lunes, enero 16, 2012

NOCTÁMBULO

Me veo extraño con este sombrerito de pescador que me pongo cuando llueve. Como disfrazado de hombre a quien no sientan bien los sombreros.


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Leo con inmenso agrado The Walls Do Not Fall, la primera de las tres entregas de Trilogy, el triple poema que la poeta H.D. (así firmaba quien en la vida civil se llamó Hilda Doolittle) publicó durante la Segunda Guerra Mundial. Es gran poesía en un sentido inverso a como lo son, por ejemplo, los Cuatro cuartetos de Eliot o los Cantos de Pound. Porque, mientras estas dos últimas obras representan, en cierto modo, el fracaso del programa vanguardista con el que ambos poetas iniciaron su trayectoria literaria, y son, en más de un sentido, un regreso a los modos discursivos de la poesía meditativa del siglo XVII, el extenso poema de H.D. es todo lo contrario: una demostración de que las propuestas retóricas e ideológicas de aquel programa podían utilizarse para obras de gran aliento. Y eso es Trilogy: un muestrario de los recursos y maneras que pusieron  en boga los imaginistas -H.D. lo fue, y muy destacada, bajo el influjo de Pound-, puestos al servicio de un ambicioso poema filosófico-religioso: versos lacónicos e imágenes visualmente muy depuradas -un gusano que avanza por el envés de una hoja, una palmera que aporta sombra al filo de un trigal, un molusco que alimenta la dureza de su concha desde la vulnerabilidad de su núcleo blando- para dar cuenta de un pensamiento muy complejo. Se lee con placer y asentimiento. Y sólo llama la atención que este gran poema no sea tan leído y citado como los de Eliot y Pound. Cuando, quizá, de cara a ese nuevo siglo que a H.D. y a sus coetáneos tocó inaugurar, los versos de la primera tenían una frecura y una novedad -en la forma, que es también el fondo- de las que carecen los de los otros dos.


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Fui noctámbulo. Ya no. Cada vez que la madrugada me sorprende fuera de casa me siento muy desgraciado. Sabiendo, como sé, que ya no recuperaré las horas de sueño perdidas, y que la mañana siguiente, hasta la hora de la breve siesta reparadora de desaguisados, será de desorientación y remordimientos. Y sin que haya nada de lo que arrepentirse, por otra parte.

1 comentario:

sailornet dijo...

concuerdo sobre Chesterton, aunque debo admitir que la poesía moderna no me gusta o la poesía en general.En lo que adhiero un 100% es a lo de ser noctámbulo y tener que esperar a la hora de la siesta...y aveces no se puede eso tampoco ¡ desesperanzado!