lunes, marzo 12, 2012

TEATRO Y CINE

En el teatro, para ver el montaje que el actor Rafael Álvarez "El Brujo" ha hecho del relato-monólogo El testigo de Fernando Quiñones. Con cierta aprensión, todo hay que decirlo, porque conozco bien el texto original y lo he oído en más de una ocasión en labios de su autor. El testigo, recuérdese, desgrana los recuerdos que un anciano cantaor flamenco de no demasiada nombradía guarda de Miguel Pantalón, un personaje insociable y mal encarado que, sin embargo, tenía lo que nunca llegó siquiera a rozar el narrador: el don del cante, la capacidad de alcanzar, aunque fuera en contadas ocasiones, y sin que ello se tradujera en reconocimientos o beneficios tangibles, esos momentos en que la ejecución artística supera a su artífice y conduce a éste, casi involuntariamente, a una innominada dimensión superior en la que se vislumbra la grandeza del arte mismo, su inefabilidad y la propia impotencia humana para ir más allá de estos vislumbres ocasionales y parciales. 


En sus lecturas de este relato, Quiñones infundía a su narrador una personalidad resentida y un tono sentencioso con el que en vano intentaba éste racionalizar el inexplicable milagro de que semejante don hubiera sido concedido a una persona tan poco tratable y agraciada como el aludido Miguel Pantalón, de quien, más allá de sus momentos de inspiración, no se conocían otra cosa que desplantes y salidas de tono... Y eso era justo lo que uno esperaba de la versión teatral: la plasmación, en un narrador de carne y hueso, de esa amarga reflexión sobre los dones artísticos y el efecto no siempre beneficioso que éstos tienen sobre la persona que los recibe.


No es ésa, desde luego, la lectura que Rafael Álvarez ha hecho de este texto. Lo que, durante los primeros minutos de la representación, llevó a este espectador a un estado de palpable desconcierto, e incluso de irritación. Pronto superado, por otra parte, porque también el teatro obra sus pequeños milagros, y el de esta ocasión consistió en convencerme de que el narrador de El testigo no era, no tenía por qué ser, el viejo amargado y sabio a su pesar que uno imagina al leer el texto de Quiñones o al recordarlo en la voz de su autor. No. Rafael Álvarez convierte al narrador en uno de esos viejos resabiados de taberna que, cuando encuentran quien les pague el vino, juegan a distraerlo y marearlo con interminables historias, sin que el oyente sepa cómo reaccionar a esa mezcla de confidencias lacerantes y evidentes burlas, entre las que no faltan, por cierto, las dirigidas a personajes y situaciones actuales. Y fue prodigioso que el actor consiguiera desquiñonizar el texto de Quiñones, extraerle la verdad humana de su personaje sin sacrificar del todo la ambiciosa reflexión artística que el autor quería poner en boca de un narrador iletrado. Salgo reconfortado por las risas, por la difícil dialéctica que se ha establecido entre el texto escrito y su reconversión a una situación cotidiana verosímil; y, también, por el espectáculo siempre sorprendente del egotismo desbordado del actor fuera de sí, encaramado a su nube y bajo los efectos, diríamos, de una subida de adrenalina que ninguna persona normal quisiera para sí, por miedo a poner en peligro su resistencia cardíaca... Un espectáculo muy grato, en definitiva, con el que este espectador logró olvidar durante poco más de una hora su ánimo decaído y sus aprensiones invernales. Para qué otra cosa sirve el teatro.


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O el cine, ya que estamos en ello. Porque también fui a ver, en este mismo fin de semana, The Artist, la película muda, filmada bajo las convenciones artísticas vigentes en los años veinte, que ha triunfado en los Oscars. La veo también con inmenso agrado, porque una de las convicciones más acendradas de este humilde espectador es que el cine no ha hecho otra cosa que empeorar con cada una de las innovaciones técnicas con las que pretendía ampliar sus posibilidades. Y, así, el cine sonoro es peor que el mudo, como el  fotografiado en color es mucho menos expresivo y grato de ver que el filmado en blanco y negro... Ya sé que son afirmaciones discutibles; y, por supuesto, abiertas a toda una gama de soluciones de compromiso, porque nada impide que una película sonora se aproveche, como hacen tantas de Ford o Hitchcock, por ejemplo, de la sabiduría del mejor cine mudo; o que la gama de colores se sutilice y modere, como hacen tantos cineastas contemporáneos conscientes, desde Woody Allen a Clint Eastwood, hasta alcanzar esa sugerencia de atmósfera que parecía connatural al cine anterior a la generalización del color. The Artist no es más que una broma, si se quiere. Pero demuestra que el público todavía no ha olvidado las convenciones esenciales de la narración meramente visual, sin apoyo en fastidiosas explicaciones habladas. Es por ello, también, una elegía, porque viene a certificar, mediante la nostalgia, que ese momento de gracia del cine -la época en que se filmaron El gran desfile o Amanecer, pongo por caso- ha quedado definitivamente atrás. La cartelería chillona que llenaba el vestíbulo del cine, y que anunciaba un sinfín de adefesios contemporáneos, venía a confirmarlo.


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La salida del cine: una puerta trasera que da a un desolado polígono suburbano. El aparcamiento queda al otro lado de la inmensa manzana. Así que no queda otra que recorrer esa distancia a pie, apretando el paso y pensando que, después de los consuelos de la ficción, tanta realidad es difícilmente tolerable.

3 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Viendo "The artist", de la que también salí con sensación de alegría y gozo, sin embargo me hice otra pregunta, llegué a otra posible conclusión. ¿No está diciendo el director que quedarse atrapado en el pasado a toda costa, con la total cerrilidad con que lo hace el protagonista es un camino que conduce a la nada o la destrucción? O siendo más suave: ¿no está diciendo que conviene aprovechar todo lo positivo que nos ofrecen los avances del tiempo?
Un saludo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Excelente observación. La película, en ese sentido, es contradictoria: revela la excelencia del lenguaje del cine mudo, e incluso la pervivencia de su eficacia, y, al mismo tiempo, ofrece un testimonio irrebatible de su momento de caducidad. Yo me quedo con quienes, como Ford, Vidor y otros, se formaron en el cine mudo e incorporaron sus enseñanzas al sonoro.

Amando Carabias María dijo...

Estoy completamente de acuerdo. Hablando de arte, cada avance ha de enraizarse en lo mejor de lo que nos precede. Lo mismo soy un romántico, pero por ahí lo entiendo. Lo malo es que el cine cada vez es menos arte y más industria, incluso de usar y tirar.