martes, marzo 06, 2012

SANGRE DE HORCHATA

En este "club de lectura" estudiantil debaten hoy La metamorfosis de Kafka. Y la conclusión es unánime: a nadie le ha gustado. Sin embargo, en cuanto los bisoños contertulios vencen la timidez primera, empiezan a afluir comentarios que dan cuenta de la insospechada complejidad de la obra; y casi podría concluirse que, a los pocos minutos de comenzado el debate, todos los participantes están de acuerdo en una cosa: la obra es fea, sí; pero es también sumamente interesante... ¿Basta eso? La pregunta incide nada menos que sobre la validez estética de todo el arte nacido a contrapelo de ciertas intuiciones básicas del espectador. Si La metamorfosis es bella, lo son también todos los adefesios, monstruos y monigotes con los que nos ha obsequiado la pintura contemporánea desde los tiempos de las vanguardias hasta la actualidad. Y no es una cuestión tan ingenua como podría parecer a primera vista, porque esa idea predeterminada de lo bello, lo terminado, lo armónico, era ya, a finales del siglo XIX, lo suficientemente compleja como para admitir en su seno las perturbadoras novelas del Realismo, por ejemplo, con sus desasosegantes panoramas de una humanidad doliente. Lo que añade Kafka es una renuncia expresa al voluntarismo humano que movía a los personajes de Balzac o Galdós, pongo por caso. En cierto modo, Gregor Samsa es tan voluntarista como cualquiera de sus predecesores: desde su tribulación, intenta razonar y actuar. Pero cualquier movimiento suyo resulta en gritos de horror e incompresión por parte de quienes lo rodean. Samsa, como las "señoritas de Avignon" o las máscaras de Bacon, ha dejado de ser humano -es una cucaracha, no hay que olvidarlo-, y eso marca la diferencia. De ahí que sus hazañas puedan provocar mayor o menor interés desde un punto de vista intelectual -como lo haría, en efecto, el comportamiento de un insecto a los ojos de un entomólogo-; pero lo que no pueden despertar en nosotros, de ninguna de las maneras, es simpatía. Y quizá la percepción de la belleza no sea otra cosa que la constatación, inconsciente a veces, de esa mera posibilidad de simpatizar con el sujeto de una representación ajena, por lejana que nos resulte. 


***


Me guardo la pregunta básica, de todos modos, por temor a escandalizar a los chicos: "Pero ¿acaso ninguno de vosotros se ha sentido nunca como Samsa en esa fatídica mañana?". Porque en mí ese estado de ánimo es casi un pensamiento recurrente.


***


Este viento sur, a contrapelo del mar, vuelve inefectivo el don del sol sobre el ánimo todavía vacilante por efecto de los males pasados. Acaso sea este el primer síntoma de la temida metamorfosis: la conversión de los fluidos corporales en sangre de horchata.  

2 comentarios:

Olga Bernad dijo...

Me has hecho recordar la extraña sensación que me dejó la primera lectura de La metamorfosis. Gregorio Samsa, huérfano de belleza. Solo. Todos nos hemos sentido así. El libro nos repele, nos atrae y nos interroga.
Y, por cierto, a mí me encanta la horchata;-)

Vampiro Valenciano dijo...

Pues a mí me gusta la sangre de horchata, que tiene una mala prensa nada merecida.