jueves, enero 05, 2012

LOOK

Voy dando fin al programa gastronómico con el que he ido distrayendo las vacaciones: hoy, tartar de atún y guiso de patatas con mejillones. Las mañanas se me han ido en eso: en buscar las recetas, ir al mercado, aviar los platos. Acostumbrado a medir los días en función de otra clase de rendimientos, el balance me desconcierta; y, a la vez, me produce cierta satisfacción, porque, a pesar de la dosis de bienhumorada impostura con la que he asumido mi papel de cocinero (podría haberme atenido a platos más simples y cotidianos), ello no ha contaminado el propósito esencial de mi labor: tener lista la comida para los míos. Y en ello he empleado las horas que, en circunstancias normales, habría dedicado a mis afanes habituales. Creo que he salido ganando con el cambio. Lo otro, sin las debidas pausas, empacha.


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Mientras escribo, el punto con el que acabo de rematar una frase echa a andar por la pantalla... Tardo unos segundos en darme cuenta de que es una de esas mosquitas invernizas que a veces se dejan atraer por la luz. Aun así, el efecto perturbador de lo que parecía ser una alucinación me dura unos minutos.


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En la resaca de mis lecturas de poesía norteamericana del siglo XX, releo (o quizá leo por vez primera con verdadero interés) a Silvia Plath. Y releo también un apasionado librito que reseñé hace años para El Cultural: La mujer en silencio. Sylvia plath y Ted Hugues, de Janet Malcolm. Lo primero tiene sus compensaciones: Plath, en efecto, aprendió bien la duradera lección que la vanguardia anglonorteamericana legó a la posteridad: la de que es posible articular un discurso basado en asociaciones más o menos libres, muchas veces sustentadas en imágenes, y que este discurso puede sustituir con ventaja al discurrir más o menos lógico de la retórica tradicional. Los mejores versos de Plath se basan en este principio, que se impone con facilidad incluso a los excesos verbales más o menos expletivos a los que tantas veces se entrega esta poeta tan mal avenida con el mundo. Nada más que por eso merece la pena leerla: su obra es un ejemplo de los benéficos efectos que una coyuntura poética bien encarrilada puede ejercer incluso sobre poetas poco conscientes de los recursos que manejan. En ese sentido, Plath es una excelente discípula (quién lo diría) de esos grandes clasicistas -en el sentido de iniciadores o fundadores- que fueron Eliot y Pound. 


Distinta es la impresión que me deja el segundo libro aludido. En su día me pareció una joyita. Y todavía hoy soy de esa opinión: uno de esos libros personales nacidos a contrapelo de una pesquisa erudita. Sin embargo, y a la luz de los motivos que hoy me llevan a él, me decepciona: qué poco aporta la biografía de un poeta -incluso una no-biografía como ésta, polémicamente reñida con los principios básicos del género- al conocimiento de su obra. Si acaso, detrae méritos, y nos hace concebir la inquietante idea de que la creación literaria casi nunca vale el alto precio que algunos están dispuestos a pagar por ella. A la luz de la biografía de su autora, la poesía de Plath es un subproducto patológico, y el precio de su consecución incluye la infelicidad de varias personas -ella misma, su marido, el también poeta Ted Hugues; algunos de sus allegados, e incluso no pocos lectores que han creído necesaria una cierta asimilación de las posturas vitales de la poeta para poder entender y apreciar su obra-. Desde ese punto de vista, el suicidio de Plath parece una añagaza; como lo fueron, desde otro punto de vista, los accidentes vitales e históricos que llevaron a la temprana muerte de Keats o Lorca, pongo por caso. Sus biografías son siempre un estorbo para entenderlos. Aunque nos digan muchas otras cosas, en fin, del tiempo que les tocó vivir.


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Otras son las preocupaciones de la chica que nos precede ante la caja de esta tienda de ropa. "¿Puedes darme una bolsa de... (y aquí menciona una conocida marca de ropa vaquera)? Es que todo lo que le he comprado a mi novio es de esa marca y me gustaría dárselo en una bolsa con el logotipo". Hago un cálculo rápido de lo que puede valer el terno completo del novio de esa chica: triplica o cuadriplica el valor de cuanto llevo puesto. Ella misma viste con lo que ahora entiendo que es un estudiadísimo look arrabalero. En absoluto económico, desde luego. 

7 comentarios:

Sara dijo...

Estupenda reflexión sobre el libro de Janet Malcolm. Me interesa mucho más la obra de Plath que la leyenda que se ha creado acerca de su vida y su persona. Hace poco vi un documental "pro-Hughes" en la BBC. Me pareció increible lo bien que se lo pasan algunos críticos literarios con este tipo de juegos...

José Luis Piquero dijo...

Tu lectura de Plath me parece sesgada. ¿Plath no dominaba los recursos que manejaba? Nadie diría lo mismo de Hughes, que era un poeta también plenamente intuitivo. Suele correr la especie de que Plath era una especie de diamante sin desbastar, cuando era una poeta erudita, muy formada y muy consciente del artefacto creativo que tenía entre las manos.
En cuanto al libro de Janet Malcolm, no es una biografía. Si has leído otras obras de Malcolm (que te recomiendo encarecidamente), ella se dedica a profundizar en campos ya trillados para extraer los datos dejados de lado. No le interesa biografiar a Silvia o a Ted sino cómo se ha biografiado a Silvia y a Ted y por qué y desde qué perspectiva y con qué intereses. Y sobre todo, cómo esos acercamientos han contribuído a crear cortinas de humo que nos impiden ver lo esencial: la obra.
Me gustaría seguir discutiendo sobre esto.
Un abrazo.
JLP

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, la verdad es que me encanta debatir contigo, Piquero, porque siempre lo hacemos en el terreno de los matices, que es el más interesante. Vaya por delante que me gusta la poesía de Plath y que en su día me encantó el librito de Malcolm ("una joyita"), tal como quedó reflejado en la reseña que le hice. Efectivamente, es una especie de metabiografía, centrada en las dificultades que tuvo Anne Stevenson, una biógrafa anterior de Plath, a la hora de bregar con los Hugues. Pero, en esa discusión, la autora evidentemente termina dado una visión propia del personaje objeto de su pesquisa, que no es otro que la propia Sylvia Plath. A mí me gustó su conclusión, muy en el tono de quienes se consideran supervivientes de la contracultura de los años 60 y 70: el precio humano que Plath pagó por su poesía fue demasiado alto; y la personalidad de la poeta es criticable en más de un aspecto, en contra de la visión endiosada que han mantenido sus incondicionales. Así lo entendí yo, al menos.

En cuanto a la poesía de Plath, que es lo que nos debe interesar, admito que su posible identificación con "poetas poco conscientes de los recursos que manejan" es inexacta. Lo que sí creo importante recordar es que mi relectura de su obra viene al hilo de toda la revisión que ando haciendo de la poesía en lengua inglesa, en general, y la norteamericana en particular, desde el periodo de las vanguardias; y, más en concreto, desde el Imaginismo, que me parece interesantísimo. Y, en ese contexto, llama la atención cómo los hallazgos de esa vanguardia se incorporan con naturalidad al discurso de esta poeta tan alejada de ella por más de un motivo: por personalidad, talante, contexto histórico, etc. Esa era mi tesis y creo que puedo mantenerla.

De Malcolm sólo he leído este libro. Tengo gran interés en leer, por cierto, la obra poética de Anne Stevenson: lo que dice Malcolm de ella me ha despertado la curiosidad.

Un fuerte abrazo.

I. M. dijo...

La madre de sylvia publicó la correspondencia de la poeta con ella misma y con su hermano. Recuerdo que de la lectura de ese intercambio epistolar publicado, insisto, por su propia madre,se deduce también que el temperamento patológicamente obsesivo de Sylvia hizo de ella una persona injusta con quienes la querían y una amenaza para sí misma. Nada más alejado de la imagen popular de la poeta víctima.

José Luis Piquero dijo...

Mi desacuerdo con Janet Malcolm es esencial: ella, como ahora tú, da por hecho la simpatía universal de los biógrafos. Principalmente, Malcolm contempla la biografía de Linda Wagner Martin, que considera el paradigma de hagiografía de Plath y acoso y derribo de Hughes. Discrepo totalmente: es una biografía de lo más aséptica: tanto que resulta hasta una cosita tibia. Pero principalmente es que ha buscado LA biografía. Va a tiro fijo. A Malcolm lo que se le nota es que ha conocido a la hermana de Hughes y se llevan de maravilla. Creo que cuando publicó el libro no llegó a tiempo de leer un panfleto infame que publicó una tiparraca destrozando totalmente a Plath, y que se llama "Los últimos días de Sylvia Plath" o algo así. No recuerdo ahora el nombre de la autora. Está publicado en España.
La conclusión de todo esto es que de Sylvia Plath se ha escrito demasiada biografía. (Y esa película lamentable). Pero nunca tan favorable como pretende Malcolm. En cualquier caso, estoy con Denise Levertov cuando lamenta que se mire más la vida de los poetas (al fin y al cabo menos interesante que la vida anodina de cualquier personaje de ficción, aunque sea una criada de la mansión de los Ozores) que los propios poemas.
Yo también estoy releyendo poesía anglo por diversas razones (me obliga mi traducción de Levertov) y lo que me asombra es lo difícil que me resulta no ya Pound sino William Carlos Williams y otros. Más claro: no entiendo la poesía de William Carlos Williams.
PS: "El periodista y el asesino", de Janet Malcolm, te encantará, como a mí. En este libro brilla el arte de la manipulación propio de Malcolm pero también su inmensa inteligencia. Sus reflexiones deberían enmarcarlas todos los escritores-periodistas en un lugar visible de su despacho. Y el tema, el caso, es totalmente absorvente. Un asesino encarga a un escritor un libro sobre su caso, esperando que sea favorable. El escritor acaba escribiendo un libro desfavorable que ayuda a que condenen al asesino. El asesino demanda al escritor. Y gana! Imagínate todas las sutilezas del caso. Todo esto es real. No te lo pierdas.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tomo nota de la recomendación. Y, también, de la noticia de que andas traduciendo a Levertov. La verdad es que no sé tanto sobre este tema como para llevar más lejos esta discusión: de Sylvia Plath sólo sé lo que dicen sus poemas y lo que cuenta, a propósito de la poeta y de sus biógrafos, la propia Janet Malcolm. Por el tono de su libro, no la veo tan amiga de la hermana de Hugues, pero, en fin, no tengo más datos sobre esa cuestión. Desde luego, nuestro interés ha de recaer en los poemas, y no en la anécdota que pueda haber tras ellos.

Sobre esa correspondencia entre Plath y su madre -esto va para I.M.- se extiende también no poco el librito de Janet Malcolm. En estas cartas -según Malcolm, claro. Sylvia no hace sino lo que cualquier hija al didirgirse a su madre: contar lo que le interesa, dándole importancia a algunas cosas y ocultando otras. Los ejemplos que aduce Malcolm son muy significativos al respecto. Y la impresión resultante, desde luego, confirma que la poeta era cualquier cosa menos ecuánime.

En fin: sigo con la lectura de sus poemas, que es lo que importa.

Sara dijo...

Tiene razón José Manuel: de las biografías de los poetas (las buenas) aprendemos más del tiempo que les tocó vivir que de sus propias obras. Tengo pendiente leer una biografía de Ezra Pound, por estas razones. Lo de Sylvia Plath es otra cosa: casi todo lo que se ha escrito y hablado sobre ella me parece poco interesante, si no detestable. ¡Pero me encanta su poesía! Saludos.