martes, marzo 13, 2012

TRIESTE



Hojeo mis álbumes del Teniente Blueberry. De niño, cuando estas historietas más o menos para adultos venían seriadas en tebeos infantiles -en Mortadelo, recuerdo, y en Super Pulgarcito-, me llamaban la atención por su estética -para mí, difícil- de la deformidad, la suciedad y la miseria. Yo era inconsciente entonces de su correlato cinematográfico, porque incluso las películas convencionales del Oeste tenían para mí un acabado más limpio y elegante; y sus héroes, desde luego, eran ajenos al cinismo desastrado de Blueberry. Pero, por eso mismo, aquellas historietas me fascinaban, y me intrigaba el hecho de que el autor de aquellas caras contrahechas y feas, de aquellos encuadres violentos y de esa manera de narrar elíptica demostrara ser, cuando quería, un dibujante de una gran escrupulosidad realista, amigo de los detalles e incluso generoso en aquellos que eran capaces de entusiasmar a un niño -cuarteles, edificios ruinosos, cabalgadas en el desierto, soldados uniformados-. La lectura más reposada de estos álbumes vino luego, en la edad adulta. Aún hoy me siguen gustando. No así -debo decirlo-, los que su autor, Jean Giraud, dibujó luego bajo el pseudónimo de Moebius. No me entusiasma la ciencia-ficción, y menos cuando se carga de mensajes apocalípticos o presuntamente anticulturales, como los que se estilaban en los años setenta. Esa estética -no tan alejada, en el trazo, de la del Teniente Blueberry- pudo servirle al autor para ganar respetabilidad intelectual; aunque para mí ya la tenía; porque, como he dicho, desentrañar el sentido de aquella estética desacostumbrada fue el primer problema serio de apreciación literaria al que me he enfrentado en mi vida. 


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Frío dentro de los edificios y calor fuera. En España, la arquitectura pública no se ha concebido para resultar acogedora. Más bien, por lo que se ve, para repeler. Y no parece un contrasentido que en algunos de estos edificios hostiles, malencarados, enfermos, se guarden libros o se intente inculcar -en vano- el amor por ellos y por lo que significan.


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Cainismo. Los partidarios de las protestas por venir tienen casi tantos motivos para odiar a los renuentes como éstos para detestar a los primeros. Por poco menos que esto -recuerdo, ahora que he vuelto a ver Michael Collins, ese confuso alegato a favor de no sé qué- Joyce dejó Irlanda y se fue a enseñar inglés a la remota Trieste. No faltan ganas.

1 comentario:

Sara dijo...

Los espacios públicos dicen mucho de una sociedad. En España, además de no ser nada acogedores (¡qué frío he pasado yo también en esos edificios), se cuidan muy mal, no se aprecian. Si se construyeran edificios mejores, - espacios realmente para quedarse- no sé si se tratarían mejor, pero es una idea interesante: Quizás los sociologos deberían prestar más atención a la arquitectura pública...