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Llego a la tarde del viernes literalmente exhausto. Renuncio incluso a ir a nadar, porque la languidez que me aflige no es de las que se disipa con el subidón de endorfinas que genera el ejercicio físico. Acompañado solo de la gata, leo las primeras y estremecedoras secuencias de The Flowering of the Rod. Y me coge un poco de nuevas la extraña emoción que me causan estos versos. No, no es uno religioso, y ni siquiera me atrevo a calificar como religiosa mi vaga veneración de un conjunto de cosas que acaso pudieran englobarse en lo que algunos llaman "espiritualidad". Pero me impresionan las sencillas constataciones que H.D. hace a propósito del anhelo de resurrección, y su comparación del mismo con el instinto que, según dicen, lleva a algunas aves a sobrevolar el punto del océano en el que pudiera haber estado la Atlántida, el continente perdido. Vuelan, dice la poeta, hasta caer exhaustas, y lo hacen en nombre de un anhelo que es, básicamente, un recuerdo. Y eso sí lo entiendo bien: que la posible trascendencia del hombre no sea un salto a una dimensión desconocida, sino... un regreso a un pasado del que sólo guardamos una muy imprecisa memoria.
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Guns N'Roses en el coche. Un hombre de mi edad escuchando heavy metal. No sé. De la duradera experiencia de regresión derivada de la escritura de mis tres últimas novelas me quedan estas secuelas. En todo caso, la esplendorosa mañana de sábado es de las que empequeñecen estas modestas obstinaciones del carácter de uno. Por mucho que atruenen los Guns N'Roses, más evidente y palmario es el canto de los pájaros en el paisaje circundante, animados por este sol de casi primavera.
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En la mañana del domingo me acuerdo todavía de los exquisitos bocados de jabalina -quiero decir, de hembra de jabalí- que probamos en la cena de la noche anterior, como anticipo de la pieza congelada con la que estos amigos quieren agasajar a sus invitados en unas fiestas venideras. Y no sé qué pensar de la historia con la que aderezaron el manjar. Que la jabalina -decían-, previamente acorralada por perros, había sido rematada con lanza por un furtivo. Unos días antes habíamos visto M.A. y yo Home from the Hill, la película de Minnelli sobre un hijo apocado que, para hacerse valer ante un padre despótico, caza un peligrosísimo jabalí que asola los contornos. Ahora esa magnificada hazaña queda empequeñecida por la realidad. No era para tanto, al parecer. O sí, quién sabe.

2 comentarios:
Me ha parecido muy interesante esta entrada, sobre todo por los extranos motivos que rigen la oferta y la demanda. Es curioso.
Por cierto, Gun's and Roses me parecen una òptima elecciòn a cualquier edad. Un abrazo y felicidades por el blog.
Sara M.
Tan en el olvido fue la muerte de Martín Vigil que me entero de ella ahora en tu blog. No puedo decir cuánto me marcó leer una de sus novelas, "Algo huele a podrido", cuando tenía 13 o 14 años. Y sin embargo no leí ninguna otra. Supongo que no lo hice porque fui presa de esa novela y no quería romper el encanto. Ni se me ocurriría releerla ahora (tampoco la tengo ya) porque adivino que me parecería espantosa. Pero fue muy importante para mí en ese momento y me marcó en una época muy sensible.
Ah, mundo, ah, Bartleby.
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