lunes, febrero 13, 2012

GASOLINERA

La marquesina de una gasolinera constituye un buen ejemplo de lo que ocurriría en una casa sin paredes: se convertiría de inmediato en sede de todos los vientos.


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Al abrigo de mis cristales, en mi habitación caldeada por el sol, leo Correspondences, de Anne Stevenson. Llego a este singular libro-poema atraído por lo que de él dice Janet Malcolm en su ensayo sobre Sylvia Plath, del que ya he hablado en este cuaderno. Stevenson es coetánea de Plath y habla de una tesitura muy similar a la que ésta conoció en sus años formativos: la América de los años cincuenta, con su "asombroso código de represión sexual" y otras gaitas que pesaban sobremanera sobre las mujeres que, habiéndose criado en un medio académico y en las aspiraciones de la cultura humanista, comprobaban cómo éstas apenas alcanzaban concreción en la realidad de la vida adulta. Es conocida la trágica salida que Plath encontró a sus frustraciones. Stevenson, por su parte, pagó su débito a "la infecciosa contracultura" -son palabras suyas- de los sesenta-setenta, y escribió este libro, Correspondences, que llega ahora a mis manos como regalo de cumpleaños y gracias a los desvelos de M.A., que me ha conseguido un ejemplar de su primera y, por lo que sabemos, única edición... Es un libro hermoso, sobrio, como corresponde al concepto de edición de poesía que tienen los anglosajones, tan alejado de ese modelo de libro delicadito y con moños que por aquí se gasta. Y en él la poeta hace un exhaustivo ajuste de cuentas con su medio, representado por una familia muy parecida a la suya, a la que oímos expresarse a través de una serie de cartas, fragmentos de diarios y otros documentos escritos a lo largo de siete generaciones. Estas cartas-poemas de Stevenson transmiten con asombrosa eficacia la idea de que la principal herencia que una generación deja a otra es su frustración, y que cuando esa frustración se hace más evidente y dolorosa es precisamente en el momento en el que la coyuntura histórica parece empeñada en favorecer la emancipación personal. De ahí que todo el tinglado estalle a finales de los años sesenta, y que los personajes más atormentados de toda la saga sean justo quienes conocieron esa tesitura liberadora... Libro dotado de una extraña amenidad, que se lee como una novela, y que luego pesa en el ánimo como una losa e invita a nuevas relecturas y meditaciones, Correspondences parece una obra tan trascendental como, pongo por caso, The Spoon River Anthology, la colección de epitafios que compuso Edgar Lee Masters. 


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Por eso, para descargarme de tanta trascendencia, en la noche del sábado veo Carne, una de las indescriptibles películas que el erotómano argentino Armando Bó dirigió a mayor gloria de su musa, la opulenta Isabel Sarli. El título no llama a engaño: la película se llama así porque transcurre en una planta de procesado de carne de vacuno, en la que trabajan los protagonistas. Delicia -que así se llama el personaje que interpreta Sarli- es la novia del jefe de personal, que es  también pintor -lo que da lugar a una serie de escenas en las que la exuberante actriz posa desnuda para su amado-; y es deseada por un tipo malencarado que también trabaja en la fábrica, y que la viola repetidamente -una de las veces, sobre un costillar de vacuno, "carne sobre carne", como él mismo se encarga de aclararnos-... No daré cuenta del desenlace entre machista y moralista que Bó da a esta trama. El caso es que, aun reconociendo su condición de bodrio, la veo con agrado. Tal vez por el encanto que le presta su anacronismo -en la época en que los argentinos perpetraban estas gamberradas, aquí en España, con la misma estética y parecidos patrones morales, triunfaba la radionovela Simplemente María-, o por esa sinceridad que sólo los directores malos -piénsese en Ed Wood- ponen en sus productos, tan alejados en esto del desdeñoso distanciamiento con el que los cineastas "de verdad" ejecutan los suyos. 


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Fuera, un frío cortante. Frío de gasolinera abierta a los cuatro vientos. El mundo es un arrabal, como muy bien retrata la película de Bó. Porque lo otro, su núcleo cordial, las sedes de cultura y refinamiento espiritual, está podrido, como muy bien demuestran los testimonios de sus hijos.

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