viernes, abril 20, 2012

CACERÍAS

Casi me da pereza opinar sobre lo del rey. Sí, yo también me indigné cuando supe que el monarca estaba en África matando elefantes, y que nos hemos enterado por la fatalidad de haber sufrido el hombre un accidente. Lo que ha llenado las barras de los cafés de este país de declaraciones grandiosas sobre a) la inoportunidad de que un monarca se vaya de safari mientras sus súbditos padecen los rigores de una severísima crisis económica; b) el secretismo con el que la Casa Real lleva sus asuntos; y c) la pena que nos da que maten a los pobres elefantes. Ya digo, yo mismo he suscrito acaloradamente esos juicios. Pero, on second thoughts, se me ocurren algunos atenuantes: 1) no creo que ninguno de los que así hemos opinado estuviéramos dispuestos a privarnos de cualquier capricho con el que pudiéramos regalarnos en consideración a la calamitosa situación del país; 2) los reyes tienen vida privada para algo más que para satisfacer el gusto de la plebe por las novelas rosas en las que los príncipes se enamoran de azafatas o presentadoras de la tele; y 3) en África Occidental los elefantes  son más bien una plaga, y se les mata por las mismas razones por las que aquí cazamos los corzos en los parques naturales: porque hay que controlar su número. Lo que pongo aquí, no por entusiasmos monárquicos, que no siento (más bien todo lo contrario), sino en bien de, digamos, la objetividad.

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