viernes, febrero 17, 2012

VÍSPERAS

Sólo muy recientemente he empezado a disfrutar de las fiestas por sí mismas. En mi juventud, recuerdo, las fiestas sólo eran para mí "ocasiones" en las que podían suceder cosas que me interesaban, casi siempre -o sin el casi- relacionadas con mis expectativas sentimentales. Por eso todavía me intriga el palpable nerviosismo que percibo en los jóvenes cuando se acerca una fiesta multitudinaria. ¿Es por la fiesta en sí? ¿Es porque, como yo, la consideran ocasión de todas esas cosas que piden a la vida y esperan que ésta les conceda más pronto que tarde? Pregunta vana, supongo. Ni ellos mismos lo saben. Ni tampoco es de ellos esta certeza mía de que tanta infundada expectación bien podría dedicarse a otra cosa. Aunque tampoco sabría decir a qué.


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Se ha ido el frío de las calles. Pero se ha quedado dentro de las casas. Y, sobre todo, en el interior de los edificios públicos, donde permanecerá (lo sé por experiencia) hasta bien entrada la primavera. Y es que la arquitectura pública española tiene eso: los edificios están concebidos de tal modo que el aire renovado y la temperatura exterior tarda meses en llegar a sus más recónditas covachuelas. Es toda una metáfora.

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