lunes, enero 09, 2012

LA PIEDRA PARDA

Primavera anticipada. Algarabía de pájaros, a la que aporta su nota ronca y monosílaba una hembra de jilguero que apenas se inmuta cuando pasamos bajo su árbol (sé que es hembra porque no sabe cantar: en esta especie, como en otras, el canto es privilegio del macho). Estamos recorriendo el sendero que llaman "de la Piedra Parda", una breve ruta que transcurre siempre a la vista del pueblo, muy próxima a la carretera; y que, sin embargo, apenas se ha adentrado uno en ella unas decenas de metros, te hace sentir en plena naturaleza, lejos de cualquier interferencia humana. Y es que hay parajes que son como los juegos de muñecas rusas: desde fuera -desde la carretera- parecen una cosa; y luego, cuando uno se adentra en ellos, descubre que esa apariencia primera esconde otras, y éstas otras, y así casi indefinidamente. 


El sendero nos ha llevado hasta el pie del peñón calizo que le da nombre. Y allí, bajo la sombra generosa de una gran encina, nos topamos con la carroña de un cordero no nacido, envuelto aún en la membrana fetal. Antes habíamos visto buitres, pero se ve que les desagrada la presencia de intrusos, y desaparecen de nuestra vista en cuanto llegamos a las inmediaciones de su posible presa. Impresiona el silencio, sólo turbado por algún eco amortiguado de la cercana carretera. Todo esto está ocurriendo, no paro de decirme, en lo que, visto desde el punto de vista de los que van en los coches que producen ese zumbar lejano, no es más que una lengua de tierra ceñida por una curva amplia, la que salva el desnivel entre la cota donde se halla la Piedra Parda y el punto más alto donde comienza el pueblo. En ese aparentemente exiguo espacio, que un coche rodea en menos de un minuto, hay lugar incluso para que corran dos arroyos, los únicos de la zona que llevan agua en este invierno seco, por proceder de sendas fuentes cercanas que no se agotan en todo el año. 


Junto a una de ellas -la que llaman de las Piletas- descansamos. Tumbado en uno de los bancos de madera del merendero que han instalado allí, entre el cielo y mis ojos se interpone la fronda de un acebuche. Sus hojas breves y puntiagudas y su negro fruto componen, contra el fondo acuoso del cielo, una imagen de grabado oriental. Olvido de pronto ese conjunto de incomodidades -cansancio, molestias digestivas, cierta ansiedad- que constituye la conciencia inmediata que tengo de mí. Y en ese olvido de mí mismo, ocupado como estoy en retener esta imagen  para que me acompañe en los momentos malos, soy feliz.  

1 comentario:

Enrique García-Máiquez dijo...

En la reacción rápida, habría que poner otra casilla que dijese: "Me gusta mucho".