lunes, marzo 05, 2012

DOMINGOS

A lo que de verdad se parece una tarde de domingo es a la jornada del convaleciente. El mismo malestar, la misma temerosa expectativa de tener que hacer frente pronto a las obligaciones sin estar del todo preparado o repuesto, la misma prórroga inefectiva de los presuntos privilegios del descanso y la inactividad. Acude uno a este cuaderno para conjurarla. Y es que ésa es la virtud de la escritura gratuita: fruto del ocio, proporciona a éste una coartada. Y ya no es éste el tiempo del convaleciente, sino el del cansado.


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En el sendero, grupos de domingueros que portan grandes bolsas de comida y bebida. Ha pasado la hora temprana del paseante y el deportista. Privilegios de pobre: una comilona al aire libre, seguida de una siesta. Pensábamos que íbamos a envejecer para ver un mundo extraño, acaso irreconocible. Pero no: los años nos han llevado justo al punto de partida: a aquellos irredimibles domingos de nuestra infancia, con sus digestiones pesadas y su vago malestar de tiempo dilapidado. 


Apretamos el paso. Queremos llegar pronto a casa.

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El viento en el campo viene de más lejos. De dar la vuelta al mundo, por así decirlo. El de la ciudad, en cambio, te sale siempre al paso al doblar la esquina, como si nunca se hubiese movido de allí.

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