miércoles, enero 25, 2012

DE MAÑANA



Me convocan a una reunión que me saca momentáneamente de mi rutina. Y como no le tengo tomada la medida al trayecto de llegada a este destino ocasional, me veo en la calle a primera hora de una mañana fría, sin otra alternativa que refugiarme en algún bar, a pesar de haber ya desayunado. Así que heme aquí en este viejo establecimiento que, pese a estar en una zona que la ciudad engulló hace decenios, sigue manteniendo un cierto aire de bar de carretera. En estos bares de desayunos llama siempre la atención la presencia de un extraño. Y esta impresión inicial de desconfianza quedará confirmada cuando, a la hora de pagar, yo malentienda el precio y deje en el mostrador un euro, por haber creído oír que el coste de la consumición era noventa (céntimos, se entiende), y no uno veinte, que es lo que el camarero me dijo. Me desagrada la brusquedad con la que éste me interpela cuando estoy ya casi en la puerta. Luego suaviza un poco el tono, tal vez por haberse percatado que mi intención era incluso haberle dejado los diez céntimos de propina... "No, si da igual". Pero esta vez soy yo quien se hace el ofendido, mientras espero los ochenta céntimos que sobran de los dos euros que finalmente pongo en el mostrador. 


Para colmo, ni siquiera he entrado en calor, y tampoco he cubierto del todo el tiempo de adelanto que llevo. En la terraza del bar, un vagabundo, con mejor criterio que yo, se cubre con una manta mientras devora un papelón de churros. Desde un balcón, un viejo en pijama me mira con curiosidad. Sí, mi condición de extraño en este barrio es demasiado conspicua. En la estrecha acera que recorro, un hombre malencarado casi me empuja para que lo deje pasar. Por su gesto y sus prisas, podría pensarse que se dirigía a matar a alguien. Pero lo que lleva en la mano no es un arma homicida, sino una simple barra de pan. Llego por fin a mi destino, aún con media hora de adelanto. La limpiadora me pide el santo y seña. "Para eso falta todavía media hora", me espeta. "¿No puedo pasar? Es que -arguyo lastimosamente- hace frío aquí fuera...". Pero la mujer de la limpieza es inflexible. Y sólo cuando el personal burocrático del centro empieza a llegar, en relajados grupos de hombres con cierto parecido a políticos en época de campaña y mujeres con faldas ligeramente por encima de las rodillas, a las que uno adivina un hermoso cruce de piernas tras la mesa del despacho, la limpiadora se aviene a permitirme el paso. Pero no le guardo rencor: el cuarto de baño, que era el sitio que necesitaba después de este ajetreado arranque de día, está inmaculado.

3 comentarios:

gatoflauta dijo...

Es curioso lo que dice JMBA respecto a la posible arma que sólo es una barra de pan. Lo digo porque aquí en Madrid, donde yo vivo, a la barra más usual se la llama de siempre "pistola". Y, más todavía, ocurrió aquí en el barrio que una panadería fue asaltada a punta de navaja. Y, cuando estaba el asunto en pleno desarrollo, llegó una cliente conocida que, con prisa y desde la puerta, dijo "una pistola". A lo que el asaltante se volvió y explicó enfadado: "¡Que no es una pistola, joder, que es una navaja!".

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

Es curioso cómo a veces echamos tanto de menos la rutina, y lo difícil que se nos puede presentar cualquier simpleza si es que no estamos acostumbrados a ella.
Aún más curioso es notar como un micro-relato tan, aparentemente, simple nos puede enganchar de esta manera.
Saludos

Juji dijo...

Como siempre, leerte es un placer... la cuotidianidad en "modo excelente" en tus manos.
Un abrazo.