi cuarto de soltero, donde he repuesto fuerzas antes de una fatigosa tarde de trabajo.

martes, marzo 22, 2011

RITMO



El pecado de Cluny Brown, de Lubitsch. O un estudio de la indefensión, de la absoluta ingenuidad en el trance de plegarse a las exigencias sociales, aun a sabiendas de que en ellas no encontrará otra cosa que infelicidad. Que la película tenga un final feliz no es, después de todo, sino una concesión a las convenciones vigentes; y un acicate, porque, si no, a quién le interesaría la historia de una criada dicharachera que sólo por muy poco se libra de casarse con un tipo sombrío... Podría ponerse en relación con Stella Dallas, de Vidor; que cuenta justo la historia opuesta: la de una desclasada que logra casarse con un brillante hombre de negocios y tampoco encuentra la felicidad, porque Vidor, al contrario que Lubitsch, es plenamente consciente de que las barreras sociales son poco menos que inquebrantables, y no quiere engañar a nadie al respecto.


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La sugestión del ritmo: leo versos medidos, predominantemente endecasílabos blancos, y el pensamiento empieza a traducirse en frases ajustadas a ese metro. Me digo que no, que mi empeño actual es otro, y muy alejado del de escribir versos. Pero acaba imponiéndose ese principio de elemental economía que lleva a anotar ciertas ocurrencias, por lo que puedan dar de sí. Acopia uno, acaso, para lo que vendrá después de la actual tesitura. Como ese hortelano, recuerdo, que sembraba los plantones extraviados al borde del camino, por no desperdiciar la semilla errada.


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¿Interesan a alguien estas intimidades? Incluso uno empieza a sentir que conoce ya demasiado bien al tipo que se expresa en ellas.

lunes, marzo 21, 2011

AVIONES

El mejor momento del día fue sin duda el intervalo tras la sobremesa en el que salimos al jardín de estos amigos a tomar el último sol de la tarde. Tumbado en una butaca, bajo el alero de la casa, veo evolucionar los aviones, esos pájaros tan parecidos a las golondrinas, y que, como ellas, construyen nidos adosados a los salientes de las edificaciones. Nos llama la atención el incesante despliegue de actividad y la aparente alegría con que la llevan a cabo: van, vienen, trazan airosas circunvoluciones, rozan el nido cada vez, como para aportar una brizna de hierba a su trama o comprobar la solidez del conjunto, entonan armoniosas escalas que suenan a arengas o a cantos de trabajo... Alguien se pregunta en voz alta si todo ese ajetreo no será como el nuestro: mero tráfago agotador. Desde luego, no lo parece; como tampoco da la impresión de que, como es nuestro caso, a todo ese movimiento haya de seguir, como merecido premio o necesario contrapunto, una fase de inacción o reposo. ¿Quién ha visto una golondrina parada alguna vez? Y así pasamos la tarde, hasta que el sol termina de ocultarse y el aire frío nos desaloja.


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Estímulos contrapuestos: el último libro de Eloy Sánchez Rosillo, Sueño del origen -en el que, por cierto, hay unos versos dedicados a ese tráfago incesante y alegre de las golondrinas, que vienen a ratificar mis impresiones de la tarde del sábado-, y la discografía completa de The Velvet Underground, que me ha prestado un amigo. Se somete uno gustosamente a estas dietas de ingredientes aparentemente incompatibles entre sí, y que parecen destinados a satisfacer los anhelos de otras tantas facetas contrapuestas de la personalidad de uno. Alternativamente, simpatiza uno con el sereno discurso del poeta murciano y con el desgarro nihilista de la banda  neoyorquina. E intuye uno también que, de alguna manera, y aunque esa imposible armonía de contrarios resulte difícil de explicar, ambas cosas concuerdan misteriosamente en mí y me ayudan a explicarme.


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Esos ruidos inexplicables que hacen las casas solas. Esta vez no hemos traído a la gata; pero, acostumbrados a su presencia, nos parece que esos crujidos, chasquidos, casi imperceptibles roces, los hace ella. Con lo que constatamos que el silencio, ese fantasma inconcebible, tiene modales de gato.

viernes, marzo 18, 2011

UTOPÍAS



Me pide esta compañera de trabajo un poema sobre la utopía, para ilustrar una lección sobre ese concepto. Y le digo, saliéndome quizá por la tangente, que la única utopía que los poetas hemos -me permito la coquetería de hablar en primera persona- defendido más o menos persistentemente a lo largo de los siglos es la que se articula en torno al ideal de la vida retirada; lo que, a todos los efectos, es más bien la materialización literaria de una anti-utopía, es decir, una negación explícita de la posibilidad de lograr la felicidad o la realización personal en la vida civil. Le pongo algunos ejemplos obvios: desde la "Oda a la vida retirada" de fray Luis de León, a "De vita beata" de Jaime Gil de Biedma. Menea la cabeza: "No, yo buscaba... algo más positivo...". Naturalmente, no se me ha pasado por alto el elevado número de poetas que, a lo largo de todos los tiempos, han cantado los ideales utópicos en los que se han basado determinados sistemas políticos, casi todos ellos devenidos horrendas dictaduras. Cualquier poema de La primavera de los pueblos o Sonríe China, por ejemplo, de Rafael Alberti, ilustraría el caso. Pero pienso que flaco favor haría yo a esta compañera y a sus alumnos sirviéndoles ésos y otros acabados ejemplos de cínica propaganda estalinista. Se me pasan también por la cabeza algunas ensoñaciones más o menos oníricas, como el "Xanadu" de Coleridge o el "Dreamland" de Edgar Allan Poe. Pero tampoco estos poemas valdrían como ilustraciones de ninguna "utopía positiva", por ser, acaso más explícitamente aún que los poemas bucólicos, una negación de la realidad y del mundo. Y vuelvo a acordarme de Jaime Gil de Biedma. "Creo que este poema te podrá servir". Subo a la biblioteca y le traigo, a los pocos minutos, el titulado "Canción para ese día", con el que el poeta catalán cerró su libro Compañeros de viaje: "He aquí que viene el tiempo de soltar palomas / en mitad de las plazas con estatua...". No le digo que es también, seguramente, una ensoñación dictada por el espejismo del advenimiento del comunismo. A estas alturas, esos tremendos errores de cálculo de la burguesía progresista del siglo veinte pueden perdonarse, y acaso olvidarse. El poema, como no podía ser menos, le gusta a su destinataria, que probablemente encuentra en él la dosis exacta de idealidad que quiere inculcar a sus alumnos. Siento que he salido airoso del apuro. Pero...

jueves, marzo 17, 2011

CADA UNO A SU RINCÓN

Al sueño que estaba teniendo esta mañana, justo cuando sonó el despertador, le faltaba solamente lo que a algunos libros que se quedan en puertas de publicación: un poco de editing; y, quizá, una última corrección de pruebas.


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Hace meses consigné en este cuaderno -el comentario aparece en Pintura rápida, la entrega en libro que acabo de publicar- que ya no leía periódicos. Y ahora tengo que anotar lo contrario: que, beneficiándome de la llegada a mi centro de trabajo de remesas de ejemplares de diversos diarios, locales y nacionales, he retomado la costumbre de leer de cabo a rabo al menos uno al día. Sólo que este acto, que antes me resultaba tan placentero, ahora me resulta francamente incómodo y aburrido. Quizá porque ya no hay tan buenos columnistas como antes, o porque desconfío de los que hay, o porque, después de haberlas escrito yo mismo casi sin interrupción durante decenios, sé que una columna es poco más que un capricho, un desahogo, un exabrupto contagiado del humor que pueda pesar sobre el autor en el momento de escribirla. Leo, por ejemplo, las concernientes a la sucesión de catástrofes que ha sufrido Japón en los últimos días: cuánta complacencia en el pesimismo, cuánta extrapolación gratuita de nuestros propios defectos, tan contrarios a algunas de las virtudes evidentes de los japoneses; cuánta filosofía barata a propósito de la fragilidad humana y la imprevisibilidad de la naturaleza. Las propias informaciones no son mucho mejores que las columnas: recordatorios inanes de catástrofes pasadas, infografías pretenciosas, fotos que se repiten hasta la saciedad de portada en portada, como si todos los periódicos se hubieran puesto de acuerdo en mandar un solo fotógrafo al lugar de los hechos, y no fuera posible captar otros ángulos del desastre, otros matices. Pasa con esto como con la cobertura que se hizo de la sublevación egipcia que derribó a Mubarak. Durante días no vimos otra cosa que la imagen fija, tomada desde la azotea de un hotel, de la plaza donde tuvo lugar la manifestación multitudinaria que acabó con el régimen. 


Luego dicen que los periódicos no venden. Pero la verdad es que, visto lo visto, se desengaña uno de comprarlos.


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Era de admirar el poco teatro que esos dos gatos le echaban al asunto de la cópula. Se habían enganchado bajo un coche, y allá que andaban a lo suyo, el macho muy afanoso y cumplidor, la hembra con la mirada distraída... Bastaba para quitarle las ganas a cualquiera que todavía se haga ilusiones respecto a la realización de estos menesteres. Y, sin embargo, también emanaba de esa imagen una especie de invitación general a cumplir con los mandatos de la naturaleza; así, sin alharacas, en cualquier parte. Y luego cada uno a su rincón, a lamerse las rozaduras.


Imagen: Leonora Carrington

martes, marzo 15, 2011

ESPERO



El mundo se ensombrece bajo el peso de las catástrofes, naturales o inducidas. Pero si se comparan las unas con las otras, la conclusión no puede ser más demoledora: entre las imágenes de las ciudades destruidas por los combates entre las tropas de Gadafi y sus opositores, por ejemplo, y las del Japón devastado por el terremoto, desde luego las que contienen una semilla de esperanza, y dan lugar a una cierta fe en la capacidad el hombre para sobreponerse a las adversidades, son las segundas. Francamente, dudo de que pueda salir nada positivo de una horda de desesperados dispuestos a morir matando, por elevados que sean los principios que los animen. Pero sí espero mucho del soberbio ejemplo de contención y disciplina que están dando los japoneses ante una catástrofe que sólo iguala -suprema ironía- las que ellos mismos imaginaron en sus películas de monstruos. Creo incluso que esas virtudes se traducirán en palpables beneficios económicos a medio plazo, digan lo que digan los agoreros y, sobre todo, los especuladores dispuestos a enriquecerse con la desgracia ajena.


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También el tiempo pesa sobre el ánimo. Días grises, húmedos, inestables, desabridos. Y uno los agradece, porque lo contrario, el esplendor manifiesto de la primavera en ciernes, parecería, como mínimo, una impertinencia.


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Desde luego, para ser un libro sobre un lugar tan característicamente madrileño, qué poco Madrid contiene éste de Ramón sobre el Rastro. 

lunes, marzo 14, 2011

YA NO LO DICE

Leonora Carrington
En la radio matinal, entrevistas sobre libros recién publicados. Y una doble sensación, de alivio y miedo al mismo tiempo: la primera, derivada del hecho de no ser uno, afortunadamente, el autor de esos libros, ni estar obligado a escribir libros como ésos para sobrevivir o estar en el candelero; la segunda, ante la posibilidad de que, cuando uno dice que escribe libros, alguien pudiera esperar que fueran libros como ésos, o suponerlo a uno implicado en ese tráfago, que tan poco tiene que ver con el trabajo literario tal como uno modestamente lo entiende.

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No sé de dónde vienen esas voces cruzadas, hasta que levanto la vista y veo la cabeza de una anciana asomada al ventanuco de su lavadero, y la de su interlocutora enmarcada por una ventana del edificio que hace ángulo recto con el anterior. Hablan de ventana a ventana, sobre el silencio de la plaza, en una mañana en la que la mayor parte de la población se repone de los excesos festivos del día anterior... Sonrío al pensar, malévolamente, en las maldiciones que algunos de los presuntos durmientes estarán echándoles a estas viejas que atruenan la plaza con sus voces de corneja. Y sonrío aun más al pasar bajo una de ellas y escuchar lo que le dice a la otra, a propósito de un nietecito que debe de ser encantador: "... Y ya no dice tanto puta como antes..."

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El rastro de Gómez de la Serna, o cómo la literatura estrictamente descriptiva deja de ser realista, e incluso soportable como medida o reflejo de la realidad, por mero efecto de acumulación: ninguna conciencia aguantaría  esa mirada exhaustiva sobre todas las cosas, sin perdonar ni una; ninguna conciencia soportaría, en fin, ese simultáneo saber tanto de todas y cada una de ellas (orinales, botellas, maniquíes, paraguas...). Y, sobre todo, la evidencia de que lo predicado de cada una de esas cosas redunda en demérito, no ya de sus dueños presentes o pasados, o de la circunstancia que las rodea, sino de toda la mezquina  humanidad, también cosificada, diría uno, por mero contagio. 
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Mi último libro: Pintura rápida, segunda entrega publicada de mi diario abierto. Ediciones La isla de Siltolá, Sevilla, 2011.

viernes, marzo 11, 2011

MADRID, ATOCHA

Unos días después del 11-M publiqué en Diario de Cádiz esta columna. Que, ahora que lo pienso, creo que tiene mucho que ver con mis actuales pesquisas madrileñas, relacionadas con la escritura de la novela que tengo entre manos.


MADRID, ATOCHA


Llegaba uno a Atocha con la muda en una bolsa de deporte, las señas de un amigo en el bolsillo y la cartera en un lugar donde uno pudiera palparla de tanto en tanto. Llegaba uno a Atocha con apenas veinte años y unas ganas hasta indecentes de comerse el mundo que empezaba en la otra orilla de aquella inmensa glorieta que era, es todavía, como un mar. Lo sorteaba uno como podía, obediente a los semáforos y a los flujos de gente, y llegaba a la acera donde empezaba la ciudad propiamente dicha: fachadas oscurecidas por la intemperie, bares económicos, trileros que jugaban el eterno juego del guisante escondido bajo una de tres cáscaras de nuez, vendedores de tabaco, desocupados. No era un comienzo muy prometedor, pero la sugestión del mar de asfalto que acababa uno de cruzar disculpaba en cierto modo aquella visión descorazonadora: en todas las playas encuentra uno despojos, en toda costa menudean vagabundos y piratas.


También podía ser, en fin, que uno tuviera el ánimo tan maltrecho como los huesos, después de la noche sin dormir en el compartimento de segunda, en compañía de soldados, de estudiantes de provincias, de gente de paso que no venía a Madrid más que para hacer escala, rumbo a destinos todavía prestigiosos: Londres, Amsterdam... Uno no aspiraba a llegar tan lejos. Uno sólo quería que lo llevaran a la Cuesta de Moyano, al Círculo de Bellas Artes, a las Cuevas de Sésamo, a los bares de la Plaza de Santa Ana, al Museo del Prado. Y para eso, antes tenía que darse una ducha, soltar la breve impedimenta, sacudirse la murria provinciana. Lo acuciante, no obstante, era salir de Atocha, atinar con el metro, llegar a la casa donde te esperaban. Atocha no era tan complicada como ahora; los trenes se alojaban directamente bajo la marquesina decimonónica, en la que se mezclaban los expresos y los de cercanías, y la primera sensación que le invadía a uno, al bajarse de ellos, era la de un confortable anonimato, la de ser uno más de aquella humanidad que se movía a pulsaciones rítmicas, como un banco de peces. Los más venían de los pueblos cercanos. Pero a los provincianos se nos distinguía a la legua: todos, invariablemente, mirábamos como oteando el horizonte, como si en las cornisas sucias y en los misteriosos carteles de podólogos, consultas de venéreas y gestorías dudosas estuviese cifrado nuestro destino.


Llegaba uno a Atocha y sentía un imperioso deseo de quemar las naves. Porque, de algún modo, intuías que quienes habitaban el misterioso continente que comenzaba más allá de la glorieta habían llegado apenas unos días antes que tú, y pronto te reconocerían como uno de los suyos. Y entonces te echabas la bolsa al hombro y tratabas de infundirle aplomo a tus pasos, como si ya fueras de allí. Y hasta mirabas un poco por encima del hombro al que venía detrás y todavía se palpaba afanosamente los bolsillos, por si había perdido la dirección a la que iba.


Llegaba uno a Atocha y se sentía parte de aquella multitud abigarrada y diversa. Por eso hoy te sientes golpeado con ella, y ofendido: quizá a partir de ahora, el viajero anónimo no haga sino despertar sospechas. Porque una bomba ocupa lo que una muda de ropa, lo que una fantasía. Para desgracia de todos.

ABANICOS

Eduardo Arroyo


Los gatos no toman el sol: se recargan.


***


Nos explica esta amable representante de una editorial que las empresas del ramo no saben aún qué decisión tomarán las autoridades respecto a la prevista renovación de los libros de texto "gratuitos" que se usan en los colegios desde hace cuatro años: al parecer, alguna comunidad autónoma ha ampliado ya en un año el periodo de utilización de dichos libros, para aplazar el gasto, y alguna otra incluso ha anunciado la suspensión total de los llamados "programas de gratuidad". Ante la incertidumbre, la editorial ha optado por estar preparada para cualquier eventualidad: ha comenzado a imprimir los libros que podrían necesitarse para el año entrante, ha dispuesto la infraestructura necesaria para distribuir esos mismos libros en formato digital, en caso de que ésa sea la opción finalmente elegida por las autoridades, y ha previsto también toda una gama de opciones intermedias... Sea cual sea el desenlace de esta curiosa intriga, está claro que el precio final del producto se encarecerá por los costes añadidos generados por la incertidumbre. Y que esta situación ejemplifica bien el grado de dependencia de los sectores productivos respecto a las arbitrariedades del poder. Sale uno un tanto deprimido de la reunión. Desde luego, la imagen risueña de un mundo tecnológicamente perfecto que estos novísimos libros de texto intentan proyectar no tiene nada que ver con el ambiente de imprevisión, dependencia y arbitrariedad que rodea el lanzamiento del producto. Que, desde luego, no es el que corresponde a una sociedad emancipada y avanzada, sino el propio de un mundo en el que lo esencial para sobrevivir es adelantarse al semblante del burócrata de turno, que toma las decisiones en función del viento que sopla, de los intereses electorales inmediatos o, simplemente, del capricho del momento.


***


Más triste, con todo, me pareció otra reunión similar, de la que logré escurrirme. Vendían... no sé: fregonas, o aspiradoras o cepillos. Y regalaban, a cambio de soportar la tabarra, un abanico. Me escurrí, decía, no sin algún remordimiento, porque el caso es que me daban mucha pena esos vendedores, y me atenazaba un tanto la sensación de dejà vu, el recuerdo de aquellos comisionistas llamativamente trajeados y encorbatados que recorrían el país de pensión en pensión con un muestrario de biblias o aspiradoras bajo el brazo. 

jueves, marzo 10, 2011

REFORMULACIONES



Días de extraña hiperactividad, combinada con un desusado apetito a las horas de comer y una también desacostumbrada energía. Y cuyo correlato anímico, en caso de que éste pudiera diagnosticarse con claridad, no puede ser otro que... la impaciencia.


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Alguien da la voz: en la playa ya hay gente tomando el sol. Nos asomamos inmediatamente al ventanal, incrédulos. Y lo que hay es un corro de chicos en camiseta, encogidos bajo el viento y el frío, posando con poca convicción para este amago de espejismo que no llega a cuajar.


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Reformulación de aquel cínico apotegma del príncipe de Salina: Que todo cambie para que todo siga igual... que antes de que nosotros percibiéramos su manifiesta inadecuación a nuestras expectativas.

martes, marzo 08, 2011

BATALLITAS

Fiesta local; es decir, fiesta que parte en dos a quienes, como es mi caso, vivimos en un municipio y trabajamos en otro. En esta ocasión estoy en la parte beneficiada: es decir, me toca no trabajar, mientras todo a mi alrededor se organiza en torno a las rutinas de un día laborable. Dedico la mañana a escribir, mientras un fuerte viento de levante invernal despeina las palmeras y me reafirma en mi idea de que salir a pasear, por ejemplo, aprovechando el día libre, no habría sido una buena idea. El único inconveniente, quizá, es que, al caer la tarde, el ánimo es ya del todo el de un día cualquiera. Escribir es una fiesta, sí; pero en el transcurso de una sesión de escritura se toman siempre más decisiones y se resuelven más problemas que en la más intrincada jornada laboral. De ahí este cansancio (agradecido, eso sí), que me invade a media tarde.

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Gaddafi recupera posiciones. Hubo una época frívola en mi vida en la que me gustaba decir que lo que me gustaba de los periódicos eran las batallitas. Ahora también me apasionan; sólo que las vivo con cierta angustia, y con un preocupante punto de identificación con alguno de los bandos en liza. ¿Conseguirán los rebeldes retener las posiciones conquistadas? (Que es tanto, en fin, como preguntarme: ¿conseguiremos alguna vez llevar a buen término esa gran conjura con la que soñamos para trastocar para siempre la realidad?)

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Palmeras despeinadas, decía... Y el mar acariciado a contrapelo.

lunes, marzo 07, 2011

PESADILLAS


Cuando llegó la carga de leña, en octubre, ya advertimos que algunos troncos venían infestados de hormigas. No le dimos demasiada importancia: ya se irían, pensamos, o ya acabaría con ellas la lluvia. Pero el caso es que el sábado, una vez encendida la chimenea, vimos que uno de los troncos gruesos que empezaban a arder tenía todo un costado recubierto de hormigas con alas. El tronco estaba ya mordido por el fuego, por lo que no era posible retirarlo. Y resultaba muy angustioso ver que todos aquellos puntos vivos, palpitantes, no hacían absolutamente nada por escapar de su destino. C. estaba horrorizada. Improvisé una lección de entomología: "Son hormigas macho", dije, "y sólo vuelan en pos de la reina, cuando ésta abandona el hormiguero". La reina, por lo que se ve, debía de haber muerto ya, o no se decidía a salir en medio de aquel infierno. Así que no podíamos hacer otra cosa que contemplar el lento suplicio de aquella legión de machos caballerosos. En un momento dado, M.A. me suplicó que le diera la vuelta al tronco, para acortarles los sufrimientos. Así lo hice. Y me acordé de un consejo que nos daba, en la escuela, un profesor que presumía de freudiano y de haber aprendido a controlar sus sueños: cuando creas que una imagen puede convertirse en parte de una pesadilla, hazla consciente; es decir, formula en tu mente el propósito de que esa imagen no forme parte de tus sueños, y verás cómo el subconsciente la rechaza, por inservible. Pensé que difícilmente encontraría mejor ocasión para aplicarme el consejo de aquel profesor. Me dije: "No quiero encontrarme con esta imagen en ninguna pesadilla". Y, para reafirmarme en ello, lo anoto aquí.


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Dichosos ellos, que le ponen nombre y rostro al causante de sus desdichas: Gaddafi, Ben Alí, Mubarak... ¿Contra quién protestaremos nosotros, cuando llegue el día? ¿Contra las hipotecas, contra nuestra inadvertencia, contra el logotipo de un banco?


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Menos mal que a uno le quedan todavía muchas cosas por descubrir. Entre ellas, hasta hace unos días, El sol siempre brilla en Kentucky (The Sun Shines Bright), de John Ford, una película que yo no estaba seguro de no haber visto ya, porque la confundía con la otra que hizo este director sobre el mismo personaje, el inefable juez Priest, que vive y ejerce en un pueblo del susodicho estado. Ahora he visto las dos. Y, efectivamente, me estaba reservado aún el placer de asistir a esta cínica comedia de vida provinciana que, de pronto, por uno de esos milagros de naturalidad de los que sólo es capaz este director, se convierte en una sucesión encadenada de pequeñas y grandes tragedias -la violación de una niña, el intento de linchamiento de un falso culpable, el gesto del juez de ponerse al frente del inexistente cortejo que asiste al entierro de una mujer de mala fama, para lograr con ello la rehabilitación ante el pueblo de la menospreciada hija de ésta... 


Veo la película, además, con un viejo doblaje incompleto, que deja en inglés las partes que en su día posiblemente cortó la censura española: casi todas ellas, arengas políticas del cínico juez. El censor debió de pensar que aquellas prédicas a favor de la grandeza de la democracia americana, pronunciadas por un cargo público en trance de reelección, podían resultar subversivas. Pero el caso es que, bien entendidas, no son más que una cínica puesta en escena de la desconfianza hacia la democracia que cundía entre muchos espíritus avisados de los años treinta del pasado siglo. Hay una escena, en concreto -censurada, por supuesto- en la que esa puesta en solfa de los rituales democráticos es meridianamente clara: cuando el juez, que es un veterano del ejército confederado, ensalza la bandera de la Unión ante una convención de veteranos del otro bando. Entre los argumentos empleados, destaca la afirmación de que en cualquier otro país habría sido imposible que un vencido ejerciera de juez de los vencedores... Está claro que una alusión tan clara a la necesaria reconciliación entre los bandos enfrentados en una guerra civil debía resultar incómoda para la censura española de la época (la película se estrenó en 1953); pero el caso es que el juez la emplea para captar la benevolencia de sus algo bobos interlocutores, a los que, a continuación, entrega prospectos a favor de su reelección. El censor no captó el cinismo de la escena, y prefirió cortarla. Y acertó, seguramente, en su contexto, ya que intuyó que el escepticismo es, en efecto, un lujo que solamente pueden permitirse quienes viven en democracia, y difícilmente puede entenderse desde la falta de ella. 

sábado, marzo 05, 2011

Ha aparecido esta reseña de Vida Nueva, a cargo de José Vicente Pascual. Y Juan Carlos Palma ha hecho esta semblanza de nuestros encuentros y de su lectura de las dos entregas de mi trilogía en curso. 

viernes, marzo 04, 2011

EN PIJAMA

Primer viernes en el que no pego en este cuaderno mi artículo semanal, y en el que tampoco habré de dedicar la tarde a escribir el de la semana entrante. Valga lo uno por lo otro. Y quizá, al cambio, salgo ganando; porque, si algún inconveniente tiene esto de escribir en pijama, como quien dice, es que acaba uno por perder el hábito de  vestirse para salir, que es lo que hace cuando escribe para un periódico. Ahora estoy a mis anchas. Demasiado, ay.


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La verdad es que, para besarse, cualquier lugar es bueno. Sobre todo si, como es el caso de la pareja sobre la que hago esta anotación, se es joven y sano y se encuentra uno en ese estado de fascinación que provoca la conciencia de intimidad con la persona que te acompaña. Pero, en cualquier caso, no deja de ser chocante asistir a esta intimidad en según qué lugares. Por ejemplo, en un banco, mientras hacemos cola ante la ventanilla.


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Leo la encuesta volandera que el autor de Sólo se vive una vez envió a una serie de personajes más o menos conocidos de la vida cultural de los ochenta respecto a la tan cacareada movida madrileña. Y la verdad es que a las cuatro preguntas formuladas podría uno aportar respuestas tan detalladas y pertinentes como el que más. ¿Qué hizo usted en la década de los ochenta? Muchas cosas que no voy a detallar ahora -especialmente, las que atañen a mi vida personal-, pero entre las que figuran mis primeros libros y mi colaboración en algunas revistas señeras de entonces. ¿Con quiénes se relacionaba? También estaría un poco de más nombrar aquí a personas que quizá viven ahora apartadas de estas cuitas retrospectivas en las que yo ando enredado; pero que, en todo caso, contribuyeron decisivamente a una cierta difusa conciencia de grupo -doble, en mi caso, si hago cuenta aparte con mis amistades gaditanas, por un lado, y las relacionadas con revistas, editoriales y otras iniciativas lúdico-literarias que sitúo en Jerez y Sevilla. ¿Qué hizo la noche del 23-F? La noticia del golpe me llegó, muy de acuerdo con el espíritu de los tiempos, mientras ensayaba una obra de teatro con un grupo de amigos. Naturalmente, en cuanto supimos lo que estaba sucediendo, corrimos a casa a sentarnos ante el televisor. Y, por último: Haga un balance de la década de los 80 en su conjunto. ¿Y qué puede decir uno de la década en la que cumplió veinte años, vio sus primeros textos publicados, se enamoró, salió de casa, empezó a ganarse la vida, se divirtió como nunca, etc.? 


Naturalmente, el resumen habría ganado mucho con un poco más de concreción y detalle; sobre todo, nombres de personas y lugares. Pero lo traigo a colación por un solo motivo: demostrar, quizá, la inanidad de este tipo de encuestas, o la facilidad con la que puede improvisarse un balance vital, o el esencial parentesco que puede hallarse entre una serie de biografías cuando se aceptan como puntos de referencia comunes determinados hitos generacionales. ¿Tendría el mismo resultado una encuesta similar referida, por ejemplo, a la década siguiente, la de los noventa? No sé: los noventa, para mí, han sido tan... funcionariales.

jueves, marzo 03, 2011

MANADA

Esta coquetería de la primavera en ciernes, que juega a irse sin haber llegado, a estar y a no estar. Uno siempre ha pensado que es el ánimo quien más sufre los efectos de esta variabilidad. Pero no: también es el cuerpo; quizá porque uno va para viejo, y a los viejos siempre se les hacen un poco cuesta arriba los inviernos. O quizá porque, también por efecto del tiempo, predisposición física y predisposición anímica vienen a ser lo mismo.


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Ejemplares humanos como sólo pueden producirlos ciertas inefables barriadas de nuestra Andalucía irredenta. Por ejemplo, esta muchacha que acabo de cruzarme, y que lo mismo podría tener veinte que treinta y cinco años, porque hay fisonomías en las que un cierto encallecimiento prematuro tiene el mismo efecto que una inmadurez prolongada en exceso y no llevada a cumplimiento. Viste unos vaqueros sucísimos, zapatillas de deportes, la chaquetilla de un chándal descolorido y pasado de moda. Camina por la calle con una mano en el bolsillo y una especie de contoneo chulesco, más masculino que femenino; con la otra mano sostiene un cigarrillo informe, liado a mano, en el que a todas luces se quema algo que no es tabaco... No debe uno juzgar a nadie por su aspecto; sobre todo, porque tampoco va uno hecho un figurín precisamente, en este intervalo en el que me dirijo a almorzar a toda prisa para volver por la tarde al trabajo, y acuso todos los malestares inherentes a no haber podido descansar, echarme un poco de agua a la cara, orear el cuerpo y el espíritu. Pero, viendo a esta chica, se me ocurre que lo suyo no es ya el efecto del mero desgaste que causan el trabajo y la vida, sino el de un muy consciente proceso de haber ido dando la espalda, por inadvertencia o por imposición de las circunstancias, a toda una serie de posibilidades de, digamos, realización personal. Es joven y no lo parece; vive en un mundo cuya complejidad para ella se reduce al mero vegetar diario en estas calles hostiles; quizá pudo en su día haber seguido otros rumbos y dejó escapar la ocasión... O a lo mejor soy yo quien proyecto sobre ella los sentimientos de frustración que causan en uno determinados días, y ella, por el contrario, se siente feliz y libre por pasear tan despreocupadamente por la calle, mientras ve que otros la adelantan con un gesto abrumado cuyas posibles razones, desde luego, no le van a quitar el sueño.


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Como hacía frío, el rebaño humano que se congrega todos los días en la parada del autobús estaba hoy más apretado que nunca. En un momento dado, casi sentí que la presión de la masa que tenía detrás podría empujarme sin más a la calzada. Pero quizá, en buena ley, ese sentimiento centrípeto no podía achacársele sin más a la multitud, sino a mi propio deseo de escapar de ella. Ese impulso que lleva a determinados animales normalmente gregarios a huir de la manada, sólo para comprobar que la vida fuera de ella es infinitamente peor.

miércoles, marzo 02, 2011

VIDA



Nada más opuesto a la realidad que la famosa contraposición vida-literatura, o la idea de que cuanto más tiempo se dedica a la segunda más menoscabada queda la primera. En mi caso sucede justo la contrario: los días en que no me siento a escribir suelen coincidir con aquellos en que tampoco he dedicado tiempo a ningún otro aspecto significativo de mi vivir, digamos, pleno. Días dedicados a todo tipo de servidumbres, a ninguna de las cuales merecería la pena dedicar una sola línea de este cuaderno.

martes, marzo 01, 2011

MI SEGUNDO TRAJE



Una de las conclusiones que se pueden sacar de los libros de vidas madrileñas que estoy leyendo (Ronda del Gijón, que he acabado hoy; y Sólo se vive una vez) es que, en la capital como en el resto del estado, no hay carrera artística o periodística posible sin que haya valedores o padrinos que intercedan por ella. Todos los entrevistados en esos libros mencionan el momento decisivo en el que conocieron a tal o cual personaje influyente, o en el que esos tales o cuales los llamaron a determinados medios o les ofrecieron una oportunidad más o menos definitiva. Esto, naturalmente, no prejuzga la valía de nadie: a muchos otros les ofrecieron las mismas oportunidades y no supieron aprovecharlas: Ni es, por supuesto, una atenuación de la responsabilidad que cada cual pueda tener en la marcha general de sus asuntos: a lo mejor, no contar con ningún valedor en un mundo tan amplio y plural como el nuestro significa, simplemente, que en el trabajo de uno no hay atractivos suficientes como para llamar la atención de nadie. Pero el hecho incontrovertible es ése: sin padrino no hay quien se bautice. Lo que tiene un segundo efecto un tanto paradójico: ese mundo aparentemente inalcanzable del éxito literario y profesional es, visto desde esa perspectiva, increíblemente pequeño; y las relaciones en él incluyen, como sucede en cualquier ámbito reducido, una cierta dosis de promiscuidad. Cuántos salen involuntariamente malparados del mero cruce de las declaraciones de unos y otros. Todos, quizá, saben demasiado de todos los demás, de los favores que deben y de las contradicciones en las que han incurrido alguna vez. Nada, por otra parte, del otro mundo: humano, demasiado humano. Que resulte, además, un tanto obsceno no es más que un juicio de valor por parte de los que observamos el cotarro desde fuera. Porque qué pretenderíamos a cambio. ¿Que hubiera oposiciones?

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Naturalmente, he sacado otras conclusiones más edificantes, si se quiere, o más útiles a la construcción del ego de quien lee. Por ejemplo, que soy un acabado ejemplar de lo que se gestó en los ochenta, en Madrid como en el resto del estado. El individualismo, el radical escepticismo político de uno, vienen de ese tiempo; como también, sobre todo, el credo artístico al que pudieran remitirse los primeros pasos de uno. Donde todos aquellos rockeros, pintores y cineastas reaccionaban contra, respectivamente, el rock sinfónico, el informalismo y la experimentación vacua, los poetas de mi tiempo lo hacíamos contra los neovanguardismos de finales de los setenta, contra el neosurrealismo huero de los postnovísimos y los coletazos últimos de la poesía contestataria o pretenciosamente social, que tanto nos aburrían. Y al igual que esos músicos, artistas plásticos y cineastas de entonces pretendieron hacer canciones, cuadros y películas básicamente comprensibles y divertidos, los poetas intentábamos hacer una poesía de base conversacional, inmediata, incluso un poco light, si se quiere, pero en todo caso firmemente asentada en las convenciones del oficio y capaz de apelar a la experiencia cotidiana del lector a quien presuntamente iba dirigida. Lo dicho, naturalmente, sólo vale para los comienzos: pongamos, para lo escrito antes del 90 o el 92; luego cada uno tiró por donde pudo, o por donde lo llevaron sus personales e intransferibles querencias. Pero el fundamento fue el mismo.

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Lo básico de todo esto, y lo verdaderamente útil, es su contribución al ánimo retrospectivo en el que ando sumergido desde que comprendí el curso que había de seguir la serie de novelas en la que ando trabajando. Y eso lo impregna todo: por ejemplo, el humor con el que disfruté, el sábado pasado, de la boda de una amiga. La propia selección de canciones elegidas para bailar fue, de alguna manera, una contribución espontánea a esa regresión voluntariamente cultivada. ¡Esas canciones de los ochenta, o esos himnos de heavy metal, que hay que bailar a saltos y, si es posible, dando gritos! Por no mencionar la luz del progresivo atardecer, visto desde un receso de la ciudad directamente orientado a su perspectiva más arrebatadora, y cuyo resultado fueron esos cielos un tanto falsos que se pusieron de moda con las películas yuppies de finales de los ochenta y principios de los noventa (ésas que fotografiaba Vittorio Storaro y sus imitadores)... 

O a lo mejor todo se debía al hecho de ir disfrazado; quiero decir, a estrenar (y además, a sentirme cómodo dentro de él) el segundo traje de chaqueta que he tenido en toda mi vida.