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A un poeta sólo se le lee bien -y de modo rentable, además, dado el precio de los libros- cuando publica sus poesías completas. Lo demás -esos libritos de sesenta páginas que se leen en veinte minutos- no son más que anticipos, entregas provisionales, a veces de una escandalosa precariedad. Al constatarlo, lo sé, tiro piedras contra mi propio tejado. Pero los poetas que verdaderamente te acompañan son esos que ocupan ya un tomito mediano. O, lo que es lo mismo: el mejor poeta es el poeta muerto (toco madera), que es el único que nos puede garantizar que ha dicho ya cuanto tenía que decir.
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Las dudas de C. sobre su futuro: elegir esto o lo otro, lo blanco o lo negro, cuando, en realidad, el impulso natural a su edad es quererlo todo, o nada, que es lo mismo. Pesa también sobre ella un cierto exceso de información: demasiadas prevenciones, demasiados pros y contras, demasiados consejos dictados por la experiencia ajena. Uno lo tuvo más fácil: nadie me aconsejó nada, nadie me obligó a sopesar ventajas o inconvenientes. Ni siquiera, en aquellos negros finales de los setenta y comienzos de los ochenta, merecía la pena tomarse en serio el futuro: no lo había, como cantaban los Sex Pistols -aunque eso ni mis padres ni yo lo sabíamos entonces-. Ahora la verdad es que tampoco lo hay, pero quienes tienen la edad de C. no están todavía dispuestos a asumir esa verdad con todas sus consecuencias. Y la primera es: haz lo que quieras, en la seguridad de que será tan bueno como hacer lo que crees que será más seguro o más rentable. (Y qué raro se hace que un padre diga esto; el mío, ahora que recuerdo, quería que yo fuera contable. Pero creo que le divirtió verme adentrarme en un terreno que él desconocía, y cuyas salidas laborales ignoraba. En eso estábamos a la par.)















