lunes, febrero 06, 2012

El PAÑUELO

"El pañuelo es mu chico", me decía este compañero de trabajo al constatar los lazos múltiples, a veces muy intrincados, que unían al medio centenar de personas allí congregadas, en la fiesta que daba nuestro común amigo pintor con motivo (o más bien pretexto) de la celebración patronal. Ocurría como en esos sueños en los que de pronto comparecen gentes pertenecientes a momentos muy alejados de la vida de uno. Allí estábamos todos, en efecto, acogidos a un laxo -pero, en cualquier caso, sincero- pretexto amistoso. Había comida y bebida abundantes, música, ganas de diversión; y, sobre todo, cierta generalizada predisposición generosa, que se materializaba en el deseo que todos sentíamos de compartir lo propio con los demás. Fue, un año más, una ocasión hermosa. Y acaso el "frío siberiano" del que hablaban los  meteorólogos, y que se manifestaba en el viento cortante que soplaba en el exterior y mantenía los termómetros por debajo de cero grados, no fuera más que el necesario elemento de contraste con el que aquilatar el calor cordial que se respiraba en la atestada cocina de la casa, alrededor de las copas semivacías y los restos del festín... Allí, en  la hora tonta de las expansiones festivas, alguien contó un chiste muy, muy viejo: el de la familia cuyos miembros, por tener todos y cada uno de ellos la boca torcida, cada uno en una dirección, son incapaces de apagar una vela de un soplo; por lo que, después de infructuosos intentos, llaman a la criada; que se limita a... humedecerse las yemas de los dedos y ahogar con ellos la llama.


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Previamente había surgido un leve motivo de discusión, motivado por la composición del lote de piezas artísticas que iba a rifarse para pagar a los músicos. Lo formaban sendos cuadros del anfitrión y de otro de los habituales, más un grabado aportado por otro invitado, un bolso de piel manufacturado por un artesano también presente en la fiesta y... un poema mío, manuscrito e ilustrado. La idea inicial era que el lote constituía un premio único; pero alguien sugirió que, para dar más posibilidades a los participantes, cada una de las piezas debía rifarse por separado. A lo que me opuse, porque se me pasó por la cabeza la idea de que, al lado de las otras piezas, el poema, mi aportación casi simbólica al lote, no pasaría de ser un premio de consolación; y no porque allí nadie menospreciase el valor o la entidad artística de la poesía en comparación con las otras artes representadas en el lote, sino porque me parecía indiscutible que, si lo que se rifaba era la posesión de un conjunto de piezas singulares, salidas en ocasión única de las manos de sus respectivos artífices, quienes, en virtud de la cesión efectuada, se desprendían de ellas para siempre, el poema representaba una aportación heterogénea, que no podía equipararse sin más a la condición singular de los otros objetos; porque, al ceder la materialidad del manuscrito a un tercero, el poeta no hacía dueño a éste de un objeto singular por él creado, que aún podría ser reproducido o publicado en otros contextos... Sin querer, estábamos planteándonos cuestiones sobre la jerarquía y condición de las artes que ni Aristóteles ni otros filósofos (me acuerdo ahora del alemán Lessing) habían logrado zanjar de modo satisfactorio. Así que... alcanzamos una solución salomónica: dividimos el lote en dos. Y mi manuscrito sale a concurso acompañado del bolso y de uno de los cuadros. Como parapetado tras ellos. Y, al mismo tiempo, sintiéndose partícipe de la esencia material (el rato de trabajo que ha costado crearlos) del uno y del otro.


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En las vísperas, presentación en Puerto Real de mi novela Ronda de Madrid, conjuntamente el libro de relatos Zona de incertidumbre, de mi amigo Antonio Serrano Cueto. Y en ese acto, como adelantando acontecimientos, mi compañero de mesa me pregunta por la querencia rural de mis últimos libros de poesía, en contraste con el carácter netamente urbano de la novela presentada. Hablo de mi relación con la sierra de Cádiz, del papel que este elemento paisajístico tiene en mi poesía penúltima, de mi trato con los pintores de la zona, etc. Me extiendo especialmente sobre este último punto, y menciono al precursor y padre reconocido de esa escuela, el pintor Pedro de Matheu (1900-1965), formado en París y eficaz transmisor de las aportaciones del impresionismo tardío y la primera vanguardia a las escuelas regionalistas con las que se relacionó en virtud de sus orígenes familiares y su trayectoria vital. Yo sabía en qué terreno me movía, porque algunos cuadros de este pintor están depositados en el Ayuntamiento de Puerto Real, organizador del acto que nos congregaba; pero lo que no podía prever es que dos de esos cuadros estaban guardados en un despacho contiguo al salón el que nos encontrábamos. Y que, al final del acto, las autoridades presentes me invitarían a verlos. Allí estaban, en efecto: un gran óleo que representa uno de esos secretos jardines interiores que tanto abundaban en el pueblo antes de que la especulación urbanística de los años sesenta y setenta acabara con casi todos ellos; y otro, de técnica más moderna, casi fauve, que muestra una intrincada masa arbórea, resuelta en una variedad casi infinita de verdes.. Esa misma noche llamé a mi amigo pintor, para contarle el suceso. Y los dos (viejos ateos recalcitrantes, al fin y al cabo) estuvimos de acuerdo en atribuirlo a la influencia benéfica del santo cuya festividad iba a reunirnos al día siguiente.

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