jueves, febrero 16, 2012

REENCUENTRO

Mientras esta animosas chicas de la fisioterapia nos arreglan el cuerpo dolorido, nosotros, los aquí reunidos, arreglamos a voces el país... Curiosa estampa: este puñado de lisiados hablando de un país lisiado.


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Y estas extrañas -y siempre dolorosas- satisfacciones que nos da el mero paso del tiempo. Hace años, recuerdo, cuando uno expresaba su escepticismo o su desacuerdo respecto a las reformas educativas que entonces se iniciaban, inmediatamente era tildado de reaccionario, incluso por sus propios compañeros. Y llama la atención que el discurso de los progresistas desencantados de ahora -acabo de comprobarlo, después de haber asistido a unas jornadas sindicales a las que me habían invitado algunas personas de mi entera confianza- coincida casi punto por punto con lo que uno pensaba de estas cuestiones hace veinte años: que el sentido de esas "reformas" era vaciar de contenido la educación pública, para que de ésta sólo pudiera salir mano de obra obediente... Más allá de las declaraciones oficiales, había varios indicios que delataban este propósito: primero, que las tales "reformas" coincidieron en el tiempo con otras medidas (la más llamativa, aunque no la única, fue la puesta en marcha de las televisiones privadas, por ejemplo) destinadas a liberalizar el entonces todavía rígido mercado español y a crear "oportunidades de negocio"; y, segundo, que el vocabulario técnico en el que se expresaban las nuevas medidas, las de entonces y las que fueron viniendo después, coincidía llamativamente con la terminología empresarial: se hablaba -y se habla- de éxito, de excelencia, de evaluaciones externas, de indicadores cuantitativos, de rendimiento, de competencias, etc.  Ese lenguaje contrastaba casi escandalosamente con la vieja terminología humanista que todavía, y casi clandestinamente, seguimos usando, para entendernos, quienes nos movemos en el medio académico. Ahora, ya digo, parece que cierta izquierda crítica incorpora plenamente esta argumentación a su denuncia de los derroteros por los que se empeña en despeñarse lo que queda de la vieja escuela pública. Y uno, desde su nunca reconocida condición de antiguo reaccionario in pectore, agradece con cierta tristeza que el tiempo haya terminado dándole la razón.


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Vuelve uno a donde estaba, a donde estuvo siempre: a la condición de espectador espantado. Una crisis, en cierto modo, es también una invitación al reencuentro.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todavía recuerdo un Informe Semanal en TVE cuando la reforma educativa de Maravall. Explicaba las bondades del cambio, poniendo como ejemplo a un niño que suspendía y que, en adelante, iba a disponer de tiempo libre y a pasar de curso sin traumas. Se cerraba el reportaje afirmando que el fracaso escolar iba a desaparecer. El truco, igualar por abajo. Pues bien, ahora el fracaso escolar es colectivo, como era perfectamente de prever en aquel momento.