lunes, marzo 26, 2012

LUZ PRESTADA

De este fin de semana se me queda la visión fugaz de esta muchacha con cuyo camino coincido durante un rato, y a la que veo mirarse con evidente satisfacción en todos los escaparates ante los que pasa. Es carirredonda, culona, un tanto paticorta, comos suelen serlo la mayoría de las chicas de aquí, pese a su reputación de incomparablemente hermosas; pero le asiste, como no podía ser menos, el don de la juventud, que le infunde una especie de lozanía luminosa, más atractiva incluso que la mera belleza ajustada a los cánones. Y supongo que lo que le gusta de sí misma es esa luz prestada, que es la que la hace brillar en los escaparates; y la que el tiempo le arrebatará cuando menos lo espere.


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Escribo esto después de votar, y bajo el efecto desmoralizador de un incidente que, primero, me hizo buscar ansiosamente en Internet algún teléfono donde denunciarlo, antes de renunciar a ello en consideración a la evidente falta de malicia con que se cometió, y al posible daño que mi exceso de escrúpulo pudiera causar a los implicados. El caso es que, por inadvertencia del vocal que atendía el censo, votó un ciudadano no inscrito en la mesa en cuestión, sino en otra. El presidente lo manda a votar a su mesa correspondiente, mientras piensa en cómo arreglar el desaguisado. El caso es que la papeleta anómala ha quedado casi en pie, muy visible en la urna transparente, que el presidente tantea con evidente intención de abrirla y sacar el voto indebido... Le advierto -soy el siguiente en la cola- que no debe hacerlo. Por lo que marcha a consultar a alguien. Acude un interventor de un partido político, que propone que, al hacer el recuento, se destruya al azar uno de los votos emitidos, con lo que el número de éstos cuadraría con el de votantes efectivos. Se ve que ha hablado sin pensar, me digo. Pero no deja de preocuparme la posibilidad de que puedan llevarse a cabo impunemente estos arreglos. ¿Y si el voto destruido fuera el mío, que corresponde a un partido minoritario? Finalmente, el vocal culpable -aunque no intencionadadamente- del desaguisado propone que el voto anómalo figure como emitido por él, y con eso cuadrarán las cuentas... Salgo literalmente anonadado, preguntándome cuántos encajes de bolillos de esta clase, dolosos o no, se harán en tantas otras mesas electorales regidas por gente nerviosa, asustada por la responsabilidad administrativa e insuficientemente formada. Acaso, me digo, lo mejor sería no votar, pero...   


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Termino de leer La Dorotea y el impresionante aparato crítico que la acompaña en esta edición de la R.A.E. Sin querer contradecir las ponderadas conclusiones de éste, me quedo con las mías, que son meras apreciaciones de lector, pero que, en todo caso, han contribuido al deslumbramiento que me ha causado esta "acción en prosa", como la llama Lope. Es, efectivamente, una de las tres o cuatro grandes obras de nuestros Siglos de Oro, a muy poca distancia de La Celestina o el Quijote, y muy por encima del ciclo de las antipáticas y cínicas novelas picarescas. Pero es, sobre todo, un libro muy... moderno, si es que esta palabra puede considerarse un elogio. Se anticipa, no ya a Manon Lescaut, como dice el editor, sino al Galdós de Fortunata y Jacinta, por ejemplo -¿acaso el contraste entre Dorotea y Marfisa, las dos amantes entre las que duda el protagonista masculino, no anticipa algo el existente entre las dos inolvidables antagonistas galdosianas?-. Es también pre-galdosiana en su manera de presuponer, más que retratar, Madrid. Y es muy moderna, sobre todo, en su tratamiento del autobiografismo, en el distanciado impudor con el que el autor trata un enrevesado episodio amoroso de su juventud. En ese aspecto, haberla leído después de haber escrito mi Ronda de Madrid me exime de poder apuntarme tan ilustre antecedente. Pero ¿qué puede escribir uno que no hayan escrito ya los clásicos?

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