miércoles, junio 29, 2011

NO FUTURE



Te retiras temprano de la fiesta y, entre bromas y veras, los más jóvenes te lo reprochan. La verdad es que la compañía era agradable y la ocasión propicia. Hace años, eras de los incombustibles, de los que apuraban la fiesta hasta que literalmente no quedaba sitio ya donde prolongarla. Lo que entonces respondía a una suma de urgencias y ansiedades -no diré cuáles- ahora obedece simplemente a una ponderada curiosidad. Sigue siendo divertido alargar una sobremesa hasta que se te echa encima la tarde y la noche, y aun el  amanecer siguiente. Pero me temo, ay, que los acicates de la curiosidad son limitados. ¿Qué pueden darte estos buenos y joviales amigos que no te hayan dado ya? Mejor a casa, a rumiarlo.


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A un poeta sólo se le lee bien -y de modo rentable, además, dado el precio de los libros- cuando publica sus poesías completas. Lo demás -esos libritos de sesenta páginas que se leen en veinte minutos- no son más que anticipos, entregas provisionales, a veces de una escandalosa precariedad. Al constatarlo, lo sé, tiro piedras contra mi propio tejado. Pero los poetas que verdaderamente te acompañan son esos que ocupan ya un tomito mediano. O, lo que es lo mismo: el mejor poeta es el poeta muerto (toco madera), que es el único que nos puede garantizar que ha dicho ya cuanto tenía que decir.


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Las dudas de C. sobre su futuro: elegir esto o lo otro, lo blanco o lo negro, cuando, en realidad, el impulso natural a su edad es quererlo todo, o nada, que es lo mismo. Pesa también sobre ella un cierto exceso de información: demasiadas prevenciones, demasiados pros y contras, demasiados consejos dictados por la experiencia ajena. Uno lo tuvo más fácil: nadie me aconsejó nada, nadie me obligó a sopesar ventajas o inconvenientes. Ni siquiera, en aquellos negros finales de los setenta y comienzos de los ochenta, merecía la pena tomarse en serio el futuro: no lo había, como cantaban los Sex Pistols -aunque eso ni mis padres ni yo lo sabíamos entonces-. Ahora la verdad es que tampoco lo hay, pero quienes tienen la edad de C. no están todavía dispuestos a asumir esa verdad con todas sus consecuencias. Y la primera es: haz lo que quieras, en la seguridad de que será tan bueno como hacer lo que crees que será más seguro o más rentable. (Y qué raro se hace que un padre diga esto; el mío, ahora que recuerdo, quería que yo fuera contable. Pero creo que le divirtió verme adentrarme en un terreno que él desconocía, y cuyas salidas laborales ignoraba. En eso estábamos a la par.)

martes, junio 28, 2011

JOKER

El miedo a la página, o a la pantalla, en blanco: el que se siente cuando te asomas a un espejo y no te ves.


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Ulysses, de Tennyson. Descubro que se suele leer en los homenajes a compañeros que se jubilan. Yo mismo voy a leer unos versos de este poema en una ceremonia de esta clase. Y me hace gracia que este poeta denostado -que, sin embargo, emocionó e inspiró al propio Verlaine- valga lo mismo para un roto que para un descosido; lo que no es, en absoluto, un demérito.


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También uno, con el tiempo, empieza a valer lo mismo para un roto que para un descosido. Y no me lo he ganado, como Tennyson, sobreviviendo a los gustos de toda una sucesión de generaciones más o menos iconoclastas. Uno es, más bien... un comodín. O mejor, haciendo uso del equivalente inglés, a joker. Sin olvidar, por supuesto, las dimensiones trágicas que ese personaje alcanzó, digamos, en las historietas de Batman. 

lunes, junio 27, 2011

EL DIABLO Y EL NOVELISTA



"Hazme vivir en mi novela", pidió el novelista al Diablo. Y éste le hizo retroceder al pasado, propició encuentros con sus personajes e incluso le deparó fructíferas confidencias de éstos. "Hazme volver al presente", le dijo el novelista. "Nada de esto me sirve". Pero el Diablo no admite reclamaciones. Y, sobre todo, jamás regatea el precio.


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Era un diarista tan veraz que nunca anotaba nada que realmente le importara.


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"Os veo a todos igual que hace veinticinco años. En cambio yo...". Por una vez, tuve el reflejo de no devolver el cumplido. Porque decirle que hace veinticinco años era ya lo que hoy no hubiera estado nada bien, creo.

viernes, junio 24, 2011

SENIOR PROM

He aquí la versión inglesa del poema que escribí el otro día

jueves, junio 23, 2011

DITIRAMBO

"Mi ditirambo brasileño es ditirambo / que aprobaría tu marido. Arcades ambo.", reza el pareado final de la segunda tirada de la "Epístola a Madame Lugones", de Darío, un poema que releo con frecuencia en mis siestas en la casa paterna, donde tengo una pequeña biblioteca residual formada básicamente por ediciones de Austral y otras colecciones populares de libros de Rubén Darío, Gerardo Diego y Rafael Alberti... Lo que, creo yo, aclara que mis recreos en esos intervalos familiares con básicamente métricos. No hace falta decir que los dos versos citados son alejandrinos, y que su gracia reside en la agilidad que ganan al saltarse el poeta la cesura y hacer recaer el acento final de cada primer hemistiquio en sílabas normalmente átonas, pero que, en la modulación del verso, ven notablemente reforzado el acento secundario que sobre ellas recae: "brasileño", "tu marido"... La métrica, a veces, no se basa tanto en el número de sílabas que se pueden contar, como en el que el patrón rítmico del poema nos obliga a considerar. Lo mismo puede decirse de los acentos. Y es algo que a veces choca con las concepciones elementales que el lector ingenuo pueda hacerse al respecto. Me acuerdo, llegados a este punto, de los apuros de C. para resolver los ejercicios de cómputo silábico que le ponían en el colegio. "Papá, ningún verso de este poema -me decía, enseñándome un soneto- mide igual: diez, once, doce...". Solventados los errores flagrantes, quedaban aquellos casos en que la longitud del verso dependía de la lectura que aconsejara el propio patrón rítmico del poema. "Es que luego la maestra me dice...". Y ya uno se callaba, porque uno es partidario de respetar las jerarquías allá donde existan. 


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Es curioso: en los treinta años que llevo dedicado a estas cuestiones, sólo recuerdo haber mantenido tres conversaciones o discusiones sobre asuntos de métrica: una, la ya referida con mi hija, en la que creo que logré hacerle entender que estábamos más ante una cuestión musical, de expectativas inducidas, que ante una mera cuestión aritmética; la otra, una que mantuve con mi amiga Inmaculada Moreno a propósito de algunos versos de mi libro Los extraños, en los que yo jugaba a escamotear uno de los dos acentos obligatorios (en cuarta y octava sílabas) del endecasílabo sáfico, confiado -sigo estándolo- en que la expectativa rítmica creada por el conjunto del poema restablecía esos acentos donde no los había. Y, por último, la inesperada disertación sobre la importancia de la métrica que le endilgué a mi amigo I. un día en que me lo encontré en el autobús hojeando una antología de Cernuda, y me confesó algo que he oído muchas veces, y que creo que quienes amamos la poesía estamos obligados a contestar siempre: que a él no es que le disgustara la poesía, pero... Y ese "pero"  apuntaba a la carencia de todo ese conjunto de hábitos y expectativas que el lector asiduo de poesía tiene adquiridos, y cuyo cumplimiento, constatación o franca contravención en cada uno de los poemas concretos que lee le arranca una nota de placer.  


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La utilidad de todo esto, desde luego, es otra. Pero conviene conocer el medio.

miércoles, junio 22, 2011

CICATRICES



Mientras termina de cerrarse la última, hago recuento de mis cicatrices. No demasiadas, pero significativas. Una de ellas (o dos, mejor, porque es doble) dio lugar a toda una novela, Vacaciones de invierno, la primera de mi trilogía todavía en marcha. Otras son ya casi invisibles, como las heridas del alma, y sólo uno es capaz de discernirlas. De niño, como todo el mundo, he jugado a los médicos con alguna primita. Pero, que yo recuerde, nunca jugábamos a mostrarnos heridas o pupas ocultas. No las tenía yo entonces. Sigo sin tenerlas.

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Escribir un diario íntimo destinado a la lectura de otros: airear esas cicatrices, que no mostrarlas; porque mostrar, lo que se dice mostrar, sólo se muestra lo que previamente se había hecho algún esfuerzo por ocultar.

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O, lo que es lo mismo, preservar la privacidad, que a nadie interesa, para airear la intimidad, que es siempre algo impersonal y, en realidad, no compromete.  

martes, junio 21, 2011

MATICES

Pues sí, estuvo uno en la manifestación local del 19 de junio. La tercera o cuarta, creo, en la que he participado en mi vida. No es uno demasiado partidario de las marchas multitudinarias. ¿Que hacía, entonces, un individualista convencido en esa manifestación? Muy sencillo: atenerse al argumento básico de la misma, que era expresar el descontento ciudadano. Uno también está descontento con muchas cosas; y, aunque no confía en que la solución dependa de una exhibición general de buenos sentimientos -y eso fue, básicamente, la manifestación-, sí cree que las protestas masivas de ciudadanos en la calle deberían hacer reflexionar a los políticos sobre las carencias del régimen representativo, y obligarlos a emprender las necesarias reformas: ley electoral, limitación del número de mandatos, eliminación de los privilegios de la clase política, supresión del Senado, etc. Lleva uno años haciendo carambolas con su sufragio para que éste no sea un simple voto en blanco a favor del triunfador de turno, sino que añada un matiz a la hasta ahora poco menos que invariable alternancia de dos partidos en el poder. Esas "matizaciones", multiplicadas por muchos miles, han supuesto la aparición de nuevas fuerzas políticas (Ciudadanos de Cataluña, UPyD), y han forzado pequeños o grandes vuelcos en determinadas circunscripciones (piensa uno, por ejemplo, en la mayoría no nacionalista que ahora gobierna el País Vasco, o en la clamorosa abstención con que se "aprobó" el estatuto catalán; pero también, a escala más modesta, en los castigos inflingidos a los alcaldes que debían su puesto, no a la encomienda directa de los votantes, sino a un complicado trabajo de bambalinas). Lo decepcionante es que estos indicios de que el electorado podría estar demandando otras políticas quedan ahogados por el peso de las cifras brutas y la interesada rutina de los medios de comunicación; y siguen siendo los partidos mayoritarios, ciegos y sordos a cualquier mensaje que ponga en entredicho su actual hegemonía, los que dictan la agenda política, imposibilitando la expresión de ideas o tendencias que pueden ser minoritarias, sí, pero no por ello merecen la condena al absoluto ostracismo... No sé si me explico. Reconozco que ni este lenguaje ni estas cuestiones son lo mío.

Así que por estas razones, y algunas otras más (la preocupación, por ejemplo, por el futuro de las generaciones que vienen detrás; o la constatación de un deterioro claro en mi bienestar y el de los míos, por efecto de la crisis), acudió uno a esa manifestación. Es complicado, de todos modos, intentar conjugar los sentires propios con los de un grupo heterogéneo. Pero, por lo mismo, la heterogeneidad del grupo parecía ser la mejor garantía de que allí tenía cabida todo el mundo; y, al lado de los sempiternos rapados, rastafaris, tamborileros y saltimbanquis que componen la fauna protestataria habitual, había dignísimas amas de casa, jubilados y gente sencilla que no creía necesario ir disfrazados para participar en un acto de esta clase. Imagina uno que los idearios allí presentes serían tan variados como las apariencias; y, al lado de los viejos eslóganes biempensantes de toda la vida, captaba uno, aquí y allá, conversaciones que daban a entender que quienes las mantenían estaban allí por motivos más concretos y terrenales. Como en una ciudad pequeña nos conocemos todos, era fácil hacer cálculos sobre el grado de coincidencia que uno podía tener con unos y otros. Había, cómo no, izquierdistas correosos, a quienes no imagino muy entusiasmados por un simple programa de regeneración democrática. Y había, también, gentes que uno hubiera conceptuado en otro tiempo o circunstancia como conservadoras, pero que han tenido el reflejo de escucharse a sí mismas y reconocerse como ciudadanos injustamente maltratados por el poder.

Llegado el inevitable momento de los discursos, las ilusiones que cada cual hubiera podido hacerse al respecto perdieron muchos quilates. Pero, como me decía mi mujer, cada uno es muy libre de decir lo que quiera, y lo importante es que lo diga. La primera media hora de asamblea estuvo copada por unos que pretendian ocupar (u okupar) un viejo edificio público en desuso que hay en la ciudad. No veía uno, en fin, que fuera éste el momento adecuado para tratar un problema vecinal. Discretamente hicimos mutis por el foro. No del todo insatisfechos, la verdad: por simples, biempensantes o bobas que puedan ser algunas o muchas de las propuestas concretas que emanen de este movimiento, su pertinencia general es innegable. Como lo es este extraño sentimiento de curiosidad que me anima a seguirlo.

lunes, junio 20, 2011

ANGLOFILIA

"Todos esos aires de anglofilia que te das, y en realidad eres más español que nadie", me dice M.A., a propósito de mis reiterados desbarres en torno a ciertos acontecimientos político-sociales recientes. Y tiene razón: mi  opinión al respecto es más bien errática. Sobre las manifestaciones de descontentos, por ejemplo, primero las acogí con simpatía, luego dije que me parecían blandas; luego, cuando los incidentes frente al parlamento catalán, que habían cometido un serio error; y, por último, ante el hartazgo de condenas biempensantes e interesadas de esos incidentes, que no era para tanto... Lo único cierto es mi curiosidad ante lo que está ocurriendo, y una clara simpatía instintiva que, en el terreno de las adhesiones, podría traducirse en que estoy absolutamente de acuerdo con el deseo de regeneración democrática que se desprende de estas manifestaciones. Lo otro, la hispánica atracción hacia el contubernio y el abismo... Pues, sí, para qué negarlo. Y menos ahora, cuando lo que está sucediendo me sorprende en plena experiencia de regresión literaria a mis veinte años, tan confusos y contradictorios, ay, como el presente. En eso no he cambiado nada. O, si acaso, a peor.


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El dúo Joseph Losey - Harold Pinter, director y guionista, respectivamente, de un buen número de las películas que firma el primero. Pero el caso es que Losey, que conocía bien la narrativa cinematográfica clásica -como lo demostró en El merodeador, por ejemplo- parecía necesitar el punto de afectado intelectualismo europeo que proporcionaron a sus películas los guiones del afamado dramaturgo. Y viceversa:   las ideas de este último parecen más frescas cuando sus personajes saltan del escenario al celuloide. Véase El sirviente, basada en la novela de un tercero: la idea de que amo y criado acaben estableciendo una relación perversa, y casi intercambiando los papeles, pertenece al ámbito teatral de Pinter y sus coetáneos -recuerda, por ejemplo, el asunto de Las criadas de Génet-. Pero su expresión más lograda es la que alcanza en este cuasi thriller, que no llega a serlo porque, por un inexplicable pudor de sus artífices, ninguno de sus protagonistas llega a cometer el crimen que parece anunciarse desde las primeras escenas de la película.


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-No me gusta este ciclo de Losey que me estás poniendo. ¿Le queda mucho?
-No, pero peor es el que viene ahora: lo menos quince películas menores de George Cukor.


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Repaso , antes de guardarlo, Las respuestas retóricas, el librito de artículos que Felipe Benítez Reyes ha publicado en Siltolá. Y capto algunas cosas que se me pasaron en la primera lectura: por ejemplo, que es un anuario, es decir, un libro como muchos de los que publicaba Pla, ordenado según el decurso del calendario, que es el que dicta la ocasión de cada artículo. Y que, por dotarse de este sencillo armazón cronológico, encierra también una novela: la de un hombre que vive sus rutinas y se defiende de ellas a través de una imaginación predispuesta a la sorpresa permanente; y capaz, por tanto, de intuir un misterio y un pequeño drama, a la vez que una deliciosa comedia absurda, en los deliquios de un pavo en los días previos a Navidad o en el comportamiento de los gatos... El artículo dedicado a estos últimos es ya, sin duda alguna, uno de los textos que prefiero de su autor. 

sábado, junio 18, 2011

UN COLOQUIO



Transcribo aquí, con algunos mínimos retoques, la animada conversación que tuvimos el otro día algunos lectores de este cuaderno y yo a propósito de un comentario de un editor que recogía José Luis García Martín en la última entrega de sus diarios. Lo hago porque creo que estos diálogos a veces quedan muy perdidos en la letra pequeña del blog, y es una pena que así ocurra. Lo pongo aquí para eso: para que no se me olvide, ni se pierda. Y porque queda mejor que en letra pequeña, creo. Y se me ocurre que con esto puedo abrir una nueva línea en este cuaderno: la transcripción de las conversaciones más interesantes. Con permiso de los interlocutores, claro.


ANÓNIMO: Estos comentarios de JLGM, de uno en uno, tienen el mismo valor que los que te hace el taxista-tipo mientras escucha una tertulia radiofónica. De lo que se está hablando aquí es sobre todo de dinero, no de literatura. Marías y Vila-Matas con todos sus contratos, televisiones y reseñas internacionales corren el peligro de acabar siendo los Blasco Ibáñez de dentro de sesenta años. Lo importante aquí es saber quién es el Cesare Pavese de nuestros días y nuestra geografía, quién es nuestra Emily Dickinson. Por todo ello, comentarios como los aludidos…


JMBA: Totalmente de acuerdo en que de lo que se está hablando es de dinero; de ahí mi aclaración "terminológica"; pero, por si no ha quedado claro en la entrada, insisto en que el comentario no lo hace JLGM, sino que éste lo pone, verosímilmente, en labios de un editor con nombre y apellidos.


MARINERO: Soy un escritor situado "en el nivel de los autores de Pre-Textos", editorial en la que en efecto he publicado algún libro. Y tengo que decir que no estoy del todo de acuerdo con la visión que aquí se da. Aparte del hecho obvio de que no todos los autores de Pre-Textos obtienen buenas críticas (algunos las obtienen malas, muchos, simplemente, pasan desapercibidos para la crítica), quienes están en "ese imaginario Olimpo" no son exactamente autores de "productos literarios destinados a generar unos beneficios inmediatos"; eso es confundirlos con los autores de best-sellers.


No es lo mismo, digamos, La catedral del mar, por citar un producto español, que un libro de Javier Marías o Vila-Matas. Que un autor tenga éxito, incluso éxito grande, no significa necesariamente que pertenezca a esa clase de autores que despachan productos destinados exclusivamente a la venta rápida, y de los que nadie se acordará pasado un tiempo. Existen los best-sellers que no son otra cosa; existen también los autores que no escriben con fines inmediatamente comerciales. Son cosas perfectamente distintas (como ya dijo Joubert hace dos siglos, refiriéndose a los de la primera clase, "el arte no tienen nada que ver con semejantes libros. Hay que abandonarlos al comercio"). Y no conviene confundirlas, como aquí en cierta medida se hace.


Una cosa es el libro escrito para ganar dinero (como se abriría un negocio, o se desempeñaría cualquier otra actividad productiva), y otra el libro escrito con fines primordialmente literarios, aunque pueda tener éxito económico, incluso grande. Si queremos discriminar todavía con mayor precisión, una cosa es el llamado "best-seller de calidad" (libros, digamos, como El perfume o El nombre de la rosa), y otra muy distinta el libro literario. Aunque tenga éxito.


ARROWNI:  Si a dividir nos ponemos, podemos llegar a cualquier parte y a ninguna. Lo esencial del dilema es que un escritor no vale su peso en oro. Igual vender libros tiene poco que ver con escribirlos, y el bestsellerismo a lo mucho se nos presenta como un género popular de literatura. Ahora, si uno considera lo popular indigno de las letras... Cada quien con sus prejuicios.


JMBA: Sigo insistiendo en que la distinción no la hago yo, ni siquiera JLGM, sino un conocido editor, y eso creo que lo explica todo: para éste, en efecto, determinados productos son más "vendibles" que otros, y en esa consideración de objeto vendible pueden entrar, coyunturalmente, incluso libros en cuya concepción y ejecución no se advierte la menor huella de esos trucos fáciles (o no, no sé) que definen el best-seller por antonomasia. Para quienes dirigen este mercado, existen nítidamente dos categorías, llámeseles como se quiera. A mí, particularmente, me disgustan más los libros "literarios" con trampa para halagar a determinados lectores, que la literatura genuinamente popular, hacia la que no tengo ningún reparo. Pero en eso, como dice bien Arrowni, allá cada cual con sus prejuicios.


Por cierto, M., si somos autores de la misma casa, y ya que usted me honra con sus visitas periódicas a este cuaderno, que es también suyo, me encantaría saber su identidad. Póngame un mensaje, aunque sea por Facebook. Un saludo.


ANÓNIMO: Prueben a echar la cuenta de los marías y vilasmatas que nos hemos tragado en los últimos veinte años; ¿ubi sunt?


Por cierto, JLGM, aparte de estas banales y triviales indiscreciones ¿aporta algo? ¿Me recomiendan que me lo compre?


JMBA: Sí, si te gustan los diarios. JLGM es uno de los maestros del género en España.


M.: No se tome a mal JMBA que prefiera seguir siendo anónimo. La razón de que lo prefiera es el haber comprobado que esa máscara me da una libertad, para decir lo que pienso, que mi timidez, sin ella, suele prohibirme, o al menos limitarme seriamente. Una libertad, imagino que eso se ve, no para decir barbaridades, sino simplemente para explicarme sin esa limitadora y escrupulosa vigilancia que, para mi desdicha, tiendo a ejercer sobre mí mismo. Sí aclararé que no soy demasiado conocido como escritor.


REGUENGA: En una cierta controversia que tuve con usted, señor marinero, se presentaba como un simple lector. Ahora añade que es escritor. ¿A ver si va a resultar que también es crítico, muy crítico?


MARINERO: La anónima Reguenga no parece haber comprendido que mis palabras de entonces se referían a que yo no soy un crítico profesional, es decir, alguien que, como ella hacía en el intercambio de notas que me recuerda, se propone a sí mismo como lector y juez público de libros. En ese sentido, yo sólo soy un lector. No hablaba allí de mi condición de escritor porque ése, que yo recuerde al menos, no era entonces el tema.


Aclaro: soy escritor, y lector (más bien, pienso ahora, habría que invertir el orden: primero, y siempre, lector, y luego, y sólo a veces, escritor). Pero no soy, ni aspiro a ser, un profesional de la crítica. Tengo, eso sí, mis opiniones; pero no pretendo hacer, en ningún sentido, profesión de ellas.


Por cierto, la distinción, que JMBA parece hacer también suya, entre productos literarios fácilmente vendibles y otros que no lo son, sin más precisiones, me sigue pareciendo que incluye en la misma categoría a Dan Brown, Patrick Süskind y Enrique Vila-Matas, lo que a mí personalmente me resulta una especie de mezcolanza a la que no le veo demasiado sentido. Y lo que dice de la "literatura genuinamente popular" quizá requiriese alguna aclaración. ¿Ken Follett? ¿Los libros de los famosos, o famosillos? ¿Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía? Y los "libros "literarios" con trampa", ¿se refieren a Süskind o Eco, o a Marías o Vila-Matas, o a ambos, o a ninguno? Yo creo que hay aquí una cierta confusión entre "libros que venden" (lo que, en sí mismo, no es bueno ni malo, y puede ocurrirle a cualquier tipo de libro), y libros "hechos para vender", lo que es cosa muy distinta.


JMBA: Respeto su decisión, amigo Marinero. Sus opiniones son siempre bienvenidas. Pero reitero mi curiosidad. Si alguna vez coincidimos, me encantaría saludarle (eso sí, prometiéndole guardarle el secreto).


MARINERO: Gracias a JMBA por su comprensión. Puede contar con que seguiré visitando el blog, y, si alguna vez tengo algo que decir que me parezca merecer la pena de ser dicho -algo mejor que el silencio, o al menos no demasiado inferior a él-, lo seguiré diciendo. Gracias. Respecto a la posibilidad de conocernos, agradezco también, y muy de veras, su buena voluntad; aunque me parece que éste, el de la lectura de las opiniones y notas respectivas, ya es un modo de conocerse, y no de los peores.


JMBA: Nuestros últimos mensajes se han superpuesto y no quería dar la impresión de no haber leído el último suyo, que está muy bien razonado. Efectivamente, el término que tengo en mente es el de "libros hechos para vender"; que no es que me parezca mal, sino que, simplemente, son un producto nítidamente distinto de los libros hechos al margen de esa exigencia. No estoy muy seguro de que, entre esos últimos libros, haya de verdad grandes fenómenos de ventas: a veces, sí, un escritor ajeno a la mera comercialidad tiene un éxito: bien por él. Y ese éxito proporciona un mediano pasar a sus siguientes libros. Estupendo. Algunos de los autores que leo y admiro están en ese caso; y sé, por habérselo oído a ellos, de lo angustiosa que les resulta a algunos esa delicada posición. Pero, entre los escritores "cultos" que usted da a entender que le gustan o respeta y otros que entiendo que no, como Ken Follett, no veo tanta diferencia: si se analizan los libros de unos y otros, se ve que la diferencia es simplemente que se dirigen a públicos distintos; pero tan impersonal es la fórmula que emplea KF para hacer digeribles sus novelas como esas bien pautadas fantasías para cultos que urden otros. De ahí que -y es una mera cuestión de gustos- deplore especialmente esos últimos libros; que, además de previsibles y formularios, me parecen pedantescos y cursis. ¿Literatura popular? De adolescente yo leía mucho a Frederick Forsythe, por ejemplo: tengo un buen recuerdo de sus novelas; y, un poco antes, leía a Enid Blyton. También he leído y leo muchos tebeos, y de vez en cuando alguna novela policíaca. Respeto la aportación del folletín a la gran novela europea: sin los folletinistas populares no hubieran existido Dickens o Galdós. No sé si con esto respondo a alguna de sus objeciones.

viernes, junio 17, 2011

EL VIENTO



A lo largo de toda la mañana, sirenas en la calle, en dirección a la salida de la ciudad. A la tercera o cuarta que oímos, empieza a cundir la alarma: algo pasa. Luego nos enteramos de que ha ardido un local en una calle adyacente al Paseo Marítimo, y enseguida alguien localiza en Internet las fotografías del incendio, la columna de humo negro alzándose sobre la ciudad, la parafernalia policial...


Pero lo más curioso me sucede apenas un par de horas más tarde. Estoy en una oficina de seguros, haciendo un trámite referente a mi coche, y veo que llega a la mesa de al lado una mujer muy sofocada que dice, casi sin aliento, que ha venido a hacer "un seguro contra todo riesgo" para su casa, que está en la calle del incendio, justo enfrente del local que acaba de arder. Y me acuerdo de cierta película española sobre dos hermanos, uno honrado y el otro sinvergüenza: el primero vendía pólizas de seguros a domicilio; y el otro, para animar a la clientela, los días previos se dedicaba a robar a los vecinos de la zona que su hermano se proponía visitar. 


Me da por mirar al amable chico que aprovecha la coyuntura para hablarme de las ventajas de cierto plan de pensiones, y pienso: No, no puede ser... 


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Después de perder un rato redactando una larga nota sobre los últimos acontecimientos políticos, en la que trato de aclararme sobre los mismos, termino borrándola. Por una sola razón: porque, una vez escrita, veo que no tiene nada que ver con otras cosas que he puesto en este diario; y que esa extrañeza no hará sino acentuarse con el tiempo; y puede que basten unas semanas o meses para que, al releer este cuaderno, lamente haber dado cabida en él a algo que no evoca en mí el recuerdo de nada que realmente me importe. Me importa lo que pasa, y mucho. Pero reconozco que el lenguaje con el que abordarlo me resulta ajeno, y no consigo usarlo sin tener una incómoda sensación de impostura. 


De ahí mi simpatía instintiva hacia las recientes protestas ciudadanas: mejor hablar en las plazas, en fin, donde casi todo lo que se dice se lo lleva el viento, y sólo queda el gesto de haberlo dicho, que no es poco.


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Algo más sobre Grease: en ninguna otra película, que yo recuerde, pasan tantas cosas en segundo plano. Hágase la prueba: mientras los protagonistas charlan o cantan, diríjase la vista a los comparsas; y no sólo a los inmediatos, sino a los que ocupan el fondo del plano: andan a lo suyo, como si la cámara no estuviera ahí, y como si de verdad hubieran recuperado -ellos, algo talluditos ya para los papeles que representan- ese espíritu de patosa inconsecuencia que dicta las acciones de los adolescentes. Me digo que por eso no me aburro viendo esta película todos los años, y que por eso me parece tan natural verla entre gente de la misma edad que los personajes que ocupan la pantalla.  

jueves, junio 16, 2011

SMALL TALK

Un tercio de los españoles, leo en un periódico, ha cambiado su dieta por culpa de la crisis... Supongo que para bien: la verdad es que estábamos demasiado gordos. Lo que, no sé por qué, me trae a la cabeza otro dato peregrino: el de que, hace unos años, la inmensa mayoría de los españoles se definían como "de clase media". Eso somos ahora: clase media empobrecida. Y me acuerdo del legítimo orgullo que sentía mi madre, como otras amas de casa de clase trabajadora, cuando comparaba su bolsa de la compra con la de las mujeres de los oficinistas y demás trabajadores de cuello blanco. Lo propio de éstas era escatimar. "La cara que pone el pescadero cuando piden media pescadilla, la mitad para freír y la otra para guisar". Ahora, por lo visto, andamos todos con esos tiquismiquis.

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Le enseño a este compañero, que es buen lector de poesía, el poema que compuse el martes para distraer la mañana de convalecencia que me ha valido mi operación de espalda. Es, le digo, el primer poema que escribo en mi vida (o el segundo, quizá, si incluyo en la cuenta uno que publiqué en Los extraños sobre una foto de fin de curso) en el que aludo directamente a una circunstancia relacionada con mi rutina laboral; en concreto, a una fiesta, también de fin de curso, que me permite contrastar la juventud triunfante con la claudicante edad adulta... Y ahí está el problema; porque, en los versos dedicados a este último grupo -en el que me incluyo, por supuesto-, menciono a las "envejecidas compañeras", en un sintagma de nueve sílabas que, aparte de corresponderse exactamente con lo que quiero decir, resulta poco menos que intocable desde un punto de vista métrico... "Hombre, esto no les va a gustar a las compañeras", me dice mi interlocutor. Me propone, en broma, otras alternativas, y yo mismo aporto alguna. "¿Y si pongo curtidas en vez de envejecidas, y dejamos el eneasílabo en heptasílabo?". Naturalmente, todo esto es small talk, porque lo cierto es que, una vez conformado el poema en torno a esa momentánea apretura métrica que supone el eneasílabo en medio de una serie preponderantemente endecasilábica, la adopción de ese heptasílabo de compromiso supondría casi una confesión abierta de impotencia. Mi amigo, de todos modos, me elogia el poema. Y me hace ver, con toda esta divertida controversia, algo que ya tenía claro yo: que la poesía puede ser cualquier cosa menos discurso pactado. Y que, por supuesto, tiene poco que ver con las consideraciones mundanas.

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Y sigo contando anécdotas de dómine. Les pongo a mis alumnos, para distraer estos días finales, Grease, la película de Randall Kleiser. Una de las pocas, que yo sepa, que pueden gustar a dos o tres generaciones. Si acaso, los adolescentes de hoy se parecen más que los de ayer a los trastos que protagonizan la película. Nosotros, tan modositos, hubiéramos queridos ser como ellos. Éstos no: éstos ya lo son, y asisten a las gamberradas y fantochadas de Travolta y compañía con una mirada de aquiescencia absoluta, como una tribu salvaje que diera su aprobación a un documental sobre ellos que un antropólogo les mostrara. 

miércoles, junio 15, 2011

COWBOY



Leo en Para entregar en mano, la última entrega de los diarios de José Luis García Martín, una semblanza de un conocido editor en cuyos labios el diarista pone el siguiente comentario, a propósito de un autor que ganó el premio Nadal y, según el editor, se hallaba en el trance de revalidar el éxito con su siguiente novela: "Es su oportunidad de situarse definitivamente con los Javier Marías y los Vila Mata, o quedarse en el nivel de los autores de Pre-Textos, buenas críticas y una miseria como derechos de autor". Posiblemente este planteamiento se ajuste bastante bien a la realidad; pero acaso, por mera precisión terminológica, habría que añadir que los autores que pertenecen a ese imaginario Olimpo y los que cobran escasos o nulos derechos de autor en editoriales más o menos pequeñas no constituyen dos categorías diferenciadas dentro de la profesión literaria, sino, más bien, dos profesiones distintas. No quiero decir que una sea mejor que la otra; simplemente eso: que hay quienes crean productos literarios destinados a generar unos beneficios inmediatos (y, en ese aspecto, su profesión se parece a la de quienes urden videojuegos o películas comerciales, pongo por caso) y quienes escriben simplemente sin tener ese objetivo en mente (lo que no quiere decir  que no tengan otros, o que desdeñen obtener reconocimiento por su labor). Ésa es la realidad. Distinto es que, por cuestiones de prestigio, los grandes editores comerciales jueguen de vez en cuando la baza de reclutar a un escritor de prestigio para respaldar una de sus operaciones. Lo que, por supuesto, no resta valía al escritor elegido, que siempre es libre de continuar por sus derroteros personales una vez cumplido el compromiso. Pero conviene no mezclar las cosas ni confundir a nadie.


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Esa lectura, aclaro, la hago en una posición difícil: realmente, no sé cómo sentarme, después de que me hayan extirpado una mancha sospechosa de la espalda y no halle manera de apoyar ésta sin sentir el roce en la herida. Y pienso en esos vaqueros de las películas del oeste que, después de que les hayan extirpado una bala y cosido el agujero, son capaces de montarse en un caballo y continuar con lo suyo: yo esta mañana no pude ni vestirme. En fin, que no está uno hecho para héroe de película de cowboys, que ya me gustaría; como tampoco, como decía antes, para autor de best-sellers... ¿Y para qué demonios vale uno, si se puede saber? 


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En esta racha, me cuesta resistir la tentación de escribir sobre política en este cuaderno. ¿Para qué rebajarse a ello? Si acaso, la ventaja relativa de hacerlo aquí, a solas, y no gastar saliva sobre lo mismo en la barra de un bar o en los interludios del trabajo, es que aquí no hay que discutir con nadie. Y el caso es que, en la confusión reinante, uno es capaz de hallar ideas concordantes en personas de las más opuestas ideologías: coincidimos todos en que la situación actual de desánimo, empobrecimiento generalizado de la población y desfachatez de las clases dirigentes no puede continuar. No es poco. Pero tampoco suficiente, ay.

lunes, junio 13, 2011

APETENCIA DE SOL



La casa, que llevaba tres semanas cerrada, estaba fría, y también sentía uno anímicamente una cierta apetencia de sol, así que, después de desayunar, cogí el libro que estaba leyendo y me fui a un recoleto parque infantil que hay al final de la calle, casi siempre desierto, y al que el relativo abandono ha hecho aún menos apetecible para su presunta clientela. Cruzo entre los columpios enmohecidos y las hierbas recrecidas y me acomodo en un banco de piedra, tras cuyo respaldo, que hace de muro de contención, se extiende un prado que en cuestión de semanas será un secarral, pero que ahora, en la plenitud de la estación, se adorna de amapolas, campanillas, lavandas, margaritas, espinos florecidos y doradas espigas de trigo silvestre. Pero, ay, he tardado demasiado, y la mañana está ya tan avanzada que, aunque voy provisto de un sombrero de paja, en cuestión de minutos me arde la piel y me veo obligado a buscar la sombra. En eso se ha quedado el capricho: iba en busca de sol y, sin haber saciado esa apetencia, casi salgo achicharrado. 


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Por la noche, en casa del amigo, bárbara cena cuyo plato principal es una fuente de vísceras de cabrito (riñones, hígado, corazón) estofadas en tomate. Se da la circunstancia de que el despiece del animal tuvo lugar en la misma casa, en el doble sótano que hace de taller o estudio, en el que ha quedado -y han pasado ya un par de días- un indeleble tufo a bestia. Empiezo a comer con cierto reparo, pero resulta que el guiso está bueno y entra bien con unos sorbos de vino. Alguien señala la incompatibilidad del condumio con mis presuntas querencias anglófilas (la anglofilia, no sé por qué, presupone cierto refinamiento); pero yo saco a colación el steak and kidney pie, o pastel de carne y riñones, de la cocina británica, y el desayuno a base de "órganos interiores de bestias y aves" de Leopold Bloom en el Ulises... Claro que, en ese último ejemplo, el aludido es irlandés, y no británico. 


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A la tarde siguiente, cierta alarma en el pueblo ante la presencia de unos "rumanos", nunca antes vistos aquí, que seguramente han hecho escala en la población de camino a alguna feria vecina. Oigo el comentario en el supermercado; y luego, al pasar por una urbanización, veo que unos turistas extreman las precauciones a la hora de dejar bien cerrada la casa. Poco antes nos habíamos cruzado con la causante de la alarma: una mujer de poco más de veinte años, que mascullaba una penosa salmodia ininteligible en la calle principal del pueblo, con la mano extendida... Continuamos con nuestro paseo y, a la salida de la población, en una alameda con vistas al hondo valle, vemos un coche parado y un hombre moreno que interpela en esa misma parla a un niño de cuatro o cinco años que trisca en el suelo. Saludamos, como suele hacerse aquí cuando te cruzas con alguien, aunque no lo conozcas. Pero el hombre no nos devuelve nuestro saludo. Se le ve aburrido e impaciente. Cuando no riñe al niño se asoma a la balaustrada y contempla el valle cruzado por la carretera que lo ha traído hasta aquí, y que volverá a llevárselo en cuanto su compañera vuelva y le diga que en este pueblo de cuatro gatos no hay apenas negocio para lo suyo.


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Termino, el domingo por la mañana, la segunda entrega (Años de exilio) de la admirable biografía de Cernuda que ha hecho Antonio Rivero Taravillo. Y me asombra que las páginas finales, dedicadas a la muerte del poeta, me dejen un nudo en la garganta. ¿Qué clase de emoción se puede sentir ante el relato de una muerte ocurrida hace cuarenta y ocho años; siendo ésta, además, de un personaje histórico al que uno siempre ha visto envuelto en un cierto halo de distancia y extrañeza, a pesar de que mis últimas lecturas de su obra se inclinan a buscar en él al poeta sevillano que pudo ser, al amigo de los que integraron el grupo Mediodía, y autor de no pocos poemas en versos de arte menor que recuerdan algo la estética delicada, casi floral, de sus paisanos? Pero una cosa es considerar una muerte en términos históricos y otra muy distinta asomarse a sus exactos pormenores: el cuerpo tendido en el cuarto "casi monacal" que el poeta habitaba en la casa de su amiga Concha Méndez en México D.F., la soledad de esa vida, el despojamiento de sí mismo que este hombre alcanzó en un largo exilio en el que apenas tuvo ocasión de acumular bienes materiales. Y, también, la brusca manera que la muerte tiene de poner fin a la extensa lista de desacuerdos y agravios que uno puede llegar a mantener respecto a sus semejantes. No fueron demasiados, de todos modos, los que quedaron irresueltos a la muerte del poeta: ni siquiera dejó textos inéditos que dieran alguna brega a los filólogos del futuro. Lo que hace que esa muerte parezca más tajante aún.

viernes, junio 10, 2011

UN LAPSUS



En el autobús, mientras voy rumiando mis cosas, caigo en la cuenta de que, en mi charla universitaria del otro día, nombré a Manet cuando quería nombrar a Cézanne. Y veo con toda claridad el origen del lapsus, que se remonta a mi adolescencia, cuando llegaron a mis manos sendos libros de reproducciones de uno y otro, editados por la meritoria casa Sarpe. Manet me decepcionó un poco: no veía que en su pintura ofreciera una diferencia clara respecto a la amanerada pintura decimonónica en general; si acaso, lo avalaba su descaro: el que desprende, por ejemplo, su magnífica Olympia, a la que yo eché no pocas miradas que tenían más que ver con ciertas típicas avideces adolescentes que con un genuino interés por la pintura. El aprecio por Manet vino luego, cuando empecé a entender su honrado intento de emular a los grandes maestros (a Velázquez, sobre todo) sin cargar con el peso de una tradición estancada. 


Y con ese libro, ya digo, yformando parte de la misma oferta promocional (uno no podía permitirse mayores dispendios), me llegó también el de Cézanne. Extrañeza, primero, y luego franca admiración, al principio ingenua y bobalicona, por supuesto, aunque creo que ya básicamente bien fundada; porque lo que me admiraba de este pintor no era que pudiera considerársele un precedente del cubismo; sino que, sin perder la claridad de visión, encontrara en la representación figurativa esa elusiva materia pictórica pura que luego sería  buscada y cultivada por los autodenominados "pintores abstractos". Cézanne venía a demostrar que la pintura abstracta es... innecesaria, porque su objeto estaba ya delimitado o descubierto por pintores que ni soñaban con violentar el humilde pacto de representación en el que se basa la idea misma de pintura. Velázquez era ya tan abstracto como Pollock cuando se entregaba al gozo del color y la textura al pintar los encajes de la manga de una infanta. Y esta convicción estética me viene, creo, de la frecuentación de Cézanne, cuya obra vi luego en una gran exposición monográfica que hubo en el Prado a principios o mediados de los ochenta, y que coincidió -y aquí salta de nuevo el hilo de mis indagaciones novelísticas- con mi segunda o tercera visita a Madrid, esa vez acompañado de M.A. He leído algo sobre la pintura de Cézanne -lo último, Una fábula del arte moderno, el excelente ensayo que le dedicó Dore Ashton-, pero en ningún libro he encontrado una explicación de la fascinación que todavía ejerce sobre mí. Las ideas de Gaya -al que dediqué buena parte de mi conferencia del otro día- arrojan alguna luz al respecto. Y yo no sólo no he sabido explicarlo, sino que, encima, lo he confundido con otro.

jueves, junio 09, 2011

UNA VELADA



Siempre me ha llamado la atención lo distinta que es esta plaza a otras de la ciudad. Irregular, presidida por una fuente (ésta, de reciente construcción) y rodeada de edificios relativamente bajos, parece una plaza de pueblo. El hecho de estar situada a espaldas de la universidad y a medio camino entre la Alameda y la Plaza del Falla no le presta ningún cosmopolitismo añadido, sino que, por el contrario, acentúa su radical diferencia, su condición de isla en medio de zonas de más empaque y prestigio. También conozco algo a la gente de aquí, por ser parte de la población escolar que atendía mi antiguo centro de destino; y son, o parecen,  gente de pueblo; gente que apenas sale de su barrio, pese a estar éste situado en el centro geográfico de la ciudad y tener aperturas a los cuatro costados de la misma. Gente, también, humilde y algo esquinada, con la que es mejor no entrar en pendencias. 


Mentalmente, voy anotando estas cosas mientras escucho a mi locuaz interlocutor, que ha sido  mi anfitrión esta tarde y me ha invitado a unos gin-tonics después de la clase que he impartido en el máster que él dirige. Los tomamos en una terraza acogida al lado de sombra de la plaza, junto a la fuente. Frente a mí, a espaldas de mi interlocutor, una mesa ocupada por veinteañeros a los que recuerdo en edad escolar, cuando enredaban o jugaban al fútbol aproximadamente en el mismo lugar donde ahora toman refrescos y hacen como si conversaran a fuerza de cruzar monosílabos, miradas y comentarios lacónicos. Se ve que desconfían del entorno, como la gente de pueblo desconfía de los extraños que invaden momentáneamente sus calles y terrazas. Me pregunto si sería oportuno levantarme a saludarlos, pero no estoy muy seguro de que les agrade saber que un intruso recuerda sus nombres y es capaz de reconocerlos, a pesar de los cambios que sus caras y cuerpos han experimentado en estos años.


Mientras, ya digo, oigo a mi interlocutor. Tiene uno, como todo el mundo, un discurso interno y otro externo: el largo monólogo interior en el que rumia sus viejas obsesiones, y al que pertenecen quizá las observaciones precedentes, y el cúmulo de quisicosas que intercambia sin más con los extraños. Sin embargo, como todo el mundo sabe desde los tiempos pitagóricos, entre el microcosmos interior y el macrocosmos exterior hay un juego de correspondencias; y por eso no es raro que, en una tarde como ésta, lo que me cuenta este hombre con quien jamás había conversado antes se corresponda con algunos epígrafes más o menos secretos de mi actual lista de preocupaciones privadas. Sin haber llevado yo la conversación por esos derroteros, me habla, por ejemplo, de sus inicios laborales en el País Vasco, del ambiente políticamente asfixiante que se respiraba en su centro de trabajo, de la asumida extrañeza que suponía convivir casi diariamente con asesinatos sectarios que sucedían muy cerca... De todo eso me he ocupado, tangencialmente, en lo que llevo escrito de mi trilogía novelística sobre esos años. También me habla, sin apenas transición, de lo que él llama la "promiscuidad" de aquella época, e ingenuamente evoca la ración de la misma que le tocó experimentar... Me asombra ese ánimo introspectivo, tan favorecido, pienso, por la circunstancia de la tarde espléndida y el entorno recoleto en el que consumimos nuestras bebidas; por cierto, muy bien servidas por una camarera campechana y jovial.


Un par de llamadas a mi móvil ponen fin a la grata velada, que podría haberse alargado indefinidamente. Hacemos promesa de quedar alguna otra vez, para intercambiar libros. Echa uno ese propósito a la cuenta de los muchos de esa clase que ha formulado o recibido desde el inicio de su vida adulta: no, no habrá ocasión, como no medie alguna obligación como la que nos ha reunido hoy. También pienso, melancólicamente, cuándo podré permitirme de nuevo unas horas de ocio absoluto en esta plaza, sobre la que han crecido las sombras de los edificios circundantes y ya empieza a refrescar. Hay tardes que parecen no corresponderse con el día, e incluso con el año, al que pertenecen. La de hoy ha sido, quizá, una tarde anticipada; que, en el cómputo normal de los días que pasan, se integraría con toda naturalidad en un día que aún está por llegar, y en el que veré con claridad, quizá, cosas que hoy no veo.

martes, junio 07, 2011

RELECTURA

Relectura de Cernuda, de la mano de la biografía que le ha hecho Antonio Rivero. No me decepciona, desde luego. Desde el deslumbramiento inicial, a mis veinte años, hasta hoy, cada relectura de este poeta me ha deparado nuevos matices, nuevos vislumbres de una obra que, sin ser la de uno de esos brillantes poetas-transformistas que tanto abundaron en su generación, es bastante más rica y variada de lo que parece. La abordo ahora por la que me ha parecido siempre su etapa mejor, la que abarca los poemas escritos durante su estancia en Inglaterra, hasta poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Si Darío incorporó a la poesía española la sonoridad de la francesa de la segunda mitad del siglo diecinueve, y Garcilaso la de la gran poesía italiana de los siglos XIV y XV, a Cernuda corresponde el honor de haber traído a la poesía española las inflexiones de la poesía meditativa inglesa, en una gama que abarca el Romanticismo, por supuesto, pero también un perceptible eco de la poesía metafísica de la época barroca. Si hoy sentimos esa tradición como propia, es gracias a él. Y qué grandes, qué sobrios y precisos son los poemas que escribió bajo el influjo de esa música: los que incluyó en Las nubes y Como quien espera el alba, los dos poemarios suyos que prefiero, con diferencia, sobre todos los anteriores, y a los que los posteriores no aportan grandes novedades. 


Sin embargo, como me ha pasado siempre con Cernuda, también esta vez siento, al releerlo, la ligera pero insoslayable incomodidad que me producen sus rarezas métricas y sintácticas, que yo no consideraría, como hacen tantos críticos benévolos, controladas y voluntarias rupturas del ritmo, sino torpezas propias de un poeta de registro muy limitado. Con esas limitaciones, no obstante, Cernuda acierta a formular verdades o a explorar honduras del sentimiento que ningún otro poeta-orfebre de su generación -hubo muchos- logró siquiera atisbar. Esa fue su grandeza. A quienes, como hago yo ahora, le reprocharon sus rarezas de dicción los despachó con pocas y tajantes palabras, o les guardó la ofensa... Tenía razón. Un poeta verdadero casi nunca elige los recursos de que dispone; su grandeza está en lograr expresar un mundo propio a partir del registro que su formación, su capacidad o el mero azar han puesto a su alcance. Y eso, qué duda cabe, lo logró Cernuda con creces.

lunes, junio 06, 2011

PRÓRROGAS



Cena de despedida para los alumnos que terminan sus estudios. Alguien, desde la mesa de los mayores, plantea la consabida cuestión de si se cambiaría uno por alguno de esos jóvenes que ahora lucen ante los viejos su realzada lozanía, su vitalidad, sus planes todavía no devaluados o contradichos por la realidad. Y la respuesta es, decididamente, no. A lo más, aceptaría uno una prórroga indefinida de su actual estado -a pesar de la presbicia, las canas, la evidente disminución del vigor físico-; o, a lo sumo, un breve retroceso de no más de diez años, por ejemplo -siempre que uno pudiera conservar algunas cosas valiosas aprendidas o constatadas en esos últimos diez años-. Pero volver sin más a la adolescencia, o al final de ella, eso nunca. Demasiadas inseguridades, demasiados interrogantes por resolver, demasiada dependencia de una afectividad desbordada o mal dirigida... Uno empezó a constatar la progresiva superación de ese estado carencial permanente a partir de, pongamos, los veinticuatro o veinticinco años, coincidiendo con el estreno del empleo y la definitiva emancipación de la tutela familiar. Justo lo que los jóvenes de hoy aplazan sine die, ya sea por voluntad propia o forzados por las circunstancias. No, no quisiera uno volver a ese punto de partida. Ni loco.

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(En comisaría) Otra utilidad de la literatura para quienes la practicamos: a su cuenta pueden cargarse no pocos malos ratos del diario vivir, en la seguridad de que, debidamente adornados, serán origen de tramas o episodios de futuras historias que alguna vez distraerán los ocios de uno.

O, lo que es lo mismo: una cierta predisposición novelera -y la equivalente capacidad de desviar la atención de lo principal para dirigirla a los detalles pintorescos o accesorios- ayuda mucho a sobrellevar esos malos ratos.

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"Te sigo por el Diario", me dice esta conocida a la que hacía meses que no veía; y que, por lo que veo, tampoco se ha percatado de que hace lo menos un trimestre que no escribo en ese medio. Se lo digo y veo que la he pillado en falta. "Ya, ya, es que...". Y es como cuando estamos hablando de alguien como si lo hubiésemos visto ayer y de pronto nos interrumpen para decirnos que murió hace un año.


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Pergeñada, por fin, la conferencia del martes: una divagación en torno a algunos pintores que me han interesado, desde Ramón Gaya, en su doble vertiente de escritor y pintor, hasta algunos artistas locales de cuya amistad me precio, y de cuyo ejemplo saco conclusiones útiles para mi propio trabajo. No sé si eso interesará a los alumnos de ese curso de doctorado. Pero qué otra cosa puede ofrecerles uno, sin remontarme a esas alturas del Olimpo artístico (no sé: Rembrandt, Velázquez...) con las que otros parecen estar en comunicación permanente. 

jueves, junio 02, 2011

EL VERDADERO

Evaluaciones, lecturas atrasadas, preparación de una conferencia. Ni un minuto para acudir a este diario. No pasa una hora, sin embargo, en la que no vuelva a él, aunque sea imaginariamente, porque se ha convertido en la pauta ideal de lo que pienso y no llego a escribir, o de lo que pienso a secas... Y casi me parece que el verdadero diario es ese otro.

miércoles, junio 01, 2011

CÚMULO-NIMBOS



Este empleado de gasolinera me pregunta qué ha pasado con mis columnas periodísticas. Y caigo en la cuenta de que, desde finales de febrero, cuando interrumpí la colaboración con el Diario, es la primera persona que me ha preguntado directamente por esa cuestión. La única, en fin, que dice echarlas de menos. No sabe cuánto se lo agradezco. Y, también, que esta muestra de interés venga de una persona a la que no cabe atribuir otro afán en este asunto que el propio de un simple lector. Tiene uno pocos, descontando los colegas, para quienes estar al tanto o no de lo que escribo no es sino un modo de sondear los abismos del oficio. Desde anteayer, cuando tuvo lugar esa humilde muestra de interés, voy con la cabeza más alta. Hay quienes venden más libros que uno y quienes gozan de mayor predicamento. Pero no sé si esos podrán vanagloriarse de lo que yo: de que los lea el chico que les sirve la gasolina. No es mal balance para diez años de colaboración en un periódico.


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El campamento local de descontentos parece alicaído. Y no porque les falte razón, me temo, sino porque el combustible de una revolución no puede ser otro que la desesperación. Y, aunque desencantados y quejosos, desesperados, lo que se dice desesperados, no lo están (no lo estamos) aún. No lo bastante, al menos.


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Grandes cúmulo-nimbos en el horizonte. Desde que sé, gracias a los documentales de la sobremesa, que esas nubes en forma de yunque ocultan grandes turbulencias, las respeto más. Un hombre informado -incluso cuando su información es de tan baja estofa- es siempre un hombre abrumado por cosas que le sobrepasan.