lunes, enero 30, 2012

IRISHTOWN REVISITED

Tiene algo de efeméride volver aquí, a la hacendosa y recogida calle Irishtown de Gibraltar, porque la primera entrada de este diario íntimo la motivó una visita a la simpática librería de lance que allí se ubica. Fue -tengo que mirarlo, porque lo he olvidado- el 7 de diciembre de 2005. La calle -mi favorita de Gibraltar- sigue más o menos igual: una calle en la que hacen vida los naturales de la colonia, y no, como la paralela Main Street, dedicada en cuerpo y alma al turismo peninsular, ávido de tabaco y licores a precios económicos. No; lo que aquí florece, amén de alguna que otra venerable oficina de seguros más o menos orientados a lo naval, como la añeja Lloyd's, son las tiendas de barrio: una frutería, por ejemplo, terrosa y oscura, como ya casi no se ven en España, y acaso más marroquí que europea, según la apariencia del hombretón barbado y adusto que la atiende; o una tienda de todo-a-cien que aquí, por eso de mantener  a toda costa los caracteres identitarios, llaman Pound's Paradise; y una peluquería, creo recordar, rutilante y vulgar, como tendrían que ser todas las peluquerías que no quieren ser más de lo que son, que se conforman con su amable cometido de poner un poco de fantasía en las cabezas de las amas de casa y las adolescentes con problemas para sacarse el graduado escolar.


Pero, para mí al menos, la joya de esta calle es su inesperada librería de lance. En los años transcurridos desde mi primera visita ha cambiado algo. Para empezar -pero eso puede ser casualidad-, ya no está el entusiasta librero que te saludaba con un sonoro Welcome to Chaos!. Entre otras cosas, porque el local ya no es tan caótico como antes. Ahora los libros -centenares, miles de "novelas populares"- están más o menos agrupados por colecciones y géneros. Sección de poesía, ahora como antes, no la hay, aunque, a falta de algo mejor, encuentro, entre la nutrida sección de libros infantiles y juveniles, que sigue siendo la mejor de la librería, una antología de poesía para niños en la que, como no podía ser menos en el actual estado de mis pesquisas literarias, figuran no pocos poetas imaginistas -y ahora caigo en la cuenta de que este movimiento tiene mucho de juego de taller escolar de poesía-; así que me la echo al coleto, al igual que un par de libros de Kipling -Just So Stories y The Jungle Book- que no tenía en inglés. Con eso -apenas unas pocas libras- ya he hecho el gasto por el largo espacio de tiempo que permanezco en el local. Me ha agradado encontrar de nuevo un cierto número de libros cuyo hallazgo, sin duda, me habría hecho muy feliz en otro tiempo, cuando no los tenía o no los había leído: Barchester Towers, de mi admirado Anthony Trollope; o Murder in the Cathedral, de -¿quién iba a imaginar encontrarlo aquí?-. T. S. Eliot. También, muchas novelas de Dickens y alguna que otra obra de Shakespeare. Éstos y otros libros "respetables" están agrupados en un mismo estante, como para evitarles el roce con la aplebeyada concurrencia; entre la que encuentro, sin duda porque la encargada lo ha creído parte de esa caterva, un ejemplar de Rabbit is Rich, de Updike... Hacer el escrutinio de una librería de viejo equivale a reconsiderar la propia escala de estimaciones de uno. Y en ella, debo confesarlo, las novelas de Updike no ocupan ahora un lugar muy alto, así que no me parece del todo injusto el involuntario menosprecio que aquí sufren. 


La librería, por cierto, ha crecido, y ahora dedica parte de su espacio a artículos de papelería y a algo que, con benevolencia, podríamos llamar "antigüedades" (cuadros ajados de inconfundible factura amateur, cacharrería varia, etc.). No sé si es este parcial cambio de orientación, y el hecho de estar ahora atendida por una simpática señora, lo que motiva la incesante afluencia de amas de casa que se detienen aquí, en una pausa de sus compras, a echar con ella su parrafito. Me admira, una vez más, la singular mezcla de lenguas que los gibraltareños emplean sin inmutarse, intercalando sonoros mi arma andaluces en sus parrafadas inglesas, o sustituyendo las características muletillas o question tags por contundentes ¿vale? castizos. 


Estas conversaciones ponen la música de fondo a mi visita, de la que salgo reconfortado y animado para pasar el resto del día fuera de casa, a pesar de que -esto fue el jueves- ya noto en mí los primeros síntomas de la faringitis que me tendrá en casa el resto de la semana. Esos síntomas, de momento, no me impiden tomar una cerveza tostada en The Angry Friar, mientras miro con cierta emoción peliculera a los centinelas que efectúan el cambio de guardia ante el palacio del Gobernador.

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