miércoles, febrero 22, 2012

PROMISCUIDADES

Frente a la acreditada tradición que relaciona creatividad y enfermedad -o, al menos, que establece una cierta correlación entre el ocio forzado de la enfermedad y la disponibilidad de tiempo para ciertas tareas creativas- uno debe decir, modestamente, que estos, en principio, bienvenidos días arrancados a la obligación casi nunca me producen ningún rédito. Quiero decir que soy incapaz de escribir una línea bajo los efectos del más leve achaque. Con lo que, en mi caso, escritura y salud -Dios me la conserve- van siempre de la mano. Lo que, evidentemente, no quiere decir nada, ni mucho menos pone en cuestión la contundente evidencia de otros muchos ejemplos -y mucho más valiosos que uno, claro- de lo contrario.


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Borderline, mencionaba ayer. La extraña e hipnótica película de 1930 que protagonizaron el cantante negro Paul Robeson y la poeta Hilda Doolittle (la que firmaba "H.D.") bajo las órdenes del amante de ésta -así lo llaman incluso las pudorosas biografías que suelen cerrar los libros de New Directions- Kenneth Macpherson, con quien se había desposado la millonaria Bryher Ellerman, que financió el filme, y que también tenía sus lazos sentimentales con la poeta. La película, a un mismo tiempo deslavazada y fascinante, refleja un poco esta atmósfera de atracciones cruzadas, de tolerancias tácitas o explícitas, aunque no siempre bien avenidas. Y lo hace en el lenguaje, entonces en su plena madurez, del último cine mudo: expresivo, denso, capaz de aprovechar al máximo las posibilidades del encuadre, el montaje y el ritmo. Algo de eso se perdió con la generalización del sonoro, y esa relativa inexpresividad de la imagen demasiado obvia aliada a la palabra alcanza incluso -o especialmente- al cine de hoy... Pero no quería yo hacer la elegía del cine mudo, sino anotar simplemente mi sorpresa ante esta película, que vi por la curiosidad que he sentido recientemente hacia su protagonista femenina. Sí, la imagen que muestra aquí casa bien con la que uno le ponía al leer los versos visionarios de su Trilogía: áspera, seca, caballuna incluso, con ojos algo desorbitados y un no sé qué de intransigencia aplicada a una moral muy particular... Aunque probablemente sea mi imaginación quien añade todo esto, y la pobre H.D. se limitara aquí a poner la jeta al servicio de un capricho ajeno. 


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La masajista también tiene gripe. Tose sobre la palma de su mano y luego con esa misma mano me masajea el hombro... Es como lo de Borderline: pura promiscuidad.