miércoles, noviembre 30, 2011

PREVIA

Pensando qué decir en la presentación de Ronda de Madrid. Como siempre en estas ocasiones, paso la tarde redactando notas que luego seguramente no miraré. Y es extraña esta sensación de responsabilidad: no tanto por tener que explicar ante un público el hecho, para mí sorprendente, de haber puesto punto final a una triple novela de ochocientas páginas (las que suman las tres entregas de la trilogía), sino por la necesidad de justificar ante mí mismo el tiempo y el esfuerzo invertidos en esta labor. Lo que más pesa a mi favor es el hecho de haberme divertido mientras la efectuaba. Especialmente, mientras redactaba esta tercera entrega, no sólo la más extensa, sino también, en cierto modo, la más personal. Los resquemores que ahora me asaltan, creo, tienen más que ver con la sensación de vacío que sigue a esta dedicación tan intensa. ¿Bastará la redacción -siempre discontinua y azarosa- de algunos poemas -los que tenía en dique seco, postergados por las exigencias de la novela- para colmarlo? ¿Bastará la dedicación a este cuaderno? Pienso, más bien, en tardes paseadas en compañía, en lecturas demoradas, en ocio merecido y gratificante. Pero...


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Y una fantasía recurrente: los personajes de esta novela y las anteriores se me amotinan y me esperan en una esquina, para darme mi merecido...


martes, noviembre 29, 2011

UN JUEGO PELIGROSO

Hojeo Un juego peligroso, la antología de Francisco Bejarano que acaba de publicar la benemérita Isla de Siltolá. No incluye el habitual apartado dedicado a "poemas inéditos en libro", lo que da a entender que Bejarano, fiel a su costumbre, no ha escrito ningún poema desde la publicación de su último libro, El regreso, de 2002. En el mundo de los poetas en activo, siempre celosos de reafirmar su presencia en ese evanescente mercado de vanidades, es rara esta franca declaración de aparente sequía poética prolongada durante diez años. Pero, como dice bien el prólogo que José Julio Cabanillas ha hecho a esta antología, Bejarano es de los que escriben poesía a su pesar, sabiendo que cada poema nuevo no hace sino ahondar la fosa entre la vida vivida y esa otra existencia ilusoria que depara el ejercicio de la poesía. Leo estos poemas desolados y certifico la desconcertante coherencia que mantienen en los veinticinco años que separan los primeros de los últimos. Coherencia que se extiende también, suponemos, a los diez años de silencio suplementario que, de alguna manera, quedan también recogidos en esta selección. 


Sin embargo, quienes hemos conocido y tratado a Francisco Bejarano a lo largo de todos estos años podemos añadir a estas evidencias una realidad no menos indiscutible: el hecho de haber encontrado en este poeta lúcido y desilusionado a un activista entusiasta, capaz de poner en pie y sacar adelante un buen número de iniciativas en las que otros escritores más jóvenes, entre los que me incluyo, hemos velado nuestras primeras armas literarias. Sin el entusiasmo y la ilusión de este hombre desilusionado, en efecto, cabe preguntarse qué habría sido de iniciativas como las que dieron lugar a las revistas Fin de Siglo y Contemporáneos, o la que se materializó en el ciclo de lecturas de poetas jóvenes e inéditos que dio lugar a la antología La poesía más joven, que editó Qüásyeditorial en 1991. Con estos proyectos, Jerez, la ciudad natal del poeta, fue en los años ochenta y buena parte de los noventa, el núcleo de un eje poético cuyos extremos eran Sevilla y Cádiz, respectivamente, pero que contaba con extensiones o ramificaciones que llegaban a Granada, Córdoba o Málaga, y cuya vitalidad se manifestó, en esos años, en un sinfín de revistas, suplementos literarios y colecciones de libros de poesía. 


Sin todo este despliegue de actividad por parte de este gran apático, muchas vocaciones poéticas en ciernes se habrían fatalmente agostado por falta de caldo de cultivo adecuado. No es mal legado. Si a eso, además, añadimos las cinco colecciones de poesía (cuatro libros más una plaquette) antologadas en esta novísima publicación que tengo ahora entre las manos, cabe concluir que pocas trayectorias literarias habrán sido más fecundas. Otros habrán emborronado más papel y hecho más ruido. Pero, en definitiva, no es eso lo que cuenta. 

lunes, noviembre 28, 2011

SOL DE INVIERNO

Restaurantes llenos, multitudes endomingadas... Crisis, What Crisis? como rezaba el título de ese conocido álbum de Supertramp. Si embargo, la cosa tiene fácil explicación. Se trata, simplemente, de una regresión. A esos domingos formales y estereotipados de, pongamos, hace cuarenta años. Domingos de misa y vermú. Los de mi infancia, en los que tanto cundía el pequeño presupuesto dedicado al merecido descanso.


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El famoso y ya archicitado prólogo de Chaves Nogales a la colección de novelas cortas que tituló A sangre y fuego: "Yo era eso que los sociólogos llaman 'un pequeño burgués liberal', ciudadano de una república democrática y parlamentaria...". En el preámbulo se intuye ya lo que sigue: una declaración de decepción. En su caso, la causa de ésta fue el fracaso de la segunda República, y la consiguiente guerra civil. Pero cabría -al fin y al cabo, ésa es la función de la literatura- extrapolar esa lectura a otras realidades más amplias. Por ejemplo, a la cabal decepción que todo hombre maduro puede sentir ante el desmoronamiento de sus ilusiones. Todo hombre maduro al que hayan intentado inculcar, en los años cruciales de su formación, un ideal ciudadano. El nuestro, ya se sabe, fue el enunciado en los años de la Transición: la confianza en un futuro de estabilidad y progreso, equiparable al que disfrutaban otras naciones europeas. Ahora ese ideal está en cuestión. Y sólo nos cabe intuir qué literatura de hombres decepcionados saldrá de eso.


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El sol de invierno es gratis. Sería muy mal síntoma que este año se prodigara poco.

viernes, noviembre 25, 2011

BANDA SONORA



Me he distraído en anotar las referencias musicales que he puesto en Ronda de Madrid. Sin pretenderlo, he escrito una novela con banda sonora. Algunas de esas menciones, por supuesto, son sólo de nombre. Pero otras juegan un cierto papel en la narración, y por eso he creído justo hacer esta nota de reconocimiento.


He aquí, para quien quiera escucharlos, los quince cortes de esta particular banda sonora:


Playa Girón, de Silvio Rodríguez.
Lucifer, de Luis Eduardo Aute, en la versión que Teddy Bautista interpretó en el álbum Entre amigos y luego versionaron Barón Rojo, Rosendo y otros.
Aprieta el gatillo, de Cicatriz.
Soy un electroduende, de Santiago Auserón.
Once Upon a Time in the West, de Dire Straits.
La chica yeyé, de Concha Velasco.
Dust in the Wind, de Kansas.
Voodoo Chile y All Along the Watchtower, de Jimi Hendrix.
Sweet Dreams, de Eurythmics
Guns of Brixton, de The Clash
El hombre lobo en París, de La Unión
Smalltown Boy, de Bronski Beat
Brother Loui, de Modern Talking
Me gusta ser una zorra, de Las Vulpes


No están aquí, por supuesto, por ser mejores o peores. Lo ideal sería que, como las buenas bandas sonoras de las películas, pasaran desapercibidas. Son eso: música de fondo. Lo importante es la vida que sucede mientras tanto.


Que las disfrutéis.

jueves, noviembre 24, 2011

RECORTES



Lo de dejar el café fue una de esas medidas drásticas que uno toma cuando motivos distintos a los meramente dietéticos o salutíferos aconsejan un cambio de hábitos. Hubo un tiempo en que tomaba tres o cuatro cortados al día, cuanto más cargados mejor. Luego reduje la dosis al primero de la mañana, que intenté suprimir, sin éxito, durante las vacaciones. No lo logré en esa primera ocasión: me pasaba la mañana en un estado de invencible somnolencia. Pero, por eso mismo, se acentuó en mí el deseo de vencer esa dependencia, que juzgaba absurda. Al segundo intentó lo conseguí: cambié el café por un desayuno fuerte, con embutidos y un yogur. El aporte proteico cumplía con creces la función estimulante que antes correspondía a la cafeína. Y así hasta hoy, cuando hago esta anotación porque, después de diez años sin llevarme un café a los labios, he empezado a disfrutar del sabor de los sustitutivos. Y es que lo más difícil en todo este tiempo ha sido saber qué tomar a esas horas en que uno queda con un amigo en una cafetería y todavía no tiene cuerpo para una copa, ni le apetece una bebida fría, ni se conforma con un vaso de agua caliente teñida por una menta poleo... Ahora tomo descafeinado de máquina. No está tan malo como el de sobre. Tiene la consistencia de un buen café expreso. Es reconfortante. Y me hace recordar ese tiempo en el que éste y otros placeres no exigían cálculo ni tasa. En fin.

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¿De qué otras cosas nos quitaremos cuando nos aprieten de nuevo el cinturón? No sé. Entre lo imprescindible y lo superfluo no hay tanta diferencia. ¿Compraré menos libros? Eso sería casi una bendición: depender exclusivamente de la biblioteca reunida en los años de voracidad lectora y curiosidad infinita. Pero observo con preocupación que esos años no han llegado a su fin, como pudo parecerme en épocas de hábitos y gustos más estables. Ahora, por ejemplo, leo con creciente entusiasmo la menospreciada vanguardia poética anglosajona, que conocía sólo superficialmente. ¿Tendré tiempo y dinero para procurarme y leer los poemarios, los ensayos teóricos y, sobre todo, los libros de memorias de esa animosa generación que incluyó a Hilda Doolittle, Richard Aldington, F. S. Flint, etc.? Una nueva cantera abierta, a la que habrá que dedicar no pocos esfuerzos si uno quiere sacar algo de ella.

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De momento, les he pedido a los Reyes la Trilogía de H.D., en inglés. Espero que en Oriente tengan stock de estas cosas.

martes, noviembre 22, 2011

ESPÁRRAGOS

Traer aquí poco o nada: como volver de vacío de una larga excursión cuya sola justificación habría sido una buena perdiz al cinto; o, como poco, un manojo de espárragos en la mano.


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Haber escrito no llena tanto como tener que escribir.


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Sentirse indefenso ante el frío. La vejez -su inminencia- debe de ser esto.
 

lunes, noviembre 21, 2011

LISTA NEGRA



La lluvia -la inevitabilidad de hablar del tiempo en este cuaderno- nos empuja al cine. El dios salvaje (Carnage), de Roman Polanski. Buen complemento de Quién teme a Virginia Woolf, que vimos el otro día. En ambas, dos parejas de muy distintos antecedentes son arrojadas sin piedad al cuadrilátero. Sólo que la primera nos resulta hoy un tanto éxótica, porque las inhibiciones sexuales y el soterrado clasismo que dominaban a los protagonistas de la vieja película de Mike Nichols no figuran ya entre los asuntos capaces de escandalizarnos o preocuparnos; al menos, en la forma descarnada y un tanto elemental en la que allí se presentaban. La película de Polanski, en cambio, nos concierne directamente, porque plantea la superficialidad de la máscara biempensante que hemos querido darnos. Dos parejas se citan amigablemente una tarde para solventar de manera civilizada un incidente habido entre sus hijos de nueve años; y, cuando parecían haber alcanzado el más satisfactorio de los acuerdos, se enzarzan en una discusión violentísima, en la que van quedando en evidencia los puntos flacos y las flagrantes contradicciones de cada uno de los implicados, que podríamos ser cualquiera de los adultos que la lluvia había congregado en aquella sala de cine, con nuestros falsos principios, nuestras preocupaciones espurias, nuestros endebles sustitutivos de una buena conciencia, nuestras inoperantes creencias roussonianas respecto a nuestros hijos... El efecto de todo este cóctel mal digerido lo explica bien uno de los personajes masculinos, cuando exclama, zahiriendo a la esposa "progre" y concienciada del otro matrimonio : "¿Sabes? Me recuerdas a Jane Fonda. La vi el otro día en televisión y me entraron ganas de salir corriendo a comprar un póster del puto Ku-Klux-Klan..."


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Por la noche, entre cabezadas, entreveo algunas escenas de Sin City, la versión cinematográfica del angustioso cómic de Frank Miller. Esta claro que algunos excesos se pagan. Entre ellos, este inopinado atracón de películas desmoralizadoras.


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Pese a todo, también he cumplido con mis deberes ciudadanos. Fui a votar. También la lluvia había contribuido a espesar la multitud congregada en el momentáneo refugio ofrecido por el colegio electoral. Qué simbólicas, a veces, las aportaciones del tiempo al imaginario colectivo. No atiné a encontrar mi mesa y fui auxiliado en ello por un amable interventor socialista. En la mesa, en cambio, me pusieron mala cara cuando, una vez introducido mi sobre blanco en la urna del Congreso, les dije que no pensaba votar al Senado. "Apunta que este señor no vota al Senado", espeta el presidente a uno de los vocales. Y aunque supongo que el empeño en consignar ese dato obedece a la necesidad de que luego cuadre el recuento de votos emitidos, no deja de parecerme un tanto ominosa la admonición. Sobre todo porque intuyo que, una vez cotejado el número de votos con los resultados obtenidos por cada formación, debe de ser relativamente fácil deducir a qué opción han votado los abstencionistas del Senado. Con lo que el secreto de voto, que es una de las premisas del sistema, queda en entredicho. Y yo en la lista negra.

viernes, noviembre 18, 2011

BONJOUR, MONSIEUR BENÍTEZ

Mientras espero para cruzar el semáforo, veo acercarse a esta amable compañera con la que no hablo mucho, pero con la que tengo un trato relajado y cordial. A ella tampoco parece incomodarle la circunstancia de que este encuentro nos obligue a recorrer juntos las pocas decenas de metros que nos separan de nuestro lugar de trabajo. Me saluda con una sonrisa a la que yo correspondo. Y como la veo embutida en un gran chaquetón y con el cuello del mismo levantado hasta cubrirle las orejas, le digo:


-Se nota que ya hace más frío.


A lo que ella, sin abandonar la sonrisa, responde con inusitada viveza, como si el comentario realmente mereciera ese gasto de conversación:


-No, esto todavía no es nada.


-Sí, lo peor está por venir.


-Lo malo es esta calle, tan desprotegida...


-Sí. Aquí, si llueve y hace viento, de nada sirve un paraguas. La verdad es que a este edificio tendrían que haberle puesto la entrada por detrás.


-No te creas. Yo a veces vengo por la calle de atrás en los días malos y también me quedo empapada.


-Ya.


Nos despedimos en el vestíbulo. Se dirige cada uno a sus quehaceres. Y queda en el aire, como inauguración de la jornada, este intrascendente intercambio verbal. Que, sin embargo, dice mucho de nuestra condición, de nuestras silenciosas y puede que inconscientes elucubraciones sobre nuestro lugar en el mundo y sobre las calculadas estrategias con las que resolvemos nuestras acciones más insignificantes. Y, también, sobre nuestra necesidad de acogernos, aunque sea durante unos minutos que fácilmente podrían haberse resuelto con un educado silencio, a este atisbo de sociabilidad precaria, pero imprescindible. 


A la salida, seis horas y media después, coincido con otra compañera. Bromea:


-Te estaba esperando.


-Ya, me lo temía.


-Desde las once -a esa hora, yo le había solicitado una aportación a cierta tarea que ando preparando-.


-Ninguna mujer me había esperado tanto.


Y así, hasta la esquina, donde nos despedimos hasta el día siguiente. 

miércoles, noviembre 16, 2011

WHO'S AFRAID OF...?

Leo repetidos mensajes sobre la conveniencia y  necesidad de votar, para evitar que las abstenciones acaben favoreciendo a los partidos mayoritarios, que gracias a ellas ven engordada su cuota porcentual sobre el voto realmente emitido. Y una voz gamberra me susurra al oído: ¿y el voto nulo? -entendiendo por tal el que se emite previamente invalidado con algún improperio u obscenidad referida a la totalidad del sistema o la clase gobernante-, ¿cómo cuenta el voto nulo? Que, ante la bochornosa campaña electoral, vacía de argumentos, es el que realmente apetece emitir.


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Me señala un buen amigo la reiteración en este cuaderno de comentarios referidos al tiempo atmosférico. Tiene razón. También era un tema frecuente en mi ya fenecida columna periodística -que ahora algunos me dicen echar de menos-. Resulta contraproducente admitirlo: el tiempo es el asunto del que hablan quienes no tienen nada que decir. Puede que sea mi caso. En mi descargo, puedo decir que esas observaciones nacen de un hábito propio muy arraigado: el de calibrar mis expectativas respecto al día según el semblante con el que amanece el cielo. En alguna pasada época sombría, antes de iniciar la penosa jornada que me aguardaba, refrescaba la vista y el ánimo con una larga contemplación del paisaje: el perfil marítimo de la ciudad  curvándose hasta casi abrazar  el horizonte, la propia línea en la que se unían mar y cielo, el color de ambos. Después de esto, me decía, que venga lo que me echen.


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Como ejercicio de masoquismo vemos mi mujer y yo Quién teme a Virginia Woolf, la versión fílmica de la obra de teatro de Edward Albee. Me fascinan, como siempre, las interpretaciones desaforadas de Elizabeth Taylor y Richard Burton. Hasta dónde puede llegar el afán de aniquilación mutua en un matrimonio. Al lado de estos dos, los personajes que interpretan Michael Douglas y Kathleen Turner en La guerra de los Rose resultan incluso cándidos.

lunes, noviembre 14, 2011

EN EL PAÍS DE LOS SOVIETS

Prefiero la lluvia y el frío antes que el viento. El frío y la lluvia resultan incluso íntimos, si uno cuenta con los medios adecuados para sobrellevarlos. Pero el viento... ¿Cómo soportar esa desorganización general del medio en el que nos movemos, esa manifestación de fuerza irracional, la descortesía con que golpea puertas y persianas y ulula toda la noche en nuestra ventanas? Y esa impertinencia con la que, si puede, nos voltea un periódico o nos arrebata un papel de la mano. 


Lo dicho. en días de viento, mejor no salgo de casa.


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Por eso mismo, para sobrellevar la mañana del domingo nos metemos en una matinée de cine. Las aventuras de Tintín, de Spielberg. El día anterior vimos, en casa, La noche de los gigantes, el espléndido y opresivo western de Robert Mulligan, así que el domingo tocaba algo más ligero. Y no me decepciona, descontando mi desinterés por esas agotadoras escenas de acción calcadas de los videojuegos. Pero me agrada la recreación que Spielberg hace de la estética del tebeo de Hergé, y la mirada nostálgica que proyecta sobre ese momento histórico en el que las artes mecánicas alcanzan su punto álgido -la era de los más bellos automóviles que jamás se han construido, de los Zeppelin, la del definitivo despegue de la aviación- y el mundo se convierte, para el hombre curioso, en una especie de álbum colorista, en el que lo mismo se redescubren países exóticos que se asiste a tremendas conmociones políticas y sociales. Tuve esa impresión cuando leía, recuerdo, las memorias de André Malraux. Y vuelvo a sentirla ahora, mientras veo la película, a propósito de mis recientes lecturas de Chaves Nogales. Algún libro de éste -por ejemplo, La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, de 1929- podría haber servido (salvando todas las distancias, porque el anticomunismo del sevillano era mucho más imparcial y matizado) de guión a Hergé. Que, no hay que olvidarlo, tituló así la primera salida de su héroe: Tintín en el país de los soviets.


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Y esta magnífica -y algo tramposa- justificación de la experimentación en poesía, que encuentro en una cita del Times Literary Supplement del 11 de enero de 1917, referida a la poesía imaginista: "La poesía imaginista nos llena de esperanza; a pesar de no ser demasiado buena en sí misma, parece prometer una forma en la que podrían escribirse muy buenos poemas" (el subrayado es mío).

viernes, noviembre 11, 2011

RONDA DE MADRID

Me comunica JM, mi buen amigo librero, que ya ha recibido los primeros ejemplares de Ronda de Madrid. Le han llegado a él antes que a mí, por lo que su mensaje es la primera noticia que tengo de que la novela ha comenzado su andadura. Con sus 366 páginas, que se añaden a las más de cuatrocientas que suman las otras dos entregas de mi trilogía de la Transición, culmina la que hasta ahora es mi obra más voluminosa y compleja, acaso sólo igualada en extensión por la suma de las sucesivas entregas de mi Diario abierto en marcha. 


En todo caso, llega a su fin un trabajo que me ha tenido ocupado desde 2003-4, cuando redacté Vacaciones de invierno; y cuyas dos últimas entregas, redactadas ya con la certeza editorial que me proporcionaba el apoyo de Antonio Rivero y de Paréntesis, me han tenido pegado al ordenador sin interrupción durante los últimos treinta meses, más o menos. 


No lo digo en tono de queja. He sido feliz mientras efectuaba estas reconstrucciones de un pasado que no es sólo memoria personal -aunque también-, sino, sobre todo, memoria colectiva. Me he reconciliado con situaciones y planteamientos que, por haber sido la causa de no pocas desilusiones y disconformidades, pesaban sobre mi memoria y mi conciencia como otros tantos errores de difícil rectificación. Y esa felicidad ha sido más intensa incluso mientras redactaba esta última entrega, Ronda de Madrid, porque lo que se cuenta en ésta atañe ya directamente a una conciencia adulta, y no a su disculpable contrafigura, el niño o el adolescente que ese adulto fue. Volver a recorrer de la mano de Juanma, el antihéroe de mi novela, las calles del Madrid (y, por referencias de su novia, Isa, el Londres) de los ochenta ha sido recuperar la conciencia plena de un tiempo vivido pero no del todo bien asimilado ni comprendido. De las conversaciones mantenidas a lo largo de estos últimos meses con personas que conocieron esos tiempos y esos ambientes deduzco que historias como las que se entrelazan en esta Ronda de Madrid no atañen sólo a su autor. Y eso es lo que justifica su conversión en materia narrativa.



Ahora sí que han dejado de pertenecerme del todo.

jueves, noviembre 10, 2011

TOMÁS SEGOVIA

Hojeo mis libros de Tomás Segovia, el poeta español de trayectoria vital y literaria mejicanas,  al día siguiente de saber la noticia de su muerte. Lo conocí, y tuve al mismo tiempo un primer atisbo de su poesía, en una lectura que dio en Cádiz a finales de los ochenta o muy al principio de los noventa, en un ciclo en el que también participó Roberto Juarroz; y lo leí poco después en la antología que había publicado en la ya mítica colección Ocnos: aquellos tomitos sobrios, minimalistas, que rara vez erraban en su propósito de recoger lo más esencial y decantado de la producción poética contemporánea. Por entonces no había publicado aún sus últimos libros, acaso los mejores, pero ya me llamó la atención la delicadeza tonal de su poesía, su sobriedad, su sereno clasicismo. Eran sus poemas de entonces -y eso lo percibí más en mi lectura que cuando los oí de viva voz- un tanto fríos, transidos acaso de esa cierta tendencia al intelectualismo y la abstracción que tanto ha recortado el vuelo de la mejor poesía de los últimos cincuenta años. Esa cierta frialdad, que no llegaba a empañar las cualidades de aquellos poemas, desapareció por completo en los libros que publicó en España en las últimas décadas, sustituida por una muy mejicana cordialidad y por un novedoso recurso a la descripción, al paisaje, a la serena contemplación de lo realmente existente, lejos ya de esquematismos y abstracciones. De esa frialdad anterior estaban exentos, por cierto, sus muy francos sonetos eróticos, de los cuales creo recordar que leyó alguno en aquel recital gaditano, acaso el que termina con esta gráfica contundencia:


...si entro
con la lengua en la entraña que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.


Tuve ocasión de estrechar su mano y decirle cuánto me gustaba su poesía hace apenas un año, en Madrid, cuando él participaba en el homenaje que la Universidad Complutense hizo a su amigo Ramón Gaya. Se siente un extraño vértigo cuando el recuerdo reciente de una persona viva y activa se yuxtapone tan violentamente a la noticia de su muerte. Por eso dejo esta nota aquí: menos una necrológica que un recordatorio íntimo. 

miércoles, noviembre 09, 2011

DESTELLOS

La convocatoria (un almuerzo) parecía obedecer a un motivo de trabajo, pero en realidad sólo era (nada menos) un encuentro de gente que se descubrió afín en circunstancias no del todo favorables, y que ahora, superadas u olvidadas las razones de aquella momentánea alianza defensiva, nos sabemos unidos por razones más altas, que van desde el respeto mutuo al recíproco reconocimiento, además del afecto surgido del trato prolongado. Salgo de la reunión con el corazón esponjado. Y, por eso mismo, mucho más vulnerable.


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Por eso, quizá, me resulta tan deprimente el espectáculo que presencio desde la parada del autobús. En torno a cierto edificio público en el que se celebra un mitin del partido gobernante, un nutrido cordón policial, al parecer motivado por la presencia, a la entrada, de unas pocas decenas de manifestantes que protestan por no haber cobrado sus salarios. Llama la atención la desproporción entre la fuerza disuasoria y la presunta amenaza, lo que me lleva a preguntarme qué pasaría si, en un momento dado, las proporciones se invirtieran y el número de manifestantes excediera al que la fuerza pública fuera capaz de contener. 


Pero más llamativa me resulta la imagen que puede verse en la acera de enfrente: la docena aproximada de autobuses aparcados, en los que seguramente han venido los centenares de personas que en ese mismo momento jalean al orador de turno. Lo lógico, pienso, sería que un mitin celebrado en una capital se nutriera de simpatizantes residentes en esa ciudad, y no de animosas masas de jubilados y desocupados traídos de muchos kilómetros a la redonda a cambio de un bocadillo... Desde luego, la cínica conclusión parece servida: si la amenaza del desempleo o la miseria consigue reunir a apenas unas decenas de personas, el clientelismo y el mandato caciquil consiguen juntar centenares. La balanza sigue inclinándose a favor del sistema, y así parece que seguirá siendo en un futuro más o menos inmediato. Luego, Dios dirá. 


Yo, como decía antes, venía con el corazón esponjado. Y, por eso mismo, estos feroces destellos de la realidad me resultan dolorosos.


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Y este entrañable compañero que me asegura que usa la corbata como prenda de abrigo, para cerrar el cuello de la camisa y proteger la garganta del frío... No he oído jamás excusa más cándida para la coquetería. Y, por eso mismo, me resulta incluso razonable.

lunes, noviembre 07, 2011

HUMO



La paleta de colores de este atardecer: la de Corot. Cielo despejado, casi blanco; luz amarilla; verdes frescos, de hoja nueva o limón sin madurar. Tonos firmes, asentados, como de tierras bien drenadas que la lluvia hubiese meramente refrescado y limpiado, sin estridencias ni devastaciones. Todo un  manifiesto, se diría, que uno está dispuesto a suscribir, pese a tanto ruido de fondo empeñado en contradecir lo que el paisaje y la estación afirman con claridad meridiana.

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"Y tú, ¿qué vas a votar?", me espeta a bocajarro este buen amigo en la sobremesa de la cena compartida. Le digo lo que él ya seguramente sabe: no a éstos, desde luego, ni a estos otros... En cuanto al resto del elenco... ya se verá. Pero el ánimo no anda predispuesto precisamente a las delicadezas del voto. ¿Cómo expresar la desafección absoluta? Y sin contradecir la propia naturaleza de uno, con la que tampoco casan bien las veleidades nihilistas.

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Lo que es una suerte es que este fin de semana nos acompañe mi amiga, la traductora de Carroll. El mundo peculiar de este autor se mezcla con nuestras conversaciones. "De poder elegir, ¿qué personaje de Alicia en el País de las Maravillas serías?". Descontando a la propia Alicia, claro. Juegos de niños, mucho más interesantes para animar la sobremesa que el tipo de conversación política que anotaba antes. Y que también te ponen en un compromiso. ¿Quién sería yo? La prudentísima oruga, con su punto agorero y su afición al tabaco, que es una manera de convertir en humo el propio pensamiento cargado de razón.               

viernes, noviembre 04, 2011

HOMBRE CON GORRITO



Un claro de sol en medio del temporal. La gata ha sido la primera en intuirlo. Se encarama contra la puerta del balcón y golpea los cristales con sus garras. Una hora antes, aproximadamente, soportaba yo el nerviosismo de una veintena de adolescentes ante los embates del viento. Y qué diferencia entre ese no-saber impotente y absurdo y la firme determinación de la gata, a quien los elementos ni impresionan ni asustan: sólo aportan información, que ella aprovecha en función de unas necesidades que tampoco son demasiado difíciles de satisfacer: una cierta apetencia de calor, la veleidad de beber agua en los charquitos que han quedado en el suelo del balcón, la añoranza de ver volar unos pájaros fuera de su alcance.


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Anoche, para demostrar una vez más mis habilidades prácticas, decidí reponer la bombilla de la escalera que llevaba meses fundida. Me subí a un banco, intenté desenroscar la tapa del aplique -en vano, porque estaba deshecha por el calor y me quedé con los pedazos en las manos- y, al girar la bombilla inservible, tan deteriorada como el resto del dispositivo, me quedé con la esfera en las manos. La rosca quedó dentro del casquillo y creó un pequeño cortocircuito, acompañado de su correspondiente chispazo y la consiguiente nubecilla de humo con olor a cable quemado... Mi primer impulso fue huir del lugar del desaguisado. Pero, consciente de la faena que supone dejar el bloque entero a oscuras en plena noche, me animo a bajar a pedir a un vecino una linterna y rogarle que vigile el interruptor general, para que nadie active la corriente mientras yo intento sacar con unas tenazas la rosca desprendida. Todo esto ocurría a mi regreso de un compromiso vespertino, cuando mi único deseo, después de un largo día de trabajo, era ponerme las zapatillas y tumbarme en el sofá... Ahora veo mi obra (la triste bombilla desnuda en medio del aplique roto) y pienso que la abstención de toda acción es, a veces, el mejor modo de actuar posible.


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Por dos euros me compro uno de esos gorritos de pescador que venden en las tiendas de baratijas importadas. Salgo de la tienda más contento que unas pascuas, feliz por estar protegido de la lluvia y momentáneamente absuelto de mi sentido del ridículo por las circunstancias meteorológicas. He perdido ya varios gorritos como éste. Mejores, incluso. En todos ellos fundé la misma vana esperanza de haber resuelto para siempre un leve desajuste indumentario y las consiguientes incomodidades. Ya veremos cuando llegue el próximo temporal.

jueves, noviembre 03, 2011

DE VITA BEATA



Dejar de leer periódicos, de escuchar la radio, de ver los telediarios. Hoy por hoy, quién lo diría, me parece una postura absolutamente razonable. El juego al que anda sometido el ciudadano impresionable ha quedado ya más que al descubierto: hoy una de cal, mañana otra de arena. Hoy se anuncian grandes catástrofes y mañana las soluciones milagrosas a las que han llegado los políticos tras un almuerzo... Mientras tanto, la ciudadanía va renunciando a exigencias que antes parecían irrenunciables, va quedando cada vez más inerme. De ahí lo que decía antes: renunciar a ser sujeto pasivo de esa especie de lavado de cerebro global. No leer, /  no sufrir, no escribir, no pagar cuentas... Lo dicho.


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La fuerza de un temporal. Eso sí que es un argumento.


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Y el amor desinteresado al trabajo bien hecho. Como estas notas que me manda mi amiga la traductora Elena Gallo Krahe, de una conferencia sobre Lewis Carroll que anda preparando para mis alumnos. Hay más esfuerzo detrás de estas atinadas observaciones que el que habitualmente cualquier ganapán de la literatura dedica a cualquier ejercicio de mero lucimiento. Y van destinadas a unas pocas decenas de adolescentes, a quienes aprovecharán o no, porque, en este oficio y aledaños, se siembra un poco al tuntún. Como hace el viento (con grandes resultados, todo hay que decirlo).

miércoles, noviembre 02, 2011

BRUJAS LA MUERTA

Lo que verdaderamente asustaba, en esta mascarada importada en la que poco a poco se va convirtiendo nuestro Día de Difuntos, no era la presencia esporádica de bandadas de chicos ataviados de vampiros o fantasmas, ni la ocasional agresividad impune de algunos de estos grupos, sino, más bien, lo desolado de las calles a primera hora de la noche, el viento destemplado -ni frío ni caliente- que se metía bajo la chaqueta y producía en la piel estremecimientos de fiebre, y la sensación de extrañeza debida al reciente cambio de hora. Brujas la muerta, como rezaba el célebre título de Maeterlink. Sustitúyase Brujas por cualquier otro nombre de ciudad y ya está. 


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Recolecta de piñas secas en un pinar cercano. Las usamos para facilitar el encendido de la chimenea: las piñas se inflaman enseguida y proporcionan una llama intensa y duradera, que termina prendiendo en los troncos más recalcitrantes... No queremos indagar mucho en nuestra búsqueda, porque tras cada mata de lentisco, en cada receso entre árboles, nos aguarda una sorpresa desagradable. Excrementos, basuras, papeles arrugados, preservativos usados... Me acuerdo de cuando ese pinar era uno de mis territorios de juego preferidos. Hoy daría mucho reparo dejar a un niño correr con las rodillas desnudas entre tanta inmundicia. De hecho, no hay apenas nadie. Sólo un hombre joven que juega a echar una pelota a dos niños muy pequeños. No veo a su mujer. Y me da por pensar que este hombre es el típico divorciado al que han dejado ver a sus hijos el fin de semana, y que su mujer seguramente montaría en cólera si supiera que los ha traído a este sitio degradado, donde podrían caerse y pillar una infección.


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Una nadería para alegrarme el día. Signatura 400, de Sophie Divry. Una de esas deliciosas bagatelas que sólo  los franceses -y, sobre todo, las francesas- son capaces de escribir, al estilo de Mis ceniceros, de Florence Delay o, salvando todas las distancias, La gata de Colette. El de Sophie Divry es una breve y amena divagación en torno al mundo de las bibliotecas y las gentes que las frecuentan, puesta en boca de una desengañada empleada que ha visto de todo desde su mostrador. A esta mujer le desazona el hecho de que la "signatura 400" sea hoy en día una categoría vacía dentro de la Clasificación Decimal Universal que rige en las bibliotecas. Y me acuerdo de que, en los manuales del oficio que yo he manejado, aconsejan dedicarla a asuntos locales. Lo que, más que llenarla de contenido, la convierte en una especie de depósito de aspiraciones desmedidas y frustradas, como suelen serlo las relacionadas con la erudición de vuelo corto y la vanidad local...