martes, enero 24, 2012

SANTOS Y DEMONIOS



Quizá el rasgo que más atrae de Chesterton, más incluso que su ingenio y elocuencia, sea su insobornable optimismo. Que también tiene, como no podía ser menos en él, un fundamento retórico: la pirueta en la que se basa la conversión de la botella medio vacía en la botella medio llena. Véase, si no, su modo de argumentar a favor de la bondad humana: 


Aunque es verdaderamente difícil encontrar en el mundo a un hombre completamente bueno, es aún más raro, raro hasta el extremo de la monstruosidad, encontrar a un hombre que no desee serlo o no imagine que ya lo es. (De Tipos diversos. Trad. de Victoria León)


***


A lo mejor todo este revuelo respecto al tráfico de contenidos culturales y/o recreativos en Internet se debe a una obstinada negativa a admitir que las condiciones han cambiado. Todo se reduce a que, pongo por caso, un cantante que haya tenido un éxito no tiene asegurado ad aeternam los réditos derivados del mismo, originados por las especiales condiciones de distribución debidas a la tecnología imperante desde la invención del fonógrafo hasta anteayer. Ahora la tecnología hace posible que cualquier poseedor de un ordenador disponga de un potente medio de copia y distribución de cualquier producto audiovisual, y los posibles beneficios que el éxito inmediato pueda reportar al autor del mismo se reducen, de facto, a los generados en el momento de acogida de su obra. No es que la obra se haya hecho más efímera: lo que se ha volatilizado es la posibilidad de que determinadas entidades monopolicen la gestión de su disfrute. Al artista no le queda otra que... seguir cantando, o pintando, o escribiendo, o haciendo películas, sabiendo que el recorrido comercial de esas obras será más corto y se reducirá a lo que dure la expectación inicial que logre suscitar entre los más curiosos. Es duro, quizá, pero no menos, en fin, que lo que debieron de parecerles otros cambios equivalentes a quienes monopolizaban, pongo por caso, el comercio de la sal, la seda o la pimienta. Y también tiene algunas ventajas colaterales: la posibilidad de llegar a otros públicos, por ejemplo. 


Quienes escribimos desinteresadamente en la Red sabemos algo de eso; aun en detrimento, ay, de la posible demanda de nuestros libros impresos.


***


Murió Steve Jobs, con su cara de asceta, y pareció que un santo había pasado a mejor vida. Encarcelaron al dueño de Megaupload y los medios se han regodeado en su imagen de impenitente bebedor de cerveza. El bien y el mal siguen teniendo una iconografía bien definida en nuestras sociedades.

5 comentarios:

gatoflauta dijo...

Olvida esta nota dos cosas. Una, la más importante, que la posibilidad de copia existe, y se practica, desde que el primer ejemplar esté en internet.

Como decía no hace mucho en su blog Andrés Trapiello, que por autor, editor y hasta impresor algo sabe del asunto, "Nos dicen nuestros editores que dentro de dos o tres años no podrán pagar a los autores que escriban libros de cierta notoriedad pública, porque justamente su notoriedad hará que los pirateen antes incluso de que estén en las librerías (siempre habrá un graciosillo en la imprenta, en la distribuidora, en su casa, que se postule para el saqueo, para el sabotaje). O sea, que los autores se morirán de hambre si tienen que vivir de sus derechos de autor".

La otra, que obligaría a los autores a convertirse en funcionarios de su propio trabajo; a obedecer, no a los requerimientos de su propia urgencia creadora íntima, sino a la pura necesidad de publicar para sobrevivir. No parece que a eso le de JMBA mayor importancia; yo lo creo tan esencial como hondamente triste.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No es que yo esté de acuerdo con este estado de cosas; sólo que creo que obedece a realidades de dimensiones, digamos, geológicas, que ya han alterado sustancialmente el panorama. Nada volverá a ser como antes, nos guste o no. En cuanto a las dos objeciones concretas que plantea, amigo lector, le diré que no creo que vaya a perderse ese público de curiosos de primera hora al que me refiero en mi nota: son quienes, ante la aparición de un libro de nuestro admirado Andrés Trapiello, por ejemplo, no se conformarán con visualizarlo en una pantalla, sino que querrán tenerlo y disfrutarlo en su materialidad de objeto exquisitamente cuidado hasta en sus más mínimos detalles.

Lo otro, lo de que los escritores sean galeotes, más que funcionarios, de su quehacer, ya ocurre. Algunos (casi todos, diría) se diversifican en un rosario de tareas "menores": "bolos", colaboraciones periodísticas, traducciones, etc. Yo mismo me planteé en algún momento de mi vida si agotar al máximo las posibilidades que me ofrecía mi incipiente carrera de traductor, en combinación con las otras fuentes de ingresos apuntadas, o ganarme el pan con otros menesteres ajenos a la literatura. Elegí lo segundo. Qué quiere que le diga. Si le soy sincero, no conozco a un solo autor que no sea en cierta medida funcionario o pensionado o galeote de sí mismo. Incluso los autores de best-sellers.

gatoflauta dijo...

Yo sí conozco a autores (particularmente entre los poetas) poco o nada funcionariales. Y respecto al público de "curiosos de primera hora" (que no es el único: yo soy un adicto a la lectura, y la mayor parte de mi biblioteca personal está formada por ediciones de bolsillo, que no son normalmente las primeras en salir), las cifras por ejemplo de venta de películas o discos, donde el fenómeno está más avanzado, son bien expresivas de hasta qué punto se reduce también ese público.

Me temo que el panorama no tiene nada de idílico, y que la legislación que proteja eficazmente el derecho de autor, aunque pueda (y deba) discutirse en sus detalles, es del todo imprescindible. Lo de "Megaupload" bien podría ser un comienzo; y su inmediata repercusión, de la que la prensa nos informa estos días, en el mercado de contenidos audiovisuales, un indicio de que no es inútil.

José Miguel Ridao dijo...

Aquí se está produciendo un cambio de escenario, no cabe duda, y será el mercado el que decida. Resultará muy difícil reconducir la situación mediante leyes o actuaciones policiales, pero a fin de cuentas no es ninguna tragedia. Veremos cómo se recolocan los peones. Seguirá habiendo literatura, buena y mala, los editores deberán buscar nuevos modos de enriquecerse, no cabe duda de que lo conseguirán, y los autores seguirán sobreviviendo como puedan, buscando remuneraciones ajenas que les dejen el tiempo suficiente para continuar su obra.

Un abrazo.

gatoflauta dijo...

No sé si José Miguel Ridao tiene en cuenta el hecho de que hay actualmente (no demasiados, pero los hay) autores que pueden vivir de lo que escriben; o, más exactamente, sin otros ingresos que los derivados de su condición de escritor. Lo digo porque parece excluirlos del futuro que nos pinta. Si es así, a mí me parece mal; no creo que sea injusto que haya escritores que puedan vivir gracias a serlo, como ocurre en tantas otras profesiones. Tiene razón, como la tiene igualmente JMBA, en que esto sin duda traerá cambios. Lo que yo señalo es que no todo cambio es bueno sólo por el hecho de serlo; que los hay buenos y malos. Y que es sensato que nos opongamos a los malos, en lugar de aceptarlos pasivamente sólo por ser cambios. Ese fatalismo, lo siento, va poco conmigo.