lunes, octubre 31, 2011

REALISMO MÁGICO



Silencio de mañana festiva, solamente interrumpido por una feroz pelea de gatos al pie de mi ventana. Se ve que casi todo el mundo anda disfrutando el "puente". Yo también, a mi manera: me he levantado temprano para revisar las segundas pruebas de Ronda de Madrid, que encontré anoche en el correo, a mi vuelta de la sierra. Obligaciones del ocio, diría uno, apelando a esa atenuante para aminorar la evidencia de que las ocasionadas por la literatura son tan absorbentes como las de cualquier oficio. Trabajo a destajo, sí, incluso en el puente festivo. Ya se sabe: Sarna con gusto... Pues eso.


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Inesperada plaga de hormigas aladas. Me las quito del jersey, las barro del patio, las piso por la calle... Y pienso, no sé por qué, en el realismo mágico, y en Macondo...


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Plaga, también, de excursionistas. Pardillos. Ruidosos, impertinentes. Enjambres de niños en torno a despreocupadas madres treintañeras. "¿Tuvimos nosotros alguna vez ese aspecto?", le pregunto a M.A. "Y tanto", me responde. Y me recuerda los sábados de escapada con nuestra hija y unos amigos que tenían otra de la misma edad, los malos ratos de las dos, las peleas de éstas con los niños autóctonos del lugar que visitábamos (casi siempre, los hijos del ventero que nos atendía)... 


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Y este amigo al que encuentro en B., en medio de unas abigarradas jornadas gastronómicas locales. Me alegro de verle, pero me molesta un poco que haya venido hasta aquí -hasta nuestros dominios, por así decirlo- y no nos hubiera avisado. Pero de pronto se saca un bolígrafo del bolsillo y me lo da. "Es el que me prestaste hace unos meses en la presentación de mi libro. Sabía que te iba a ver y lo traía para devolvértelo". Y con esta inesperada prueba de amistad me quedo más contento.

viernes, octubre 28, 2011

TEMPORAL

El temporal ha empujado montones de algas a la orilla. Desde esta ventana percibo su olor: una mezcla de césped recién cortado y yodo, con un toque a pescado fresco. Es un dolor estimulante: una especie de poderoso cóctel de esencias naturales, que enardece el ánimo y parece apelar a nuestra postergada conciencia de no ser, en el fondo, más que una mezcla similar de sustancias entreveradas entre sí por un sinfín de reacciones químicas. Se siente uno parte de ese pudridero primordial. Y lo agradece.


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Me leo a mí mismo antes de acudir a este "taller de lectura" dedicado a un viejo libro mío. Y no me reconozco. Y cuando constato que el tema principal de esa colección de relatos era el deseo de ser otro, me veo en la obligación de asentir humildemente. Es lo que tienen los deseos: casi siempre se cumplen.


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Sigo sin tiempo para nada. En eso también se cumple, de manera perversa, ese antiguo deseo de no ser quien se es: sin mi tiempo, no soy yo.

miércoles, octubre 26, 2011

ANSIEDADES



Se van espaciando las entradas de este diario. No por cansancio, ni por falta de cosas que escribir (¿habrá asunto más inagotable que el egotismo?), sino por... interferencias externas. El tiempo, ese bien insuficiente. Y qué mejor manera de ganarlo -de acopiarlo para uno, por así decirlo- que perdiéndolo de este modo. 


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Oigo o leo, mientras tanto, las numerosas declaraciones solemnes que han seguido al anuncio de que Eta abandona su actividad terrorista. Y me acuerdo, no sé por qué, de La guerra de nuestros antepasados, una novela de Delibes que yo conozco en su versión teatral, que vi hace años en el Círculo de Bellas Artes, protagonizada por un lloriqueante José Sacristán... Lo de lloriqueante lo digo en más de un sentido; porque, aparte de que el monólogo fue dicho en un monocorde tono de gemido, que desde entonces asocio a la voz de ese actor, como ciertos olores relacionados con determinadas circunstancias parecen hacerse notar incluso cuando objetivamente no hay motivo para ello..., aparte de eso, digo, en la función a la que acudí el maquillaje terminó cegando al actor, que tuvo que parar su representación para limpiarse los ojos. 


Pero a lo que iba: la tesis de esa obra era que los españoles tenemos inculcada la idea de que a cada generación corresponde una guerra fratricida. Si eso es así, la nuestra, la correspondiente a mi generación, ha sido esa insensata campaña de crímenes prolongada a lo largo de medio siglo. Comparativamente, hemos salido ganando: esas violencias sólo han afectado directamente a una mínima parte de la población. Nada comparable a, por ejemplo, la última guerra civil. Pero el efecto embrutecedor sobre las conciencias, al menos durante los años más intensos de esa campaña -desde la entrada en vigor de la Constitución hasta finales de los noventa, más o menos- ha sido el mismo. Basta leer la prensa de esos años -yo lo he hecho, mientras documentaba mis novelas-: al titular sangriento seguía, casi invariablemente, el frío añadido de que la víctima -a veces, un bedel, un portero, un conserje- había incurrido en su pasado en tales o cuales simpatías o compromisos que parecían hacerlo acreedor de ese destino. A otros les bastaba con ser policías o militares. Y tardamos años, lustros enteros, en darnos cuenta de que el alcance de esos crímenes selectivos (o no tanto) era mucho mayor; que el objetivo era toda la sociedad civil de la que formamos parte. Y parece casi natural que el final de la banda haya llegado (o no, porque tampoco está muy claro)  justo cuando parece que hemos superado definitivamente esa enfermedad moral inducida. De eso, y no de otras cosas, es de lo que debemos congratularnos.


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Llueve como con prisas. Es una lluvia moderna, afectada de ansiedad y estrés.

lunes, octubre 24, 2011

LA ILÍADA EN EL BOLSILLO

Corregidas las primeras pruebas de Ronda de Madrid. 366 páginas entre sábado y domingo. Me duele la espalda, las piernas, el hombro tocado de tendinitis, tengo la vista cansada... Y la sensación de que los libros no sólo se escriben: también se tallan. 


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Claro que también hubo tiempo, por la noche, para salir a tomar algo. Y a constatar los limitados efectos  benéficos de la crisis, que los tiene. En este restaurante relegaban antes a un incómodo vestíbulo, donde había que comer de pie, a quienes venían sólo a picar algo: el comedor estaba reservado para quienes hacían una comida completa. Ahora no: me extraña encontrar el vestíbulo medio desmantelado, y que me hagan sentar, con todos los honores, en una mesa con mantel y el cubierto completo. Comparto con M.A. tres generosas raciones, que apenas si podemos terminar. Y, al final, nos invitan a copa y todo. Saben que, si no es así, no tendrían siquiera la exigua clientela con la que todavía cuentan. Y que no hubieran perdido, quizá, si las pretensiones de antes no hubieran sido tan excesivas.


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La poesía de Barry Gifford, el guionista de David Lynch: el laconismo de Wallace Stevens o William Carlos Williams, pongo por caso, al servicio de las depuradas imágenes que el asombro depara a quien sabe tener bien abiertos los ojos ante la realidad contemporánea. Como en el poema que abre Back in America, el libro suyo que acaba de publicar Renacimiento: un vaquero viejo de cuyo bolsillo asoma... una edición de la Ilíada. ¿Inverosímil? Pero ¿acaso no anoté yo en este cuaderno, hace unos meses, que había encontrado una edición del poema de Homero, en la versión renacentista inglesa de George Chapman, en el Carrefour de Aluche?


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En contra de mi costumbre, acompaño a M.A. y C. a comprar ropa. Yo también necesito comprarme algo, para conjurar mi tendencia natural a dejar que la ropa se me caiga a pedazos. Pero lo mío, en fin, queda despachado en cinco minutos, mientras que lo de ellas... Pero ya se sabe que ellas no vienen exactamente a comprar, sino a disfrutar de un ritual que a los hombres nos está negado, y del que forman parte las consideraciones cómplices de las dependientas, el placer de disfrazarse, las confidencias intercambiadas en el probador... Mientras tanto, yo me distraigo mirando a la concurrencia. Limpias, radiantes, embellecidas. Porque aquí se viene, creo, no tanto a reponer lo viejo, como hago yo, como para asegurar la novedad perpetua, la eterna juventud, la lozanía inextinguible... Cuyo primer ejemplo, ay, lo proporcionan las propias dependientas.

viernes, octubre 21, 2011

EL PULSO

Se acerca uno a este cuaderno, después de varios días sin hacerlo, con cierta prevención... Como temeroso, no sé... de haber perdido el pulso.


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Con estos artefactos, en fin, vamos construyendo, no sólo la memoria individual, sino la colectiva. Y por eso toca en mí cierta fibra cordial la mención que Antonio Rivero hace en su blog del poeta irlandés Theo Dorgan, al que conocí en unas jornadas de traducción que organizó la Asociación Cultural Sansueña hace unos años. Tenía algo de imposible lo que se perseguía en esos encuentros: llevar a cabo la traducción "colectiva" de la obra de dos poetas invitados, el mencionado y el canadiense Robert Bringhurst. El libro del primero, La hija de Safo, se publicó poco después en Hiperión; el del otro, por razones que desconozco, permanece inédito hasta la fecha, al menos que yo sepa. Pero lo que recuerdo de esas dobles jornadas -que tuvieron lugar en Granada, primero, en marzo del 2000, y unos meses después en Córdoba- fueron las largas sobremesas en las que se hablaba -en inglés, castellano y francés, porque había quien, para entenderse con los invitados, ambos angloparlantes, utilizaba este último idioma-, de literatura, poesía, gastronomía, mujeres, cine; y en las que el irlandés, recuerdo, me dijo que El hombre tranquilo era una película poco apreciada en su país; por las mismas razones, entendí, por las que la Carmen que interpretó Rita Hayworth nos resulta tan chirriante a los españoles. 


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La ilusión de la obra colectiva. Pero la única obra colectiva verdaderamente lograda es la que resulta de la mera agregación de un cierto número significativo de aportaciones estrictamente individuales. 

lunes, octubre 17, 2011

BASTA UNO



Las terrazas de la calle comercial de U. estaban atestadas. Era la terrible hora de la sobremesa, que en otras ciudades vacía las calles y descorazona a aquellos que, por inadvertencia o por un cálculo erróneo de sus apetencias y sus fuerzas, se hallan fuera de casa. Aquí no: aquí la gente se entrega alegremente al placer de tomar café en compañía y devorar, como hacemos nosotros, un gran paquete de dulces. Y hay tanta alegría en el ambiente que nos parece haber retrocedido a otros tiempos, si no menos apesadumbrados, sí más optimistas; porque, aunque las condiciones objetivas fueran entonces más duras que las de hoy, el designio de la época era mejorar, y se daba por seguro que el hijo alcanzaría a vivir con más desahogo que el padre, por ejemplo. Y algo de eso hay en esta multitud compuesta mayoritariamente de parejas jóvenes: una especie de añoranza de la sencillez de la vida en otros tiempos. Pocos minutos antes hemos visto pasar un cortejo de boda. Todo el pueblo parece celebrar algo. O quizá simplemente es que estamos en la última tarde de este largo veranillo extemporáneo, cercano ya al corazón del otoño, y hay que aprovecharla.


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Nosotros hemos venido aquí, entre otras cosas, a visitar los estudios de algunos pintores. A estos amigos que nos acompañan les hemos transmitido nuestro entusiasmado asombro ante la vitalidad de la escuela pictórica local, y nuestra extrañeza ante el hecho de que esta eclosión venga durando ya treinta años y se desenvuelva absolutamente al margen de los cauces habituales del mercado artístico y ante la ignorancia e indiferencia de los entes capitalinos -prensa, autoridades culturales, artistas más o menos acomodados- que debían entender de estas cuestiones. 


Aquí esas cosas no importan. Ya ayer, en B., nuestra base de operaciones, visitamos el estudio de uno de los representantes más característicos de este fermento: mi amigo el pintor José Antonio Martel; que, haciendo gala de su curioso instinto de contradicción, acaso puso más empeño en mostrar a mis acompañantes sus probaturas juveniles que en hacer valer el mérito -evidente, por otra parte- de sus grandes cuadros recientes. Aun así, los visitantes pudieran hacerse una idea cabal del perfeccionismo de este pintor, de la madurez de su obra última -retratos, sobre todo-, y de la progresiva depuración que va alcanzando su paleta, antes colorista  y luminosa, ahora sutilmente velada por la melancolía que sobreviene a todo contemplador en el momento en que constata la fugacidad del objeto de su empeño: la retención de la belleza e intensidad del momento presente... 


De las urgencias de este presente fugaz tuvimos alguna muestra al final de nuestra visita. El pintor andaba ajetreado: era uno de los convidados a esa boda con la que nos cruzamos en el pueblo vecino al día siguiente, y en su casa se alojaba algún que otro invitado. Así que lo dejamos con sus ocupaciones, en esa especie de nerviosismo perpetuo que parece el rasgo más característico de este artista y es el fermento, creo, de sus logros más reposados.


Al otro día nos levantamos temprano: el plan era bajar al pueblo vecino por la antigua calzada romana; y. una vez allí, visitar los estudios de otros dos pintores. 


Así lo hicimos. El paseo fue lento y demorado: uno de los nuestros se había lastimado un pie y avanzaba con cierta dificultad por el pavimento pedregoso. Aun así, llegamos a la primera cita más o menos a la hora concertada. Nos esperaba el pintor Antonio Rodríguez Agüera. De él conocía yo, además de su obra accesible en Internet y de los cuadros entrevistos en una fugaz visita a sus estudio hace algunos años, la respetuosa leyenda que de él difunden sus colegas más jóvenes: que ha vivido siempre de la pintura; que, en su juventud, con el dinero conseguido por la venta de un cuadro, se fue a Nueva York, y que el primer cuadro que pintó allí, en la Quinta Avenida, lo vendió a un entusiasmado viandante antes incluso de haberlo terminado... 


Estamos en su estudio, una diminuta casa de arquitectura tradicional, primorosamente encalada. En la viga central hay un nido de golondrinas, que el dueño de la casa respeta escrupulosamente, para que sus inquilinas vuelvan año tras año. Nos enseña los cuadros en los que anda ocupado: dos lienzos de gran formato en los que reproduce el interior del estudio a distintas horas del día. "Rutina", dice. Porque otras son las inquietudes de este pintor autodidacta, de excelentes dotes para la pintura tradicional, a la que sin embargo considera con cierto despego: de esas otras inquietudes dan fe sus cuadros más imaginativos, unas inquietantes vistas de calles desiertas cuyas casas encaladas adquieren inesperados rasgos humanos; o su último estilo, en el que, como el murciano Ramón Gaya o los pintores japoneses, se vale sólo del trazo negro para sugerir volúmenes y atmósferas. El pintor acepta la cerveza a la que lo invitamos en un bar cercano; al poco tiempo, una llamada telefónica lo requiere: lo solicitan sus hijos y nietos. 


La segunda visita del día es al estudio de José Luis Mancilla, en el Callejón del Norte, uno de los rincones más pintorescos de U., y el absoluto reverso de la bulliciosa vida industrial y comercial por la que éste pueblo es conocido. Aquí todo es silencio. El estudio es también una casa tradicional, organizada en varias dependencias y rematada por un curioso patio que se eleva por detrás de la misma, hasta sobrepasarla en altura, dando fe de la abrupta topografía sobre la que se asienta la parte antigua de la población. Como el estudio es pequeño, el pintor nos hace salir a la calle. Y allí, sobre una pared en sombra, va colocando sus cuadros de gran formato, a los que un viento lateral hinche de vez en cuando, como velas, amenazando con hacerlos caer. El rasgo más característico de este pintor es que el rico colorido de sus cuadros parezca tender a resolverse, en casi todos ellos, en una luz en la que predomina una cierta tonalidad violácea. El pintor nos explica que es el resultado de su gusto por los cadmios, que son parte esencial de su paleta. Esa obsesión por el azul, diríamos, infunde autoridad al cuadro suyo que más me impresiona: una marina casi abstracta, en la que se representa apenas el espumajeo de las olas al romper sobre las piedras de la orilla (la foto de ese cuadro que pongo aquí apenas le hace justicia). Unas cervezas muy frías, bebidas en el insólito patio-terraza que remata su casa, ponen punto final a nuestra visita.


Miro a mis acompañantes: parecen convencidos. Mi idea de que la excelencia artística puede alcanzarse lejos de las candilejas y al margen de los grandes intereses creados sale reforzada. Estos pintores -y otros que nos hemos dejado en el tintero, como el jovencísimo Jorge Gallego; o como el ecijano, pero asimilado a este entorno, Manuel Morgado- son, en su ambiente y a su manera, artistas reconocidos, que obtienen del mero ejercicio de su arte las recompensas que otros vanamente demandan del ruido mundano. De su trato y, sobre todo, de su ejemplo artístico, sale uno mejorado y reforzado. Por eso los frecuento. Y por eso me alegra haber compartido este conocimiento y este trato con los amigos (Lourdes, Ángel, Carmen, Antonio) que nos han acompañado a M.A. y a mí este fin de semana. 


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A la hora en que manifestantes de todo el mundo se habían conjurado para ocupar lugares céntricos de sus ciudades, en protesta por el pavoroso panorama económico y social al que parecen querer condenarnos los gestores políticos de la actual crisis, un chico al que no habíamos visto antes en el pueblo se presenta en la solitaria plaza del ayuntamiento y, después de dar algunas vueltas, como buscando un punto idóneo para situarse, se sienta en el filo del alcorque de una de las palmeras que adornan el lugar. Permanece allí un tiempo. Lo observamos desde una terraza frontera: no parece estar esperando a nadie, no parece tampoco un simple paseante que se toma un respiro. Su aspecto, si acaso, es similar al de toda esa juventud protestataria que en ese mismo momento ocupa las plazas de ciudades de todo el mundo. Y se me ocurre que su presencia aquí obedece a ese propósito: que él es el encargado de ocupar la plaza correspondiente de este pueblo: porque si en ciudades de millones de habitantes han bastado unos pocos centenares o miles para poner voz y rostro al descontento, aquí, en justa proporción, basta uno solo.  

viernes, octubre 14, 2011

AGRADECIDO

La diferencia entre escribir prosa y poesía bien pudiera ser ésta: al terminar un trabajo en prosa, uno se siente más o menos cansado y, a lo sumo, satisfecho; al terminar un poema -o al creerlo momentáneamente terminado, aun a sabiendas de que esa percepción puede cambiar- uno se siente, además, agradecido.


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¿Cómo retractarse sin poner en cuestión los fundamentos mismos de todo lo hecho hasta ahora? Mejor, aceptar el cambio de criterio como una simple variación del gusto. Y si ahora lo discursivo, en poesía, me cansa, no será porque me parezcan inválidos los presupuestos de buena parte de la poesía que he leído, e incluso alguna de la que he intentado hacer, en los últimos treinta años, sino porque, simplemente, busco el placer y la sorpresa en otros recursos. Más sencillos, quizá. Y más efectivos, digo yo, cuando la mera elocuencia deja de convencer. 


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Si acaso, el esfuerzo que supone la poesía resulta más elegante que la ardua brega de la prosa: se parece más a las divagaciones del ocioso. Pero que uno no sude haciendo unos versos, y sí al pergeñar un capítulo de novela, no significa que le empeño o la energía puestos en ello sean menores.

jueves, octubre 13, 2011

RHETT

Dedicamos la mañana del día festivo a pasear por la playa. Tiene algo de despedida este paseo: de la luz y las temperaturas del verano demorado. Pero es también, a su manera, una inauguración de temporada. A lo largo de la orilla vamos saludando a conocidos. Es como si la ciudad entera hubiera decidido dejarse ver en lo que hoy por hoy parece ser su avenida más populosa: la larga franja de playa que la recorre de extremo a extremo. Y me siento como Rhett Butler cuando empujaba el coche de bebé de su hija por los bulevares de Atlanta e iba cosechando los saludos algo reticentes de sus vecinos...


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Porque, desde luego, la historia íntima y secreta de la ciudad tiene su miga, no menos comprometedora que la mala fama que el marido de Scarlett O'Hara intentaba conjurar. Me cuenta esta joven amiga escritora las zozobras que andan sufriendo algunos colegas nuestros, hasta hoy bien colocados, ante la posibilidad cierta de perder sus sinecuras por obra de los cambios políticos que se avecinan, o de los que ya se han producido. La inquietud, en algún caso, alcanza dimensiones patológicas y reviste los caracteres de la depresión. Al escucharla, siento verdadera pena por estas personas. Ninguna de ellas, creo, está en condiciones de aceptar que los empleos debidos al favor político son mudables y forzosamente han de cambiar después de un vuelco electoral. Supongo, y eso es lo triste, que ellos no lo ven así: que interpretaron la concesión de la sinecura como un reconocimiento a unos méritos no avalados -ni falta que hacía- por los lectores, la crítica o el criterio de los editores independientes; que entendieron que estos cargos sobrevenidos no eran verdaderos empleos, sino rentas más o menos vitalicias, destinadas a la manutención de quienes, como escritores, no tenían por qué dividir su tiempo entre la literatura y un empleo "normal", de los que obligan a cumplir un horario y efectuar tareas concretas... No estoy muy seguro de que la dura realidad les haya despertado de estas ilusiones. Antes, culparán a todo el mundo de sus desdichas, y alimentarán con ese resentimiento un rencor al que posiblemente sacarán, más adelante, sus réditos literarios... Porque a la rebeldía impostada -la que termina sus días en un despachito oficial- le vienen bien estas crisis, qué duda cabe.


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Le enseño a M.A. un poema reciente. "Qué raro es. No parece tuyo". Lo que, después de casi dos años sin escribir un verso, me parece un comentario de lo más alentador. 

martes, octubre 11, 2011

SWEET SILENT THOUGHT

Creo que fue Quentin Bell, en la biografía que hizo de su tía Virginia Woolf, quien dedicó un extenso párrafo a recordarle al lector las exigencias que el trabajo doméstico suponía para la mujer en una época en la que no existían neveras ni lavadoras. Me acuerdo de ese pasaje al leer el libro de recuerdos que Jessie Conrad, la mujer del autor de Lord Jim, escribió sobre su marido. Si, como suele decirse, ningún gran hombre lo es del todo para su criado, mucho menos lo será para su mujer. Y menos si ésta era, como ocurría en los tiempos victorianos, la principal y a menudo única responsable de la intendencia doméstica. Y a la que se le exigía, como era el caso de estas desdichadas mujeres de intelectuales, también una cierta comprensión de la grandeza del trabajo al que andaban consagrados los maridos. De la obra cabría decir lo mismo que de sus autores: ninguna tan grande, en fin, que su empeño no parezca un poco ridículo visto desde el ojo de la cerradura del cuarto de planchar. 


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Por eso mismo, entiendo que casi a ninguna mujer lectora de poesía le guste el espléndido soneto ("Dulce silencioso pensamiento") en el que Unamuno se describe a sí mismo leyendo a los clásicos, mientras su mujer cose.


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Y otro sweet silent thought: el que me aconseja no profundizar demasiado en las propias contradicciones, por si éstas acaban revolviéndose contra uno.

lunes, octubre 10, 2011

PUDENDAE

"Cuando el ambiente es mezquino el ánimo se abate". Decía bien Fernando de Puelles. Y decía muchas más cosas, en una prosa entre sentenciosa e intimista, en ese olvidado y hoy inencontrable dietario que llamó Oscura voluntad. Lo he releído estos días. Nuestro ejemplar está dedicado a M.A., que era una de las integrantes de aquella expedición de veinteañeros que fue a presentar sus respetos al escritor una mañana de septiembre de 1987. El autor debió de advertir su timidez de entonces: "A M.A., que habló poco, pero tuvo el don de la atención"... No puedo evitar cierta emoción al tener este libro entre mis manos. Y sobre todo, al comprender que lo que en él se dice estaba dirigido, no al jovenzuelo que yo era entonces, sino al hombre entrado en años que soy ahora. El veinteañero aquel lo juzgó, quizá, con cierta displicencia. "Está bien -debí pensar- pero no es...". Y en esos puntos suspensivos estaba todo lo que yo esperaba entonces de la literatura: que fuera distanciada, plástica, irónica, tocada de sensualidad, urbana y "moderna". Todo lo contrario de este libro, que es personal, que soslaya lo descriptivo, que no entra en justas de ingenio, que no busca gratificar de ninguna manera al lector; y que tiene, como corresponde al trasfondo y biografía de su autor, un trasfondo rural y un regusto antiguo. 


Algún editor debería tener redaños para reeditarlo.


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Entro en la plaza de abastos y me sorprende una enorme escultura -cuatro, cinco metros- de bronce que representa una mujer embarazada, desnuda, que derrama una mirada entre indiferente y piadosa sobre la masa de enanos que la soslaya. La estatua forma parte de la muestra que el escultor Antonio Mota ha querido exponer en este, en principio, insólito escenario. Y es, con diferencia, la más llamativa y poderosa de todas las piezas expuestas; porque, más allá de sus méritos plásticos, que no entro a discutir, evoca, en este ambiente cargado de olores a verdura y carne fresca, nuestra afinidad esencial con toda esa materia orgánica de la que nos nutrimos y estamos hechos, y que nos procura nuestras satisfacciones más urgentes e inmediatas. Si yo fuera gerente de este mercado, desde luego haría todo lo posible porque esa estatua de mujer de pechos henchidos y pudendae prominentes siguiera allí. Porque una cosa está clara: despierta el apetito, en el sentido más amplio de esa palabra.


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En nuestro paseo matinal por la marisma arbolada, nos sobrepasa un animoso matrimonio en tándem. Y pienso que ese tipo de bicicletas, un tanto anticuadas y un sí es no es ridículas, es la mejor representación posible de la armonía matrimonial. Y de sus riesgos, porque siempre cabe la posibilidad de que el que ocupa el asiento trasero deje de mover los pies y se limite a dejarse llevar.    

jueves, octubre 06, 2011

EXPLOSIÓN

Algunas obligaciones sobrevenidas me han hecho pasar dos tardes fuera de casa. Y como tampoco esas obligaciones han sido, en fin, tan extenuantes como su mera formulación pudiera hacer pensar, me han permitido, de paso, disfrutar de dos tardes absolutamente esplendorosas, en las que la benevolencia del verano atenuado que andamos viviendo se ha fundido con las sutilezas iniciales del otoño. Tardes de colores intensos y saturados, sobredorados por la luz decreciente, y en las que la concurrencia humana, despojada de muchas de esas aparatosas superfluidades de las que nos ha ido privando la crisis, parecía feliz por el mero hecho de disfrutar de los beneficios del aire libre. Caigo en la cuenta de que, en los últimos dos años, apenas he disfrutado de tardes como éstas. El mundo cuenta con dos novelas más (que tampoco leerá mucha gente); pero, a cambio, yo he perdido quizá un centenar de ocasiones de sentirme en armonía con la vida y con mis semejantes. Y eso no tiene precio.


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Lo que antecede contrasta con la vociferante realidad de la que hablan los periódicos, las radios, las televisiones. Varias veces he leído u oído hoy que estamos al borde de una "explosión social". Con fundamento, desde luego. Pero, dada nuestra tradición cainita, me pregunto si insistir demasiado en esta terrible posibilidad no supone, más que conjurar un peligro cierto, deleitarse en su anticipación, mientras se afilan las uñas para la rapiña.


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Algunos, la verdad, lo hacen muy bien. Pienso en la causa que la Audiencia Nacional acaba de abrir contra cierto rapero que, al parecer, ha escrito una canción que ensalza al fundador de una banda terrorista que tuvo algún predicamento y una sangrienta trayectoria en los años setenta y ochenta... No es que uno sienta ninguna simpatía por esa clase de mensajes. Pero se me ocurre que medidas como ésta proporcionan a la creciente, y creo que justificada, desafección general hacia el sistema político y económico imperante un argumento más y un posible héroe. Que, además, ha ganado una popularidad impensada. Pienso en el caso de Las Vulpes, en los ochenta, con el que me he tropezado precisamente mientras documentaba mi novela recién terminada. Esta banda punk femenina interpretó en televisión una versión desastrada del I wanna be your dog de The Stooges, que ellas titularon Quisiera ser una zorra. La emisión de esa canción hubiera pasado probablemente desapercibida si el periódico ABC no la hubiera convertido en piedra de escándalo, empujando a la timorata judicatura de entonces a abrir un proceso a la mencionada banda. Que se cerró en el otoño de 1986 -en la época de mi novela en ciernes- con el sobreseimiento del caso. 


Este otro acabará igual, seguro. 

martes, octubre 04, 2011

CULPABLE

Más apreturas en el autobús. Como se nos va poniendo cara y aires de pobres, la compañía debe de haber creído conveniente tratarnos como a tales. Y así vamos, apretujados y zarandeados, y en alegre promiscuidad, compartiendo secretos -esa chica que lee por encima de mi hombro el libro que yo leo, esas locuras de fin de semana que me llegan fragmentariamente del asiento de delante- y algún que otro roce corporal. Sólo faltan las gallinas y las fiambreras con tortilla de patatas. Aunque todo se andará, porque el bienestar y las sutilezas a él  asociadas son, como muy bien dice Josep Pla en su Viaje en autobús, perfectamente reversibles; y, al igual que él echaba de menos, en 1942, las altas cotas de prosperidad y civilización alcanzadas en 1905 ó 1910, puede que llegue un día en que uno añore, no sé, los niveles de refinamiento y riqueza conocidos en 1990 ó 2000, pongo por caso. 


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También hay un inconveniente aparejado a las labores de bibliotecario: de tanto darles vueltas a los libros, mirarles los detalles de hechura, mancillarlos con tampones entintados y pegatinas, uno acaba infligiéndoles la clase de trato que incluso el mejor intencionado de los sargentos dedica a la tropa.


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Entras a sacar dinero de un cajero a primera hora de la mañana y casi despiertas al hombre enfurruñado que, sentado en el escalón de la puerta, aguarda a que la limpiadora del banco le desinfecte el cubil donde ha pasado la noche. Y, por un motivo que no aciertas a explicar, te sientes culpable de un abuso.

lunes, octubre 03, 2011

TENTACIONES



El viento de levante, que en la costa sigue siendo caluroso, se enfría considerablemente en su ascensión a la sierra y llega a estos pagos en una sucesión de ráfagas cortantes, que traspasan la ropa todavía veraniega y anticipan un malestar que pronto se hará permanente; y que durará, me temo, hasta mediados o finales de mayo. 


Eso sí: después de estos leves anticipos, no podremos reprocharle que no nos haya avisado.


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Me cuenta este amigo pintor una anécdota que, miren por donde, me recuerda uno de los cuentos que acabo de leer en Historias de un dios menguante, el excelente libro de relatos de José Mateos. En "Hora de cobrar", en efecto, se cuenta cómo un pequeño comerciante al que un mafioso local le adeuda un dinero se atreve a reclamarle a éste su deuda; y cómo el mafioso no sólo la salda, sino que pone en las manos del acreedor el doble de la cantidad adeudada, a cambio de una sobreentendida promesa de complicidad futura en no se sabe qué ignominiosos designios... Esto es lo que dice el relato de José Mateos; que es, como se ve, una cumplida fábula sobre la tentación, sobre la compraventa del alma a cambio de no se sabe qué dudosos beneficios.


La de mi amigo pintor es también una historia de tentación, esta vez eludida. Sucedió hace años, cuando las vicisitudes profesionales lo habían llevado a cierto bullicioso puerto pesquero, donde se distraía pintando en los muelles. Estaba en ello un día cuando sintió que un coche lujoso se detenía a pocos metros de él. Se le acercó un hombre gordo, bajo, bien vestido, que se paró a observarlo. Al poco le dijo que le gustaría ver otros cuadros suyos, pues deseaba invertir una cierta cantidad de dinero en pintura. Un millón de pesetas, dijo. En los días sucesivos mi amigo le llevó fotos de otros cuadros suyos, entre los que el gordo fue haciendo su selección: éste sí, éste no... Mientras tanto, mi amigo había comentado el encuentro con otros compañeros suyos, de los que averiguó que el personaje que lo había abordado era un conocido narcotraficante local, posiblemente interesado en blanquear sus ganancias. Esto lo puso en guardia. ¿Y si el millón prometido implicaba otros compromisos? ¿Y si la policía, que seguía los pasos del narcotraficante, se preguntaba por la procedencia de esos cuadros y por el destino del dinero negro abonado por ellos? 


Pero lo que terminó de desconcertar a mi amigo fueron las crecientes exigencias del potencial mecenas. Un día, al observar éste que el cielo del cuadro que andaba pintando mi amigo se iba oscureciendo progresivamente y llenando de nubarrones, le dijo, en un tono que no admitía réplica, que el cielo de su pueblo era muy hermoso, y que a qué venía pintarlo en ese estado aborrascado. Mi amigo le dio la razón, como si estuviera dispuesto a enmendar su cuadro. Pero lo que hizo, una vez recogidos sus enseres, fue no volver a poner el pie en ese muelle, ni a dejarse ver pintando al aire libre en ese pueblo.


He visto el cuadro. En primer plano, un barco en dique seco, al parecer uno en el que posteriormente la policía incautó un cargamento de droga. Delante de éste, aportando una nota de vida humillada, la sombra huidiza de un perrillo negro, asustado. Al fondo, un cielo encapotado, a punto de descargar.


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A mí también han intentado comprarme el alma muchas veces. Pero, en mi caso, haber resistido la tentación no tiene mérito alguno. En mi despiste, en mi torpeza habitual para darme cuenta de lo que me conviene, ni siquiera advertí el rango del tentador, ni los posibles beneficios derivados de aceptar su oferta; ni, por supuesto, lo que se me exigía a cambio.