jueves, febrero 09, 2012

SUPRAESPINOSO

A vueltas con mi hombro fastidiado, me avergüenza un poco la avidez, la curiosidad morbosa, con la que abro el sobre cerrado en el que van los resultados de la ecografía que acaban de hacerme de la zona dañada... Es la misma ansiedad, me parece, que causan las imágenes pornográficas; es decir, las que muestran aquello que no debe verse... Y nada más pornográfico, a estos efectos -mucho más que las inocentes pudendae- que lo que se oculta bajo la propia epidermis. Huesos, vísceras, tendones... La dolorosa casquería de la que estamos hechos. Ni siquiera el ecógrafo, al que presupongo acostumbrado a estas cosas, oculta su emoción al descubrir el lugar dañado: "Aquí, aquí", dice, tocando en la pantalla con la punta del lápiz la manchita blanca que, según él, delata el daño. Esa parte de mi cuerpo tiene ya para mí nombre propio: Supraespinoso. Así se llama el tendón dolorido;  y ése será, a partir de ahora, el nombre de un nuevo personaje de mi mitología personal. Algo me dice que aparecerá con frecuencia en este cuaderno. Lo que me coloca, por qué no decirlo, en una inesperada y difícil tesitura literaria, porque... a ver qué historias, aconteceres, intenciones, pensamientos, etc. atribuyo a esta nueva criatura con nombre mitad de monstruo, mitad de payaso.


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El curioso artificio del que se vale Baroja para enjaretar en su libro -Las horas solitarias- unas páginas de apresuradas notas de lectura sobre Haeckel, Bergson, Feuerbach, Menéndez Pelayo... Primero nos dice que han llegado las lluvias, y que con semejante tiempo no puede hacer otra cosa que leer. Siguen las mencionadas páginas. Y luego.. la solemne declaración de que ya ha escampado. También yo debería hacer lo mismo cada vez que me refiero en este cuaderno a mis propias lecturas: advertir previamente que está lloviendo, real o figuradamente, en alguna otra región de mis intereses más inmediatos; y que por eso el registro vital que dejo aquí de esas horas o días se limita a una simple nota de lectura.


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Hombres que, a las cuatro de la tarde, toman melancólicamente una copa de vino en la barra de un bar. Oigo a uno confesar a la camarera que su mujer también tiene la tarde muy ajetreada, y que, para verla nada más que en el instante de cruzarse, prefiere ahorrarse la carrera y quedarse allí, en la barra, apurando su copa. No advierto dobles intenciones en la confidencia. Se ve que la camarera está al tanto del percal. No me extrañaría que la mujer del susodicho fuera también su confidente.

1 comentario:

gatoflauta dijo...

Disiento sobre lo de las "simples" notas de lectura; las de Borges, por ejemplo, no tienen nada de "simples". Depende de lo que uno sepa leer, y contar.