lunes, mayo 30, 2011

PRIVATE WORDS



Lo malo de lo que está ocurriendo últimamente es que se parece demasiado a las películas de Frank Capra; a Juan Nadie, por ejemplo. Y que conste que yo soy un incondicional del cine de Frank Capra.


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Por primera vez en mi vida unos amigos me piden que escriba un poema para ser leído en su boda. Tras varias tentativas insatisfactorias, doy por bueno un sencillo epitalamio en endecasílabos blancos que empieza así: 


La vida tiene a veces estas cosas.
Se pronuncian en alto, ante la gente,
los fuertes compromisos del amor,
sus palabras sentidas y solemnes,
sus consagradas fórmulas civiles...


Y termina así:


...y que este amor es cosa ya de todos,
porque lo hemos celebrado juntos
una noche de mayo, en amistad,
y es algo ya tan suyo como nuestro.


Lo de en medio son, por supuesto, private words addressed to you in public, como decía Eliot en su "A Dedication to my Wife"; siendo ese you, esa segunda persona ceremonial, el único receptor que puede entenderlas y agradecerlas.


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Recaen sobre uno encargos extraños; que, por más que la propia vanidad se empeñe en considerarlos signos externos de atención o reconocimiento, una vocecilla insobornable se empeña en advertir que no son más que síntomas de ese estado final de dispersión en el que un escritor de más o menos obstinada trayectoria empieza a valer lo mismo para un roto que para un descosido... 


Véase, si no, esta llamada telefónica del otro día: me piden que imparta la sesión final de un curso de doctorado dedicado a examinar las relaciones entre las distintas artes. En vano trato de decir que no soy la persona indicada; pero en mi contra constan, ay, los textos que he escrito para diversos catálogos de pintura; lo que, al parecer, es prueba irrefutable de mi interés por otras artes distintas de la literatura. Caigo en la cuenta entonces de que mi último libro se llama Pintura rápida; y me ofrezco a compartir con los asistentes a ese curso algunas de las ocasionales reflexiones sobre pintura contenidas en esa y otras entregas de mi "diario abierto". 


No sé si con eso estaré a la altura de las expectativas. Pero lo que no puedo hacer ahora es improvisar una teoría estética. Uno no esconde el paño. Incluso, desde hace algunos años, el trabajo de taller lo hago aquí, en este cuaderno, a la vista de todos. Y todo el mundo sabe de qué pie cojeo, ay.


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La metáfora es tan simple que apurar sus consecuencias podría parecer incluso un abuso. Pero que las autoridades, a la hora de desalojar una plaza ocupada por una manifestación de ciudadanos descontentos, digan que lo hacen por razones sanitarias, y para posibilitar la celebración de una victoria futbolística... Son las dos grandes justificaciones del estado moderno: la deportiva, trasunto de las antiguas exaltaciones del orgullo patrio -y ahora caigo en la cuenta de que las autoridades regionales que han ordenado el desalojo son de ideología "nacionalista"-, y la higiénico-sanitaria, que viene a sustituir al antiguo enemigo externo por un enemigo intangible y silencioso, que la propia ciudadanía despreocupada se ocupa de propagar y contagiar. Queda todo dicho. Y, sin  embargo, es demasiado obvio, demasiado simple... 

viernes, mayo 27, 2011

VOLOVÁN



Continúa este falso siroco que vuelve el aire pesado y la luz plomiza. Miro las aguas detenidas de la bajamar, la marisma surcada de meandros del color del cielo neblinoso, las palmeras inmóviles. Uno también está a la espera de algo que se insinúa y no viene.


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Se llega a la novela por escepticismo hacia todos los demás géneros, incluida la novela misma.


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Vol-au-vents rellenos de queso, anuncia el menú de esta inexcusable cena laboral. Hace años que me declaro alérgico al queso, para evitar dar explicaciones respecto a una sencilla cuestión de gustos: detesto ese alimento en todas sus variedades y formas. Lo que no deja de tener sus implicaciones simbólicas. En este caso, por ejemplo: aunque uno coma casi de todo, hay determinadas líneas rojas que nunca sobrepasaría. 

jueves, mayo 26, 2011

POR CONTRASTE



Bochorno y nublado, y borrosos paseantes por la orilla, algunos (pocos) en bañador, otros envueltos en esas prendas holgadas que usan los viejos y el viento hincha como velas. Todo como en un fotograma de Muerte en Venecia. De la parte en que sopla el siroco y el protagonista enferma de una mortal melancolía.


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Al lado de las de este compañero mío, mis reservas respecto a las grandes cuestiones en candelero son levísimas, y lo poco que saco en claro y me atrevo a afirmar, en comparación con lo mucho que él matiza o pone en duda, cobra la apariencia de un desmesurado programa radical. Es lo que tiene juntarse con viejos -lo digo con todo respeto-: uno, que ya no es joven, casi lo parece. Por contraste, ay.


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El gato del vecino es tan flaco que sus patas pasan por el espacio que queda entre el portón y el suelo. Las saca por ahí, anhelante -dos apéndices negros, nerviosos, que más parecen tentáculos que patas de animal vertebrado-, cada vez que oye a alguien en el vestíbulo. También K. anda alterada por la presencia del gato vecino: ha recuperado su viejo instinto, que ya creíamos superado, de escaparse a la escalera. Su caso es el contrario al mío: a ella es la juventud la que viene a tentarla. 

martes, mayo 24, 2011

ASERTIVO

Será que con los años me voy volviendo asertivo. Ahora, cuando me toca al lado en el autobús un compañero ruidoso -alguien, por ejemplo, que lleva al oído uno de esos molestos aparatejos que emiten música ratonera-, me levanto y me cambio de asiento; lo que, por lo que veo, no deja de resultar chocante a los aludidos: algunos me miran como si mi gesto soberano supusiera una especie de menosprecio hacia ellos. La chica de este mediodía, por ejemplo: primero me midió con la mirada, como perdonándome la vida por haberme sentado a su lado con el indisimulado propósito de disfrutar de la proximidad de una persona dotada de muy evidentes atractivos. Y luego, cuando salí corriendo hacia otro asiento, debió de preguntarse qué mosca me había picado. La de siempre, debí decirle. La que molesta, no tanto porque pique, sino porque zumba.


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Quién dice que votar no sirve de nada. En mi pueblo hemos cambiado limpiamente de alcalde. Y, para ello, hemos retirado clamorosamente la confianza, no ya a una fuerza política, sino a dos: la del antiguo titular y la que facilitó su investidura en su último mandato, a pesar de que la aritmética electoral del momento dictaba claramente la necesidad y oportunidad de un cambio. El electorado ha esperado pacientemente cuatro años y luego se ha desquitado. Claro que no sabemos de quién ha sido exactamente la victoria: si de los finalmente desagraviados o, por el contrario, de quien logró imponerles por cuatro años su mandato mediante un cambalache post-electoral. En todo caso, su relevo democrático me depara ahora una modesta satisfacción cívica. No serán muchas más las que consigne en este cuaderno. Que no ha de dejar de ser -me impongo aquí la obligación de recordármelo- un diario íntimo.


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Ahora son muchos los que leen a Stéphane Hessel. Yo estuve hojeando su prontuario y, la verdad, no me animé a comprarlo. Me pareció una versión postmoderna de los Principios de Politzer, de los que tanto hablo en mi última novela: demasiado simple, demasiado bonito para ser verdad. Cuando me prestaron ese último libro, por cierto, tuvo la clara percepción de que estaban perpetrando conmigo un abuso. Fue, como suele suceder en estos casos, un pariente mayor. No sé cuánto he tardado en reponerme. Lo único que tengo que agradecerle, con todo, es que ahora, cuando hablo de estalinismo, sé exactamente lo que quiero decir.

lunes, mayo 23, 2011

EMOCIONES PÚBLICAS Y PRIVADAS

Fin de semana extraño, cuya nota distintiva ha sido un singular cruce de emociones públicas y privadas. Pude percibirlo ya el viernes en los vestuarios de la piscina: en vez de la consabida conversación de fútbol, hubo una animada tertulia política entre hombres desnudos o sucintamente cubiertos por una toalla, como el filósofo Diógenes cuando departía con Alejandro Magno... Hablábamos de las acampadas y concentraciones de descontentos (o "indignados", como los llama la moda política del momento) que han tenido lugar en numerosas plazas españolas. Y estuvimos todos de acuerdo en considerar que hay motivos sobrados para la protesta. Aunque cada cual aportó sus matices, y hubo quien afirmó -fue el único que aportó una nota de temor- que todo iría bien "mientras no se metiera la ceneté...". Lo que quise entender de este modo: "Todo irá bien mientras las protestas no queden contaminadas por gentes, propuestas y actuaciones de la vieja política".  Otro, el más joven de los allí reunidos, se quejaba de que un directivo de banca gane dos millones de euros al año, lo que parece poco coherente con el hecho de que haya sido una crisis bancaria la que ha desencadenado la penuria general. Un tercero, que briega habitualmente con políticos, y que por tanto conoce bien el paño, musitaba con sonrisa de conejo: "Demasiado hemos tardado. Demasiado". 


Con ese estado de ánimo salí luego a la calle a tomar unas cervezas. Las terrazas estaban llenas: cerveza y caracoles, a dos cincuenta por barba; cuando, hace unos meses, quien más, quien menos, se gastaba veinte veces más en cualquier salida de fin de semana. Eso hemos ganado. Con la crisis nos hemos vuelto más morigerados, y también más proclives a la nostalgia, porque lo cierto era que la luz y el ambiente parecían retrotraernos a cuarenta años atrás, al país de los noviazgos de cerveza y gambas de nuestros padres. En ese ambiente, chocaba un poco cruzarse con los últimos coletazos de la campaña electoral: la "batucada" con que se hacían notar los seguidores de la candidatura ecologista; o la animada reunión de hombres en mangas de camisa -eso sí: camisas muy planchadas- en una barra montada al efecto por la candidatura derechista... 


Ya en casa, pasada la medianoche, vimos imágenes de las concentraciones callejeras que desafiaban el toque de queda preelectoral que debía de haber entrado en vigor a las doce en punto. Y, como no teníamos sueño y la curiosidad fue más fuerte que la inercia, cogimos el coche y nos fuimos a la capital, a ver qué pasaba. Era una situación extraña, ya digo: la última vez que salimos de casa a hora tan extemporánea, fue porque acababan de avisarnos de la muerte de un familiar. No pudimos evitar, por tanto, la sensación de estar dirigiéndonos a un velatorio. Al funeral de nuestras propias ilusiones infundadas, por así decirlo, posiblemente mezclado con los aires de fiesta desmadrada que adquiere el centro de la ciudad en las madrugadas de los fines de semana. 


Ni una cosa ni otra: lo que encontramos fue una ordenada concentración de unas trescientas personas -hubo más, nos dijeron, al filo de la media noche-, entre las que saludé a varios alumnos y ex-alumnos míos que parecieron muy contentos de ver a su profesor mezclado en estos berenjenales. Uno, muy orgulloso, me mostró el pasquín o dazibao que había escrito y pegado al muro habilitado al efecto. Otro se pavoneó un poco de ser "el encargado de los mensajes en Twitter" y me explicó ese inextricable mecanismo. Un tercero me hizo reparar en el hecho de que allí nadie bebía alcohol... La impresión que daban, desde luego, era la de estar entregados a algo muy serio. Nada podía objetárseles: tenían derecho a manifestar su descontento y lo hacían del modo más educado posible; lo que, teniendo en cuenta los tiempos que corren, no es poco. 


Permanecí con ellos unos cuarenta y cinco minutos. Y me hubiera quedado más, si no fuera por la impresión de que habíamos alcanzado ya la hora en la que las visitas han de retirarse para que los anfitriones duerman. Y estaban dispuestos a dormir allí, sobre una pila de cartones que habían recogido de los comercios próximos.


Todo esto me ha producido una extraña alegría. Que no se deja empañar por la sospecha, que también abrigo, de que un movimiento como éste puede ser muy fácil de manipular. Y también que, si se alarga demasiado, puede caer fácilmente en la inconsecuencia y la ñoñez. Ya el sábado la televisión se encargó de retransmitir imágenes en las que se veía a los manifestantes cantando rancias canciones protestatarias de hace cuarenta años y distrayéndose con juegos de parvulario, tales como pintarse la cara unos a otros o aplaudir a los saltimbanquis de turno, que nunca faltan.... Como me dice mi mujer, hay que darles tiempo. Los políticos, de momento, siguen nerviosos. Y eso es algo que nunca terminaremos de agradecerles a estos jóvenes. 

viernes, mayo 20, 2011

POESÍA AMOROSA Y POESÍA SOCIAL (y 2)



A MRT, tras la lectura de su libro

La ecuación poesía amorosa = poesía social sólo puede ser cierta si también lo es poesía amorosa = lírica de la individualidad.


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¿Serán estas lágrimas de C. al leer el libro de M.R.T. iguales a las que Agustín de Foxá buscaba en los ojos de las mecanógrafas como prueba irrefutable de la bondad de un poema?


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Si Propercio, el gran poeta amoroso romano, fue también el primer poeta social propiamente dicho, es por lo que tiene de antisocial: puso en solfa los valores en los que se sustentaba la pax augusta, el primer periodo de la Historia conocida regido por una asfixiante corrección política.


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También Garcilaso entendió que ser confinado a una isla del Danubio por decisión del emperador no era más que una metáfora del dolor que sentía ante la ausencia de la amada. O viceversa. 


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La verdadera finalidad de un poema amoroso no puede ser nunca transformar la realidad, es decir, seducir a la amada renuente. La verdadera finalidad del poema amoroso es hacer sentir a su autor que es digno de esa amada a la que previamente da por perdida.


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La poesía amorosa es íntima, pero no privada. El amor logrado es justo lo contrario: un asunto de puertas cerradas tras las que sucede lo que todo el mundo sabe.


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Un poema que tuvo cierta fama de ser eficaz como discurso de seducción: Pandémica y celeste, de Jaime Gil de Biedma. Darlo a escuchar o a leer a la persona a la que se pretendía enamorar surtía, dicen, efectos inmediatos. Pero yo creo que lo que se lograba -que no es poco- no era exactamente enamorar a esa persona, sino persuadirla de la superfluidad del amor para según qué menesteres.


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Los mejores poemas de amor son siempre un tanto impersonales. Algunas baladas de Villon, por ejemplo.


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El único libro de poesía estrictamente amorosa que he escrito se llamó Las amigas. Es decir: estrictamente hablando, no era un libro de amor.


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Un poema político aspira al cumplimiento de un programa. Un poema amoroso sólo aspira a cumplirse a sí mismo.

miércoles, mayo 18, 2011

15-M

Llama la atención el nerviosismo con el que los políticos españoles -y muy especialmente los de izquierda- han acogido las manifestaciones del pasado domingo. En la madrugada del martes la policía acabó contundentemente -es decir, a palos- con la "acampada" que unas pocas decenas de manifestantes llevaban a cabo en la Puerta del Sol... Lo que no deja de ser un tanto sorprendente, teniendo en cuenta la singular tolerancia de la que han gozado hasta ahora otras acciones similares llevadas a cabo en la capital, en la que desde hace años no ha habido semana en la que algún colectivo agraviado no organizara un encierro, una sentada, un campamento reivindicativo... 


No es que uno espere mucho de este tipo de protestas; más bien, no espero nada. Pero, insisto, me llaman la atención las reacciones de auténtico pavor que ha suscitado la del pasado domingo. Si las autoridades españolas tuvieran que bregar con una oleada de auténtica insurrección social, como la que conoció Grecia hace unos meses, o una rebelión abierta de los barrios periféricos de las grandes ciudades, como la que hubo en Francia en 2005, no sé qué harían, a la vista de la alarma suscitada por ésta. 


Mientras tanto, da un poco de pena oír a los portavoces políticos y a sus corifeos mediáticos: coinciden todos ellos en exigir a los descontentos que se organicen en una plataforma política y concurran a las elecciones. Pero eso es tanto como exigirles que se conviertan precisamente en aquello que rechazan. ¿Para denostar a la clase política es necesario convertirse en político? M.A., con su aplastante sentido común, me apostilla en el coche, mientras oímos las noticias por la radio: "Lo que quieren éstos no es ocupar el lugar de los políticos, sino que los políticos hagan su trabajo y cumplan sus compromisos". Puede ser. Entre éstos últimos, la siempre aplazada promesa de cambiar la injusta ley electoral y el sistema de listas cerradas, que convierte a los partidos y a sus aparatos internos en los verdaderos amos del cotarro. 


Lo que es innegable, de cualquiera de las maneras, es el descontento. Lo sienten esos jóvenes contestatarios, con sus muletillas ideológicas y su bendita simplicidad de planteamientos; y lo sentimos los adultos que estamos ya un poco de vuelta de esas cosas. Las discrepancias, naturalmente, empiezan en el momento en que intentamos establecer qué aspectos o cuestiones nos gustaría cambiar. Pero nadie puede exigirle a un simple ciudadano -menos, si éste tiene menos de veinte años- que tenga un modelo de estado y de sociedad en la cabeza. Lo que tenemos en la cabeza y en el corazón ahora es una especie de mal digerida sensación de que nuestros gobernantes nos toman el pelo constantemente, malgastan nuestro dinero, abusan de su poder y ostentan ante nuestras narices privilegios que no se merecen. Después de todo, se pueden dar por contentos si la única reacción que ha habido contra este estado de cosas es una simple e imberbe manifestación dominguera, seguida de una acampada... No creo que la cosa quede ahí, sinceramente. Es más: me decepcionaría mucho que la cosa quedara ahí.

martes, mayo 17, 2011

POESÍA AMOROSA Y POESÍA SOCIAL (1)

"La poesía amorosa es también poesía social", afirmó mi amigo Manuel Ruiz Torres en la presentación de su poemario El inicio del mundo, con el que vuelve a la poesía después de veinticinco años. Y lo explicó -es una pena que yo no recuerde ahora sus palabras exactas- diciendo que la manera en la que cada cual organiza su mundo sentimental inmediato determina también su modo de relacionarse en sociedad y concebir las relaciones sociales en general. 


Todo esto lo dijo en el preámbulo del que fue, sin duda, el acto más intenso y emotivo de la Feria del Libro; y el más concurrido también. Yo ya había disfrutado de una lectura silenciosa de esos poemas, y escucharlos en labios del autor les añadió, si acaso, una modulación más personal, unos matices que a mí me habían pasado desapercibidos. Nunca antes había asistido uno a una resurrección poética tan manifiesta, y el acontecimiento en sí tenía algo de milagro. Tanto, que uno casi no quería discutir nada, plantearse ninguna objeción, enturbiar el disfrute de la circunstancia concreta con esos tiquismiquis que parecen parte consustancial del negocio literario. 


Pero el caso es que no se me ha ido de la cabeza la afirmación con la que he abierto esta nota. No he parado de darle vueltas. ¿Poesía amorosa = poesía social? Sí, pero... Quizá sería mejor dejarlo en "poesía de protesta", porque es verdad que quien afirma la primacía de sus sentimientos amorosos sobre cualquier otra circunstancia está haciendo también una defensa de la individualidad amenazada. La poesía amorosa, si ha de valer algo, será siempre como alegato a favor de la individualidad. Poesía social, sí, pero de signo... liberal, en el sentido mejor y más auténtico del término. Ya sé que Manolo no quiso decir eso; más bien lo contrario... Pero uno no pierde de vista que en esos veinticinco años de alejamiento de la poesía que antes mencionábamos el autor de El inicio del mundo ha desarrollado una inteligente obra narrativa cuyo leit-motiv más insistente es la consideración irónica, pero no del todo hostil, de la vida burguesa, de las aspiraciones de la clase media-baja, de la masculinidad reinterpretada como una manifestación de esa individualidad amenazada de la que hablábamos antes, Y que su otra gran pasión y línea de trabajo, la gastronomía, se funda en una apreciación sincera del hedonismo burgués. Eso, por supuesto, no le resta autoridad a los desolados versos en los que ahora afirma: "Aún sin quererlo, / la vida se vuelve un insensato / ejercicio de acumulación". No hay que tomarlos como un alegato contra la propiedad privada, pongo por caso -uno de los motivos más insistentes de la poesía social stricto sensu-, sino como una especie de reverso del garcilasiano "Oh dulces prendas por mi mal halladas"... Seguiremos.

lunes, mayo 16, 2011

PALÍNDROMOS

Para aprovechar el viaje, llego a la Feria del Libro con M.A., que tiene que estar allí unos minutos antes de la hora oficial de apertura. Y, para ocupar el tiempo hasta el comienzo del acto al que quiero asistir, me siento a leer en un banco estratégicamente situado a la sombra del alero de una de las casamatas o galerías que albergan los puestos de libros. El levante no se ha ido del todo, pero este día ha optado por manifestarse en forma de una brisa fresca, muy agradable. Estoy leyendo el libro de mi amigo Manuel Ruiz Torres. Y, de pronto, sin motivo aparente -hoy no hay animaciones para niños en el recinto, ni nada por el estilo-, la megafonía empieza a emitir una música feroz, que me hace abandonar a toda prisa mi hasta ahora agradable asiento y refugiarme en la casamata, tras un muro de un metro de espesor... Lo que me hace plantearme, de paso, si toda esta estrategia consistente en rodear la lectura de circunstancias ruidosas y aparentemente festivas es la acertada. Ese mismo día, más tarde, una amiga librera me dice que ha propuesto a la organización que habilite un trenecito que traiga a la gente desde las calles céntricas a este recinto un tanto apartado. Es de suponer que en ese trenecito de feria sonarán esas canciones machaconas que los niños corean, casi siempre acompañados por sus animosos padres. Díganles luego ustedes que la finalidad de todo esto es que se encierren en su casa, en silencio, y se pongan a leer.

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Quien sí es un hombre callado es este amigo escritor, que ha venido a presentar su novela. Y como el presentador es periodista, el acto tendrá formato de entrevista pública: el presentador pregunta y el novelista se extiende a discreción sobre las cuestiones planteadas. Tiene uno sus prevenciones respecto a estos formatos aparentemente informales y espontáneos. Lo más probable es que acaben resultando terriblemente impostados y artificiales. Pero el caso es que el entrevistado sale más o menos airosa de las primeras preguntas, muy convencionales: qué piensa de la llegada y previsible auge del e-book, y para cuándo habrá ferias del libro... electrónico. Y, a partir de ahí, se las arregla para hacer una muy convincente exposición de los motivos por los que a un escritor nacido a principios de los sesenta, como es su caso -y el mío- le concierne la época que abarca el final del franquismo y la llamada Transición, por coincidir estos hechos históricos con el periodo vital de su maduración como persona adulta... A continuación, como temeroso de haber estado demasiado sesudo, agarra por las hojas el rábano de las preguntas más o menos convencionales que le va lanzando el periodista y se embarca en una divertidísima digresión sobre algunos de los aspectos más cómicos de su novela: por ejemplo, la mención que en ella se hace de una asociación de palindromistas, calcada de una que existe en la realidad, con la que el autor tuvo contacto a raíz de un artículo que escribió sobre los palíndromos -es decir, sobre las frases o palabras que pueden leerse igual en sentido normal o en el inverso-. De los palíndromos que dijo haber inventado, anoto aquí el que hizo con su propio apellido: No si paga Pisón. Lo que, con sus posibilidades de broma, me abre toda una perspectiva nueva sobre este hombre tímido y circunspecto al que he ido aprendiendo a apreciar a lo largo de los espaciados encuentros que hemos ido teniendo en los últimos años. Desde luego, leeré con ganas su novela. 

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La conversación que estábamos teniendo en ese bar no tenía nada de especial: bromas, ocurrencias más o menos divertidas, chascarrillos sin importancia. Pero el camarero acertó a aparecer justo cuando uno de los interlocutores decía: "No, a ése no lo hemos matado nosotros" -la frase, por supuesto, no aludía a ningún crimen cometido por los allí presentes-, y luego cuando el mismo sentenciaba algo sobre el papel que las putas hayan podido tener en la generalización del uso de los perfumes... No recuerdo qué otra inconveniencia estaba yo diciendo cuando el camarero hizo su tercera aparición: Desde luego, en su rostro se pintaba la más absoluta desaprobación hacia nuestro grupo. Me pregunto qué contaría luego, a sus compañeros o en su casa, respecto a los últimos clientes de esa noche. A todo esto, mi amigo es un hombre corpulento y cetrino y vestía una llamativa guayabera blanca. Yo lo contrataría, desde luego, para un papel de gánster colombiano, en una película de bajo presupuesto. Me imagino que eso también contribuyó a la imagen que dimos. 

jueves, mayo 12, 2011

NÁUFRAGOS



Decididamente, es en los días de viento de Levante cuando más detesta uno físicamente esta ciudad. La propia Feria del Libro, que debiera ser un lugar sosegado, anda revuelta: el viento juega incluso con la megafonía algo destemplada que acompaña los juegos infantiles que se desarrollan en el recinto, haciéndola aún más áspera y desabrida (¿quién dice que los niños necesitan todo este estruendo para estar contentos?). En el salón donde se desarrollan las presentaciones, la puerta parece querer salirse de su marco, y de cuando en cuando emite unos golpes secos y amenazantes, como si alguna criatura aciaga hubiera quedado fuera e insistiera en entrar. Somos todos -libreros, libros, escritores, público- un poco más insignificantes bajo esta ira desatada de los elementos. El propio guardia de seguridad se lo dice a M.A., cuando ésta abre su caseta: "O dejamos la puerta abierta de par en par o la cerramos del todo. Ahora, esto de tenerla entreabierta, y andar entrando y saliendo...". Pero ése es precisamente el caso. ¿Abrimos las puertas del todo, para que entre aire, aunque sea violento y desabrido? ¿La cerramos? Porque lo que está claro es que este quiero y no puedo, este mirar a los paseantes desde el quicio y dejarles abierta apenas una rendija... 

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El concejal terminó el acto anunciando que, "pese a la crisis", su departamento iba a ofrecer un "refresquito" al final de la presentación del libro que patrocinaba. Desde el público, una funcionaria le hizo una seña. "No, no hay refresquito", rectifica. "Si acaso, tomamos todos el fresquito ahí fuera".

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Quienes sí ofrecen un refrigerio son estos libreros-editores con los que uno publicó un libro de artículos hace unos años. Han invitado a todos los autores "de la casa". Y como el viento no da respiro, nos han metido a todos en el local normalmente habilitado para los juegos de los niños. A esa hora, afortunadamente, ya no hay niños. Pero no deja uno de sentir cierto reparo al ir dejando en esas mesas manchadas de tinta y colores a la cera las huellas de los sucesivos vasos de cerveza que vamos trasegando. Miro a los otros invitados. Salvo uno o dos, no conozco a nadie. La editorial anfitriona no publica sólo textos literarios, sino, sobre todo, libros que responden a los más variopintos intereses del público general: fútbol, gastronomía, historia local, etc. Yo no conozco a nadie, nadie me conoce a mí. Pero, al cabo de unos minutos, el efecto de las bebidas y el instinto gregario que nos ha llevado a reunirnos aquí, a salvo del viento, crea un cierto sentimiento de hermandad. Parecemos náufragos a los que una galerna hubiera arrojado a un inesperado abrigo. Y, dada la amplia variedad de intereses y conocimientos que representamos, casi se siente uno tentado a afirmar que nos bastaríamos para reconstruir en este islote la civilización de la que hemos sido arrojados... Pero no. Porque, si algo está claro, es más bien lo contrario: esa civilización podría continuar perfectamente sin todos nosotros. Y, a lo mejor, incluso mejorada, libre ya de los lastres (prejuicios, vanidades, pequeños intereses, mínimas sinecuras) que representamos. 

martes, mayo 10, 2011

CÁMARA INDISCRETA

Dejo para más adelante el anotar las anécdotas que me cuenta M.A. sobre su novísima experiencia de librera en la Feria del Libro. Hacerlo ahora convertiría este cuaderno en una especie de "cámara indiscreta". Y no se trata de eso.


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"¿Ha sido ya lo tuyo", me preguntan estos amables compañeros, algo confundidos por haber yo mezclado en una misma invitación las fechas de la pasada firma y la inminente presentación. Parece que preguntan por un parto, o por el vencimiento de un  ultimátum. Y alguno mueve la cabeza, como apesadumbrado, cuando le digo que no, que todavía quedan unos días.


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Nos hemos acostumbrado ya a ese gato que suele dormir la siesta a media mañana en el alero de su ventana, justo enfrente del aula en la que doy clase. Al principio, provocaba el regocijo de los alumnos, que hacían lo posible por llamar su atención. Ya no. Ahora, como antes, se limita a mirar despectivamente en dirección a la abertura de la que sale el desapacible ronroneo de la mañana escolar. Hoy, también, un borracho ha sumado su voz a las nuestras, desde la calle: declamaba a gritos la tabla de multiplicar. Es verdad que, en medio del tráfago incesante de la vida general, somos una anomalía. Y caigo ahora en la cuenta de una tercera interferencia, mucho más apremiante: el olor a carne asada que empezó a entrar por la ventana a eso del mediodía.

lunes, mayo 09, 2011

TOCO MADERA


Me siento ante la mesa en la que el librero ha dispuesto una amplia representación de lo escrito y publicado por mí: una vida entera dedicada a esto; lo que, a la luz de los resultados obtenidos (esta montaña de papel), parece un sacrificio un tanto desmesurado. Pasa ante la mesa el río de gente que ha empujado hasta aquí la tarde finalmente clemente; y uno, en este trance de exponer a la vista de todos aquello a lo que ha dedicado sus últimos treinta años, casi lamenta no tener algo mejor que ofrecer..., no sé, una de esas gruesas novelas que las adolescentes leen en los autobuses, o unos versos cuya excelencia viniera certificada, como quería Agustín de Foxá, por su capacidad de hacer llorar a las mecanógrafas... Miro todos estos libros míos aquí reunidos y pienso que, en su educada reserva, resultan un poco egoístas, y que por eso mismo les cuesta tanto recabar la atención de las decenas de potenciales lectores que pasan ante ellos y apenas les dedican una rápida mirada, seguida de otra de soslayo al hombre de mirada huidiza sentado junto a ellos. 

Sin embargo, pasado ese medio minuto de desconcierto, algunos empiezan a pararse. Conocidos casi; pero esto, más que ser un alegato contra la incapacidad de estos pobres libros míos para ganarse nuevos lectores, certifica más bien la fidelidad, parece que inquebrantable, de los que ya tengo. Muchos no esperaban encontrarme aquí: "Hombre, José Manuel, qué sorpresa...". La sorpresa es mía al comprobar que, a pesar de que muchos me conocieron y trataron en épocas remotas de mi vida, cuando mi empeño en escribir no parecía ser más que una chaladura pasajera, me leen de antiguo e incluso se interesan por facetas concretas de mi trabajo. Hay, por ejemplo, quien aprovecha la ocasión para llevarse alguno de mis ya lejanos libros de cine; hay quien oyó hablar de mi ya casi olvidada segunda novela -qué raro se me hace dedicar algo tan remoto-, hay quien me dice -y es un elogio, qué duda cabe- que detesta la poesía, en general, pero que, aun así, le gustan mis libros de poemas... Uno se echa todo esto al coleto con cierta prevención. Estamos, qué duda cabe, ante un hermoso ejercicio de cordialidad de ciudad pequeña. Otro gallo le cantaría a uno en cualquier otra ciudad. Sin embargo, tampoco puedo ignorar que estas cordiales manifestaciones de amistad se apoyan en el hecho incontrovertible de que, además de tratarme y soportarme, que no es poco, todos estos conocidos han tenido la paciencia de leerme... Me pregunto qué correlación verán entre el convecino que trabaja con ellos y compra el pescado en la misma plaza de abastos, por ejemplo, y el que se refleja en los libros. Uno escribe, si acaso, para cultivar esa dualidad. Sólo que, ahora que mis actuales pesquisas me llevan a terrenos delicados, a experiencias compartidas con algunos de ellos, me asalta la duda sobre si llegarán a sentirse ofendidos por cómo van quedando reflejados en lo que escribo. De Vida nueva, en concreto, me esperaba algún disgustillo. No ha habido tal. Toco madera. 


Imagen: Bibliotecaria, de Manuel Morgado.

viernes, mayo 06, 2011

SEÑUELOS

Acabo -me quedaban unas páginas al terminar mi trayecto de autobús, y no he podido esperar hasta mañana- Madrid Underground. Y, con ella, pongo momentáneo final a la intermitente dieta de lecturas madrileñas que me había impuesto desde el inicio de la redacción de mi actual novela. Ha sido un experimento curioso, sobreañadido a un experimento anterior: tras la buscada regresión real, in situ, a impresiones y recuerdos de hace veinticinco años, añadir los sucesivos reconocimientos inducidos por una serie más o menos impremeditada de lecturas, películas, canciones, etc.; a lo que hay que añadir esos benditos hallazgos que el azar depara a quien se halla excesivamente predispuesto en determinado sentido. Quiero decir que, en los últimos seis meses, he tenido la mente -y, durante unas semanas, el cuerpo- en el tiempo y el escenario de mi novela en marcha. Quizá un cierto distanciamiento convenga ahora a la revisión de lo ya escrito. Pero sé ya, por experiencia, que ahora es cuando la casualidad me pondrá por delante sus más tentadores señuelos. Por ejemplo, esta mañana, cuando un viejo conocido vino a verme para proponerme un reencuentro con gente a la que, en muchos casos, no veo desde hace, precisamente, veinticinco años.


Imagen: Sigfrido Martín Begué

jueves, mayo 05, 2011

MÁS SOBRE 'VIDA NUEVA'

La editorial ha enlazado a su página esta reseña de Vida nueva (página 1 y página 2), aparecida en la revista Clarín

miércoles, mayo 04, 2011

UNA CABEZA ENSANGRENTADA

Extraña sensación al leer en Madrid Underground, la novela de "David Serafín" (pseudónimo del irlandés Ian Michael), un capítulo en el que se describe un trayecto de metro que yo solía hacer con frecuencia en mis días madrileños: el que va de Plaza de España a Aluche, en lo que ahora exige combinar las líneas 10 y 5 y entonces, en la época en que está ambientada la novela, era una sola, el llamado "ferrocarril suburbano", en consonancia con su carácter periférico y con el hecho de que gran parte del recorrido transcurría (y transcurre) en superficie. Es una línea poco frecuentada a partir de cierta hora; lo que, unido a la desusada extensión de los tramos que la forman, y al hecho de que en ellos el viajero perciba la elevada velocidad que adquiere el convoy y el acusado desnivel del recorrido cuando éste se lanza, desde la relativa altura de la estación de Príncipe Pío, a salvar por debajo el cauce del inmediato río Manzanares, hace que la soledad y la sensación de desamparo sea aún más acusada. En este recorrido sitúa el novelista irlandés la aparición de una caja que contiene una ensangrentada cabeza humana... Y lo curioso es que este espantoso hallazgo lo efectúa una mujer que viaja sola y, como todos los solitarios, va rumiando casi en voz alta sus obsesiones particulares. Como uno en parecido trance. Y es que hay lugares y circunstancias que se bastan y sobran para dictar según qué aconteceres. 


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Una vez más, el acto de acoso y maleducada insistencia en el que incurre uno cada vez que manda una indiscriminada invitación de correo electrónico a todos sus conocidos para que acudan a la presentación de un libro propio... En vano me digo que es mi deber hacer lo posible por dar alguna publicidad a un producto que es obra, no sólo de los apretados ocios de uno, sino también de la confianza que ha puesto en uno un editor, un amigo librero y otros copartícipes en el alumbramiento. Sí, no deja de ser una intrusión indebida. Pero...


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Todavía no sé en qué dirección debo mirar cuando una inesperada confluencia de trayectorias -por ejemplo, cuando espero el autobús y una mujer desciende del último que acaba de parar ante mí- sitúa un pronunciado escote a la altura de mis ojos. Tengo cierta tendencia a apartar la vista rápidamente, como pillado en falta... Pero sé que ese gesto me delata aún más.

martes, mayo 03, 2011

ASPHODELUS ALBUS

Me emplazan a ir a cortar gamones -Asphodelus albus- para la fiesta de esa noche, en la que encenderán una hoguera y se procederá al curioso rito de hacer estallar contra una piedra los extremos de esos juncos, previamente tostados hasta que la savia les hierve dentro y se vuelve materia explosiva. El tiempo amenaza lluvia, por lo que es bastante improbable que el rito llegue a celebrarse. Pero allá vamos mi amigo y yo, en el coche de éste, hasta un prado cercano donde abunda esa planta. Ha empezado a lloviznar y el campo está encharcado, por lo que la labor se revela penosa. No está uno tampoco acostumbrado a trabajar agachado. Pero la idea de ocuparme en un asunto tan alejado de mis quehaceres habituales resulta por sí sola estimulante. ¿En qué otra cosa mejor puede uno emplear una mañana festiva? 

Previamente nos habían citado en la plaza, donde unos cuantos vecinos procedían a decorar una "cruz de mayo". No parece que esta costumbre, aquí como en otras partes, obedezca a un sentimiento religioso profundo. El propio objeto de la fiesta -una cruz sin figura humana, decorada con flores-, recuerda más bien a esas cruces célticas cuyo origen, se dice, es anterior al propio cristianismo. Naturalmente, me abstengo de hacer ningún comentario al respecto. Eso sí: constato, con cierta aprensión, que las flores que decoran la pesada cruz de madera van engarzadas en una desagradable espuma sintética, que se desgaja al tacto, como si fuera materia descompuesta. Hubiera deseado uno un procedimiento más natural. Pero los tiempos son los tiempos; y el resultado, de todos modos, no desmerece el esfuerzo y el entusiasmo que derrochan los congregados: tras algún apuro, por momentánea escasez de flores, la cruz queda cubierta de claveles blancos y amarillos. Una vecina, al verme desocupado, me pide que la ayude a transportar macetas al lugar donde va a emplazarse la cruz: al minuto me veo cargando un macetón -una desbordada esparraguera- que hubiera sido aconsejable transportar al menos entre dos. 

Por la tarde, unos animosos músicos que se hacen llamar Mr Groovy and the Blue Heads dan un concierto en el teatrillo local. Debía haber sido en la plaza, pero de nuevo la amenaza de lluvia aconseja que la fiesta se celebre bajo techo. El sonido acanallado de la banda me absuelve en parte de la posible imputación de beatería en la que pudiera haber incurrido por la mañana: siente uno, mientras lleva el ritmo de estos blues con la mano, una cierta nostalgia de otra vida posible en la que uno hubiera sido músico ambulante, por ejemplo. Pero basta con mirar alrededor para comprender que ésta fantasía es la misma en la que ahora se recrea el medio centenar de cuarentones aquí congregados, mientras los niños de todos ellos corretean por los pasillos del teatro y los pocos espectadores genuinamente autóctonos -algunas ancianas, un campesino con gorra- contemplan el espectáculo sin saber muy bien qué pensar al respecto. 

Del concierto a la crujida de gamones. La hoguera ya está encendida, en intenso contraste con el fondo plomizo que ofrecen el cielo cubierto y las nubes varadas contra las montañas. Caen unas gotas, pero eso no parece desanimar a nadie. Me tomo un par de cervezas y me animo a probar suerte: pongo mi gamón al fuego y, cuando oigo hervir el extremo del junco, lo golpeo con todas mis fuerzas contra la piedra colocada al efecto. Mala suerte: mi gamón se quiebra sin estallar. Lo intento otras veces, infructuosamente. Un vecino me dice que otros foráneos lo consiguieron al cabo de... dos años. No sé si merecerá la pena esperar tanto. Pero el caso es que quienes dominan este singular arte parecen entusiasmados por las detonaciones que provocan al hacer estallar el junco. También la chiquillería, al principio atemorizada, va adquiriendo confianza y empieza a imitar abiertamente a los mayores. Alguien me aclara el sentido de todo esto: "Es una fiesta de niños; pero aquí los mayores se sienten más niños que los propios niños". Bueno. El caso es que, entre una cosa y otra, el día plomizo ha deparado una compleja y variada celebración de la primavera. De una primavera que lo pilla ya a uno con los riñones un poco rígidos y la vista cansada, deslumbrada quizá por la intensidad del fuego en contraste con la cerrada oscuridad del contorno. 

La lluvia vino más tarde y duró toda la noche.


Imagen: pintura de José Antonio Martel