miércoles, agosto 31, 2011

VISITANTES

Siempre que paseo por mi ciudad con un extraño, experimento la misma sensación: no soy yo quien guía al otro, sino el otro el que me fuerza a descubrir, a través de su mirada, lo que yo, por la venda que impone la costumbre, no veía desde hacía meses o años. Y el resultado es siempre una ciudad mejor, qué duda cabe, contra la que apenas cabe oponer los defectos suyos que tan bien conoces, y de los que ahora tan oportunamente se recata.


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Y es que a eso se reduce mi vida literaria -si es que así puede llamarse- durante el verano: casi todos los años recibo la visita ocasional -nunca más de una por verano- de algún amigo escritor que quiere verme. Casi podría enumerarlos, y designar los años por sus nombres, como los romanos hacían con los cónsules. Algunos -pocos- reiteraron sus visitas durante una serie de años, delimitando así un ciclo; otros han venido en una sola ocasión. Traen noticias de su predio, concuerdan con uno en la infalible constatación de que en todas partes cuecen las mismas habas, a veces dejan en la mesa un libro firmado y se llevan otro... Suelen venir a finales de agosto, cuando los últimos días de las vacaciones revisten una cierta pesadumbre de tarde de domingo. Y uno les agradece el gesto, porque su presencia, a finales de verano, cuando uno casi ha perdido ya los automatismos que sostienen su entusiasmo y su trabajo, viene a ser un recordatorio de que este conjunto de aspiraciones y rutinas constituyen, a su manera, una especie de identidad, en la que te reconoces y te reconocen. Escribir, como leer, es labor de solitarios. Pero hay una sociabilidad derivada de la escritura, como también la hay derivada de la lectura. Que puede ser, por qué no decirlo, tan onerosa como cualquier otra sociabilidad; pero que, asumida en su justa dosis, define quién eres. 


Ellos, los visitantes, vienen a recordártelo, por si lo habías olvidado. 

lunes, agosto 29, 2011

DISIDENTES

La mayor dificultad del diarista: la naturaleza cíclica de la materia de la que se ocupa, que hace que las impresiones de hoy se parezcan a las de hace un año, y a las de hace dos, y lo enfrenten a uno a una doble impostura: la de repetirse, o la de obviar lo inevitable de esa repetición.


O lo que es lo mismo: todo diario prolongado avanza sobre la falsilla de lo ya escrito. Por eso el diarista es siempre un hombre melancólico: vive sobre lo ya vivido, constata lo constatado ya muchas veces.


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La dualidad de Blanco White -sigo con la biografía de Martin Murphy-: su descreimiento religioso y su inconformismo lo enfrentan a la España tradicional; pero, situado frente al primer intento reformista serio de cambiar esa España -las Cortes de Cádiz-, ese mismo inconformismo lo convierte en un crítico formidable de los muchos tropiezos y errores de la camarilla liberal gaditana, a saber: la mezcla de torpeza y estrechez de miras con que ésta afrontó el problema americano; su intolerancia hacia los disidentes (conservadores, afrancesados, outsiders como el propio Blanco), que se tradujo en actuaciones concretas más bien contrarias a los principios liberales; el carácter doctrinario de sus logros (la propia Constitución de 1812), frente al pragmatismo que le reclamaban los espíritus algo más lúcidos... Son, si se quiere, los sempiternos errores del progresismo español, que se han venido reiterando desde entonces en las escasas ocasiones en las que éste ha tenido en sus manos las riendas del poder. Pero no por ello resulta menos válido el papel de los pocos que, sin alinearse con las fuerzas reaccionarias, supieron ver esos errores y se atrevieron a denunciarlos. Lo que en la mayoría de los casos supuso, como en el de White, condenarse a una doble muerte civil... ¿Acaso alguien, en la actual tesitura de celebrar el bicentenario de las Cortes gaditanas, por ejemplo, está dispuesto a recordar el papel que jugó este incómodo disidente? Por lo mismo, alguien tendría que atreverse a romper una lanza a favor de los afrancesados, digo yo.


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Ni con unos ni con otros: no es posición que se elija, sino circunstancia que viene impuesta por el carácter de algunos. Quienes la padecen suelen sufrir, al mismo tiempo, un mal concomitante mucho peor: el anhelo de decantarse finalmente hacia unos u otros, para escapar del aislamiento y la incomprensión. Pero no se es dueño de renunciar libremente a aquello que tampoco se ha elegido, creo.

sábado, agosto 27, 2011

COLORES



En la biografía que Martin Murphy ha hecho de Blanco White, y que acaba de publicar Renacimiento, leo esta frase de un corresponsal de éste, a propósito del sistema político que en torno a 1811 estaban debatiendo las Cortes de Cádiz: "Cualquier gobierno capaz de hacer una ley en media hora es un gobierno despótico, ya sea su forma monárquica, aristocrática o democrática". Y no puedo por menos que pensar en la reforma constitucional que gobierno y oposición españoles andan ultimando, y que parece fruto de una ocurrencia repentina. Leer las vidas de los viejos liberales españoles tiene esto: constata uno que se anticiparon a casi todos los males de la España contemporánea; y que resolver, lo que se dice resolver, no resolvieron ninguno.


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Hasta hoy no había anotado nada aquí del sainete telefónico que me ha tenido distraído buena parte del verano, y por efecto del cual he perdido, creo, el número de teléfono móvil que llevaba usando desde hacía años. No seré prolijo en detalles: un diario no debe parecerse nunca a un impreso de reclamación. Pero lo dejo anotado por si alguna vez, en combinación con alguna otra incidencia más personal, me sirve para montar un relato, por ejemplo. Digamos que, por aceptar de buena fe una oferta telefónica que me pareció ventajosa, me puse en manos de la compañía A; que la companía B, a cuyos servicios renunciaba, hizo todo lo posible por retrasar y boicotear la gestión emprendida, pese a que la ley la obliga a facilitarla; que el cliente -es decir, yo- pidió la anulación del proceso, al comprobar que éste no se ajustaba a los plazos previstos y que ese retraso me podía ocasionar perjuicios; gestión que resultó influctuosa, y que tuvo como único resultado que la compañía A dejara el proceso a medias mientras la otra, incapaz de cumplir la infinidad de promesas que me había hecho para que permaneciera con ella, finalmente me emancipaba de su tutela. Entre una y otra compañía, mi número quedó en un limbo del que no he conseguido rescatarlo en seis arduas semanas en las que he hablado con varias docenas de amables locutoras de acento rioplatense que han tomado nota de mis contrariedades, sin ser capaces de encontrarles solución. Para colmo de males, la compañía A me está cobrando la cuota correspondiente al número fantasma, como si éste estuviera en servicio... 


A estas alturas, no sé qué hacer, salvo poner una denuncia en el juzgado. Lo que supone, en fin, meterse en otro laberinto, del que tampoco hay garantías de salir airoso.


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Mientras tanto, el verano deriva a su fin. Y para cumplir con uno de sus imperativos, que es el de proceder a algún que otro arreglo doméstico, decidimos cambiar el color de las paredes de nuestro dormitorio. Pero la tonalidad elegida sobre la carta de colores no se corresponde, ay, con la que ha quedado plasmada en la pared, una vez aplicada la primera mano de pintura. Se impone rectificar, y así lo hacemos, después de conseguir que el encargado de la tienda de pinturas nos dé la razón y nos proporcione una nueva lata. Con todo, seguimos teniendo dudas. ¿Es éste el color que habíamos elegido? Ocurre con las pinturas lo que con la mayoría de las disposiciones que tomamos respecto a nuestras vidas: los resultados nunca se ajustan del todo a lo previsto. A lo sumo, se adapta uno a ellos y trata de imaginar que responden a las decisiones tomadas. Por eso dormiremos y nos vestiremos, a partir de ahora, sobre este fondo que no es exactamente azul-noche, como queríamos, sino una tonalidad un sí-es-no-es más clara. Una versión diluida, en fin, del color pretendido. Como casi todo.  

miércoles, agosto 24, 2011

INTEMPERIES

También aquí, en la costa, se siente esa impresión general de retraimiento que, en los pueblos más pequeños, sigue a las ferias y celebraciones del puente de agosto. Las terrazas se van quedando vacías, y entre los paseantes predomina ya el elemento local, con presencia destacada de los recién regresados, los que vienen, pongamos, de dar la vuelta al mundo o de bañarse en aguas más prestigiosas que las que lamen estas orillas casi vecinales, y comprueban ahora cómo esas experiencias tan trabajosamente adquiridas, y a tan alto precio, quedan rápidamente difuminadas bajo el peso abrumador de lo conocido. Nosotros también, a escala más modesta: echamos de menos un matiz del silencio, determinada cualidad del aire, una tonalidad general del paisaje y la luz. Sabemos ya, por experiencia, que lo más inasible es lo que más tarda en borrarse, y tal vez por eso nos conmueve el desamparo de los que sólo traían en la retina, y ya casi lo han perdido, el equivalente a un puñado de fotografías ante fachadas de monumentos famosos o paisajes de postal.

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Lecturas de verano: la Poesía completa de Lorca, las Memorias de Casanova (más ojeadas que leídas, en fin), la demorada, y finalmente decepcionante, Trilogía de Nueva York de Auster, las recientes antologías que Renacimiento ha publicado de Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago y (todo un descubrimiento) la mexicana Rosario Castellanos; el primer libro de poemas, Cerrar los ojos para verte, del jovencísimo Rodrigo Olay; El niño de Samarcanda, la hermosa novela sobre falsilla de biografía ajena, y también propia, que ha escrito Rafael Marín; el último poemario de Juan Peña, los Cuentos de los tres hemisferios de Lord Dunsany... Lecturas determinadas por la cercanía y el azar, más que por cualquier propósito programático. En eso este verano también ha sido distinto: no había deudas de lectura que saldar. O, si las había, ahí siguen, a la espera de otro periodo de voluntad más firme, de miras más ambiciosas, de búsqueda mejor orientada. No lo digo, por supuesto, en detrimento de ninguno de los libros aquí citados -de todos ellos, el único cuya lectura considero tiempo perdido es el de Auster-, sino en blanda reconvención de mí mismo, de mi buscada, y felizmente hallada, indeterminación...

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Desconfiar de la clemencia de los veranos, incluida -o sobre todo- la meteorológica. Vendrán tiempos peores y nos hallarán en plena intemperie forzosa. Y habrá que apechugar.

martes, agosto 23, 2011

ASPIRACIONES

Me enseña J.A.M. las acuarelas que ha pintado durante sus vacaciones en la costa. Sueltas, de trazo grueso, de tonos fuertes y contrastados, meramente abocetadas casi todas ellas, como si la esencia de esta pintura rápida fuera no perfilar en exceso, no tocar demasiado. Algo que va en contra, me parece, del carácter mismo de J.A.M., que es pintor detallista y perfeccionista, y en el que los arrebatos coloristas, el puro dejarse llevar por la emoción de la pincelada, hay que buscarlo, como en Velázquez, en los fondos, las tramas, los amasijos que no se dejan reducir al perfil y a la línea. Por eso descree de estas acuarelas: no se ve en ellas. Y, sin embargo, lo reflejan mejor que muchos de sus grandes óleos, porque representan, no un logro, no una repetición de sí mismo, sino una... aspiración.


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Como también lo son los tomates que saca de su huerta. Casi se disculpa por sus imperfecciones: "Es que..., como no les echo nada...". Sin embargo, están exquisitos, pese a sus deformidades, pese a las asperezas de la piel, pese a su casi obscena tendencia a reventar de pura exuberancia. "Es que..." Y comprende uno que la esencia de la creación, sea ésta del tipo que sea, es la duda.


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No pude evitarlo. Vi la silueta negra sobre el asfalto, percibí su desorientación, su indecisión. También yo dudé: amagué un volantazo y me contuve justo a tiempo de evitar el coche que me adelantaba por el carril de la derecha. Entonces percibí la leve conmoción del neumático al arrollar el mínimo obstáculo. Siento un malestar inmenso. Y me consuelo pensando que, en la cosmogonía de los conejos, la embestida de un ruidoso armatoste de hierro debe de ser tan ineluctable como, en la nuestra, la posibilidad de que la colisión con un meteorito acabe para siempre con la vida en la tierra.

domingo, agosto 21, 2011

PASOS DE BAILE

Escribo en la mañana del domingo, lo que es también un acto desacostumbrado. Este agosto marca, definitivamente, un antes y un después. Que las vacaciones coincidan con un descanso efectivo de esas otras obligaciones ajenas a las laborales supone, desde luego, una diferencia. No hay horarios, no rigen las distinciones convencionales entre los días de la semana. Mañana lunes recalaremos de nuevo en la sierra. Por nada, porque sí. Dentro de un rato saldremos a tomar algo. Recién levantado, cuando la ciudad dormía, fui a la gasolinera a reponer la bombona de gas. Entre una cosa y otra, en fin, he tenido tiempo de anotar los nombres de los siete westerns que Budd Boetticher rodó con Randolph Scott, de leer los primeros capítulos de El niño de Samarkanda, de mandarle a J.S.M. el poema que me ha pedido para su revista... Mi rutina de siempre, sí, pero desubicada, espontánea, libre de ataduras. Y lo curioso es que el tiempo casi cunde más de esta manera. Tanto, que casi me estoy planteando saltarme la moratoria que me he impuesto respecto a mi recién terminada novela e iniciar su última y definitiva revisión. Pero no. Prefiero dejar constancia aquí de este estado de ánimo. Y de que anoche, después de ver Melinda y Melinda con M.A. y C., casi esbocé unos pasos de baile, de pura felicidad, al son de unos temas de Jelly Roll Morton...

viernes, agosto 19, 2011

ARENA



En este agosto sin obligaciones -ahora me alegro, en fin, de haberme librado de mis compromisos periodísticos-, casi he conseguido vivir sin horarios. Salgo a pasear al anochecer, ceno de madrugada, estoy levantado hasta las dos, las tres, las cuatro..., en consonancia con una realidad que ahora en verano también se desquicia un poco y se reparte las horas de modo desacostumbrado. 


Al filo de las doce, por ejemplo, de regreso de mi paseo nocturno, entreveo entre dos edificios del paseo marítimo un apacible mercadillo. Me dicen que es el mismo de las mañanas de domingo, sólo que, en verano, por no sé qué extraña tabla de equivalencias, se ha trasladado a las noches de los jueves. A la quincalla que venden le sienta muy bien la luz amarilla de las farolas y el comedimiento general de la noche lenta y calurosa. Pasea uno la mirada por  la cerámica desparejada, la gusanera de relojes, los quinqués -no podían faltar-, las deshilachadas chaquetas de torero, los capotes acartonados, las viejas jeringuillas de cristal en su estuche metálico, los mazos de fotos. Y, cómo no, por los lomos de los libros, que aquí los hay de toda especie y condición. De un montón desahuciado rescato, por unos céntimos, un ejemplar de Pantaleón y las visitadoras, en desagravio a mis lecturas de prestado y a salto de mata en mi ya lejana adolescencia; de otra ordenada colección entresaco un ejemplar de Viaje en autobús, de Pla, que no tenía; y en una mesa variopinta encuentro uno intonso de la traducción de El spleen de París que hizo José Francés y publicó la casa Mateu en 1918. 

Pero lo curioso es el desenlace de este pequeño dispendio: para facilitarme el transporte de los tres libros, el último vendedor me alarga una bolsa arrugada. Y mi sorpresa es, cuando llego a casa, comprobar que ésta contenía un poso de arena de playa, que ahora ha pasado a los libros y les presta un tacto envilecido. Me detengo a pasarles un paño. "¿Por qué has tardado tanto?", me dice M.A., que me espera en una terraza. Y le cuento que he aprovechado la subida a casa para lavarme las manos, antes de la cena improvisada con la que vamos a celebrar los inesperados hallazgos.

jueves, agosto 18, 2011

RECAÍDA Y JUSTIFICACIÓN



¿Y dónde está escrito que un diarista tenga derecho a vacaciones?