lunes, enero 23, 2012

MEDIA SEMANA

Aun sabiendo la respuesta -esto fue el jueves-, le pregunté al librero de viejo si había notado algún repunte en la demanda de libros del que fuera prolífico novelista José Luis Martín Vigil, después de que algunos columnistas se hicieran eco de su muerte en el más absoluto olvido, acaecida hace alrededor de un año. Lo pregunto porque he visto una pila de novelas de este autor cuidadosamente entresacadas del limbo de libros desahuciados en el que se encontraban. Y mientras ojeo las portadas llamativas, escandalosas, y leo los títulos no menos sensacionalistas de esas novelas, mi interlocutor me confirma que sí, que le han llegado últimamente pedidos de esos libros. Por qué extraña ley de la oferta y la demanda se rige este fúnebre mercado. Probablemente las mejores páginas que podemos asociar a este autor son las tardías necrológicas -de Villena, de Lamet, de Elvira Lindo- que ha suscitado. Cuando uno tropezaba con sus novelas en los expositores de libros de bolsillo de los grandes almacenes, ya eran cosa del pasado. Tendría yo entonces catorce o quince años, pero advertía que la promesa de historias escandalosas y moralizantes que encerraban aquellos títulos iba dirigida a adolescentes de una edad anterior, más reprimida e ingenua. A esos efectos, uno prefería los best-seller del día, con sus justas proporciones de violencia, sexo e intriga política. Los de Forsyth, por ejemplo. Nunca tuve la curiosidad de leer una novela de Martín Vigil, pese a que las tuve al alcance de la mano en mi época de mayor y más indiscriminada voracidad lectora. Y, no sé por qué, calculo que algunos de los recientes compradores de sus libros acarrean la misma posible carencia y ahora, en nombre de no sé qué torcido concepto de las compensaciones, intentan subsanarla.


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Llego a la tarde del viernes literalmente exhausto. Renuncio incluso a ir a nadar, porque la languidez que me aflige no es de las que se disipa con el subidón de endorfinas que genera el ejercicio físico. Acompañado solo de la gata, leo las primeras y estremecedoras secuencias de The Flowering of the Rod. Y me coge un poco de nuevas la extraña emoción que me causan estos versos. No, no es uno religioso, y ni siquiera me atrevo a calificar como religiosa mi vaga veneración de un conjunto de cosas que acaso pudieran englobarse en lo que algunos llaman "espiritualidad". Pero me impresionan las sencillas constataciones que H.D. hace a propósito del anhelo de resurrección, y su comparación del mismo con el instinto que, según dicen, lleva a algunas aves a sobrevolar el punto del océano en el que pudiera haber estado la Atlántida, el continente perdido. Vuelan, dice la poeta, hasta caer exhaustas, y lo hacen en nombre de un anhelo que es, básicamente, un recuerdo. Y eso sí lo entiendo bien: que la posible trascendencia del hombre no sea un salto a una dimensión desconocida, sino... un regreso a un pasado del que sólo guardamos una muy imprecisa memoria.


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Guns N'Roses en el coche. Un hombre de mi edad escuchando heavy metal. No sé. De la duradera experiencia de regresión derivada de la escritura de mis tres últimas novelas me quedan estas secuelas. En todo caso, la esplendorosa mañana de sábado es de las que empequeñecen estas modestas obstinaciones del carácter de uno. Por mucho que atruenen los Guns N'Roses, más evidente y palmario es el canto de los pájaros en el paisaje circundante, animados por este sol de casi primavera. 


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En la mañana del domingo me acuerdo todavía de los exquisitos bocados de jabalina -quiero decir, de hembra de jabalí- que probamos en la cena de la noche anterior, como anticipo de la pieza congelada con la que estos amigos quieren agasajar a sus invitados en unas fiestas venideras. Y no sé qué pensar de la historia con la que aderezaron el manjar. Que la jabalina -decían-, previamente acorralada por perros, había sido rematada con lanza por un furtivo. Unos días antes habíamos visto M.A. y yo Home from the Hill, la película de Minnelli sobre un hijo apocado que, para hacerse valer ante un padre despótico, caza un peligrosísimo jabalí que asola los contornos. Ahora esa magnificada hazaña queda empequeñecida por la realidad. No era para tanto, al parecer. O sí, quién sabe. 

2 comentarios:

cessione del quinto dijo...

Me ha parecido muy interesante esta entrada, sobre todo por los extranos motivos que rigen la oferta y la demanda. Es curioso.
Por cierto, Gun's and Roses me parecen una òptima elecciòn a cualquier edad. Un abrazo y felicidades por el blog.
Sara M.

José Luis Piquero dijo...

Tan en el olvido fue la muerte de Martín Vigil que me entero de ella ahora en tu blog. No puedo decir cuánto me marcó leer una de sus novelas, "Algo huele a podrido", cuando tenía 13 o 14 años. Y sin embargo no leí ninguna otra. Supongo que no lo hice porque fui presa de esa novela y no quería romper el encanto. Ni se me ocurriría releerla ahora (tampoco la tengo ya) porque adivino que me parecería espantosa. Pero fue muy importante para mí en ese momento y me marcó en una época muy sensible.
Ah, mundo, ah, Bartleby.