viernes, abril 29, 2011

"FAMIGLIA"



"Me da mucha vergüenza lo que has escrito sobre mí en tu diario. Me haces hablar como el pequeño saltamontes de la serie Kung Fu."


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A falta de leer el último relato del libro -no, esto no es una reseña-, trato de encontrar un adjetivo que describa la impresión que me está causando Tanta gente sola, de Juan Bonilla; y que no sea, en fin, uno de esos adjetivos convencionales que suelen emplearse en el tráfico del elogio literario. Y se me ocurre "demoledor". Porque no otro es el efecto que estos perturbadores cuentos causan en el ánimo de quien los lee. Y lo hacen por un doble camino: primero asegurándose la complicidad del lector, mediante la previsible sintonía que éste establece con alguna de las historias que abren la colección -después del desconcertante relato metaliterario que la inaugura-, ambientadas en la infancia y en el mundo escolar; y luego por las incómodas, tremendas certezas que dejan en él los últimos; y que no es que estuvieran ausentes de los primeros, sino que en éstos permanecían, por así decirlo, en estado latente, disimuladas o atenuadas por la inconsecuencia de la niñez, y sólo conforme uno va adentrándose en el libro va desentrañando la clave anómala que subyace incluso en estos relatos de apariencia más convencionalmente agridulce. Después de apurar la siniestra broma representada en el que se titula "En la azotea", ya en la segunda mitad del libro, el lector no se llama a engaño: de lo que se habla aquí, en esta gavilla de historias cotidianas, es de las pulsiones autodestructivas, del egoísmo feroz, de las manías que obnubilan e impiden la capacidad de empatía con el prójimo, de la terrible deshumanización del entorno en el que todo esto sucede... Sale uno muy maltrecho de la lectura de este libro. Y lo llamativo del caso es que termina uno agradecido por la monumental paliza que acaba de propinarle su autor. 


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Ya se sabe para qué viene uno a estos sitios: a hacer bulto, a contribuir a que los dolientes se sientan distraídos y acompañados. Por lo demás, en cuanto se han dado las condolencias de rigor -muy sentidas en este caso, porque se refieren a una persona muy ligada a mi infancia, sobre todo-, cuajan los corrillos y empieza a subir el tono de las conversaciones. Y crece también la sensación de que es en estos actos obligados, un poco vacuos, de la vida social y familiar donde uno realmente constata su pertenencia a una tupida red de compromisos, intereses y afectos, más compleja e inextricable que la trama superficial que constituye, pongo por caso, la jerarquía laboral a la que pertenecemos o nuestro estatuto ciudadano, o incluso -en mi caso- la etérea condición de escritor. Porque es aquí, en el velatorio, donde se entera uno de que la mujer de la limpieza con la que a veces cruza un comentario bienhumorado en el trabajo es hermana -y, por tanto, tiene una inesperada relación de parentesco contigo- del marido de una prima tuya; que el compañero de trabajo a quien impensadamente has encontrado aquí era vecino del difunto y compañero de juego de sus hijos -y, mira por dónde, desde esa posición dispone de una también impensada ventana a tu propia infancia-; que ese otro pariente del fallecido que te pregunta "si sigues escribiendo" -no sé por qué esa pregunta se formula siempre en esos términos, como si escribir fuera una simple cuestión de pertinacia- está hablando en ese momento con alguien que se te presenta -miren por dónde- como el padre de un joven escritor al que conoces, y al que ves de pronto en un contexto mucho más inmediato y familiar, distinto del ceremonioso rondó que interpretamos cuando coincidimos en algún rito del oficio; y que este otro -¿o es el mismo al que aludí antes a propósito de su parentesco con una compañera?- todavía, a poco que se le tire de la lengua, alberga las mismas fantasías incendiarias que en su juventud -y, miren otra vez por dónde, por primera vez en mi vida, tal vez como resultado del desánimo político y ciudadano que ahora me domina, simpatizo con él... Si todos los aquí reunidos consintiéramos en regirnos por la disciplina de un clan mafioso, constituiríamos la famiglia más poderosa del contorno. Pero no. La ilusión dura lo que el acto piadoso. La noche nos va dispersando por el laberinto de callejuelas de polígono industrial en el que se sitúa este gélido tanatorio. Y en mí sólo queda, como una herida, el semblante desvalido de mi padre, que ha acudido al acto casi sin vestir, en zapatillas de deporte y cazadora, como cuando iba al tajo a poner escayola. No se lo reprocho. Se le ve desanimado. El difunto tenía su edad. 

jueves, abril 28, 2011

SOBREMESA Y CINE

"Es como Blade Runner pero en triste", me dice M.A. a propósito de Alphaville, la película de Godard.

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Y también, poniendo los puntos sobre las íes, después de que yo me haya deshecho en elogios acerca de la utilización que Anthony Mann hace del cinemascope en Los héroes de Telemark: "Querrás decir su director de fotografía".


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—Antes no se te ocurrían estas precisiones —le digo. 
—Antes me las callaba.

martes, abril 26, 2011

HABAS TIERNAS

Hablar del tiempo, ese bendito recurso sin el que la vida social sería una sucesión de penosos silencios. El pretexto hoy era el día esplendoroso, en contraste con el tiempo de perros que ha hecho a lo largo de toda la Semana Santa. Y la constatación de ese espíritu burlón que a veces parece presidir los cambios meteorológicos: lluvia y días sombríos durante las vacaciones, pleno sol el día de vuelta al trabajo. Y cómo hemos afilado el tópico, entre saludos y más o menos obligados parabienes, mientras el sol, desde arriba, derramaba su bálsamo sobre los cuerpos -uno aquí, otro allá, en la extensión de playa visible desde nuestro ventanal- de los desocupados.  


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Malestar ante lo que me parece una crítica, no negativa -no lo es- sino... apresurada. Y la duda: ¿se habrá leído esta mujer el libro? En ese caso, ¿por qué estos errores de bulto respecto a la cronología y el desenlace de la historia? Claro que, reconociendo nuestras limitaciones, todo puede deberse a que la novela no haya sido capaz de suscitar una atención mayor. Aunque uno, que es del oficio, sabe que a veces, en fin, la pereza o las prisas hacen el trabajo por ti (si los dejas, claro).


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Con tanta literatura, casi olvidaba lo esencial -quiero decir, la fina materia evanescente de la que han de ocuparse los diarios-: el sabor de esas habas tiernas, recién cogidas de la huerta, con las que J.A.M. nos obsequió en la cena del sábado. Aunque la literatura se tomó la revancha; y, me imagino que empujada por el estado de regresión en el que me tiene sumido la escritura de la nueva novela, también S., nuestra anfitriona, terminó contando, al principio tímidamente, luego con profusión de datos y detalles, su aventura madrileña a finales de los ochenta; cuando el clima al que repetidamente me he ido refiriendo en estas anotaciones empezaba a diluirse; y lo que venía, como ella misma se ocupó de señalar, era aquella probidad y ambición de ejecutivos con las que se estrenaron en el mundo laboral algunos recién licenciados en los albores de la nueva década. También sabían divertirse, por supuesto, quizá de un modo menos extremo. Lo que, al cabo de los años, relativiza mucho las cosas, qué duda cabe.


Imagen: Ana Juan

lunes, abril 25, 2011

EXPERIENCIAS AJENAS

Termino Madrid ha muerto, la novela de Luis Antonio de Villena sobre el Madrid de los ochenta. La he leído en ese estado de alerta con que se asoma uno a los relatos que le conciernen, lo que se ha traducido en una especie de avidez; no ya porque la literalidad de lo contado se parezca a mi propia experiencia de ese tiempo -es más bien lo contrario-, sino porque he reconocido el trasfondo, el clima, las expectativas de los personajes. Lo que tampoco es extraño: si algo caracterizó la década, fue el exceso de autoconciencia; por lo que no resulta nada extraño que, al final de la novela, su protagonista no tenga empacho en hacer balance de lo vivido en esos diez años exactos, como quien cierra un periodo contable... Por comparación, las dos décadas que han venido después resultan difusas, y no creo que nadie, al terminar 1999, pongo por caso, atribuyera a la cifra redonda por estrenar un valor de cierre o comienzo, por mucho que el año 2000 se adornara con toda clase de simbologías que, a la postre, resultaron inanes. En torno a 1990 sí podía resultar bastante pertinente hacer balance final de la década precedente. Yo mismo lo hice: tengo ahí el cuaderno en el que tracé un somero esquema de lo vivido entre mis tiernos diecisiete años y mis ya curtidos veintisiete. No se parece mucho, en fin, al tipo de cosas que cuenta Villena; pero, si la letra es distinta, la música al menos resulta reconocible. 


Acierta Villena, creo, al vincular el cambio de clima que sobrevino al cierre de la década con la evolución política española en general. Al final del libro se recalca la paradoja de que los mismos que legalizaron o toleraron determinadas cosas -el consumo de drogas blandas, por ejemplo-, se ocuparon luego de prohibirlas. No entra uno a pronunciarse sobre estas delicadas cuestiones; pero sí entiendo perfectamente el punto de vista desde el que enuncia su disconformidad el protagonista-narrador de la novela. Que también, lúcidamente, acierta a darse cuenta de que aquella manera de vivir, supuestamente transgresora, sólo resulta divertida mientras se tiene cuerpo y ánimo para sobrellevarla. Después de los desengaños y las malas resacas -o los malos viajes, tanto da- lo normal es que se imponga una cierta aspiración a la serenidad. El protagonista no emplea esa palabra, pero es la que más concuerda, creo, con sus desengañadas reflexiones finales.


Desde cierto punto de vista, podría reprochársela a Villena que soslaye determinadas cuestiones que tuvieron una influencia determinante en el clima vital de la década. Que no mencione, por ejemplo, el peso del terrorismo de ETA sobre la sociedad española. Hubo años en esa década en los que la frecuencia de los asesinatos terroristas arrojó un promedio de uno cada sesenta horas... ¿Influía eso de alguna manera en las vidas de quienes asumían el despreocupado hedonismo que retrata esta novela? Depende. Lo primero que veía uno al llegar a Madrid era el cartel con los rostros de los terroristas más buscados, colgado en las estaciones de trenes y oficinas de correos. Y hubo campañas -recuerdo una en septiembre-octubre del 86- en las que las autoridades animaban explícitamente a los madrileños a denunciar la presencia de cualquier extraño "sospechoso" en sus bloques o barrios. No creo que esas campañas fueran especialmente efectivas; de lo contrario, la mitad de la población de Madrid, formada por transeúntes, hubiera tenido que pasar por comisaría. Pero ese clima explica que personajes como Corcuera o Barrionuevo llegaran a ser ministros del Interior, y la rápida extensión de ciertas prácticas policiales poco ortodoxas -la famosa "patada en la puerta" de Corcuera- a ámbitos que no tenían nada que ver con la lucha contra el terrorismo.


¿Ilumina este relato alguna zona de la propia experiencia que a uno le interese recordar? Sí y no. Lo relevante de las experiencias ajenas es la capacidad que puedan tener para aclarar algo el sentido de las propias. Pero el relato de éstas últimas será siempre distinto, singular. Eso es lo que me lleva a frecuentar estas lecturas "madrileñas", que intuyo que van llegando a su fin... Pero mi historia es otra. Si no, no tendría sentido molestarse en escribirla.

jueves, abril 21, 2011

DOS ANOTACIONES A PROPÓSITO DE UN CUENTO

A falta de otro cuaderno, anoto aquí un par de impresiones surgidas de la lectura de "Un gran día para tus biógrafos", el cuento que abre el libro Tanta gente sola, de Juan Bonilla. A veces me he preguntado si los escritores sistemáticos, los empeñados en forjarse un estilo o en tener una concepción del mundo inconfundiblemente propia, forjan esta presunta personalidad estilística o ideológica a fuerza de anotar lo que otros, simplemente, leemos y más o menos olvidamos. Yo, desde luego, no soy de esa clase de escritores: nunca me he empeñado en desentrañar los recursos creativos de otro, bajo el convencimiento de que ese conocimiento pudiera activar los míos. Y si ahora anoto aquí estas sugerencias surgidas del cuento de J.B., no es porque crea que puedan serme útiles en algún momento. Más bien todo lo contrario: registrarlas aquí supone, de alguna manera, invalidar cualquier variación futura que pudiera ocurrírseme a partir de ellas. 


Pero voy al grano. La primera: "Era lo que tenía utilizar la biografía como materia prima para escribir, se quedaba uno sin nada ante los otros". Lo que, curiosamente, tiene algo que ver con lo apuntado antes: lo escrito, en cierto modo, queda invalidado para su uso en otros comercios de la vida. Alguna vez me he sorprendido a mí mismo contando a otra persona cosas que ya había escrito en este cuaderno y que el otro había leído; y he experimentado la consiguiente sensación de vaciedad, de agotamiento. También ha sucedido lo contrario: alguien acude a este cuaderno y reconoce comentarios o situaciones que yo ya le he referido de palabra. ¿Mejora el apunte lo dicho en persona? ¿Lo corrobora? ¿O, más bien, siembra en el receptor la duda de que todo lo que proviene de esa fuente viene tocado por una nota de afectación, de fingimiento o impostura literaria? Puede ser. Y la única manera que se me ocurre de solventar esta preocupación es dar por sentado que el verdadero discurso de uno sea éste; y que el otro, el contingente, el que se improvisa en las mil y una situaciones más o menos inesperadas a las que se enfrenta uno diariamente, es sólo el borrador; o, en todo caso, una mala rendición de un texto posiblemente mejor pensado y puesto en palabras.


Y otra: la idea, explicitada en el desarrollo del cuento, de que la poesía -la literatura, en general- queda en desventaja cuando compite abiertamente con otras artes o habilidades destinadas a entretener a un público. J.B. plantea una hipotética fiesta de despedida de soltera en la que los artistas invitados son un malabarista, un pinchadiscos y un poeta; y da cuenta del sentimiento de inferioridad que asalta a este último cuando le llega el turno de actuar. En la mayoría de las situaciones cotidianas, en efecto, las habilidades aparejadas a la práctica de la poesía sirven de poco. Saber contar chistes o rasguear una guitarra tienen más valor, desde luego. Incluso cuando la competición se establece entre artes de similar categoría reconocida -entre pintores y escritores, por ejemplo-, hay una cierta desventaja para la palabra; entre otras cosas, porque lo que se obtiene combinando palabras no tiene valor alguno que se pueda tasar. Un libro vale lo que su continente: el precio del ejemplar impreso, calculado según lo que ha costado componerlo, imprimirlo, distribuirlo y asegurarles una mínima ganancia a todos los que han participado en el proceso (editor, distribuidor, librero), de la que no siempre participa el autor. Un cuadro, en cambio, vale... lo que el pintor quiera pedir por él y el comprador se avenga a darle. 


Una vez, por cierto, me vi implicado en una competición de esa clase. A unos amigos pintores y a mí nos tocó organizar -o, más bien, encauzar- una fiesta multitudinaria que originó una serie de gastos; y, para que esos gastos no recayeran exclusivamente sobre el desbordado anfitrión, decidimos rifar entre los asistentes unos cuadros de los pintores y un poema mío, autógrafo e inédito -un soneto que ahora forma parte de Diario de Benaocaz-. Por supuesto, las exclamaciones de alegría del ganador no eran por llevarse a casa un papel con un texto escrito, sino por las dos hermosas tablas pintadas al óleo que a partir de entonces iban a adornar el salón de su casa. Sí, se juega en desventaja; y no sólo ante malabaristas o DJs.


Queda anotado.

miércoles, abril 20, 2011

MADRID HA MUERTO

Empiezo a leer Madrid ha muerto, la novela de Luis Antonio de Villena sobre los años ochenta; y la impresión que se desprende de sus primeras páginas es que, independientemente de la deriva que vayan a tomar las que quedan, esta novela parece escrita -seamos cursis- con el corazón en la mano; o, lo que es lo mismo, con la verdad de lo vivido -de primera o segunda mano: a partir de cierta edad ambas cosas se mezclan y te explican por igual- por delante, condicionando la escritura, haciéndola incluso ingenua a ratos, pero al mismo tiempo infundiendo a lo contado un aire de elegía anticipada. Creo que son las mejores páginas que he leído de este escritor que, desde luego, no figura entre mis favoritos. Claro que incluso las preferencias de uno, que parecen tan asentadas, pueden cambiar.

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Y me alegro de que la lectura de esta novela, comprada en librería de viejo, pese a ser de 1999 -Planeta guillotina rápidamente todo lo que no vende-, coincida con la finalización de la primera redacción de la mía. Cuenta cosas Villena de esa época que el ingenuo protagonista de mi novela no tenía por qué saber. Sabía otras, por supuesto; y por eso se escriben novelas distintas sobre un mismo escenario y una misma época. 

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Lo importante de estas reconsideraciones retrospectivas siempre es la luz que arrojan sobre el presente. "¿Quedaba alguien que aún quisiera ser ingeniero o madre de familia numerosa?", se pregunta Villena en la página 81 de su novela. Quedaban, por supuesto, aunque no lo pareciera. Más de lo primero, a lo que se ve, que de lo segundo. Respecto a este último detalle aún se puede hacer una observación más: el hecho de que no haya demasiadas candidatas a madres de familia numerosa no se debe a que entre las mujeres se haya mantenido el espíritu lúdico de los ochenta, que invitaba a desprenderse incluso de esos destinos manifiestos dictados por la biología y las exigencias sociales, sino precisamente a que lo que ha prevalecido es el otro término de la disyuntiva: ser algo o alguien -ingeniero o lo que sea- en la esfera económica. Lo que significa que la pregunta, por más que refleje con absoluta precisión el espíritu imperante en aquel carnaval de los ochenta, no llega a recoger los términos en que quedó la cuestión apenas terminó la fiesta. Que bien pudieran ser éstos: "¿Queda alguien dispuesto a no sacrificar todo lo demás al éxito económico?". Y lo paradójico es que, después de los sucesivos tumbos que ha ido dando la economía desde entonces, el éxito económico se nos presenta ahora, en estos tiempos de penuria general, como la más inalcanzable de las quimeras.

martes, abril 19, 2011

GRANDES SUPERFICIES

Tarde en el centro comercial. El levante sacude sin piedad la explanada del aparcamiento y trae un inesperado olor a mar, pese a que éste se halla a unos treinta kilómetros de distancia. Piensa uno en las desoladas perspectivas de los cuadros de De Chirico; pero, más que desamparo metafísico, lo que sugiere esta explanada azotada por los vientos es la dura franqueza de los tratos que aquí se ofrecen. Hay a nuestro alrededor al menos media docena de lo que llaman "grandes superficies", y entre todas ellas no es difícil hacerse ilusiones respecto a la posibilidad de tirar literalmente la casa por la ventana y sustituir todo lo viejo y desportillado -que es casi todo, en una casa que lleva ya muchos decenios habitada por las mismas personas y gobernada por los mismos hábitos- por cosas nuevas. Aquí hay de todo, e incluso barato: bastarían unos miles de euros para empezar de cero, o para hacerse la idea de que se empieza de cero. Pero no tenemos esos miles de euros, nadie los tiene: vemos a un hombre alto y moreno, perfectamente trajeado, que pasa grandes apuros para hacer que la cajera le tramite el cobro en doce plazos de su cuenta de apenas unos escasos centenares de euros (en su carro de la compra lleva dos o tres pesadas cajas, correspondientes a otros tantos muebles de montaje). M.A., mucho más perspicaz que yo -debería ser ella la que llevase este diario, y eso ganaríamos todos-, se hace rápidamente su composición de lugar: el hombre trajeado no es, como yo aventuraba, un ejecutivo con hábitos extravagantes a la hora de gastar su dinero, sino un "comercial" mal pagado al que acaban de trasladar a esta ciudad y que intenta amueblar someramente un apartamento de soltero. Vemos también a mucha gente que parece haber venido hasta aquí con el único objeto de tumbarse en las mullidas camas exhibidas, e infinidad de niños que corretean o juegan al escondite entre el utillaje. Compradores propiamente dichos hay pocos, lo que apunta a una nueva evidencia: en tiempos de crisis, del capitalismo sólo queda la fachada, la apariencia. En el centro comercial ya no se compra ni se vende: se pasea, que no es poco, mientras pueda hacerse con cierta dignidad y sin que la pobreza aflore demasiado; como sí aflora, en cambio, la incultura y la mala educación -esos niños jugando al tenis en un pasillo, esos envases de batidos o zumos encontrados en el cajón de un mueble, esas mujeres despatarradas en un sofá-. Lo primero quizá tenga arreglo a medio plazo; lo otro, se teme uno, es ya un mal congénito del sistema.

lunes, abril 18, 2011

BROTHERS IN ARMS

Extraño trío de ases el que esgrimo al final de la velada, para rematar la serie de venerables elepés de vinilo que he ido poniendo para amenizar la cena. "Esto era lo que se escuchaba en los pubs a los que yo iba a mediados de los ochenta", le digo a mi interlocutor, mientras le pongo por delante las carpetas de Magic Touch, el primer LP de Stanley Jordan, Winelight, de Grover Washington Junior, y Return to Forever, de Chick Corea.  Mi amigo es unos tres lustros más joven que yo: el primer título no le suena en absoluto; del segundo acierta a tararear "Just the two of us", la canción más conocida del disco; al tercero, por supuesto, le reconoce su bien ganada condición de clásico... Esta deriva de nuestra audición, y de nuestra conversación, partía de la extrañeza que me habían producido sus comentarios de desagrado sobre Dire Straits, cuyo álbum Brothers in arms habíamos escuchado previamente... Le explico que, en la banda sonora de mi propia vida, este grupo vino justo después de los músicos antes mencionados; y que, después de un largo intervalo en el que esa especie de jazz-rock suave y pegadizo parecía el colmo de la elegancia y la sofisticación en los bares a los que uno iba, se impuso la música mucho más elemental de bandas como la de Mark Knoffler, lo que vino a ser como un respiro... Y me doy cuenta de que, de nuevo, estoy haciendo una declaración de estética; como cuando explico, en fin, qué motivos nos impulsaron a los escritores de los ochenta a intentar una imposible y efímera ligereza, que duró lo que la juventud, frente a la falsa sofisticación algo impostada que practicaban las promociones inmediatamente anteriores. Y es que uno siempre está hablando de las mismas cosas, independientemente del pretexto del que haya surgido la conversación.


(Terminada la nota previa, me doy cuenta de que lo dicho en ella pudo ser justo al revés: que primero viniera el rock algo redicho de Dire Straits y luego la preferencia por ese jazz ligero, que se toleraba bien como música de fondo mientras uno se tomaba una copa. Y es que, atendiendo al orden natural de los hechos, esa situación se corresponde justo a la fase en la que podía pagarme una copa larga, que sucede más bien hacia el final de la década... Lo que, después de todo, no altera esencialmente el argumento del párrafo anterior.)

sábado, abril 16, 2011

AFORTUNADO

En contra de mi costumbre, hago esta anotación en sábado, que es el día en que me suelo imponer una rigurosa dieta de ayuno informático. Hago la excepción porque realmente tenía ganas de dedicar un rato a este cuaderno, después de una caótica semana laboral; y porque, a la vuelta de mi acostumbrada visita de los sábados al apartado de correos, me apetece consignar que vuelvo felizmente cargado con un mazo de libros que apenas me cabe en la mano, y pensando que, treinta años después de que me iniciara en estas cortesías más o menos aparejadas a la labor de escribir, todavía me llena de felicidad, y me produce cierta perplejidad, que haya amigos, editoriales, instituciones e  incluso escritores a quienes no conozco, que creen conveniente enviarme sus libros, aun a sabiendas de que poco o nada puedo hacer por ellos, dada la escasa relevancia que puedan tener mis opiniones al respecto, no digamos ya mi influencia... Juzgo este fenómeno una afortunada casualidad, que pone un poco patas arriba -para bien- mi régimen de lecturas y  me depara no pocas sorpresas, amén de una costosa necesidad de aviar unos metros de estanterías al año... No es un gran inconveniente, frente a las muchas satisfacciones que debo a este tráfico. Que hoy me trae, por cierto, un buen libro de relatos (Breve teoría del viaje y del desierto) de Cristian Crusat, que ya tuve ocasión de leer como miembro del jurado que lo premió; otro, que espero leer en breve, de Elena López Torres (El mueble oscuro y otros relatos), con la que, por lo que leo en la nota de solapa, me une una doble afinidad: la profesional -ella también come de la Filología Inglesa- y la que depara el trato con mi amigo José Mateos, de cuyo taller literario ha sido alumna; la segunda entrega (Madrid Underground) de la muy entretenida y bien documentada serie de novelas policíacas protagonizadas por el comisario Bernal, y firmadas por "David Serafín", transparente seudónimo del hispanista irlandés Ian Michael; y, por último, las dos últimas publicaciones de la benemérita editorial Siltolá: La tumba negra, un poema largo de Antonio Colinas, y Reloj de arena, antología poética de Aquilino Duque... ¿No es uno afortunado?

jueves, abril 14, 2011

MAÑANA DE CONVALECIENTE


Casi me volteo el libro de Karl Kraus en las tres horas aproximadas que paso en este centro médico, al que he acudido para hacerme un reconocimiento "de empresa". Y me pregunto en qué términos hubiera retratado este ácido autor, fustigador de tópicos, el ambiente de plácida rutina presidida por sanos principios que impera en este lugar. Nadie tiene prisa, ni tampoco se cumple la expectativa, un tanta alarmista, de pasarme la mañana en una larga fila de hombres en camiseta más o menos preocupados por sus bronquios, sus cervicales o cualquier otro órgano o parte del cuerpo afectada por largos años de trabajo insano. Apenas somos once. Y como, a lo que se ve, estamos todos sanos como peras, con ninguno de nosotros se emplea más tiempo que el necesario para certificar que vemos y oímos bien, que el corazón nos late a un ritmo razonablemente regular, y que no hay motivos fundados para temer por nuestra salud, más allá de las humanas contingencias a las que todos estamos sujetos... Con todo, la experiencia -a la que es la primera vez que me someto- me resulta grata: este ambiente de rutinaria placidez ha tenido la virtud de ralentizar el ritmo un tanto acelerado de las últimas jornadas, y de infundirme ese ánimo optimista que resulta de la contemplación de la multitud de jubilados y amas de casa que ocupa calles, comercios y cafeterías a primera hora de la mañana, y que parece tomarse la vida sin prisas, sin atropellos, sin necesidad de rendir cuentas a nadie. Normalmente debe uno estos intervalos contemplativos a una gripe o a una faringitis. Quizá a eso se deba esta sensación general de extrañeza: esta mañana de convaleciente otorgada a quien previamente no ha cumplido el requisito de enfermar.

martes, abril 12, 2011

PARÍS, ETC.

Olvidé consignar ayer el catálogo que este amigo nuestro hizo de la fauna que habita su huerta. Una serpiente a la que vio un día tragándose un enorme sapo; el lagarto, también de tamaño considerable, que, al parecer, habita al pie de la ventana y a veces trepa hasta ella por la hiedra, sin llegar a entrar en la casa; la familia de pájaros que  ha ocupado la casita de corcho que, a tales efectos, ha colgado de las ramas de un peral; e incluso los meloncillos cuyas huellas ha descubierto en determinados plantíos. Faltan los diversos gatos que a veces cruzan la alambrada, el burro que campa en la parcela vecina, y del que proceden los suculentos cagajones que alimentan los rosales, el ruiseñor que filarmoniza los atardeceres, los pacientes caracoles, las percas que ponen una nota viva en el fondo sombrío de la alberca, que han heredado de aquellas truchas de cuya infausta suerte di cuenta en una entrada anterior de este cuaderno... Mi amigo los humaniza en su modo de referirse a ellos: "esta gente -dice por el lagarto- no son de mucho moverse"; "ahí está el personaje" -por el ruiseñor, o por el gato-, etc. Entiendo que ese coro más o menos silencioso lo acompaña en las muchas horas que dedica a esta parcela pedregosa, mitad escombrera, a la que sólo con mucho esfuerzo va depurando de cascotes y convirtiendo en un vergel. Mi referente a estos efectos es K.: también ella me acompaña a veces en mis largas veladas frente al ordenador; y también la escritura se parece en ocasiones al empeño de quien va sacando guijarros de un pedregal, hasta dejarlo convertido en tierra mullida.


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Lacónicos mensajes de C. desde París: "Papá, he estado en los bouquinistes del Sena y me he acordado de ti". Y uno se alegra infinitamente de ser ese fantasma entrevisto entre unos lejanos puestos de libros viejos.


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Y hablando de París: en esta breve nota de enciclopedia sobre César Vallejo se destaca que "predijo su muerte" en el poema titulado "Piedra negra sobre piedra blanca": "Me moriré en París con aguacero / un día del que tengo ya el recuerdo...". Debe de ser uno de los pocos casos de poeta que ha sido capaz de ligar de esta manera un texto suyo a una circunstancia concreta de su biografía. Uno de los pocos beneficiarios, en fin, de esa ley del azar y de la estadística que quiere que los poetas sean, ante todo, sujetos o actores de estos hechos casuales: que Keats muriera después de leer una crítica adversa, o Rilke tras pincharse con una rosa. Vallejo, al menos, ha conseguido que la anécdota que le ha tocado en suerte vaya unida a la evocación concreta de unos versos suyos: Otros, ni eso: la anécdota chocante que los caracteriza ni siquiera obliga a leerlos.

lunes, abril 11, 2011

OBSTINADOS



Habíamos tomado un par de botellas de vino con la cena y ahora paladeábamos unas copas de coñac mientras arreglábamos el mundo, o contribuíamos a enmarañarlo más, quizá. Daba un poco de grima constatar que habíamos franqueado nuestra privacidad a todas esas palabras huecas que llenan los titulares de los periódicos. Y el riesgo de embriaguez no procedía tanto de las bebidas espirituosas como de toda esa palabrería que nos exaltaba en vano. Cuando, de pronto, nuestro anfitrión hizo un gesto con la mano, para que nos calláramos. Y por la ventana abierta entró, alto y concéntrico, el canto sostenido de un ruiseñor que había hecho parada en un solar vecino. Nos miramos los unos a los otros y agachamos la cabeza, avergonzados, ante lo que nos pareció una suave y oportunísima reconvención para que dejáramos de atronar la noche con nuestra cháchara, tan vana, tan inútil, tan fuera de lugar.


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El cura de este pueblo, nos dice esta buena anciana, no da abasto. Se ocupa de ésta y de otras tres parroquias, y en fechas señaladas del calendario litúrgico se las ve y se las desea para poder celebrar los oficios de rigor en las tres. En nochebuena, nos cuenta la anciana, ofició tres misas del gallo: una a las siete de la tarde, otra a las nueve y una tercera a las once. Horrorizado, imaginé los riesgos que arrostraba el cura al lanzarse a la carretera entre misa y misa en una noche tan comprometida, y habiendo ingerido, además, una generosa copa de vino en cada una de ellas. Mucho más complicado parecía hallar una combinación satisfactoria para solventar los oficios de Semana Santa. La anciana menea la cabeza, como si no le viera solución al asunto. Nos contaba todo esto en una de esas tardes demoradas de primavera en las que el sol, desde luego, no parece afectado por esas apreturas de tiempo y obligaciones a las que nos sometemos los seres humanos.


Tal vez por eso, nos cuenta esta otra amiga, el chiquillo encargado de leer los ruegos en la misa del sábado se trabucó en una de las frases, y en vez de pedir más vocaciones para curas, como tenía escrito en su papel, pidió más vacaciones para los ídem.


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En el pueblo grande de abajo no había un alma: todos habían subido a la carretera para presenciar un ruidoso rally de montaña entre los dos pueblos vecinos; competición que, por lo visto, tiene aquí mucha tradición -una de esas antiquísimas tradiciones, en fin, que se remontan al inicio de los ayuntamientos democráticos- y arrastra a multitudes. Nosotros, para esquivarlas, hicimos justo el recorrido contrario: habíamos descendido por la antigua calzada romana que comunica los dos pueblos, y ahora estábamos sentados en una terraza normalmente atestada, pero en la que hoy no había más que un matrimonio joven con niños y una melancólica tertulia de sobremesa temprana alrededor de muchos vasos vacíos. Lo malo fue el regreso, esta vez cuesta arriba, salvando en apenas tres kilómetros de sendero pedregoso un desnivel de seiscientos metros. Desde luego, era imposible regresar en taxi, porque la carretera estaba cortada por el rally. Nos dolía hasta el alma. Y algo nos decía que ese esfuerzo mayor de lo previsto era el precio que había que pagar por aquella mañana de silencio, por la paz de aquella plaza, por nuestra obstinación incluso.


Imagen: Landscape with clouds, de John Constable

viernes, abril 08, 2011

LIBROS PARA OTROS

Nada más grato que esa sensación de desprendimiento que se tiene cuando se compran libros para otro. Disfruté haciéndolo cuando fui responsable de una biblioteca escolar, en mi anterior destino, y vuelvo a disfrutarlo hoy cuando acudo a una librería a recoger los cinco ejemplares de la selección de poemas de Emily Dickinson traducidos por Marià Manent que recibirán los cinco autores distinguidos con "menciones honoríficas" en el concurso de poesía en inglés que fallamos el otro día; más un ejemplar de los Sonetos de amor de William Shakespeare, en traducción de Antonio Rivero Taravillo, que entregaremos a un joven poeta que ha merecido una mención fuera de concurso... Me agrada pensar que estas elecciones no son del todo arbitrarias; y que, si he optado por la delicada poetisa de Amherst, es porque, en el somero "taller" con el que intentamos dotar a los alumnos de algunos recursos poéticos en lengua inglesa, el modelo de poesía del que no aparté en ningún momento los ojos fue el suyo: una poesía sencilla, basada en construcciones muy comunes en el idioma, y cuyo asunto principal es la propia intimidad, enmarcada en objetos y situaciones cotidianas. ¿Elijo este modelo por su sencillez e inmediatez lingüística, o simplemente por afinidad estética? No puede uno cuestionarse las razones profundas de esta clase de decisiones. 


Ahora, con estos libros en la mano, me planteo cuáles de ellos encontrarán el lector que merecen y cuáles terminarán arrumbados en un rincón. Y me acuerdo, miren por dónde, de la Antolojía poética de JRJ que me regalaron en el colegio, también como premio de consolación, después de que una decisión que juzgué injusta, y por la que protesté, eliminara a mi equipo de un certamen de "cesta y puntos"... Firmaba aquella selección el también gran poeta José Gaos. Tardé un poco en abarcarla, e incluso en entender ciertos caracteres externos de este tipo de libros, tales como que la atribución de la colección a la que pertenecían cada uno de los poemas seleccionados figuraba sólo después del último poema de cada grupo. Miré y remiré mucho ese libro, hasta entender su mecanismo. Y hoy casi no puedo referenciar determinados poemas de JRJ si no es acudiendo a él. Ahora sé que ese libro me estaba destinado; y que, de haber ganado cualquier otro premio en aquel concurso, no me hubiera resultado en absoluto tan productivo. Quién sabe.

jueves, abril 07, 2011

DISYUNTIVAS



La disyuntiva entre volver sobre lo escrito, para corregirlo y afianzarlo, y seguir adelante hasta alcanzar el desenlace previsto. La novela llegará a su final de un  modo u otro. Y acaso lo verdaderamente inquietante de la disyuntiva sea su traducción en términos vitales: vivir con la mirada puesta en lo ya vivido, ahondando en su sentido y -acaso- corrigiéndolo o poniéndolo en claro; o seguir adelante sin mirar hacia atrás. Sólo que, en el caso de la vida, la elección rara vez se plantea en estos términos; y son las circunstancias las que hacen valer el pasado, casi anulando el presente; o, por el contrario, te fuerzan a saltar en el vacío.

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Aporto mi rap a la maratón escolar de lectura que se celebra en mi centro de trabajo. Lo pongo en manos de unos animosos chicos que consiguen darle el punto apropiado de desgarro y emoción. Y me resulta extraña esta melopea en boca de quienes quizá no entiendan o compartan del todo su sentido: que, como el de tanta poesía escrita por adultos, no es sino una reconsideración entre nostálgica y rencorosa del pasado. Lo escribí, por cierto, al hilo de los preparativos madrileños de mi novela. Lo que, a tantos kilómetros de distancia, le añade, si acaso, una nota más de extrañeza. Un poema, dicen, deja de ser de uno en el momento en que el lector se lo apropia. No sé si será el caso. Tampoco sé si esta tirada de versos sincopados es, estrictamente hablando, un poema; quiero decir, un poema mío. Aunque ¿quién me dice que la voz que acaso haya conseguido impostar en mis versos serios es, estrictamente hablando, la mía verdadera?

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No hago otra cosa que discurrir entre dudas. La principal, con todo, se refiere a la pertinencia de todos estos esfuerzos. Acaso fuera mejor dedicar el tiempo y los desvelos a otra cosa. ¿Y quién me garantiza, en ese caso, que las cogitaciones que pudieran ocupar, una vez reconquistado mi tiempo, mis posibles paseos de desocupado no me causarían más quebraderos de cabeza, quizá, que estas otras?


Imagen: óleo de Dorothea Tanning

martes, abril 05, 2011

IMPACIENCIAS

De nuevo me rinde el sueño en el autobús: quiero decir que no me deja leer; porque, en cuanto renuncio a la lectura, lo que se impone es el estruendo que me rodea: el barullo de una docena de conversaciones cruzadas, la radio, la vibración ronca del motor... En medio de esa barahúnda, sólo en la lectura podía encontrar silencio. Un silencio interior, en el que incluso es posible echarse a dormir.


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La degradación de la prensa y, con ella, la creciente indefensión del ciudadano frente a la manipulación, la propaganda o los ataques a su intimidad; la presencia asfixiante del Estado en cuestiones de las que debería permanecer apartado: entre ellas, el debate estético, utilizado como arma de legitimación política y controlado mediante la adjudicación discrecional de subvenciones; la impotencia de los intelectuales y su inerme división en bandos aparentemente irreconciliables, según cuenten o no con el favor de ese único mecenas todopoderoso... ¿Hablo de la sociedad española de hoy? No: de la Viena de finales del siglo XIX y principios del XX, según se describe en la monografía sobre Karl Kraus que estoy leyendo. Nada nuevo bajo el sol. De hecho, lo que más sorprende al lector de esta clase de libros es la evidencia de que las novedades sólo lo son cuando el encargado de dar fe de ellas -léase, el periodista de turno- ha acreditado previamente su plena ignorancia de la historia anterior: sólo a quien no sabe nada le parecerá novedoso lo que no es sino mera repetición de lo ya sucedido. Aplíquese, por ejemplo, al debate estético entre los partidarios de la "Secesión" vienesa -que podrían equipararse, grosso modo, a nuestros modernistas- y los detractores de ésta, como el propio Karl Kraus, partidario de un arte depurado, no ornamental y firmemente asentado en la tradición. Es un debate que se ha producido una y mil veces; y que han ganado siempre, digamos, los mismos: los partidarios de un arte pertinente y necesario, acorde con los tiempos; lo que no quiere decir que las generaciones siguientes puedan acogerse tranquilamente a la victoria de sus predecesores y renunciar a librar la batalla que les corresponde.


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Documental sobre el cine español de finales de los setenta. Me impongo el deber de verlo, bajo el mandato de no perder ocasión de documentar el periodo que es objeto de mis indagaciones novelísticas. Y quedo muy decepcionado. Estos cineastas "por fin jóvenes", como decía no sin cierta sorna el crítico Alfonso Sánchez, harto de ver triunfar promociones "jóvenes" formadas por cuarentones, practicaban un cine que, visto hoy, sigue pareciendo cosa de... cuarentones. Véase al triste protagonista de Ópera prima (1980), aquella película que tanto me fascinó a mis tiernos diecisiete años, precisamente porque, a esa edad, uno tenía demasiado prisa por parecerse a determinados adultos de entonces, en los que veía a privilegiados a quienes el momento histórico de cambio había sorprendido en la edad justa. Le podía a uno la impaciencia; y, de hecho, bastó apenas un lustro para que esa sensación de envidia retrospectiva se convirtiera en una orgullosa afirmación del tiempo propio, tal como uno lo estaba viviendo entonces. Eso se correspondió con otro cine, con otros personajes, ante los que el progre tardío que protagoniza Ópera prima seguramente se hubiera horrorizado. De hecho, ya lo hace en la propia película, cuando se muestra tan poco comprensivo con el pacífico y algo bovino nihilismo hedonista que profesa la chica de la que se enamora. Que es estudiante de violín, por más señas, y a la que no cuesta nada imaginarla con los pelos pintados de verde y convertida en instrumentista de alguna banda de la Nueva Ola madrileña, unos años después.

lunes, abril 04, 2011

ALGO SE MUEVE

La mezcla de llovizna y relativo calor presta a esta primera hora de la mañana del domingo -no tan primera, en fin: son las once; lo que pasa es que, al parecer, nadie se ha levantado aún- una cierta atmósfera de bochorno tropical. He salido a comprar el pan. Pesa el chubasquero y hiere el oído el sonido de los propios pasos en la calle desierta. Un viejo en camiseta me mira desde una ventana con gesto de reproche, supongo que molesto por ese sonido extemporáneo, al que la cualidad del aire infunde una resonancia de golpes en un lugar cerrado. La verdadera intimidad, seguramente, no es la que sucede a espaldas del viejo, en ese dormitorio todavía por ventilar en el que ronca todavía su mujer. La verdadera intimidad es ésta que voy quebrando con mis pasos... Hablo del tiempo que hace, como ha señalado, no sé si reprochándomelo, un conocido crítico literario -y uno de los mejores, todo hay que decirlo- a propósito de mi libro Pintura rápida. Pero de qué otra cosa puedo hablar para aludir al correlato exacto de mi estado de ánimo; es decir, a todo aquello que en este justo momento, por ser exterior a mí, hace de espejo. Lo otro sería espeleología del alma, que es un deporte algo peligroso de practicar cuando no se sabe qué se está buscando. Hablo del tiempo que hace, sí. Y quizá sea ésa la única manera posible de hablar del Tiempo sin más.


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En televisión dedica un reportaje al libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel. Saco la conclusión de que la indignación a la que apunta este autor respecto a la actual crisis económica y a la impotencia ciudadana ante la avalancha de políticas antisociales que, amparándose en ella, están impulsando los distintos gobiernos, no deja de ser una bienintencionada pamema, destinada a reforzar la adhesión de los ciudadanos al mismo sistema que los maltrata... Pero el caso es que algo se mueve. El hecho mismo de que la televisión dedique un espacio importante al posible nacimiento de un sentimiento de indignación ciudadana resulta ya significativo, por más que esa misma televisión, como me hacía ver hace poco un amigo, oculte o silencie que algún país europeo -Islandia- ha sido capaz de llevar a cabo una revolución tan radical como las que se intentan ahora en algunos países islámicos, y con sorprendentes resultados: los islandeses han hecho dimitir a su gobierno y parlamento, han elegido una asamblea de veinticinco ciudadanos no adscritos a ningún partido político para elaborar una nueva constitución, han nacionalizado la banca y se han negado a pagar la deuda acumulada por la antigua banca privada, de la que no se sienten responsables. Algo se mueve, sí, aunque no sea uno capaz de dilucidar el sentido e intenciones de ese movimiento que empieza a despuntar. 


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El que no se mueve soy yo. Y como no he salido de casa, para no mezclarme con las hordas de motoristas que a lo largo de todo el fin de semana han atronado las carreteras de la provincia, ha habido tiempo sobrado para leer. Algún efecto positivo habían de tener esas desmesuradas exacerbaciones del ruido ambiente: por contraste, uno se encierra aun más en su silencio. Y en este silencio han comparecido el libro que Sandra Santana ha escrito sobre Karl Kraus -otro "indignado" contra la sociedad de su tiempo; aunque su indignación fuera más sutil y de más hondo calado que la preconizada por Hessel-, una selección de textos del propio Karl Kraus, la antología poética de José María Cumbreño -un grato descubrimiento- que ha publicado Ediciones Siltolá, y el segundo libro de poesía -también en esa editorial- de Olga Bernad, Nostalgia armada,  que confirma plenamente las expectativas planteadas por el primero... Libros y películas -Strange Cargo, de Borzage; Il Grido, de Antonioni-, para salvar un fin de semana al que uno llegaba resignado a la reclusión; y que, en cambio, se ha resuelto de la mejor manera posible; y hasta con acompañamiento de pájaros -ahora mismo los oigo cantar en mi balcón, como poniendo un coro impostado a estas notas-.

viernes, abril 01, 2011

LA LIEBRE

Esta vez hago de jurado en un concurso escolar de poesía. En inglés, como corresponde a mi especialidad académica. El reto planteado a los participantes era arduo: escribir un poema en un idioma que la mayoría de ellos domina muy rudimentariamente, y con cuya tradición literaria no están en absoluto familiarizados, ni siquiera a los niveles elementales que procura la enseñanza reglada respecto a la literatura propia. Sin embargo, era una buena ocasión para poner a prueba una vez más una intuición que mantengo desde la primera vez en que me fue dado formar parte de un jurado literario y enfrentarme a la lectura de textos cuya autoría desconocía y que me llegaban absolutamente desprovistos, no ya de referentes previos, sino incluso de los mínimos indicios de afinidad formal y personal que uno demanda de un texto antes de decidirse a abordarlo. De esas experiencias uno ha aprendido dos cosas: la primera, que la tonalidad general de los textos que concurren a un premio literario refleja con bastante exactitud los prejuicios literarios imperantes en un momento dado; por lo que no deja de ser provechosa la ocasión de constatar tan en vivo esos prejuicios; y la segunda: que, donde menos se espera salta la liebre, y que seguramente el ganador ideal de un concurso debería ser una antología de los mejores textos o fragmentos de textos enviados, por lo que en más de una ocasión he lamentado la imposibilidad material, e incluso moral, de fabricar ese híbrido. 

Pues bien: ambas expectativas se han cumplido en este concurso escolar, si bien de una manera, por supuesto, algo primaria, como corresponde a la edad de los concursantes. Hubo un cierto entrenamiento previo, en el que uno intentó inculcarles algunas de sus creencias más acendradas: por ejemplo, la de que la simplicidad dará siempre mejores resultados que un exceso de pretensiones. Como era de esperar, ese consejo mío no ha tenido demasiados seguidores, aunque sí algunos. La mayoría de los adolescentes cree que la poesía consiste en esos tópicos rimados que muchos tienen copiados en las solapas o vueltas de sus cuadernos; lo que, entiendo, coincide en líneas generales con lo que la mayor parte de la población piensa al respecto. Pero, como decía, donde menos se espera salta la liebre, y es curioso constatar como de ideas, frases, formulaciones de muy  heteróclita procedencia (la música pop, la publicidad y los tópicos de la corrección política imperante, las frases-tipo aprendidas en clase) surgen a veces acuñaciones verbales que se acercan mucho a lo que puede ser la verdadera poesía. O eso me ha parecido a mí, desde la parcialidad evidente con la que juzgo este asunto.