sábado, diciembre 31, 2011

DISPEPSIA

Hablando de esto y de lo de más allá, en la sobremesa, este amigo nos hace esta revelación sorprendente: dice ser descendiente directo, por vía femenina, de la hermana del mariscal Bernadotte, general de Napoleón y fundador, por uno de esos accidentes de la política europea de entonces, de la dinastía hoy reinante en Suecia... Inmediatamente bromeamos sobre la urgencia de hacer valer sus derechos a ese trono. Tal como están las cosas en las monarquías europeas, decimos, quién mejor que tú para desempeñar honrosamente ese puesto. Otro que no fuera él ya habría removido cielo y tierra para hacer valer su derecho a tratar como pariente al  actual monarca sueco. Y alguno incluso se valdría de ese parentesco para efectuar algún que otro pingüe negocio... Él no, desde luego. Cuando la curiosidad, hace años, le llevó a recalar en la decrépita casa-museo que la ciudad de Pau dedica al viejo mariscal, el encargado le rogó encarecidamente que le hiciera llegar el árbol genealógico de esa anónima rama de la familia. Sa majesté le roi de la Suède, le dijo, estaría encantado de conocer ese dato inédito. Pero nuestro amigo no se tomó la molestia de poner su parentela por escrito. Para qué. Si acaso, bromea con el parecido que su nariz aguileña y sus ojillos desconfiados y curiosos le prestan con los retratos que se conservan de su lejano pariente.


El mundo es a veces muy raro.


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Lo que me hace acordarme, por esos vericuetos de la memoria, de aquella estudiante madrileña que me juraba, en alguna descabalada noche de los ochenta, que su familia conservaba el derecho a heredar no sé qué títulos de nobleza, siempre que pagara los elevados impuestos que gravan esa clase de transmisiones. Y resultaba extraña esa declaración de aristocracia venida a menos, en medio del general desamparo en el que nos veíamos todos en esos años. Aquella duquesa, recuerdo, podía darse por contenta si ese día llevaba en el estómago una buena ración de macarrones. Y en las salidas nocturnas invariablemente se hacía invitar. Por esa vía, la modernidad madrileña de entonces se mostraba conmovedoramente... galdosiana.


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Dispepsia en vísperas de la nochevieja. Para terminar de digerir el dichoso año que se va hará falta , me temo, una buena dosis de bicarbonato.

viernes, diciembre 30, 2011

ACORDES



El sol que incendia las ventanas altas.


El salto simultáneo de tres peces en la orilla. (Y el entrecruzamiento posterior de sus respectivos juegos de ondas concéntricas.)


La belleza incontestable de algunas madres jóvenes.


El hecho de sentirte en otra ciudad, y en otra latitud, simplemente por tener las orejas y la punta de la nariz heladas.


La sorprendente irrupción de un extraterrestre: este empleado municipal que, con su traje fluorescente y su máscara de seguridad, se nos acerca amenazadoramente, enarbolando una podadora mecánica.


La vendedora de sombreros.


La gaviota joven que todavía no ha mudado su plumaje gris.


El zumo de naranja, como un ascua en tu mano.


La posibilidad del milagro en las tiendas de todo a cien.


El olor a paraíso de las panaderías.


La bajamar y el secreto de su botín de agua escondido en alguna parte.


La conciencia, ese peso.

jueves, diciembre 29, 2011

EN LA RADIO

En la radio, dentro del magazine vespertino, el consabido espacio de libros. Lo vamos oyendo en el coche. Normalmente cambiamos de canal, para no aburrirnos. Pero esta vez, por curiosidad, lo dejamos. Hay que decir que la conductora del magazine es una profesional curtida, de ésas que cree que el secreto de la radio consiste en hablar con idéntico entusiasmo, y con las mismas expresiones estereotipadas de asombro, del último disco del cantante guapito de moda y del último premio Nobel de física. El especialista en libros, o así, que ahora la acompaña es de la misma escuela; si acaso, a la arrebatada dicción de su compañera cree necesario oponer una entonación amanerada y campanuda, en consonancia con la categoría de la noble materia de la que se ocupa. Y así, en menos de cinco minutos, enumera una docena de títulos de novelas absolutamente geniales, fascinantes, bien construidas,  "de las que te atrapan desde la primera página". Y de las que, todo hay que decirlo, no puede uno sustraerse a la hora de decidir qué libros regalar por estas fiestas. Su acompañante corrobora de vez en cuando: "Desde luego, es un novelón". Lo que no dicen, y quizá ni siquiera sospechan, pese a llevar años pregonando el género, es que nadie se acordará de ninguno de estos títulos dentro de unos meses; ni siquiera sus editores, que harán guillotinar el remanente de la edición en cuanto empiecen a llegarle las primeras devoluciones. 

No sé por qué me deprimen estos programas. Quizá, sospechará más de un lector de estas notas, porque no hablan de mis libros. Pero no es eso: cuando lo han hecho -alguna vez- también me ha parecido que hablaban de algo que tenía muy poco que ver con la literatura, y sí, en el mejor de los casos, con la exhibición de monstruos de feria -qué otra cosa es un señor que se pasa meses emborronando cuartillas para ocupar por unas semanas un puesto en las atestadas mesas de novedades de las librerías-; y, en el peor, con la simple publicidad de artículos perecederos, cuya condición desmiente crudamente las ilusiones y expectativas que uno, ay, abriga respecto al género. 

Y quizá a esto se reduzca todo: a una mera cuestión de expectativas desmentidas.
  

miércoles, diciembre 28, 2011

DE CABECERA

El breve paseo matinal disipa las melancolías con las que me despierto, fruto de la noche mal dormida, del malestar general causado por la medio gripe que arrastro y de otros difusos pero tangibles desacuerdos entre uno y la realidad. Voy a mi librería de referencia, a recoger algunos encargos. Y mantengo con el librero una breve pero sustanciosa conversación sobre la naturaleza elusiva del tiempo en estos días sin obligaciones. No tengo conciencia de haber sido yo quien ha llevado la charla por esos derroteros, pero el caso es que en el autobús venía pensando ya en el carácter elástico que tenían los días en mi adolescencia, por ejemplo, cuando me daba tiempo de estudiar, salir, escuchar música, leer, puntear la guitarra, pintar e incluso escribir, sin que estas acciones se atropellaran unas a otras ni se tradujeran en una sensación de premura o agobios. Pienso en C., en sus días cortísimos, y llego a la conclusión de que la diferencia está en que el actual régimen de vida de los adolescentes les priva, en sus días libres, de las dos partes más productivas de la jornada, a saber: la mañana, que suelen pasar durmiendo; y las horas previas al sueño, que ellos apuran en diversión. No es que uno no trasnochara, cuando había ocasión para ello, ni que estuviera siempre predispuesto a hacer algo que no significara pura y simplemente perder el tiempo. Era más bien lo contrario: la diversión -en el abrumador sentido de compromiso social que tiene hoy- no venía impuesta como una obligación más, y eso dejaba tiempo para muchas cosas.


Juro que no fui yo quien sacó el tema. Pero uno de los alicientes de venir a esta librería es éste: el librero, frecuentemente, me lee el pensamiento.

martes, diciembre 27, 2011

MONEY IS A KIND OF POETRY

Definitivamente, no me gusta Wallace Stevens, al que leo en la estela de Pound, los imaginistas y, en general, la  revisión que ando haciendo últimamente de los poetas de vanguardia británicos y norteamericanos. La poesía de Stevens me resulta antipática y pretenciosa. No tiene, ni de lejos, la elocuencia y el poder de convicción de la de Pound -a pesar de todo lo que la de éste tiene de acumulación caprichosa, de cacharrería-; y carece, por supuesto, de la delicadeza y precisión de la de su amigo y coetáneo William Carlos Williams. Sus mejores poemas están, quizá, en Harmonium, su primer libro; descontando de él los ripiosos ejercicios rimados -que este poeta continuará cultivando hasta el final de sus días- y pasando por alto, incluso en los poemas más prometedores -la suite titulada Sunday Morning, por ejemplo-, el inconveniente de que siempre anuncian más de lo que ofrecen. 


Más interés tienen sus aforismos o Adagia; pero incluso éstos se resienten de cierto... despeluchamiento, como juguetes muy manoseados. Por ejemplo, éste: Money is a kind of poetry, que Andrés Sánchez Robayna traduce como: "El dinero es una forma de poesía", pero que también podría interpretarse como "El dinero es una especie de poesía"; lo que nos lleva a una cierta ambigüedad: ¿es o no es poesía? Y todo para decirnos que el dinero, como la poesía, presupone un estado de cultura en el que el simbolismo, la transferencia de significados y la abstracción son de dominio público. No sé.


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Menos mal que me he propuesto, en las mañanas de más o menos forzosa soledad de las que van a componerse estas vacaciones -con M.A. trabajando y C. absorta en su laberinto adolescente-, hacer algo más que leer o escribir. Voy a cocinar, y ahora mismo me dispongo a hacer la lista de la compra para la semana. Hoy toca arroz con setas. Y como no espero gran cosa de las insípidas setas envasadas que encontraré en el supermercado del barrio, ni tengo posibilidad de ampliar mi radio de búsqueda, se me ha ocurrido añadirles, para realzarles el sabor, algunas setas shiitake que he encontrado en el cajón de ingredientes orientales de M.A. Con lo que, miren por donde, me va a quedar un arroz composite, como esos poemas de Pound aderezados con ideogramas chinos.... También esto de la cocina es cuestión de trucos, como la literatura. 


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Mañana, o pasado quizá, unas lentejas con foie. Cuyo antecedente literario sería, no sé... ¿los poemas de Claudio Rodríguez?

lunes, diciembre 26, 2011

EL VIRUS



Lo mejor de los dispendios culinarios de estas fechas: el aprovechamiento de las sobras. El desayuno de hoy consiste en un mango troceado, unas lonchas de salmón marinado sobre tostadas y unos rosquitos caseros de mi madre. No hay mejor manera de inaugurar esta apacible mañana de día festivo. Se da la circunstancia, además, de que anda uno incubando una gripe benigna, de ésas que se traducen en una especie de adormecimiento no del todo desagradable. Todo lo que me ocurre en las últimas semanas tiene esta cualidad de resaca, no sé si del trabajo excesivo, de las emociones soterradas o de las ansias más o menos desmedidas. Ahora el cansancio y la benévola destemplanza invitan a la serena conformidad, a la reformulación de las ambiciones, a la paz de ánimo. Si todo esto es producto del virus de la gripe, bendito sea: habría que cultivarlo y venderlo en las farmacias. En cómodos inhaladores, quizá.

sábado, diciembre 24, 2011

MI POEMILLA NAVIDEÑO



Todo ocurre dentro y fuera.
Arde fuera de ti el fuego
que por dentro te calienta.

Era navidad también:
nevaba fuera y nevaba
sobre el belén de papel,

que era el mundo anticipado.
Nevaba por primera vez.
Yo ya lo había soñado.


Mi poema navideño de 201o, que dejo aquí mientras hace su recorrido el de 2011. Mis mejores deseos a todos los lectores de este blog. 


PARA LOS AFICIONADOS A LOS TIQUISMIQUIS MÉTRICOS. Algunos lectores me han llamado la atención sobre la irregularidad del verso penúltimo: la solución ("nevaba por vez primera") es obvia, pero se pierde el efecto de ralentización del ritmo, tan conveniente para la evocación de la caída de la nieve; y se pierde también la asonancia -redundante, pero efectiva- de este verso con el primero y tercero de la estrofa anterior. Así que dejo el verso anómalo tal como me vino a las mientes cuando escribí el poema.









viernes, diciembre 23, 2011

RECADOS

La duda que me asalta siempre que este cuaderno se extiende durante demasiados días seguidos sobre cuestiones exclusivamente literarias: si no me estaré dejando fuera lo verdaderamente importante. La sensación contraria, en cambio, casi nunca se da. Es como si la vida tomada tal cual es no necesitara las compensaciones y complementos que sí requiere la literatura. Pero ¿acaso la mera existencia -y persistencia- de la literatura no demuestra todo lo contrario?

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Dos, tres veces cruzo la mirada con esa desconocida en el supermercado, ante el mostrador de la charcutería. Y ella se da cuenta, lo que me pone en una situación ligeramente incómoda. Y el caso es que el motivo de esas miradas cruzadas no es otro que mi posición, que me obliga a mirar en esa dirección, porque en la contraria no hay otra cosa que un enorme espejo que me devuelve mi propia figura, entre cartelas publicitarias y montones de fruta... Así que, por no tener la mirada fija exclusivamente en las operaciones del charcutero, que se toma su tiempo para cortar un poco de jamón, giro un poco la cabeza y... tropiezo con los ojos de la desconocida, que me está mirando, y que vuelve inmediatamente la cara. Así varia veces, hasta que, en una de esas miradas, veo que la extraña ha desaparecido como por ensalmo. Por pura curiosidad doy un paso hacia atrás, por si alcanzo a verla alejarse por el pasillo. Y lo que ocurre es que la tenía a mi espalda y tropiezo con ella.

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Esa hilera de abriguitos infantiles colgados de una barra en la tintorería. Niños a los que han puesto en fila para administrarles un castigo.

miércoles, diciembre 21, 2011

FRÍOS

El despiadado frío gaditano, exento de artificios invernales -no hiela, ni nieva- y ni siquiera demasiado intenso, comparado con el de otras latitudes; pero, por eso mismo, tanto más dañino, por actuar sobre gente casi siempre incautamente desabrigada, sobre casas de paredes finas como láminas de cartón, sobre ánimos demasiado poco prevenidos respecto a las crudas realidades del invierno. Me paso la mañana sin quitarme el chaquetón, con el cuello envuelto en una bufanda y alternando entre salas excesivamente caldeadas y pasillos gélidos. Y tengo un recuerdo para la añoranza que decía sentir Josep Pla por los países bien organizados, en los que todas las casas están bien aisladas y cuentan con sistemas de calefacción eficientes. Sentado en mi salón, a apenas un metro del calefactor de aceite, siento en la nuca el tacto gélido de una inexplicable corriente de aire... Y es como si estuviera en una de esas inhóspitas masías del Ampurdán en las que tan infeliz decía sentirse el escritor catalán apenas llegaban los fríos.


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Muy frío, también, el prólogo que pone el historiador Santos Juliá a las Crónicas de la Guerra Civil de Manuel Chaves Nogales que acaba de publicar Renacimiento. El sevillano, a juicio del historiador, "redujo la complejidad de la lucha a dos términos que dejaban fuera más de la mitad de las cosas que estaban ocurriendo en España en aquel otoño de 1936". Pero da la impresión de que el prologuista abusa un tanto de su situación privilegiada: que el testigo directo de los hechos no viera la situación con el distanciamiento de quien la enjuicia setenta años después no quiere decir que el testimonio del primero pueda tildarse sin más de insuficiente. Porque el hecho es que Chaves ve cosas que muchos estudiosos de nuestra historia reciente no alcanzan a ver ni siquiera hoy. Para empezar, la catadura personal y moral de los actores principales del conflicto. Las inhibiciones de Azaña, por ejemplo, le parecen a Chaves el producto de "un prurito típicamente intelectual de sujetar la realidad al sistema ideológico previamente elaborado". El sevillano es también el primero, quizá, en percatarse del significado de los movimientos políticos que se produjeron en ambos bandos a mediados de 1937: la decisión de Franco de desprenderse de los elementos más genuinamente fascistas de Falange -los hedillistas- para apoyarse en las viejas clases conservadoras; o la pretendida adhesión formal del gobierno de Negrín a la legalidad republicana, comprometida en los primeros meses de la guerra por la acción revolucionaria de las organizaciones que controlaban de facto la situación... Que ese abandono de las posiciones más extremas dentro de cada bando no terminara, como esperaba el sevillano, en un entendimiento entre los contendientes no resta lucidez a su análisis. De no haber mediado una guerra mundial, que apartó de España la atención de las grandes potencias, y posteriormente una guerra fría entre Occidente y la URSS, que convirtió a Franco en un aliado estratégico de Estados Unidos, quién sabe si los hechos no hubieran terminado imponiendo una salida pactada del régimen de fuerza instaurado por el bando vencedor. Las esperanzas de Chaves se vieron defraudadas. Pero su impecable visión de intelectual liberal, rara avis en la Europa de entonces, conserva aun hoy toda su fuerza, e incluso un cierto magnetismo. Leyéndolo, quisiéramos suscribir punto por punto su sentido de la justicia, su lúcido rechazo de los totalitarismos y su inquebrantable adscripción a la democracia republicana, sin que esto significara hacer la vista gorda sobre los crímenes cometidos por quienes teóricamente decían defenderla... Setenta años después, el ardor que el periodista sevillano puso en la defensa de sus ideales resulta incluso contagioso. Por eso merece la pena leer su libro. A despecho, incluso, de lo que dice su prologuista.

martes, diciembre 20, 2011

BREVEDADES


Casi de una sentada me leo Lengua de madera, la "antología de poesía breve en inglés" que ha compilado Hilario Barrero y editado Isla de Siltolá. Constato, una vez más, el hecho paradójico de que, aunque no hay poeta que no haya tenido alguna vez la ambición de escribir poemas largos, en los que plasmar la totalidad del mundo propio, el lector se inclina indefectiblemente hacia la belleza y, por qué no, la comodidad, de lo breve. De hecho, encuentro en este libro algunos de los pocos poemas que me sé de memoria: de Blake, de Emily Dickinson, de Pound; a los que habría que añadir, ya fuera del ámbito de la lengua inglesa, alguno de Catulo, Fray Luis de León, Verlaine, Antonio Machado, Gil de Biedma... No recuerdo haber hecho ningún esfuerzo por memorizar estas brevedades: se me impusieron por sí mismas, en su condición de acuñaciones memorables, y ahí siguen. Nunca han dejado de acompañarme.


Me llega este libro, además, cuando aún ando inmerso en mi revisión de la poesía inglesa y norteamericana de vanguardia, la que inauguraron los imaginistas, bajo el magisterio de Pound. El centenar y  medio de poemas breves que contiene esta antología hubiera proporcionado abundante food for thought a aquellos poetas renovadores del primer cuarto de siglo: casi indefectiblemente se inscriben en una de estas dos categorías antagónicas: epigramas y madrigales, por un lado (es decir, poemas consistentes en la expresión ajustada de un pensamiento), y poemas que se basan en la asociación más o menos subjetiva de dos imágenes aparentemente disímiles. Es decir: estas brevedades plantean en toda su crudeza la esencial dicotomía a la que debe enfrentarse todo poeta contemporáneo a la hora de decidir su manera de abordar el poema: hacerlo de un modo discursivo, elocuente, usando los recursos rítmicos como simples elementos de ajuste para un desarrollo lógico y retórico más propios de la prosa y del lenguaje común; o, por el contrario, buscar la asociación imaginativa, la libre relación de ideas, el proceso asociativo por el que, en el intelecto, una imagen evoca otra, en un proceso frecuentemente independiente del pensamiento meramente discursivo. Todos los poetas antologados en este libro son una cosa u otra: o epigramáticos, en un sentido amplio, o imaginistas. No hay más. 

Ni que decir tiene que, si últimamente me ocupo en estas reflexiones, es porque ando revisando algunas de las convicciones en que se ha basado mi propia práctica poética hasta el momento. Por cansancio, quizá, de los caminos recorridos. Y porque a todos nos llega el momento de plantearnos si la amplitud del gusto propio, siempre mayor que la de la propia creación de la que uno es capaz, no debe de ser una permanente invitación a extender muestras indagaciones, a explorar caminos nuevos. En eso estamos. 

lunes, diciembre 19, 2011

EN EL AUTOBÚS SEMIVACÍO

En el autobús semivacío, al filo del mediodía del viernes, dos monjas sentadas frente a lo que parecen ser dos viajantes de comercio. Las monjas visten tocas aparatosas y hábitos que las cubren hasta los pies y les hacen parecer figurantes de una película ambientada en los Siglos de Oro. Son forasteras, como los viajantes, y hablan de las bellezas de la ciudad. A los viajantes, que parecen gente apresurada, les recomiendan que no se vayan sin haber visto la puesta de sol, que a ellas les ha impresionado. Los viajantes, a su vez, se deshacen en elogios hacia la ciudad, a la que uno de ellos, recurriendo a un conocido tópico, compara con La Habana, donde dice haber vivido muchos años... En esto, tercia en la conversación una anciana que los ha estado oyendo desde el otro lado del pasillo, donde ocupa el asiento situado frente al mío. Habla esta mujer como lo hacía mi abuela materna: con el habla algo afectada, "fina", aunque inconfundiblemente gaditana, que empleaban las mujeres de los oficinistas y trabajadores de cuello blanco para diferenciarse de las gentes del pueblo. Asiente a la comparación habanera, y rompe una lanza a favor de la amabilidad de los nativos, de quienes dice (y yo creo que exagera) que siempre están dispuestos a apartarse de su camino para acompañar a un forastero desorientado... Asisto entre encantado y empalagado a esta escena de otro tiempo. La tranquilidad de esta hora previa a la salida de los trabajos y al cierre de los comercios contribuye a la ilusión. Que se desvanece cuando, como por arte de magia, las monjas se levantan, los viajantes y la anciana las secundan y, de pronto, sin que yo pueda discernir qué dirección han tomado, sólo acierto a ver, a mis pies, la acera desierta, mientras el autobús reemprende la marcha.

miércoles, diciembre 14, 2011

IMPLACABLES

Mejor estar siempre ocupado: así es más fácil preservar ciertos espacios de intimidad. Porque, en cuanto uno manifiesta la más mínima disponibilidad, los depredadores del tiempo ajeno se muestran implacables.

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Leyendo a Chaves Nogales -estos absorbentes tomos de obra inédita que acaba de publicar Renacimiento-. El difícil ejercicio de conjugar apasionamiento y distancia crítica. Como dice Muñoz Molina en el prólogo de Defensa de Madrid, este libro "quema entre las manos". Aunque cabría añadir: en según qué manos. Porque, con los testimonios actualmente disponibles -éste de Chaves, los dos tomos de los diarios de Carlos Morla Lynch, etc.- ya tendría que haberse formado en quienes deberían haberlos leído una idea de la Guerra Civil que excluyera parcialidades y se distanciara por igual de los dos totalitarismos enfrentados en esa contienda. Pero, devociones literarias aparte -y Chaves parece estar cosechando muchas-, la idea de una tercera España liberal y democrática, con suficiente fuerza moral para enjuiciar a las otras dos, no parece haber arraigado aún en nuestro ánimo cainita. Habrá que esperar, quizá, otros setenta años.

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Si el deseo de allegar lectores a un libro propio puede ser causa de cierta ansiedad, una simple operación aritmética puede dar idea de la medida de ese sentimiento cuando su objeto es una obra triple. Haber escrito una trilogía: multiplicar por tres la dificultad de encontrar lectores que hayan querido seguirlo a uno en la totalidad de ese empeño. 

martes, diciembre 13, 2011

OFERTAS

Termino la lectura de "Consejo obrero", el relato o "novela corta", como la llama el autor, que cierra A sangre y fuego, la estremecedora colección de narraciones sobre la guerra civil española que escribió el sevillano Manuel Chaves Nogales. Un "consejo obrero" similar al descrito en este cuento fue el que destituyó al propio Chaves de la dirección del periódico Ahora, a pocos meses del comienzo de la contienda. Este hecho, unido a la inseguridad física que el periodista sentía en el Madrid bombardeado por los franquistas y sometido al terror que ejercían las milicias descontroladas, y a la situación de incertidumbre creada por la huida de la capital del gobierno legítimo, fue el que decidió a Chaves a dejar Madrid e iniciar el camino de un largo y definitivo exilio. 


Sobre lo que dejaba atrás no se hacía ilusiones; y eso es lo que traslucen las primeras páginas del nuevo libro suyo que he empezado a leer, su colección de crónicas retrospectivas titulada Defensa de Madrid, que se abre con un desesperanzado retrato del general Miaja, el militar leal a la República que asumió el mando en el frente madrileño. La patética semblanza de este general sin ejército, encerrado en su búnker y temeroso de que lo fusilaran, bien los milicianos sobre los que teóricamente mandaba, bien los antiguos colegas cuya sublevación no había secundado, recuerda extrañamente la que el periodista sevillano hizo unos años antes, en su libro Lo que queda de la Rusia de los zares, de Kerensky, otro hombre bienintencionado al que la Historia puso a cabalgar a lomos de un tigre. Y en ambas, quien se retrata es el propio Chaves, en su estupor de hombre de convicciones liberales atrapado por una siniestra conjunción de circunstancias. 


Lo que lo engrandece es el hecho, incuestionable a la luz de sus escritos, de que nunca se llamó a engaño sobre la naturaleza de las fuerzas en liza: sabía que comunismo y fascismo eran sólo manifestaciones distintas de una misma bestia totalitaria, y, a diferencia de muchos intelectuales de su tiempo, no sucumbió a los presuntos encantos de ninguna de las dos.


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Como me dice este compañero, hay algo obsceno en el hecho de que, en medio de la brutal crisis económica que atenaza a tantos, haya grupos de empleados que sigan permitiéndose las ostentosas y desaprovechadas cenas de empresa que suelen celebrarse en estas fechas. Pero se me ocurre que este dispendio proporciona unos oportunísimos ingresos a no pocas empresas que, gracias a ellos, pueden mantener su actividad y sus plantillas. Y así gira la rueda, sin que nadie sepa calibrar bien las consecuencias de bajarse bruscamente de ella o de contribuir a su alocado movimiento.


Yo, por mi cuenta y riesgo, esta vez voy a permitirme quedarme discretamente a un lado. 


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Un animoso panadero me deja en el buzón la "oferta de lanzamiento" de su establecimiento: dos barras de pan y dos bollos por un euro. La gente sigue abriendo negocios modestos. Lo que no funciona, lo que se ha parado irremisiblemente, es la rueda grande, la que se movía a impulsos de todos sin que, al parecer, nadie se preocupara seriamente por su finalidad, su destino o su rendimiento.    

lunes, diciembre 12, 2011

LA NOTICIA

Mientras instalamos el mercadillo de cuadros y libros, en el silencio de la mañana soleada de sábado, se nos acerca el viejo M., que se pasa el día paseando por el pueblo su porte algo trastabillante de hombre que fue alto y recio, y al que ahora de todo eso le queda una mirada de condescendiente altivez, no exenta de una cortesía rural y antigua... Se dirige a su convecino, mi amigo pintor, y le da la terrible noticia: unos perros han matado a un niño. Nos quedamos mudos, espantados y, a la vez, algo recelosos de que el viejo pueda estar confundido o exagerando. Pero yo mismo vi esa mañana el coche de la Guardia Civil seguido de una ambulancia. Y aunque pensé que, en ese pueblo con tantos viejos, el motivo de esa irrupción una de esas urgencias rutinarias que no necesariamente están abocadas a acabar en tragedia, ahora ese detalle parece corroborar la terrible historia que acaban de contarnos. 


Y, sin embargo... No sé, esperaba uno que un suceso así desatara una conmoción inmediata. Que, en este pueblo tan pequeño, la vida quedara momentáneamente paralizada. Pero no: el camarero del bar de la plaza continúa poniendo tranquilamente las sillas y mesas de la terraza, mientras la encargada avía los montones de leña que habrán de calentar esa noche una zambombá callejera, en la que se servirá anís y polvorones... Nosotros mismos seguimos con nuestra rutina, colgando cuadros bajo los soportales del ayuntamiento y distribuyendo caballetes por la plaza. También van llegando los amigos que hemos convocado al evento. Y cuando, mientras tomamos el primer vino, les comento la noticia que acaban de darnos, nos dicen que, por la carretera, llegando al pueblo, les había adelantado una furgoneta de una empresa de pompas fúnebres. En vano pedimos novedades a otros recién llegados. Nadie sabe nada.


Mientras, el pueblo va despertando alrededor de la plaza, que alcanza el punto álgido de su actividad a eso de las dos de la tarde. Incluso el mercadillo se anima. Y, aunque ese día no se venden cuadros, los libros parecen tener alguna aceptación. Siente uno una cierta emoción al poner estos libros propios en manos de extraños. Y aunque he asumido esta obligación en nombre de una librería, a la que rendiré cuentas, cada libro vendido me parece un extraño y sorprendente logro... En fin: quiero decir que cada uno se fue entregando a sus fantasías y vanidades. Y el hecho trágico que había planeado sobre nuestras cabezas desde primera hora de la mañana quedó más o menos relegado.


En la cena -una especie de festín prenavideño, urdido por unos inquietos restauradores locales- quedó aclarado el misterio. La víctima no era un niño, sino un hombre de treinta años. Y la causa de su muerte no fue el ataque de una jauría descontrolada, como nos había dicho el viejo, sino un suicidio. De las causas de éste no se dijo nada, y nadie quiso especular sobre ellas. Tampoco, sobre el modo en el que el suicida llevó a cabo su propósito. El hombre vivía en el pueblo vecino, y subía a éste a dar de comer a los perros -había perros por medio, en efecto- que mantenía en una especie de corral. En esa soledad consumó su acto desesperado. Y ahí queda la noticia, añadiendo su triste contrapunto al día.

miércoles, diciembre 07, 2011

LÍMITES

A la mitad de esta semana con dos fiestas intercaladas y sin puente. Hay dos maneras de verlo: una semana con tres viernes; o una con tres lunes. Cuando escribo esta nota (martes noche) el ánimo que me domina se inclina más bien a lo segundo. 


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Lo desacostumbrado, en todo caso, es esta especie de ataque de hiperactividad sobrevenida. J.A.M. me ha enganchado para la prórroga del mercadillo de arte en Benaocaz, que se prolongará a la segunda parte del "puente" (para quienes lo hagan, que no es mi caso); al que se suman dos escritores amigos, Charo Troncoso y Antonio Serrano Cueto. Otro amigo me llama para proponerme unos músicos para otra celebración más o menos inminente... Me paro a pensar en esta extraña constitución mía: el entusiasmo se me transforma fácilmente en ansiedad, y en una insincera, pero fundada, añoranza de la ataraxia, que sería mi estado de ánimo ideal, si no fuera porque tampoco sirvo mucho para la vida meramente meditativa.


***. 


Para hiperactivo, Ezra Pound, de quien releo ahora Personae, la antología de su poesía anterior a los Cantos. Leo estos "poemas breves" -o no tanto: algunos ocupan varias páginas- con más curiosidad que entusiasmo. Y una cierta decepción, ante la triste evidencia de que un talento tan bien dotado, capaz de asimilar varias tradiciones literarias, de inventar o insuflar vida a unos cuantos movimientos de vanguardia, de polemizar incansablemente, tuviera... tan poco que decir. Tiene esta compilación más de almoneda o cacharrería que de corpus poético propiamente dicho. Mucho exabrupto, mucho epigrama, mucho calco y parodia, pero... de lo que es aportación novedosa y personal, nada o muy poco. Si acaso, algunas de las versiones de poesía china que componen su libro Cathay, o algunos de los poemas más genuinamente imaginistas de Lustra. Pero merece la pena recorrer de su mano este itinerario, siquiera sea por constatar sobre qué difíciles cimas pretendía alzarse la poesía del siglo XX. Hemos pagado cara esa ambición, qué duda cabe. Pero no creo que pueda despreciarse sin más a quienes la tuvieron.   


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Y una estupenda película de Spielberg que en su día me pasó desapercibida, quizá debido a su ridículo título: Atrápame si puedes (Catch me if you can). La admiración que nos producen siempre las existencias desmesuradas, como lo fue la de este Frank Abagnale Jr., precoz estafador y falsificador que, antes de cumplir veinte años, fue capaz de poner en jaque al FBI, para acabar sus días trabajando al servicio de este cuerpo policial y de los propios bancos a los que había estafado. La fantasía megalómana de burlar a los poderes de los que dependemos, de saltarse las normas, de sentir que se ha sobrepasado un límite a partir del cual la impunidad parece asegurada. Disfruto con esta película, que llena una difícil sobremesa. La realidad, luego.  

lunes, diciembre 05, 2011

EN LA PLAZA

En la chimenea del amigo M. ha aparecido un pájaro muerto. Me pregunta, lleno de aprensión, si alguna vez me ha pasado algo parecido. No, de momento. A lo más, he llegado a arrancar alguno ya moribundo de las garras de K. Pero no es lo mismo.


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De mercader callejero, a mis años. Estos amigos pintores me pidieron que me sumara al mercadillo de pintura que pensaban instalar en los soportales del ayuntamiento. Para no molestar a ningún librero, aporto yo mismo algunos ejemplares de mis libros recientes, con la intención de recomprar luego los vendidos en una librería, y respetar así el circuito natural y legal por el que éstos deben circular. Pero, una vez más, creo que he pecado de voluntarismo. Veo el montoncito de libros apilados en una especie de banco viejo de iglesia que ha aportado el ayuntamiento y envidio la vistosidad, la prestancia, de los cuadros colgados en la pared blanca u orgullosamente emplazados en sus caballetes. Qué poca cosa es un libro, siempre, al lado de un cuadro. La primera jornada no puede ser más desastrosa: los visitantes confunden los libros con folletos o muestras gratuitas, y preguntan su pueden llevárselos. Alarmado, me apresuro a ponerles a todos una pegatinita con el precio... con lo que creo que los he degradado aún más. Pero son sólo aprensiones mías. Al día siguiente, que es domingo, acudo al mercado con mejor ánimo, influido quizá por la mañana esplendorosa. Me atrevo incluso a entablar conversación con los extraños que se detienen ante la magra mercancía. Y, milagro, vendo algunos: los tres ejemplares que llevaba de Ronda de Madrid, uno de mi antología Casa en construcción... Dejo el mercadillo al medio día, encomendando el cuidado del lote a mi amigo J.A.M., que seguirá al frente del tinglado hasta el martes. Y me voy contento, no tanto por haber puesto en circulación cuatro libros míos, como por haber disfrutado de la impresión única de llegar a la plaza a primera hora de la mañana, sacar los caballetes de las dependencias municipales, colgar los cuadros, y luego dejar pasar las horas mientras a tu alrededor el pueblo y sus visitantes van despertando lentamente...


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Y oír las historias de la gente: algunas, enternecedoras, como la de este joven pintor que se ha convertido al Islam por amor; otras, terribles, como el crudísimo episodio que cuenta el antiguo municipal de cómo redujo a un alborotador y éste, indignado por el trato recibido, fue a poner una denuncia al cuartel de la Guardia Civil más cercano, donde también le dieron lo suyo...

viernes, diciembre 02, 2011

SIN OTRO DESEO

Sin otro deseo que el de dormitar. Agotamiento físico y anímico, que no necesariamente equivale a descontento o infelicidad. La noche anterior fue de insomnio, alimentado por las emociones de la tarde previa. Si no fuera por lo altisonante de la declaración, diría uno que ese nerviosismo estaba en relación directa a la responsabilidad contraída. Remataba uno un trabajo importante, sí. Pero, así y todo, cabe hacerse esta pregunta: ¿responsabilidad ante quién?

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"La crisis nos barrerá a todos", afirma RM, con una cerveza en la mano. "Quiero decir, a todos los escritores que jugamos en las ligas menores". Pero esa constatación pesimista debería ser, pienso, un motivo de orgullo añadido. El escritor menor, desconocido, sin público, como un lujo que sólo las épocas afortunadas pueden permitirse. 

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También K. parece más calmada. La presencia estos días de un invitado en casa la tenía alterada. A las amabilidades de éste respondía con bufidos. Pero, a diferencia de otros gatos, no optó por dejarse ver lo menos posible mientras durase la visita. Por el contrario, una especie de curiosidad inevitable la empujaba a rondarlo, a acecharlo constantemente, como si el motivo de su desazón no fuera que repudiase los intentos del extraño por ganarse su confianza, sino la necesaria afirmación de que, en ese cortejo, la iniciativa correspondía exclusivamente a ella.