viernes, julio 29, 2011
miércoles, julio 27, 2011
COSAS VIEJAS
Este camarero había dejado su copa de cerveza en el escalón del umbral de una casa abandonada, colindante con el bar. De vez en cuando, discretamente, daba la espalda a la clientela de la terraza y se echaba al coleto un trago largo. Y daba cosa ver esa jarra en el suelo, sobre el escalón sucio, al nivel en el que las miasmas de la calle, levantadas por la brisa suave que estaba entrando a media tarde, son más densas y abundantes, y llevan entre sus partículas restos de pis de gato y polvo de materia deshecha bajo las uñas de las ratas...
Sucedía esto, anoto, mientras hacíamos tiempo para entrar en la sala Galileo, donde representaban una extraña obra de Jardiel, Las siete vidas del gato. Una comedia presuntamente de intriga policial, resuelta de aquella manera, y cuyo encanto reside en jugar con las presencias fantasmales de esas viejas casonas madrileñas siempre cerradas, con los dueños eternamente ausentes. Y que también huelen, ay, a polvo de ratas y pis de gato.
Y es que hemos visto muchas cosas viejas en esta excursión madrileña. Las que fotografió Eugène Atget en el París de finales del siglo XIX y principios del XX. Las que vimos en el Rastro, mientras C. buscaba una pulsera de cuero trenzado y una inverosímil, pero existente, funda de perlas falsas para el móvil de su amiga. Y las que oímos -cosas viejas, muy viejas- en el mitin de descontentos que se celebraba en la Puerta del Sol... No es que la protesta ciudadana haya perdido pertinencia o razón de ser, sino que van ganando protagonismo en ella, como si no hubieran hecho otra cosa que esperar su ocasión todos estos años, gentes que traen ideas viejas, que no terminan de encajar en el muy atinado programa regeneracionista con el que se iniciaron las protestas. Habrá que ver y esperar, como hace nuestro anfitrión, J., que es sociólogo y ve en estos hechos un jugoso objeto de estudio.
El otro lado de la moneda: el París de postal de la última de Woody Allen, Midnight in Paris, que tanto fascinó a C., y que le llevó a preguntarme, antes de dormirse: "Papá, ¿qué escribió Hemingway?"; o las siempre atestadas tiendas del centro, una de las cuales, un conocido supermercado de discos y libros, me depara una alegría y una decepción, al mismo tiempo: la de encontrar algunos discos de The Stooges, vieja banda de antecesores del punk con la que ahora distraigo mis ocios; y la de comprobar que, desde que se abrió esta cadena, es la primera vez que no encuentro en uno de sus establecimientos ningún libro mío. Lo que es digno de anotarse: también la invisibilidad es un logro.
***
Sucedía esto, anoto, mientras hacíamos tiempo para entrar en la sala Galileo, donde representaban una extraña obra de Jardiel, Las siete vidas del gato. Una comedia presuntamente de intriga policial, resuelta de aquella manera, y cuyo encanto reside en jugar con las presencias fantasmales de esas viejas casonas madrileñas siempre cerradas, con los dueños eternamente ausentes. Y que también huelen, ay, a polvo de ratas y pis de gato.
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Y es que hemos visto muchas cosas viejas en esta excursión madrileña. Las que fotografió Eugène Atget en el París de finales del siglo XIX y principios del XX. Las que vimos en el Rastro, mientras C. buscaba una pulsera de cuero trenzado y una inverosímil, pero existente, funda de perlas falsas para el móvil de su amiga. Y las que oímos -cosas viejas, muy viejas- en el mitin de descontentos que se celebraba en la Puerta del Sol... No es que la protesta ciudadana haya perdido pertinencia o razón de ser, sino que van ganando protagonismo en ella, como si no hubieran hecho otra cosa que esperar su ocasión todos estos años, gentes que traen ideas viejas, que no terminan de encajar en el muy atinado programa regeneracionista con el que se iniciaron las protestas. Habrá que ver y esperar, como hace nuestro anfitrión, J., que es sociólogo y ve en estos hechos un jugoso objeto de estudio.
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El otro lado de la moneda: el París de postal de la última de Woody Allen, Midnight in Paris, que tanto fascinó a C., y que le llevó a preguntarme, antes de dormirse: "Papá, ¿qué escribió Hemingway?"; o las siempre atestadas tiendas del centro, una de las cuales, un conocido supermercado de discos y libros, me depara una alegría y una decepción, al mismo tiempo: la de encontrar algunos discos de The Stooges, vieja banda de antecesores del punk con la que ahora distraigo mis ocios; y la de comprobar que, desde que se abrió esta cadena, es la primera vez que no encuentro en uno de sus establecimientos ningún libro mío. Lo que es digno de anotarse: también la invisibilidad es un logro.
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martes, julio 26, 2011
SOME UGLY THINGS
Lo mejor, la ubicación del auditorio y el panorama que se disfrutaba desde allí: la línea de horizonte que abarca, en un golpe de vista, desde la cúpula de San Francisco el Grande, a la derecha del espectador, a los "rascacielos" venidos a menos de Plaza de España, pasando por el perfil de repostería fina de la Almudena y la serena y algo apastelada horizontalidad del Palacio Real, con sus columnatas y belvederes orientados al mar verde que se extiende a sus pies, y que, según va cambiando de nombre conforme se aleja del palacio -Jardines de Sabatini, Campo del Moro, estribaciones de la Casa de Campo- alcanza a envolver el lugar en el que nos encontrábamos. La transparencia del atardecer madrileño y la luz polarizada del último sol, virada a una gama de amarillos y anaranjados intensos, prestaban volumen y contundencia a las formas arquitectónicas, a la vez que las sutilizaban e infundían en ellas un cierto brillo de figuras impresas en papel couché: el decorado perfecto para que un cineasta enamorado de Madrid, y no únicamente de su desaforado costumbrismo, lo fotografiara con el amor que Woody Allen puso en Manhattan, por ejemplo.
La edad media de los allí reunidos rondaba la del protagonista de esa película: de treinta y tantos para arriba, con alguna honrosa excepción -mi hija, por ejemplo, que me acompañaba-, todos allí congregados para asistir a un concierto de una artista que se hizo famosa en los años ochenta. Lo raro es que mi hija hubiera consentido venir. Pero la MTV a veces crea sorprendentes atajos en la memoria colectiva, y a eso se debe, imagino, que el nombre de Cyndi Lauper le resulte a ella más familiar que el de otros artistas a cuyos conciertos madrileños le propuse asistir (Chick Corea, por ejemplo, o Cassandra Wilson). Así que Cyndi Lauper, la que cantaba aquel desenfadado himno generacional que se tituló Girls just wanna have fun y aquella otra pegadiza canción de amor titulada Time after time... Bueno. No está mal que entre padre e hija adolescente puedan darse estos inesperados consensos, aunque sea a costa de aguantar deportivamente las ironías de ella a propósito de este, para ella, sorprendente cónclave de cuarentones, al que podría aplicarse muy bien ese otro título de Jethro Tull: Too old to rock'n'roll, too young to die.
La primera parte del concierto pareció obedecer inconscientemente a esa consigna: la antigua cantante de alegres himnos juveniles se ha convertido en una robusta cincuentona -bueno, ya casi sexagenaria- que se mueve sobre el escenario con envidiable agilidad, acompañada por un muy competente elenco de músicos de rythm and blues; y es esta sonoridad desgarrada y potente la que domina la mitad primera de su actuación, que luego deriva, sin rupturas, a tonalidades más suaves. El mensaje estaba claro: "No hemos envejecido tal mal, ¿no os parece?". Como para confirmarlo, allí estábamos todos, limpitos, comedidamente despendolados, bien vestidos y, por lo que parecía, y aunque no fuera más que para sucumbir por unos días a las tentaciones del merecido intervalo vacacional, no demasiado tocados por la crisis.
Luego la noche disipó esa ilusión de ordenada república de hombres y mujeres maduros: unos se fueron en sus coches, a otros nos tragó la discretísima, casi invisible, boca de metro de Puerta del Ángel, en dirección al centro, donde todavía mantenían sus tinglados los descontentos que se habían congregado y manifestado esa misma mañana y el día anterior en la Puerta del Sol (también estuvimos allí). Aquí hay gente pa to, que diría el torero. O, mejor dicho, aquí uno se multiplica en los muchos yoes posibles. Hoy uno de esos yoes ha disfrutado de un melancólico concierto generacional. "Some ugly things have happened this weekend" nos recordó la cantante al final del mismo, aludiendo a la matanza noruega y, entendieron algunos, al desgraciado final de Amy Winehouse. Cosas muy feas, sí. Nosotros hemos sobrevivido ya a muchas de ese estilo.
La edad media de los allí reunidos rondaba la del protagonista de esa película: de treinta y tantos para arriba, con alguna honrosa excepción -mi hija, por ejemplo, que me acompañaba-, todos allí congregados para asistir a un concierto de una artista que se hizo famosa en los años ochenta. Lo raro es que mi hija hubiera consentido venir. Pero la MTV a veces crea sorprendentes atajos en la memoria colectiva, y a eso se debe, imagino, que el nombre de Cyndi Lauper le resulte a ella más familiar que el de otros artistas a cuyos conciertos madrileños le propuse asistir (Chick Corea, por ejemplo, o Cassandra Wilson). Así que Cyndi Lauper, la que cantaba aquel desenfadado himno generacional que se tituló Girls just wanna have fun y aquella otra pegadiza canción de amor titulada Time after time... Bueno. No está mal que entre padre e hija adolescente puedan darse estos inesperados consensos, aunque sea a costa de aguantar deportivamente las ironías de ella a propósito de este, para ella, sorprendente cónclave de cuarentones, al que podría aplicarse muy bien ese otro título de Jethro Tull: Too old to rock'n'roll, too young to die.
La primera parte del concierto pareció obedecer inconscientemente a esa consigna: la antigua cantante de alegres himnos juveniles se ha convertido en una robusta cincuentona -bueno, ya casi sexagenaria- que se mueve sobre el escenario con envidiable agilidad, acompañada por un muy competente elenco de músicos de rythm and blues; y es esta sonoridad desgarrada y potente la que domina la mitad primera de su actuación, que luego deriva, sin rupturas, a tonalidades más suaves. El mensaje estaba claro: "No hemos envejecido tal mal, ¿no os parece?". Como para confirmarlo, allí estábamos todos, limpitos, comedidamente despendolados, bien vestidos y, por lo que parecía, y aunque no fuera más que para sucumbir por unos días a las tentaciones del merecido intervalo vacacional, no demasiado tocados por la crisis.
Luego la noche disipó esa ilusión de ordenada república de hombres y mujeres maduros: unos se fueron en sus coches, a otros nos tragó la discretísima, casi invisible, boca de metro de Puerta del Ángel, en dirección al centro, donde todavía mantenían sus tinglados los descontentos que se habían congregado y manifestado esa misma mañana y el día anterior en la Puerta del Sol (también estuvimos allí). Aquí hay gente pa to, que diría el torero. O, mejor dicho, aquí uno se multiplica en los muchos yoes posibles. Hoy uno de esos yoes ha disfrutado de un melancólico concierto generacional. "Some ugly things have happened this weekend" nos recordó la cantante al final del mismo, aludiendo a la matanza noruega y, entendieron algunos, al desgraciado final de Amy Winehouse. Cosas muy feas, sí. Nosotros hemos sobrevivido ya a muchas de ese estilo.
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miércoles, julio 20, 2011
VÍSPERAS
Vísperas del nuevo viaje a Madrid, esta vez con C. y un puñado de entradas en el bolsillo para diversos espectáculos y distracciones, a las que sumo el propósito de recorrer una vez más -a primera mañana, con la fresca- los pasos de los personajes de mi novela en marcha. Ningún otro libro mío se ha prestado, y ha respondido tan bien, a este cortejo insistente. Ninguno ha dado tanto juego, aun sin estar terminado. Me duele esa inminencia: hay trabajos, me digo, que es mejor no acabar.
Odiosas las comparaciones, sí, pero la mejor manera de afianzar una impresión en el cambiante sistema de nuestras sucesivas apreciaciones y recuerdos. Por eso se me ocurrió ayer, mientras releía con gran placer las páginas previamente desbrozadas de las Canciones de Lorca, que la valía de este libro se entiende mejor si lo comparamos con otros libros señeros de esta primera fase de la Generación del 27. Es, digámoslo ya, tan moderno y elegante como Cántico de Guillén, pero sin sus rigideces y apreturas; y tan ligero y fresco como Marinero en tierra, pero sin el amaneramiento neopopularista. Y que conste que los presuntos defectos que parece que atribuyo a esos dos libros no son tales, sino meros efectos de la comparación con el texto lorquiano. Hay también una cuestión de fondo: la unidad de Cántico y Marinero en tierra es programática: obedece a un designio previo. La de Canciones, en cambio, es orgánica: nace de las afinidades, ecos y recurrencias que el lector termina encontrando en el conjunto, y a partir de los cuales puede permitirse postular un protagonista poemático bien definido. Lo encontramos ya en la suite "Nocturnos de la ventana", muy al principio del libro: un personaje contemplativo, que se enfrenta al mundo desde una cierta reclusión poblada de obsesiones muy particulares ("Asomo la cabeza / por mi ventana, y veo / cómo quiere cortarla / la cuchilla del viento"), y que se muestra a la vez fascinado y temeroso ante la realidad, a la que sabe apreciar en su concreción y, a un mismo tiempo, escudriñar en busca de presagios y símbolos. De ahí la importancia de los poemas que se presentan como meras estampas descriptivas ("Paisaje", "Tarde"), en contraste con esos otros en los que el paisaje se anima con historias más o menos elípticas y cargadas de sugerencias (los dos titulados "Canción de jinete"). El poeta-espectador de esas historias "ajenas" es también el que se erige en contemplador, y a veces incluso en protagonista, de la serie de estampas eróticas que componen la sección titulada "Eros con bastón"; o el que, de vuelta a la reclusión de la que hablábamos antes, compone una estampa del insomnio abrumado en "Malestar y noche" ("Dolor de sien oprimida / con guirnalda de minutos. / ¿Y tu silencio? Los tres / borrachos cantan desnudos. / Pespunte de seda virgen / tu canción. Abejaruco."); o el que, finalmente, se explica a sí mismo en dos poemas que valen como otras tantas poéticas: el que comienza "Sobre el cielo verde, / un lucero verde / ¿qué ha de hacer amor, / ¡ay! sino perderse?", en el que, para evitar la mímesis del poeta con su "angustia", al modo de esa estrella verde sobre fondo verde, el autor propone decorarla "con rojas conrisas"; y el "Soneto" en el que habla de una herida abierta en la que un pájaro enmudecido "tendrá bosque, dolor y nido blando". Preceden estas poéticas las "Canciones para terminar" que cierran el libro y explicitan algunas de sus claves: la que ofrece el poema "De otro modo" ("Llegan mis cosas esenciales. / Son estribillos de estribillos. / Entre los juncos y la baja tarde, / ¡qué raro que me llame Federico!"), o "Canción del naranjo seco", que es un impresionante poema sobre la esterilidad -una de las obsesiones declaradas del poeta-.
Anoto estas ideas a modo de recordatorio, y también como intento pro domo mea de no quedarme con el mero catálogo de aciertos desgajados en el que suelen consistir la mayoría de las apreciaciones de la obra de Lorca. Y sigo.
***
Odiosas las comparaciones, sí, pero la mejor manera de afianzar una impresión en el cambiante sistema de nuestras sucesivas apreciaciones y recuerdos. Por eso se me ocurrió ayer, mientras releía con gran placer las páginas previamente desbrozadas de las Canciones de Lorca, que la valía de este libro se entiende mejor si lo comparamos con otros libros señeros de esta primera fase de la Generación del 27. Es, digámoslo ya, tan moderno y elegante como Cántico de Guillén, pero sin sus rigideces y apreturas; y tan ligero y fresco como Marinero en tierra, pero sin el amaneramiento neopopularista. Y que conste que los presuntos defectos que parece que atribuyo a esos dos libros no son tales, sino meros efectos de la comparación con el texto lorquiano. Hay también una cuestión de fondo: la unidad de Cántico y Marinero en tierra es programática: obedece a un designio previo. La de Canciones, en cambio, es orgánica: nace de las afinidades, ecos y recurrencias que el lector termina encontrando en el conjunto, y a partir de los cuales puede permitirse postular un protagonista poemático bien definido. Lo encontramos ya en la suite "Nocturnos de la ventana", muy al principio del libro: un personaje contemplativo, que se enfrenta al mundo desde una cierta reclusión poblada de obsesiones muy particulares ("Asomo la cabeza / por mi ventana, y veo / cómo quiere cortarla / la cuchilla del viento"), y que se muestra a la vez fascinado y temeroso ante la realidad, a la que sabe apreciar en su concreción y, a un mismo tiempo, escudriñar en busca de presagios y símbolos. De ahí la importancia de los poemas que se presentan como meras estampas descriptivas ("Paisaje", "Tarde"), en contraste con esos otros en los que el paisaje se anima con historias más o menos elípticas y cargadas de sugerencias (los dos titulados "Canción de jinete"). El poeta-espectador de esas historias "ajenas" es también el que se erige en contemplador, y a veces incluso en protagonista, de la serie de estampas eróticas que componen la sección titulada "Eros con bastón"; o el que, de vuelta a la reclusión de la que hablábamos antes, compone una estampa del insomnio abrumado en "Malestar y noche" ("Dolor de sien oprimida / con guirnalda de minutos. / ¿Y tu silencio? Los tres / borrachos cantan desnudos. / Pespunte de seda virgen / tu canción. Abejaruco."); o el que, finalmente, se explica a sí mismo en dos poemas que valen como otras tantas poéticas: el que comienza "Sobre el cielo verde, / un lucero verde / ¿qué ha de hacer amor, / ¡ay! sino perderse?", en el que, para evitar la mímesis del poeta con su "angustia", al modo de esa estrella verde sobre fondo verde, el autor propone decorarla "con rojas conrisas"; y el "Soneto" en el que habla de una herida abierta en la que un pájaro enmudecido "tendrá bosque, dolor y nido blando". Preceden estas poéticas las "Canciones para terminar" que cierran el libro y explicitan algunas de sus claves: la que ofrece el poema "De otro modo" ("Llegan mis cosas esenciales. / Son estribillos de estribillos. / Entre los juncos y la baja tarde, / ¡qué raro que me llame Federico!"), o "Canción del naranjo seco", que es un impresionante poema sobre la esterilidad -una de las obsesiones declaradas del poeta-.
Anoto estas ideas a modo de recordatorio, y también como intento pro domo mea de no quedarme con el mero catálogo de aciertos desgajados en el que suelen consistir la mayoría de las apreciaciones de la obra de Lorca. Y sigo.
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martes, julio 19, 2011
REALIDADES CONTADAS
El contraste entre el apocalíptico panorama económico (éste, de dimensiones planetarias) y político que ha dibujado el boletín informativo matinal, por un lado, y la esplendorosa y serenísima mañana que tengo delante, por otro. Hay algo en la realidad contada que casi nunca coincide con la que experimenta el ánimo. Otra cosa es que el ánimo esté influido por las palpables e ineludibles realidades económicas. Pero la sensación es ésta: si amanece todos los días, si el amanecer nos encuentra con la misma predisposición de siempre para acudir a nuestros menesteres, ¿qué es lo que efectivamente ha cambiado para que nuestra percepción de la realidad, y de nuestra capacidad de incidir en ella, sea otra? Una crisis económica, lo he pensado siempre, no es otra cosa que un periodo de tiempo en el que todo el mundo dice que hay crisis. Y en el que algunos, por cierto, obtienen pingües beneficios de ese estado de ánimo colectivo. Una crisis es, ante todo, un espejismo, porque la propia economía no es más que un tráfico de intangibilidades, empezando por el dinero, que es papel, y ya ni siquiera eso. Ninguna época ha dependido tanto como la nuestra de meros simbolismos. Ninguna tan... irreal.
***
No es nada, ya lo sé. Pero nadar mil metros (cuarenta largos) después de tres noches mal dormidas y del consiguiente quebranto físico y moral es todo un logro para uno. Y lo más sorprendente: el hecho de que, después de haber nadado esa distancia, me encuentro incluso mejor.
***
La poesía de la mejicana Rosario Castellanos, de la que Renacimiento acaba de publicar una antología. O la evidencia de que el tono y el modo de decir que la poesía española de los ochenta creía haber redescubierto no había dejado nunca de utilizarse.
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lunes, julio 18, 2011
JAZZ
Mientras oigo a esta banda de jazz que se declara devota de Charlie Parker, y cuyo repertorio está formado casi exclusivamente por versiones de temas del genial saxofonista, se me ocurre que es una pena que la imitación declarada esté tan mal vista en otras artes; y que, cuando se da, lo sea siempre de modo vergonzante, o como un estadio previo a la conquista del estilo propio y la originalidad. Que no haya poetas, por ejemplo, que se declaren abiertamente cernudianos, nerudianos, albertianos, byronianos, etc., y dediquen su vida y obra a utilizar aplicadamente los recursos de sus maestros a poemas que, sin ser originales ni aspirar a ello, sean tan placenteros de leer como es grato escuchar a unos buenos músicos recreando la música de sus maestros.
Solos de contrabajo: en relación a la voluntad que pone quien lo toca, el instrumento siempre da mucho menos de lo que se espera de él. Y, aun así, da mucho.
Esta vocalista no sabe o no dice que estos versos que acaba de cantar son de Lorca: Por tu amor me duele el aire, / el corazón y el sombrero. / ¿Quién me compraría a mí, / este cintillo que tengo / y esta tristeza de hilo / blanco para hacer pañuelos? La melodía, eso sí lo dice, es de Javier Ruibal. Y se queda uno pensando si, en la bellísima tiniebla sonora que los envuelve, estos versos dicen lo mismo que en una lectura silenciosa. Yo acabo de reencontrarlos en mi lectura de Canciones, el primer gran libro del poeta granadino, que aclara la pertinencia de la no publicación del anterior, Suites, en vida del poeta: ese libro, con todos sus aciertos, no es más que la cantera de la que sale el depuradísimo material publicado en Canciones. ¿Gran poeta truncado, dije el otro día? Error. Un libro como éste acredita sobradamente la valía de un poeta. Y tal vez lo que quise decir era: gran poeta cuya inimaginable obra de madurez, en sentido cronológico, ese pliegue sobre sí mismo que vemos en la evolución de otros poetas que alcanzan la longevidad, no podemos siquiera conjeturar. ¿Cómo sería ese largo poema llamado Adán, que, según el editor, tenía el poeta en mente en el momento de su muerte? Para asimilar una lectura, uno no tiene más remedio que acudir a las analogías, que son el único recurso que nos permite decir algo sobre lo que ya está inmejorablemente dicho en palabras del propio poeta. Hace uno una lectura analógica de Lorca en relación a sus coetáneos. No sirve de mucho, pero uno se entiende.
"Hablábamos de ti", me dice esta amiga pintora, en el momento en que paso a saludar al brillante contrabajista que ha oficiado esta noche. "Hablábamos de lo mal que están las cosas para los pintores y los músicos, y él decía que todavía hay a quienes les va peor."
Y a casa, antes de que termine la jam session. También por eso envidia uno un poco a los músicos. No hay jam sesssion posible en literatura. La diversión, si la hay, es solitaria. Y ya se sabe lo mal vistos que están los placeres solitarios.
***
Solos de contrabajo: en relación a la voluntad que pone quien lo toca, el instrumento siempre da mucho menos de lo que se espera de él. Y, aun así, da mucho.
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Esta vocalista no sabe o no dice que estos versos que acaba de cantar son de Lorca: Por tu amor me duele el aire, / el corazón y el sombrero. / ¿Quién me compraría a mí, / este cintillo que tengo / y esta tristeza de hilo / blanco para hacer pañuelos? La melodía, eso sí lo dice, es de Javier Ruibal. Y se queda uno pensando si, en la bellísima tiniebla sonora que los envuelve, estos versos dicen lo mismo que en una lectura silenciosa. Yo acabo de reencontrarlos en mi lectura de Canciones, el primer gran libro del poeta granadino, que aclara la pertinencia de la no publicación del anterior, Suites, en vida del poeta: ese libro, con todos sus aciertos, no es más que la cantera de la que sale el depuradísimo material publicado en Canciones. ¿Gran poeta truncado, dije el otro día? Error. Un libro como éste acredita sobradamente la valía de un poeta. Y tal vez lo que quise decir era: gran poeta cuya inimaginable obra de madurez, en sentido cronológico, ese pliegue sobre sí mismo que vemos en la evolución de otros poetas que alcanzan la longevidad, no podemos siquiera conjeturar. ¿Cómo sería ese largo poema llamado Adán, que, según el editor, tenía el poeta en mente en el momento de su muerte? Para asimilar una lectura, uno no tiene más remedio que acudir a las analogías, que son el único recurso que nos permite decir algo sobre lo que ya está inmejorablemente dicho en palabras del propio poeta. Hace uno una lectura analógica de Lorca en relación a sus coetáneos. No sirve de mucho, pero uno se entiende.
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"Hablábamos de ti", me dice esta amiga pintora, en el momento en que paso a saludar al brillante contrabajista que ha oficiado esta noche. "Hablábamos de lo mal que están las cosas para los pintores y los músicos, y él decía que todavía hay a quienes les va peor."
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Y a casa, antes de que termine la jam session. También por eso envidia uno un poco a los músicos. No hay jam sesssion posible en literatura. La diversión, si la hay, es solitaria. Y ya se sabe lo mal vistos que están los placeres solitarios.
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jueves, julio 14, 2011
PELOS DE GATO
Bette Davis en Más allá del bosque (Beyond the Forest) del grandísimo King Vidor. Qué malvada. Y qué ajustado el retrato que la película hace de la bella inadaptada, dispuesta a hacer cualquier cosa por salir del villorrio que la ahoga. Leo en alguna parte que este personaje tan desagradable (que incurre en todo lo reprobable: adulterio, asesinato, aborto, intento de suicidio) le costó a la Davis la popularidad, y fue el directo causante de que permaneciera en barbecho durante años, hasta que resucitó en Qué fue de Baby Jane... A estas malas-malísimas las vemos hoy con cierta condescendencia, e incluso nos hacen reír. Pero no estoy muy seguro de que sea sólo porque la grandilocuencia moralista de estas películas haya envejecido. En el fondo, somos más simples que el público de aquellos años. Hoy habríamos rechazado la película, no por mostrarnos los aspectos más desagradables de la realidad, e incluso por exhibir (e inducir) cierta fascinación ante ellos, sino por... políticamente incorrecta. En el fondo, la arpía que interpreta Davis no está demasiado lejos de otras que hemos visto y celebrado en el cine contemporáneo (y me acuerdo ahora de la que protagoniza ese prestigioso bodrio que se llamó Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto). Pero pesaba sobre ella, ay, una tara con la que casi nadie ahora está dispuesto a transigir: era responsable de sus actos; y por ellos, y sólo por ellos, se le juzga. Aunque sus motivaciones, por complejas y oscuras, nos la hagan muy atractiva.
Paso como sobre ascuas sobre las Suites de Lorca. No sé. El editor pondera mucho esta extensa colección, anterior a Canciones, que quedó inédita en su día y fue rescatada y publicada en su integridad en los años ochenta. Yo no acabo de encontrarle la gracia. Y no es que estos poemas carezcan de los aciertos que suelen caracterizar la poesía de Lorca. Pero aparecen éstos en medio de tiradas desganadas, forzadas, trufadas en muchos casos de quincalla cubista o surrealista, como si Lorca, antes de desarrollar el poderoso instinto que le llevó a usar magistralmente estos recursos en Poeta en Nueva York, estuviese jugando simplemente a ser moderno... Esta lectura me lleva a anticipar mi tesis sobre Lorca. Fue un gran poeta... truncado, le faltó ese supremo momento involutivo en el que el poeta maduro reconsidera y decanta sus logros. ¿Qué hubiéramos pensado de Cernuda si de él no conociéramos más que lo que escribió hasta el estallido de la Guerra Civil? Pues lo mismo. Pero no quiero adelantar conclusiones, porque queda mucha lectura y relectura por delante.
K. anda mudando su pelaje. Temo que los pelos de gato se me hayan pegado al paladar. De ahí, quizá, las objeciones precedentes.
***
Paso como sobre ascuas sobre las Suites de Lorca. No sé. El editor pondera mucho esta extensa colección, anterior a Canciones, que quedó inédita en su día y fue rescatada y publicada en su integridad en los años ochenta. Yo no acabo de encontrarle la gracia. Y no es que estos poemas carezcan de los aciertos que suelen caracterizar la poesía de Lorca. Pero aparecen éstos en medio de tiradas desganadas, forzadas, trufadas en muchos casos de quincalla cubista o surrealista, como si Lorca, antes de desarrollar el poderoso instinto que le llevó a usar magistralmente estos recursos en Poeta en Nueva York, estuviese jugando simplemente a ser moderno... Esta lectura me lleva a anticipar mi tesis sobre Lorca. Fue un gran poeta... truncado, le faltó ese supremo momento involutivo en el que el poeta maduro reconsidera y decanta sus logros. ¿Qué hubiéramos pensado de Cernuda si de él no conociéramos más que lo que escribió hasta el estallido de la Guerra Civil? Pues lo mismo. Pero no quiero adelantar conclusiones, porque queda mucha lectura y relectura por delante.
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K. anda mudando su pelaje. Temo que los pelos de gato se me hayan pegado al paladar. De ahí, quizá, las objeciones precedentes.
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miércoles, julio 13, 2011
ACIERTA SIEMPRE

De esta crisis, como de las otras, saldremos por... saturación.
***
Llamo a esto trabajar. ¿Qué vas a hacer esta mañana?, me preguntan. Trabajar en mis cosas. La diferencia la marca el complemento. ¿No fue Marx quien definió la situación de alienación del hombre respecto a su trabajo? Aquí no: trabaja uno en lo suyo. Que es nada. Trabaja uno en su nada; o, lo que es lo mismo: no trabaja uno nada.
***
La esencia del estilo lorquiano, se ha dicho muchas veces, es el uso que el poeta hace de la metáfora elevada a la segunda o tercera potencia: metáforas de metáforas, con las que logra una suerte de feliz transmutación de la realidad. Lo constato ya en algunos textos de su juvenil Libro de poemas. Por ejemplo, en el titulado "Campo", fechado en 1920. Hay metáforas convencionales, obvias, meramente descriptivas, aunque muy bellas: "el papel incoloro / del monte está arrugado". Pero hay también metáforas de segundo o tercer orden: "y la noria materna / acabó su rosario", cuya base es la semejanza entre las cuentas del rosario y los cangilones de la noria, pero en la que el referente último lo proporciona el adjetivo "materna" y el acto de rezar, metafóricamente atribuido a una intuida presencia maternal que preside y sacraliza el paisaje. Lorca ya era Lorca en estos primeros poemas suyos. Y lo siguió siendo, también, y muy señaladamente, en el momento de reconsiderarlos. Por ejemplo, cuando copia, en 1935, el romance "El diamante", perteneciente también a Libro de poemas, introduce en él dos certerísimas correcciones: donde el texto de 1920 decía: "Pájaro de luz que quiere / escapar del universo", el corregido dice: "escapar de(l) firmamento", que es mucho más concreto y expresivo. También elimina cuatro versos que no eran malos, pero sí innecesarios.
Lo que me lleva a mi única visita a la Huerta de San Vicente, en Granada, hace años, en compañía de un poeta de allí, que exclamó, ante la vitrina donde se conservaban algunos manuscritos llenos de tachaduras: "¿Os habéis fijado en las correcciones? Acierta siempre, el cabrón". Y era cierto.
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martes, julio 12, 2011
IN THE MOOD
Hojeo la edición de la Poesía Completa de Federico García Lorca que ha preparado Miguel García Posada para Círculo de Lectores. De la poesía de García Lorca creo que no me falta nada importante por leer. Pero, ¿qué quiere decir uno cuando dice que ha leído a determinado poeta? En mi caso, que tengo una idea cabal de la totalidad de su empeño. Y eso sólo lo puedo decir de muy pocos poetas; en el caso de la Generación del 27, quizá sólo de Cernuda, Gerardo Diego y Alberti (lo que no quiere decir que los tres me gusten en igual medida). A otros (Salinas, Guillén, el mismo Lorca) también los he leído, pero algo, una íntima falta de sintonía quizá, ha hecho que de esas lecturas quede en mí el recuerdo de una serie más o menos larga de descubrimientos parciales, antes que una idea de esa totalidad de la que hablaba antes. En ese aspecto, no tengo "leído" aún a Lorca. Y me pesa, porque, en su caso, todos y cada uno de esos "descubrimientos parciales" que me han deparado mis lecturas anteriores resultan de muchos quilates. A lo mejor este verano y esta edición terminan de subsanar ese débito.
Pero, ay, primera decepción: leo el prólogo de M.G.P. y lo que encuentro, como argumentos para ponderar la valía del poeta, no es sino una enumeración de... descubrimientos parciales, reunidos con paciencia de entomólogo (y no demasiada paciencia, todo hay que decirlo, porque la mayoría de los ejemplos aducidos pertenecen a un puñado de poemas del Romancero gitano). Pero no se lo voy a tener en cuenta, ni al poeta ni a su compilador. Siento que estoy in the mood para la poesía del granadino, quizá por hartazgo de la mera discursividad y por apetencia de una poesía más abundante en destellos verbales que pongan un poco patas arriba nuestra percepción de las cosas.
Será una gran lectura de verano, qué duda cabe.
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lunes, julio 11, 2011
INDISCRECIÓN
La tragedia del rey Lear llevada disimuladamente al cine: Odio entre hermanos, de Joseph L, Mankiewicz. Extrañamente pertinente hoy esta historia de una quiebra bancaria resuelta con paños calientes y ofreciendo a la ley una oportuna cabeza de turco. Una película negra, negrísima, de una espeluznante violencia contenida: la escena penúltima, en la que tres de los hermanos (el dandy, el tarado, el calculador) tratan de defenestrar al cuarto, es de las que pasan con facilidad a nutrir las pesadillas del espectador. Como si la realidad, en fin, no cumpliera sobradamente este cometido.
***
Pesaba sobre el ánimo el recuerdo de la mañana de hospital del viernes. Había acudido allí para acompañar a un familiar cercano. A los parientes de los pacientes en quirófano y UCI nos concentran en una sala de espera especial, a la que se accede desde la calle, y en la que se ven claras trazas de que hay gente que ha pasado la noche allí: mantas, bolsas, envases de comida. Hay quien me dice que, aprovechando la disponibilidad del lugar, hay también indigentes que lo utilizan como dormitorio. Llama la atención, sobre todo, la existencia de espacios acotados por míseras pertenencias. El ser humano y su triste instinto territorial. Nos sentamos en uno de los pocos rincones libres, y a esperar.
***
Termino Bélgica, el último diario de Chantal Maillard. Al final, entre una serie de textos más o menos colaterales al contenido central del libro, un espléndido ensayo titulado Proust y el gozo, en el que la autora se formula una interesante pregunta: el gozo que, según el novelista francés, se experimenta en esos instantes en los que una impresión presente remite a otra pasada, y en los que, por tanto, queda momentáneamente abolido el tiempo intermedio, ¿se experimenta también cuando la impresión así revivida es de naturaleza dolorosa? Proust deja la pregunta sin contestar: los ejemplos que da en su monumental novela en siete tomos son todos de naturaleza gozosa. Pero la respuesta, se me ocurre, podría ser más sencilla de lo que parece: la conciencia evita, en la medida de lo posible, esa identidad entre dos momentos dolorosos, porque cada dolor -como decía Tolstoi de las familias infelices- es único y singular y no se parece a ningún otro.
***
Mujeres en deshabillé que pasean perros. A primera hora de la mañana, este jardín público es como una prolongación de la casa. Y escribir a esta hora junto a la ventana, una indiscreción.
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jueves, julio 07, 2011
PÁJAROS Y PLANTAS
Primero, la disputa matinal
de los grajos, su estruendo de enseres arrastrados,
de tejas percutidas por el viento.
Luego, el gorrión y su gorjeo cauto,
como quien se asegura de no estar
solo entre extraños. Hasta que se impone
el canto distendido del jilguero
y, mientras la primera luz se expande
como una gota de acuarela en agua,
en sucesivos planos se destacan
el llanto de la cogujada, el mirlo
con su voz impostada de persona,
los picapinos como mecanógrafos
aplicados, los gritos
histéricos de las urracas,
el silbo de las codornices...
Los rasgos de algunos de esos pájaros, entonces tan presentes para mí, se han ido borrando. ¿Distinguiría hoy una cogujada? Un pájaro pequeño, parduzco, con más querencia al suelo que a las ramas; de canto compungido, en todo caso. También, en ese poemario, hacía mención de diversas plantas y árboles que eran parte del escenario cotidiano, y especialmente, de la espesa galería vegetal que celaba el cauce del arroyo Bocaleones en su confluencia con el curso inicial del Guadalete, donde íbamos todas las tardes a bañarnos:
Cabe toda una vida en el exiguo
país que delimitan los dos ríos,
en su alfabeto vegetal que brota
al borde de las sendas según vas
leyendo en los relieves intrincados
el trazo del taraje, la lazada
prieta de los lentiscos, la menuda
caligrafía infantil de la junciana
bajo la rúbrica ostentosa y móvil
de las ramas del fresno...
¿Por qué, contra mi costumbre, copio aquí estos versos? Tal vez para constatar que ya no sabría escribirlos, por haberse atenuado o borrado las sensaciones que los inspiraron. Leo -también contra mi costumbre- este libro ya lejano y constato, sobre todo, una pérdida. Y una carencia, que ya empieza a resultarme angustiosa: a excepción de algún poema ocasional, llevo casi dos años sin escribir poesía. Y ya me la va pidiendo el cuerpo.
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miércoles, julio 06, 2011
INTERCAMBIOS
"Mercadillo de intercambio" en la biblioteca pública: llevo uno de los malhadados aspirantes a best-seller que me mandan algunas editoriales y traigo, a cambio, un librito de Josep Pla que no tenía... Y un disgusto: el de haberme encontrado, entre los libros desechados, una novela mía. ***
En el episodio diario de The Simpsons que veo, como lección práctica de inglés, con C., una parodia de El conde de Montecristo. Y recuerdo cuánto me apasionaba esa historia en mi infancia: las angustias del falsamente acusado y condenado Edmond Dantès, su complicada y casi suicida fuga del castillo de If, la implacable venganza que emprende bajo su nueva identidad... No he leído, sin embargo, la novela de Dumas: me bastaban aquellas ingenuas adaptaciones televisivas -recuerdo al menos dos-, que seguíamos puntualmente y luego comentábamos en los corrillos del patio del colegio, en una época en la que sólo había un canal de televisión y todos veíamos los mismos programas... Más tarde, recuerdo, me impresionó la historia, parecida, de Jean Valjean, el protagonista de Los miserables de Victor Hugo. Y, más recientemente, la de Eugène François Vidocq, que conocí, no en la moderna película francesa, sino en el cumplido melodrama sobre este personaje que filmó Douglas Sirk. Me sonroja un poco mi fascinación por este tipo de personajes folletinescos. Caracterizados todos, eso sí, por un anhelo que reconozco como propio: el deseo, o la necesidad, de forjarse una nueva identidad.
***
La maldición de los veranos: el insomnio. Nunca he odiado más a la humanidad que en esas noches en las que un coche con la música a todo volumen rasga limpiamente el velo del primer sueño.
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martes, julio 05, 2011
IGNORANCIAS
Como aún no me han sido presentados, ignoro el nombre de estos pájaros que se han avecindado en las inmediaciones de mi balcón. Cantar, lo que se dice cantar, no es lo suyo: más bien se embarcan en largas parrafadas, que rematan en una especie de pedorreta, como políticos cínicos... Y lo más curioso es que esas charletas, como los discursos de los borrachos, cesan en cuanto sale el sol.
***
Estos otros tampoco cantan: tejen. Y se diría que la mañana está pintada -bordada, más bien- en la tela que han urdido.
***
De todas mis ignorancias, la que más siento es ésta: no saber los nombres de los pájaros.
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viernes, julio 01, 2011
RUTINAS
Acabo de recoger en correos el ejemplar de Clarín con mis notas sobre Proust. Con este paseo matinal inauguro las semivacaciones de julio. Las llamo así porque, aunque en este mes no tengo obligaciones laborales, mi horario y ritmo de trabajo se adaptan un poco a los de M.A., que sí las tiene; quiero decir que me levanto temprano -aunque sin prisas-, y que, después de desayunar parsimoniosamente, ordenar la casa y salir a correos y a por el pan, me siento a trabajar en mis cosas el resto de la mañana. No sé exactamente cuándo se instauró esta rutina. Calculo que hace unos diez años, cuando a raíz de mi colaboración semanal en Diario de Cádiz, me impuse la obligación de adelantar en julio los artículos correspondientes a agosto. Ése y otros compromisos acumulados hicieron de julio un mes dedicado casi exclusivamente a la escritura, en contraste con agosto, el mes lector por excelencia. La colaboración con el Diario se le llevó el viento de la crisis, mis compromisos ahora son mínimos, pero la predisposición a dedicar este mes casi exclusivamente a escribir, libre de cualquier otra obligación, se mantiene. Y en eso estoy, Cuando cierre esta nota, volveré a las castigadas páginas de la tercera entrega de mi trilogía novelística. Cuando no esté en vena para eso, redactaré la reseña pendiente para El Cultural o el ensayo sobre Internet y literatura que tengo prometido a unos amigos del IESA. Y cuando no tenga la cabeza más que para tareas mecánicas, corregiré las pruebas del libro sobre literatura biográfica que voy a publicar este otoño. Sé que a algunos este panorama les parecerá una pesadilla. A mí no. Dejo las tardes para pasear, para ver películas, para disfrutar de la compañía de los míos. Y la mañana, por así decirlo, a mi gran vicio, que es casi el único.
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