viernes, septiembre 30, 2011

APRETURAS



Días de apreturas en el autobús. El hecho de que éstas desaparezcan gradualmente conforme avanza el invierno, igual que los atascos de tráfico son mayores los lunes que cualquier otro día de la semana, y luego van  aminorándose, hace pensar en una declarada tendencia al desistimiento por parte de quienes concurrimos en estas atareadas aglomeraciones. O en que el desgaste que obra la rutina causa cuantiosas bajas entre quienes en un primer momento se aprestaban animosamente a apencar con ella.


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La moda femenina del pantalón cortísimo. Por todas partes, muslos abundantes, apretados, hermosos. Algo así como el paraíso -y el infierno- de los atribulados personajes masculinos que interpretaba Alfredo Landa. Sólo que, superado aquel vergonzoso estado de privación, y  asimiladas ya las tres o cuatro revoluciones sexuales que hemos vivido, más las consiguientes oleadas de progresiva desinhibición indumentaria, este regreso al minishort de los setenta resulta una especie de retorno a las grandes verdades básicas respecto a los reclamos sexuales y su efecto en sus destinatarios. O tal vez esta mera exaltación de la abundancia sea, en tiempos de vacas flacas, una mera consecuencia de la crisis.


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En esto, como en otras cosas, el otoño funciona como una especie de primavera invertida. Tiempo de excesos, sí, pero privados, como los que cantaban los poetas anacreónticos. Tiempo de comer castañas, embriagarse de mosto y fornicar en casa.

jueves, septiembre 29, 2011

MONSIEUR LE DOCUMENTALISTE

De nuevo empiezo a acumular anécdotas de bibliotecario. Que no traslado aquí en su totalidad porque, después de todo, quiero que esto sea un diario íntimo, y no un dietario profesional. Salvando, claro está, aquellas que, de algún modo, suscitan algún temblor personal en mi automatizado ego de funcionario docente. Por ejemplo, la extraña sensación que me asalta ante la insistente demanda que un chico de quince años me hace de las memorias de Trotsky. Que, por supuesto, no figuran en nuestro catálogo, pero que yo me he apresurado a pedir a una librería; porque, aunque uno haya pasado ya todas esa fiebres, y esté curado de espanto, pienso que lo que no puedo en ningún modo hacer es ahorrarle a nadie ciertos trances. Y el de pasar el sarampión revolucionario -y más, el de la "revolución total" trotskista- no es, creo, lo peor que le puede ocurrir a uno en la adolescencia. Y menos en estos tiempos.


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Y otra: que el resultado de cierto imaginativo "inventario" de la biblioteca que llevo a cabo con los alumnos de francés -que me llaman, por cierto, monsieur le documentaliste- sea, como me dice mi compañera en este trámite, un texto muy parecido a los de George Perec no sé si arroja alguna luz, bien sobre la siempre sorprendente creatividad de los chicos, bien sobre lo previsibles que son los resultados de casi todos los experimentos literarios que llevó a cabo ese escritor francés.


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Trotsky y Perec: más fantasmas a la cuenta del influjo de esa "luna de agosto" -de septiembre, más bien, según nuestro cómputo- de la que me hablaba ayer M.A.

miércoles, septiembre 28, 2011

FANTASMAS

Me dice M.A. que los japoneses creen que la primera luna de otoño, la que trae la lluvia, propicia también las apariciones de fantasmas. Quizá eso explique cosas como la que sigue.


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Hablaba el otro día de la presencia un tanto fantasmal de Cernuda en aquel patio jerezano en el que presentamos su biografía. Y vengo hoy a este cuaderno con otra historia de presencias fantasmales, también al hilo de la presentación de un libro. La ritualidad literaria se parece mucho al espiritismo, me temo. Y es incluso más efectiva, creo, porque no hay estado de sugestión individual o colectiva que supere al que causan unas pocas palabras justas leídas o pronunciadas en el momento adecuado.


Sucedió el martes. Nos habíamos reunido en la trastienda de una céntrica librería gaditana para asistir a la presentación de un libro colectivo dedicado a la memoria del anarquista y paisano nuestro Fermín Salvochea. Pero el fantasma que hizo sentir su presencia en el acto no fue el del venerable revolucionario, sino, de refilón y como si se hubiese colado en una fiesta en la que no se le asignaba de antemano tanto protagonismo, el del erudito y maître à penser gaditano Fernando de Puelles, muerto en 1991, a los cincuenta y un años de edad, en un accidente de tráfico, y autor de una cumplida e inaugural biografía de Salvochea. Era lógico, después de todo, que el espíritu de éste no se manifestara en el acto: el viejo anarquista goza ya, por lo que se ve, de los privilegios de la canonización civil; y ya se sabe que quien disfruta de la condición beatífica no regresa a estos mundos a rondar las tristes acciones de los mortales.


Pero hablábamos de Puelles. El primer participante que evocó su presencia fue Jesús Fernández Palacios, que leyó un poema que un coetáneo de Salvochea escribió a la muerte de éste en 1907, y contó que lo había encontrado en un papel doblado que el propio Fernando de Puelles había dejado en el ejemplar de la biografía de Salvochea que el autor regaló en su día al ponente. Al preguntarle yo al respecto, Fernández Palacios me enseñó un sobre con otras reliquias del aludido: entre ellas, la esquela que el Diario publicó días después de la muerte de Puelles, y el emocionado poema que, en metro, ortografía y letra balbucientes, dedicó a éste el ama que lo cuidaba en el Cristo de la Sangre, el caserón de Medina Sidonia donde vivía... No pude por menos que acordarme de la visita que un grupo de amigos hicimos a esa casa en septiembre de 1987 por iniciativa de José Antonio Bablé, que por entonces andaba haciendo para el Diario una serie de entrevistas a escritores gaditanos: no recuerdo ahora si el propósito de nuestra visita era romper el hielo antes de concertar la futura entrevista o, por el contrario, llevarle al autor la entrevista ya publicada. Fuimos recibidos por el ama y agasajados con una historiada jarra de agua fresca en la que flotaban no sé qué impalpables telarañas, mientras asistíamos, entre fascinados y algo cohibidos, a la inagotable facundia de nuestro anfitrión, que nos habló de sus proyectos -entre ellos, una inminente boda para la que ni siquiera tenía novia todavía- y nos mostró su biblioteca, situada en una impresionante sala abovedada, en cuyo centro había una enorme mesa en la que se alineaban, entre colecciones de libros y revistas, las carpetas que contenían el exacto número de folios en blanco que iba a emplear en cada una de sus proyectadas obras por escribir, entre ellas algunas cuya inminente publicación se anunciaba en la solapa de sus libros ya publicados: la mencionada biografía de Salvochea y el hermoso dietario poético-filosófico titulado Oscura voluntad.


La edición de estos libros, digna pero menesterosa, había sido sufragada por el propio autor, en una época en la que bastaba dar un zapatazo en el suelo para que apareciera una docena de instituciones deseosas de emplear el dinero público en publicar libros de la manera más ostentosa posible... Lo que da a entender, creo, la situación de absoluta marginación en la que entonces se encontraba quien había sido mentor y maestro de buena parte de lo que se hubiera podido llamar, entonces, el sector más avanzado de la clase intelectual y política gaditana. Pero parecía como si los integrantes de ésta, apenas alcanzado el poder o sus aledaños, hubieran querido dar la espalda a quien les había abierto horizontes y perspectivas. La propia aparición de la biografía que Puelles hizo de Salvochea provocó, al parecer, no pocos recelos en el mundillo académico local, que de alguna manera sentía que le habían arrebatado una de sus presas más apetecibles.


Pero nada de eso parecía desalentar a Fernando de Puelles. Bajo la cúpula de la biblioteca del Cristo de la Sangre, entre aquellos libros -colecciones completas de "novela proletaria" y otros documentos referentes a la historia del movimiento obrero- que, según él, habían atraído la curiosidad mundial y habían sido objeto incluso de un documental de la televisión alemana, estaban sus libros por escribir, en blanco, metidos en carpetas con los folios contados: su proyectada biografía de Largo Caballero, temerariamente infratitulada: La Burocracia stalinista y  la Contrarrevolución en España; o su biografía de Jesús, el Galileo... De todos esos títulos anunciados, el único que llegó a completar fue el que se llamó -así, con mayúsculas enfáticas-  Los Libros en la Aventura del Espíritu, tercera y última obra de quien planeaba escribir muchas que, finalmente, no pasaron de ser una resma de folios en blanco.


Todo esto pensé mientras transcurría el acto de homenaje a Fermín Salvochea. A Puelles lo citó otro ponente, que le dedicó un poema; y, como un texto suyo figuraba en el libro, el moderador tuvo la humorada de, cuando llegó el momento de leerlo, llamar a... Fernando de Puelles. Que, evidentemente, no estaba presente, aunque quienes no lo conocieron personalmente pudieron preguntarse si el interpelado sería el robusto muchacho que se acercó al atril; y que, nada más llegar, disipó el posible malentendido y aclaró que él estaba allí porque los organizadores lo habían puesto en el compromiso de leer el texto del difunto... 

lunes, septiembre 26, 2011

PATATAS

Definitivamente, como lector, no encuentro en estos días poesía que me alimente. Tiene que ver, por supuesto, con mis propias aspiraciones al respecto. Si ando cansado, también como escritor, de la poesía meramente discursiva, no pueden satisfacerme los poetas que se aplican a ella sin más... Busco, por así decirlo, buenos compañeros de viaje. Y el caso es que, para ello, antes de preguntarles a otros a dónde van, tendría que saber a dónde me dirijo yo mismo.


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El Viaje en autobús de Pla: sin duda, los escritores del régimen tenían carta blanca para decir lo que querían; si no, no se explica esta mirada franca sobre la España hambrienta y devastada de 1941-42. Claro que el hambre -o, mejor dicho, la posibilidad de satisfacerla- ha sido siempre una de las inspiraciones favoritas de Pla. Que se emocione ante un campo de patatas no responde sólo, como podía ser el caso de sus acompañantes en este viaje, al hecho de que éstas fueran escasas y estuvieran racionadas, sino, digamos, al funcionamiento general de su sensibilidad. Si acaso, en otros tiempos mejores ésta se hubiera aplicado con más deleite al anticipo de los placeres inherentes a, pongamos, unas buenas sardinas sobre una rebanada de pan. Ahora no: ahora le basta la posibilidad de llenarse la barriga. Pero el arrebato lírico -por qué no llamarlo así- tiene el mismo fundamento. 


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Aburrimiento de tarde de domingo. Unas ráfagas de aire húmedo aportan la inminencia de unas lluvias que no se llegan a materializar. También el otoño se resiste a venir. Y el resultado es este interregno dudoso, ni carne ni pescado, tan poco favorable, ay, a las voluntades ya de por sí heridas de indecisión y melancolía.    

viernes, septiembre 23, 2011

UNA PRESENTACIÓN

Podría haber sido un acto literario más: un público más o menos aburrido enfrentado a un autor que cubre el trámite de presentar su libro. Pero concurrieron un cierto número de circunstancias singulares, que hicieron que saliéramos de él con la sensación de haber rozado el logro de ese conjunto de difíciles aspiraciones en que debiera consistir el ejercicio de la literatura. Venía Antonio Rivero a presentar su biografía de Luis Cernuda. Y me tocaba a mí introducir el acto y presentar al autor. Algo, en fin, en lo que puedo decir que tengo ya cierta práctica, aunque no sea más que por haberlo hecho en unas pocas ocasiones en los años que llevo dedicándome a esto. La rutina no se define tanto por la frecuencia como por la regularidad con que se llevan a cabo determinadas acciones; y efecto de la rutina es que que sobre estas acciones, aunque casi siempre gratas, pese a veces un cierto descreimiento... Jugaba en contra de este sentimiento, no obstante, el hecho incuestionable de que me gustaba el libro que había de presentar, y también la simpatía que siento hacia su autor, al que me unen no pocas afinidades. Pero, ya digo, no había nada en el ambiente que permitiera presagiar que esta presentación fuera a salirse de esa discreta medianía en que transcurren la práctica totalidad de los actos literarios. Salvo, quizá, nuestra sorpresa -la del autor y mía- al ver que el escenario elegido, un hermosísimo y recatado patio jerezano, no tenía nada que ver con la frialdad de las dependencias oficiales en las que suelen trascurrir estas celebraciones. Y fue el lugar el que acabó imponiendo sus sugerencias y determinando las sorpresas que habían de venir. A decir del autor, este patio hubiera sido del gusto de Cernuda, por lo que tenía en común con los rincones retirados que aparecen en muchos de sus poemas de nostalgia sevillana, y por ser también parecido a los de las casas de Coyoacán, el barrio de México D.F. en el que el poeta pasó los últimos años de su vida. La evidencia fue creciendo a lo largo del acto, y hubo un momento en que el biógrafo casi logró convencernos, no ya de que esa casa se parecía a la que habitó el poeta, sino que era la casa del poeta, y que tras las ventanas de una de las habitaciones que daban al patio en que estábamos había muerto éste en una tarde de 1963... Miramos todos instintivamente hacia esa ventana, casi convencidos de que, efectivamente, tras ella se estaban apurando los últimos momentos de Luis Cernuda. Y fue entonces cuando el biógrafo, para cerrar el acto, leyó "Elegía anticipada". La voz se le quebró al llegar a los últimos versos. Al final del acto, por pura fórmula, le pregunté si ese temblor de la voz se debía a una simple afonía, después de haber estado hablando casi una hora, o a la emoción. Sabía la respuesta. Tampoco al público se le escapó el detalle, que fue recibido con un silencio conmovido... Todo esto ocurrió, por decirlo en términos vallejianos, en un "día jueves". Y me gustó. 

jueves, septiembre 22, 2011

ODIOS

No conté ayer que, para localizar los recuerdos de Ginsberg que citaba en mi nota -mi reseña del libro de Ory traducido por el norteamericano, o la referencia de los poemas de éste publicados en RevistAtlántica- no tuve más que poner en Google las palabras correspondientes, ahorrándome así una trabajosa indagación en mi biblioteca. De hecho, yo estaba confundido: la citada reseña creía que estaba publicada en la revista jerezana Contemporáneos, y me podía haber pasado toda la tarde ojeando infructuosamente mi colección de la misma. La sorpresa fue que, nada más poner el título del libro y mi nombre en el buscador, no sólo di con la referencia, sino que encontré la página entera reproducida en Google Books... No sé si tanta disponibilidad es buena o mala. Antes nos pasábamos sin esas facilidades, y no creo que por ello fuéramos más inexactos en esta clase de apreciaciones, o más olvidadizos a la hora de reconstruir, como hacía yo ayer, el rastro de una lectura. El caso es que ya hay que contar con ello: parte de nuestra memoria personal la hemos delegado en ese todopoderoso recurso. Pero no sé si lo que hemos ganado en rapidez y exactitud no lo habremos perdido en otras cosas. Porque, ¿quién me dice que yo no hubiera disfrutado inmensamente perdiendo la tarde entre mis pilas de revistas polvorientas? Y a lo mejor mi tendinitis de hombro lo hubiera agradecido.


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Desde hace dos o tres años este conductor y yo nos odiamos cordialmente. Todo empezó el día que le exigí que apagara la radio con la que atronaba un autobús en el que yo era el único pasajero: me dijo que la tenía puesta para ahogar el sonido del motor. Aún así, conseguí que aminorara algo el estruendo, aunque para ello tuve que amenazarle con dar parte a su empresa... Hoy, de nuevo, el estruendo era insufrible; pero, como el autobús iba lleno, no me he quejado. Sólo ha habido un momento en el que, por el espejo retrovisor, el conductor me ha sorprendido mirándolo y meneando la cabeza... 


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Un fracaso bien administrado vale  más que uno o dos éxitos fulgurantes. Al menos, llena una vida. Porque no hay nada peor, supongo, que sobrevivirse a uno mismo cuando ya incluso la mera posibilidad del éxito se ha agotado.

miércoles, septiembre 21, 2011

GINSBERG

El capítulo del libro de Ovejero dedicado a la beat generation me lleva a releer Aullido, de Ginsberg, y a repasar otros poemas del autor que tengo dispersos en varias revistas y antologías. De beatnik, como cualquiera que me conozca puede deducir, siempre he tenido más bien poco. Pero dice algo de nuestra posición como meros lectores el hecho de que, incluso respecto a un autor tan alejado de mis gustos y de mi práctica literaria, pueda yo ahora trazar un itinerario de mi relación con él, o una retrospectiva de las ocasiones en que me he visto impulsado a leerlo. Era, recuerdo, uno de los escritores de cabecera de Jesús Fernández Palacios, un poeta gaditano mayor que yo al que confié la lectura de mis primeras probaturas poéticas, y al que todavía me une una buena amistad. Uno de sus poemas más celebrados, el titulado "Treinta monedas de pus", debía mucho, al decir de su autor, a la influencia del norteamericano; dato que yo entonces no podía corroborar, porque no había leído aún a Ginsberg, pero que ahora puedo afirmar que resultaba un honesto reconocimiento de una deuda cierta. En el poema de mi amigo, en efecto, se alternaban, como en Aullido, las ráfagas de descripción realista con los momentos de arrebato visionario; había versos consistentes en la repetición insistente de una sola palabra, a modo de mantra; e imperaba en él, como en el archiconocido texto de Ginsberg, un cierto aliento elegíaco, porque el pretendido desgarro del poema se proyectaba más hacia el pasado que hacia el propio presente del poeta: en ese sentido, tanto Aullido como "Treinta monedas..." eran textos tranquilizadores, a su pesar, porque daban a entender que sus autores habían sobrevivido al caos que ensalzaban; y por eso mismo, quizá, podían ser leídos con simpatía por un veinteañero cuyos afanes disolventes -que los tenía, como cualquiera a esa edad- se orientaban más bien al epicureísmo y a la vivencia despreocupada de la noche... Quiero decir que leí aquellos textos con la misma mirada arqueológica con la que abordaba, pongo por caso, los discos de Hendrix y Zappa: sabiendo que aquello alguna vez implicó un riesgo, pero que ahora el mero paso del tiempo había desactivado todo su peligroso potencial.

A Ginsberg terminé leyéndolo, claro: primero en los poemas suyos incluidos en Contemporary American Poetry, una antología que compré hacia 1982 en la hoy desaparecida librería Turner de la calle Génova, en Madrid, al pie de lo que ya entonces era sede de Alianza Popular (hoy Partido Popular). Lo curioso de la inclusión de Ginsberg en esa antología era que su compìlador, el también poeta Donald Hall, negaba la existencia del grupo poético que se conoció como beat, y decía que los mejores poetas encuadrados bajo esa etiqueta eran más bien nuevos exponentes de la "tradición coloquial" visible en la poesía americana a lo largo de toda su historia; idea en la que creo que no andaba descaminado. El descreimiento de Hall llegaba hasta el punto de haber omitido a Ginsberg en la primera edición de su antología, y haberlo admitido muy a regañadientes en la segunda... Con todo, a mí me gustaron poemas como A Supermarket in California y, sobre todo, el titulado First Party at Ken Keseys with Hell Angels, un breve texto de andadura clásica en el que se describía una fiesta descontrolada en casa del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, y que terminaba con dos versos en los que se daba cuenta de la discreta presencia de cuatro coches policiales tras unos árboles cercanos... Un desarrollo parecido, creo recordar, constituía el argumento de una canción de Frank Zappa. 

Leí Aullido, por supuesto, que es un poema menos complaciente con el pasotismo hippy de lo que podría pensarse, y cuyo máximo valor reside hoy en los anticipos burlones del desenlace que tendría todo aquello, con los viejos contestatarios convertidos en vegetarianos y propietarios de tiendas de antigüedades... Y creo que no supe nada más de Ginsberg hasta que leí, ya en los años noventa, unos poemas suyos en la gaditana Revista Atlántica: entre ellos, una desopilante versión burlesca de La Internacional y un incalificable poema titulado Sphincter y dedicado, como su título anuncia, al aguerrido ojo del culo de su autor... Lo que no excluye, en fin, que en un texto tan breve hubiera espacio para algunas melancólicas consideraciones sobre el SIDA, por ejemplo. Por entonces, creo que procedente de un mismo botín, resultado de algunos de los contactos norteamericanos del director de la revista, llegó a mis manos un libro de mi también paisano Carlos Edmundo de Ory publicado en edición bilingüe en Nueva York, y en el que el traductor al inglés de los poemas del gaditano era el propio Ginsberg. El encuentro entre los dos viejos poetas debió de ser un memorable choque de egos. A Ginsberg poco antes lo habían recibido de malos modos en el aeropuerto de Praga, a donde acudía como invitado a un encuentro literario: algo debía de haber en su aspecto que no gustó a la policía comunista, que obligó al poeta a montar de nuevo en su avión y lo mandó de vuelta a casa. En aquella época todavía el mundo era bipolar y estas leves contravenciones del orden imperante a uno y otro lado del Telón de Acero provocaban, a la vez que un cierto escalofrío, un sano estremecimiento de placer. El libro de Ory -Angel without a Permit / Sin permiso de ser ángel- fue reseñado por mí para la revista Renacimiento. Y recuerdo que, aunque no pude evitar poner algunos peros, tanto al poeta como a su ilustre traductor, hice ese trabajo bajo la impresión de estar tocando materia perteneciente ya a la mitología literaria del siglo próximo a su fin. El viejo beatnik se materializaba en alguien con quien habían confraternizado mis amigos, y eso le prestaba una cierta cercanía, inimaginable cuando yo hojeaba sus poemas en los estantes de Turner. 

He recordado ahora estas cosas a propósito de las rápidas páginas que Ovejero dedica al poeta en su libro sobre "escritores delincuentes". No creo que Ginsberg encaje en este marchamo, a pesar de sus ocasionales roces con la ley. Fue, si acaso, un poeta golfo. Y un pícaro, que todavía nos hace gracia, y en cuya poesía seguimos encontrando algún que otro destello que nos emociona, sobre todo porque concierne ya a nuestra historia personal.  

lunes, septiembre 19, 2011

CADENAS



El único signo cierto del cambio de estación -aparte de la vuelta al trabajo, ay- es la tonalidad de la luz. Los colores son los mismos, sí, pero parecen pintados sobre un lienzo que previamente ha recibido una imprimación dorada. El otoño es eso: el afloramiento de esa luz oculta, en comparación con la cual los colores de las otras estaciones resultan... demasiado primarios, como los de una casa nueva.

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Las complicadas -y, a la vez, muy previsibles- rutas de la curiosidad. La lectura de Escritores delincuentes de Ovejero me lleva a releer "El policía y el salmo", un relato de O. Henry incluido en Joyas del cuento norteamericano, la antología que mi paisano Fernando Quiñones preparó para Selecciones del Reader's Digest. En la nota previa de este cuento Quiñones recordaba que Charles Laughton había interpretado a su protagonista, el vagabundo Soapy, en la película O. Henry's Full House, que aquí se llamó Cuatro páginas de la vida. Y heme aquí rastreando esa película y anticipando un inconcreto voto de felicidad  para el momento en que pueda verla. No conozco otra manera de llegar a las películas y a los libros que no sea seguir estas cadenas azarosas. En dejarse llevar por ellas y gratificarlas se le va a uno la vida, como quien dice.

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Pero también podría írsele a uno la vida, y con ella la cordura, en imaginar, como hice el domingo por la mañana en medio de un afloramiento de rocas calizas, las criatura fantásticas que un escultor podría tallar en cada una de aquellas piedras gigantescas. Un lagarto enorme con la cabeza levantada, un elefante empujando lo que parecía una especie de titán arrebujado en una manta, una cabeza de tortuga... Y un recuerdo literario, claro, asociado a este inocente desvarío de la imaginación: el recuerdo de las fantásticas criaturas de piedra que adornaban -y adornan todavía- el jardín del duque Orsini, en Bomarzo, la novela de Mujica Láinez...

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En medio de todo esto, la inconfundible opresión en el pecho, la sensación de vacío de quien ha concluido algo que le ha tenido ocupado durante años y ahora no sabe muy bien a dónde dirigir sus esfuerzos.

jueves, septiembre 15, 2011

DESLEAL

"Mi padre afirmaba: 'Nunca hagas nada que no quisieras ver publicado en la portada del New York Times' ", dice Billie, la protagonista de Nacida ayer, la película de Cukor. Y se me ocurre que, viniendo de una ex-corista, la frase no sólo es una apelación a una añorada rectitud, como parece dar a entender una primera lectura, sino también una cínica declaración exhibicionista. O ni una cosa ni otra, si adoptamos una posición más benevolente: podría ser un excelente lema, por ejemplo, para una vida contada en un diario como éste.


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Al desmantelamiento de las instalaciones playeras se une, en estos desolados paseos matinales míos, la constatación del progresivo oscurecimiento de la hora. Es como si las mismas brigadas que andan retirando chiringuitos y hamacas hubieran hecho algún intento, no del todo fracasado, de desmantelar el sol.


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Envío la novela al editor. No, no es cierto que los libros sean como hijos. Si lo fueran, no tendría uno valor para empujarlos a una dura existencia fuera de casa. Si uno estuviera verdaderamente exento de vanidad, guardaría los mecanoscritos pulcramente revisados en un baúl, y sólo dos o tres personas queridas sabrían de esta particular chifladura de uno, que respetarían, igual que se respeta la del coleccionista de sellos o la del criador de palomas. Porque pretender reconocimiento público a cambio es tan absurdo, se me antoja, como que un colombófilo pretendiera que le dieran la gran cruz al mérito civil, pongo por caso.


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La tendinitis me impide levantar el brazo derecho. No hay mal que por bien no venga. En la Alemania nazi, hubiera pasado por desleal. 

martes, septiembre 13, 2011

ALTA GAMA

Mis caminatas matinales por el Paseo Marítimo tocan a su fin: en apenas un par de días, con el comienzo del horario regular de clases, las prisas de primera hora harán imposible, por un margen de apenas diez minutos, este modesto placer contemplativo. No me quejo; simplemente constato la inminencia de ese modo antinatural de comenzar el día sin consultar previamente los grandes referentes del devenir estacional: la luz menguante de estos amaneceres cada vez más renuentes, el estado del mar, la compañía sobrevenida de los escasos paseantes a cuya reiterada presencia me he ido acostumbrando estos días. Y todo, ya digo, por un margen de diez minutos, los que tardo de más al venir andando desde la entrada de la ciudad, cuando no hay urgencia para que me traigan hasta la misma puerta del trabajo. La felicidad, se me antoja, sería eso: disponer de esos diez minutos.


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En el paseo de hoy veo que han empezado a desmontar el pequeño parque de recreo infantil con el que cuenta la playa durante el verano, y que ahora me depara una estampa de feria desmantelada. Pronto seguirán los chiringuitos, y luego la playa quedará desatendida y abandonada durante largos meses, expuesta a los temporales y a disposición solamente de las gaviotas y los desocupados. Anoto esta realidad y quisiera hacerla símbolo o anuncio de algo, pero no sé de qué.


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En el coche venía escuchando las apocalípticas noticias económicas. La quiebra de Grecia es inminente; y, con ella, la ruina cierta de media Europa. Y pienso en la trágica inadecuación entre los tiempos históricos y la duración de la existencia humana. Tenemos crisis para largo: lo menos para veinticinco años. Lo que quiere decir que, cuando vuelvan los buenos tiempos, yo ya no estaré aquí para verlos, o seré tan anciano que no tendré fuerzas ni disposiciones para disfrutarlos. Y que, contando a partir de los que tienen ahora la edad de mi hija adolescente, al menos dos generaciones se criarán bajo el peso de la creciente penuria, ajenos a esa especie de optimismo antropológico que parecía regir la cultura juvenil europea y americana desde hace medio siglo. El único consuelo es que quienes han provocado la actual situación tampoco durarán lo suficiente para ver su final.


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Y me asalta una duda: ¿a qué se deberá la curiosa proliferación de coches de alta gama en ciertas barriadas teóricamente deprimidas, y el hecho, más curioso aún, de que al volante de éstos vaya siempre un veinteañero de aspecto patibulario? Si yo fuera ejecutivo de BMW, por ejemplo, empezaría a preocuparme por la imagen de la marca.

viernes, septiembre 09, 2011

EL SÍNDROME

A estas alturas de septiembre, la mayoría de ustedes ya habrán superado los efectos del llamado “síndrome postvacacional”. Después de la angustiosa víspera, en la que uno se sentía incapaz, no ya de reanudar la labor, sino incluso de volver a pisar el lugar donde ésta se efectúa, después del primer madrugón, del sentimiento de timidez con que uno cruza la puerta del centro de trabajo, de los saludos más o menos rituales a los compañeros, la realidad se ha impuesto y, en cuestión de horas, o a lo sumo de unos días, ya está uno trabajando como si no hubiese habido nunca vacaciones, como si no hubiese dado uno por terminado el ciclo anterior y hecho propósitos más o menos bienintencionados para el que comenzaría después del periodo de descanso. Alcanzada esta fase, los médicos declaran que el síndrome ha pasado. Y quizá es entonces cuando empieza la verdadera enfermedad: la conformidad con la rutina, la aceptación de que el día empieza cuando aún es de noche y termina cuando vuelve a serlo otra vez, la idea de que las horas de luz, las calles céntricas, las terrazas y las tiendas pertenecen a los desocupados, a los jubilados, a los convalecientes.


Dirán ustedes que la queja no ha lugar, que bienaventurados los sujetos a estas obligaciones y pobres de los que no las tienen. Y es verdad, sólo que no puede dejar uno de pensar que, pese a los avances tecnológicos, sigue lejos de nosotros el reconocimiento de lo que algún utópico llamó “el derecho a la pereza”. En realidad –leía hace poco en un artículo de José María Parreño– no tenemos tal derecho, sino la vaga titularidad de un “tiempo libre” –entiéndase, las horas que median entre el regreso del trabajo y el sueño– que, precisamente por estar “libre”, como lo están los taxis o los asientos del autobús, reclama ser ocupado por cosas que cuestan dinero, o nos incitan a gastarlo. Por eso no es coincidencia que en septiembre se reanuden los “hobbies” y coleccionismos de todo tipo, algunos tan absurdos como los que animan a montar una maqueta de la que sólo puedes adquirir dos o tres piezas a la semana: ¿qué hacer con ellas: mirarlas hasta que lleguen las otras, acariciarlas, anticipar con la imaginación el delicioso momento en que el artilugio estará terminado?


También por estos días se reanuda la vida social que había quedado en suspenso a comienzos del verano. Vuelven las cartas, vuelven los mensajes a nuestro correo electrónico, suena de nuevo el teléfono, vemos a la gente de siempre en los sitios habituales. A algunos los echábamos de menos, otros se nos imponen con la misma inevitabilidad que los días laborables. También la vida social, esa hipotética fuente de placeres, es una obligación. Pronto lo será también abrigarse, arrimarse a los radiadores, resignarse a las luces encendidas. Y añorar –es un tópico– las inminentes vacaciones, como si eso solucionara algo.


(septiembre 2004)

jueves, septiembre 08, 2011

CAMAFEO

La imagen que me depara hoy mi caminata matinal por el Paseo Marítimo: un mendigo que duerme abrazado a su perro, mientras éste mantiene la cabeza erguida y los ojos bien abiertos, en una expresión que, sin embargo, no transmite angustia ni tensión, sino sólo una cierta conciencia del propio papel. Que se atreva alguien a hacerle algún daño a su amo, que duerme plácidamente, arropado en sus trapos y en la benignidad del clima, y confiado enteramente a la mirada vigilante de su compañero. ¿Quién dice que los perros son serviles? Éste, desde luego, no lo es. Transmite más bien una impresión de sereno orgullo. Como si, al recibir la pregunta muda de este transeúnte, no vacilara en responder: Sí, los dos hemos elegido voluntariamente esta vida de perros. Y no nos arrepentimos.


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Cukor, como Lubitsch, procede de la opereta vienesa, o de la versión internacional de la misma que triunfó en los escenarios de todo el mundo hasta la víspera de la Segunda Guerra Mundial, y cuya representante más característica es Anita Loos. De ella es el argumento de Mujeres, la película de Cukor que vimos anoche; y que, junto con La actriz, que es casi un documento neorrealista sobre las familias de clase media baja americanas de los años treinta, es la película de este cineasta que más nos ha gustado en el ya largo y guadianesco ciclo que llevamos siguiendo desde principios del verano. Mujeres es -lo anoto aquí para que no se me olvide, porque el ritmo acelerado de ingesta de películas que llevamos en los últimos meses desafía mi capacidad de retentiva- una especie de antecedente de Sexo en Nueva York, sólo que filmado y ambientado en los años treinta; y, por tanto, tocada de ese despreocupado cinismo verdaderamente interiorizado -es decir, asumible como norma de vida- al que nuestro deportivo libertinaje de hoy apenas llega a las suelas de los zapatos. Con una cámara increíblemente suelta y una cháchara tan abrumadora como divertida -el cotorreo continuo de una docena de hembras desocupadas-, la película, en la que sólo aparecen mujeres, desgrana los infortunios matrimoniales de algunas de ellas y la difícil armonización entre las convenciones sociales y las exigencias del amor. Con lo dicho, podría haberla filmado Lubitsch -con cuyo cine el de Cukor guarda más de una afinidad-. Sólo que, donde Lubitsch apuesta por las soluciones cínicas, Cukor va más allá y muestra el punto en el que el cinismo cede a la fuerza de los sentimientos. Las lágrimas que se lloran en estas desenfadadas comedias son lágrimas auténticas, y responden a verdaderos sentimientos de desposesión e indefensión. Y si, además, las vemos en el nobilísimo rostro de Norma Shearer, su capacidad de convicción es absoluta. Como en la vida misma. 


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Al abrir la ventana para que se ventile el espacio en el que escribo estas líneas, espanto una enorme libélula. Las libélulas en reposo, ya se sabe, tienen siempre algo de camafeo. Y eso era ésta: un camafeo prendido en la impostada seriedad de la mañana laborable. 

miércoles, septiembre 07, 2011

DUCHA DIARIA

Escribir implica resignación y, por qué no decirlo, una llamada a la modestia. Lo primero, porque lo que uno alcanza a plasmar sobre el papel está casi siempre por debajo de lo que uno pretendía; y lo otro porque de la necesaria conformidad con esa constatación surge una cierta capacidad de tolerancia hacia las propias limitaciones. A lo sumo, puede uno llegar a sentir lo que el poeta e.e.cummings: "It looks good on the page... but never good enough". O algo así (cito de memoria).

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Tres días recorriendo este camino (excepcional, pues pronto el horario regular de clases me dejará sin tiempo para hacerlo), y ya reconozco a casi todas las personas con las que me cruzo. Lo que implica, en fin, un cierto grado de conocimiento de sus vidas: ya sé, por lo menos, a qué hora se levantan, quiénes trabajan y quiénes no, si charlan con sus acompañantes o van callados, y (por la vehemencia con que algunos expresan sus opiniones) en qué medida desaprueban al actual gobierno... Y más cosas, que no anoto aquí por no violar el tácito pacto de discreción que establecemos incluso con personas a las que ni siquiera conocemos de nombre. La intimidad humana es eso: una convención. Somos transparentes. Y de esa transparencia se nutre casi todo lo que podemos decir de nuestros semejantes.

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Vivir en el mundo de Una hora contigo, la opereta que filmó Lubitsch con la ayuda de Cukor, y en la que contó con las interpretaciones del indigerible Maurice Chevalier y la insustancial Jeannette McDonald... Pero qué deliciosa apología del desliz consentido, que sensación de que todas las mujeres huelen a colonias algo empalagosas mezcladas con polvos de talco, en una época en la que la ducha diaria no se había generalizado aún... Quiero decir que, cuando el protagonista se inclina ante los labios de la mejor amiga de su mujer, uno percibe que la atracción física es real, y que no se reduce al ansia gimnástica en la que se resuelven estos lances en las películas de hoy.

martes, septiembre 06, 2011

ROSTROS


En el Paseo Marítimo, junto a la playa, a primera hora de la mañana, me llama la atención el atronador canto de... los grillos. Pero ¿de qué se alimenta un grillo en una playa?

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Caras nuevas, con todo lo demás que las acompaña: voces, expresiones, historias particulares. Si algo bueno tiene este trabajo, es la seguridad de que cada comienzo de curso trae consigo cierta renovación del paisaje humano. En otro tiempo se hacía uno sus particulares cábalas respecto a las posibilidades que le planteaban estas presencias novedosas. Hoy es sólo curiosidad lo que me lleva a interesarme por lo que traen consigo, por lo que cuentan, por lo que esperan de su nueva circunstancia. Y, sin embargo, encuentro más intensa y mejor fundada esta curiosidad (indiscreta incluso, como el impulso que me llevó a preguntarle ayer a una recién llegada el por qué de su obsesión por conocer todas las combinaciones posibles entre Cádiz y Barcelona) que las expectativas, casi siempre infundadas, de antes...

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Primera sesión de natación, después del verano. El hombro, contraído en una dolorosa tendinitis, producto de la maratón final en la que he resuelto mi novela, parece abrirse y oxigenarse con el esfuerzo, y el resultado es una también dolorosa, pero agradecida, distensión. Este año, ya sin novelas por delante (de momento), prometo tratarme mejor.

lunes, septiembre 05, 2011

PINTURA RÁPIDA, OTRA VEZ

De nuevo en el Concurso de Pintura Rápida de Ubrique. Esta vez sólo por la tarde, casi al filo de la hora en la que ha de hacerse público el fallo. Lo que tiene como consecuencia que nos hayamos perdido lo mejor, la larga jornada en la que es posible observar a los participantes en plena labor y apreciar el singular respeto con el que este pueblo acoge lo que en otros sin duda sería contemplado como una estrambótica interferencia en la vida cotiadiana. Este año, ya digo, teníamos nuestros motivos para reservarnos: huíamos del calor, del tedio de las largas horas que median entre la sobremesa y el momento del fallo; y habíamos cedido a la natural reticencia de C. a pasar el día pendiente de los dichos y hechos de un grupo variopinto de adultos más o menos despendolados... Así que bajamos al pueblo cuando ya la mayoría de los cuadros estaban expuestos en la plaza del Ayuntamiento y el jurado efectuaba su ronda, antes de recluirse para una deliberación que fue mucho más larga de lo habitual. El fallo, de todas maneras, no decepcionó: por primera vez desde que asisto a este concurso, el jurado se mostró abiertamente partidario de la pintura figurativa y no apostó por esos curiosos híbridos entre informalismo y figuración que prosperan en esta clase de certámenes en cuanto se corre la voz de que lo que se premia es lo "moderno". De hecho, había cuadros de ese estilo que parecían calcados de los ganadores de otros años, y no éramos pocos los que, resignadamente, preveíamos que los premios iban a ir a parar a ellos.

No fue así, y eso fue motivo de sorpresa y alegría para muchos. Los tres primeros premios dieron fe de esta sorpresiva decantación del jurado. El primero, que me pasó desapercibido cuando tuve ocasión de verlo de cerca, era una sencilla composición que reproducía un trozo de muro de una conocida finca de la localidad, reconocible por el color de la fachada y la forma singular de las dos puertas que recogía el fragmento. El mérito del cuadro, supongo, residía en el tratamiento dado a las texturas, y también en su sugerencia de clausura y soledad. También en el cuadro premiado en segundo lugar, por cierto, llamaba la atención la ausencia de personajes humanos: reproducía lo que, por el complicado escorzo en que se resolvía la composición, me pareció la boca de una calle en cuesta, en la que podían verse algunos vehículos aparcados. No han faltado cuadros "de coches" en anteriores ediciones del concurso: tal vez porque permiten combinar una cierta modernidad de trazo -la necesaria para reproducir las formas nítidas y limpias del artefacto tecnológico- con la necesaria condición de imagen extraída del entorno inmediato. Fuera como fuera, al jurado le gustó la manera cómo estaba resuelto este cuadro, y le otorgó un premio destacado.


El tercer premio correspondió a uno de nuestro amigo J.A.M.: un detalle del llamado Callejón del Norte, que es una intrincada calle en cuesta y sin salida en la que las construcciones irregulares parecen amontonarse sobre los salientes rocosos de la montaña sobre la que se asientan. El detalle reproducido por J.A.M. mostraba el juego de la luz en algunos de los salientes rocosos que afloran al pie de los muros y sirven de base a improvisados parterres. Lo más destacado del cuadro era la impresión de profundidad lograda por el mero tratamiento de la incidencia de la luz sobre la piedra; y también, como en los otros, una melancólica atmósfera de soledad. Era, de todos modos, un cuadro extraño, porque la luz, en vez de tender a una uniformidad blanca y cegadora, como era de esperar, estaba virada a una tonalidad ocre un tanto irreal, que me llevó a preguntarle a su autor -antes, naturalmente, del fallo del jurado- si esa luz era producto de su imaginación o, efectivamente, era la que había habido en ese lugar en algún momento del día. No entendí su respuesta: "No, es una luz buscada". Lo que no me aclaraba si la búsqueda, como suele suceder en estos casos, había tenido lugar dentro o fuera del propio pintor.


Estos fueron los tres primeros premios. Algo convencionales, desde luego, pero también nítidos y, entiendo, poco discutibles, porque traslucían que el jurado tenía una idea clara del asunto sobre el que había de pronunciarse y quiso atenerse a ella. Hubo otros premios, hasta siete. Y, naturalmente, otros cuadros de interés, además de los premiados. Entre ellos, uno del decano de los pintores de la localidad, Antonio Rodríguez Agüera, dueño de un estilo muy personal; e indiferente ya, por su edad y prestigio, a los alardes técnicos y efectistas de los que otros han de hacer gala para destacar en esta clase de certámenes. Pintó... un garabato. Pero qué garabato: unas poderosas líneas negras que evocaban, a quien supiera mirarlas, las sinuosidades del escenario elegido como modelo, que no era otro que el mismo Callejón del Norte al que antes nos referíamos. Recordaba el cuadro a esos dibujos de Ramón Gaya en los que una simple línea basta para sugerir el volumen de una figura, y hasta la atmósfera que la envuelve... Ajeno a ese virtuosismo, otro amigo nuestro, el jerezano J., que al parecer le disputó al propio Agüera la posición elegida para pintar su cuadro, reprodujo también ese mismo Callejón... en un reflejo circunscrito a la superficie pulimentada de una olla a presión, bajo la que escribió, a modo de lema adecuado a estos tiempos de crisis: Vengan guisos de papas


La crisis. De no andar la economía de uno algo achuchada, hubiera comprado, para mi colección, alguno de los cuadritos expuestos en el improvisado mercadillo de arte instalado en la fachada del estudio del pintor José Luis Mancilla, en ese mismo Callejón. Uno del propio anfitrión, por ejemplo (que andaba ufano porque ese día se había hecho público el cartel que ha pintado para la Feria, y que no es otra cosa que un franco retrato de una vecina suya de ochenta años, ataviada con un espectacular vestido morado con lunares blancos); o alguno de Jorge Gallego, el joven pintor que gana importantes premios nacionales y empieza ya a cotizarse en el extranjero... Otro año será.  

viernes, septiembre 02, 2011

LLUVIA DE ORO



Ya se sabe que las casualidades demasiado forzadas provocan la incredulidad, y eso es lo que siente uno ante la llegada de las lluvias otoñales justo el primer día de septiembre, coincidiendo con el final de las vacaciones. Llego al trabajo empujado por los vientos y "mojado hasta los cuernos", como rezaba el poema de Jaime Gil, y me parece intuir que el año que así se inicia -uno, que no ha salido nunca del colegio, cuenta los años por cursos- será como este primer día: pura bambolla y cartón piedra, sobre el telón de fondo de una crisis política, económica y moral que parece no tener fin. Y me acuerdo de otros comienzos de otoño menos abruptos. En Bocaleones, por ejemplo, al final de nuestros veranos en Zahara de la Sierra, cuando el final del verano se anunciaba con la irrupción en el valle de un viento cargado de humedad, que podía traer o no lluvia, pero que, en cualquier caso, precipitaba la caída de las hojas de las falsas acacias que daban sombra al porche, y asemejaba la llegada del otoño a ese conocido episodio mitológico en el que la furia de un dios enamorado se precipita sobre su elegida en forma de lluvia de oro.


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Si antes me quejo, antes termina el sainete: vuelvo a tener teléfono móvil, tras haber sido durante un mes y medio un feliz ciudadano solamente visible y localizable para sus allegados más inmediatos. Vuelvo a estar, como quien dice, al alcance de cualquiera. Antes era una singularidad anónima. Ahora vuelvo a ser nadie.


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Mi paraguas es una ruina. Una señora me advierte, con preocupación, que llevo una varilla suelta. Otros viandantes se apartan temerosos de ese amasijo de telas y alambres que apenas consigo mantener abierto. Pienso en la conocida greguería de Ramón, la que equiparaba un paraguas con un murciélago. El mío, en todo caso, es un murciélago manco.

jueves, septiembre 01, 2011

MELÓN



A las siete en planta, como quien dice. Y no porque tenga que madrugar: los azares horarios han querido que mi primera cita con el trabajo después de las vacaciones sea a las cinco de la tarde, como las corridas de toros. Así que me levanto por solidaridad con M.A., que también se estrena hoy, y para ritualizar un poco mi regreso a mis otras obligaciones, entre las que se encuentra, este septiembre, la revisión definitiva de mi novela en ciernes. Antes, redacto mi reseña de Blanco White, que es el primer texto de cierta extensión que escribo desde hace un mes; y que me sale, me parece, un poco apretado de hechuras, quizá porque he rumiado más de la cuenta mis impresiones de lectura en torno a este personaje; o quizá, simplemente, porque todavía tengo el cerebro y los dedos embotados, después de este largo intervalo sin exigencias. 


Tras la reseña, a este cuaderno, que viene a ser como el patio de recreo de mis sesiones de trabajo. Y vuelta, también, a mis hábitos de pensamiento; porque lo cierto es que, cuando no escribo, me las arreglo siempre para tener la mente ocupada en cosas distintas al libre discurrir de las ideas. Lo que me produce, para qué negarlo, cierto malestar: esa sensación de que, cuando no escribo, a lo que más se parece mi cabeza es a un melón vacío.


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Sigo sin teléfono móvil. Lo que no sé si, de cara a la reanudación de mis obligaciones, es una ventaja o un inconveniente.


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Me fascinan los primeros treinta minutos de La actriz, de George Cukor, reales como la vida misma, y más por lo que me toca, porque la familia retratada -un matrimonio con hija adolescente y gato- se parece extraordinariamente, incluso en sus pequeñas cuitas (económicas, conflictos paterno-filiales, etc.) a la mía. Eso sí, haciendo abstracción de que yo no me parezco en nada a Spencer Tracy; y que C. encontraría detestable la cursilería y afectación de la adolescente que interpreta Teresa Wright, y no entendería el nada sutil paralelismo que trazamos nosotros, los adultos, entre las adolescencias de entonces y las de hoy.